Capítulo Siete #2
La noche anterior, ya tarde, había movido la tumbona junto al murete de hormigón que bordeaba el lateral de la terraza para proteger mi flanco derecho.
Había inclinado ligeramente la silla para optimizar mi posición de tiro.
Para dar protección adicional a mi flanco izquierdo y desviar la atención de mi ubicación principal, había hecho lo mismo con la segunda tumbona.
Construir un puesto de francotirador consistía en crear distracciones visuales y fundirse con el entorno, así que también había colocado un par de toallas de playa grandes sobre las sillas, asegurándome de que colgaran por los bordes inferiores de las tumbonas.
Las dejé arrugadas, como si alguien las hubiera olvidado allí después de un baño.
Olvidadas a propósito. Sonreí con suficiencia, segura en mi puesto.
Solo mi mira y el cañón de Miranda asomaban por debajo de la tela de rizo, paralelos al suelo y cuidadosamente alineados con las líneas oscuras de las juntas. Además, mi posición quedaba visualmente difuminada tras la barandilla de hierro forjado con volutas. Tenía un montaje impecable.
Bajo la tumbona, me tendí en el suelo apoyada sobre el codo, con la culata de Miranda firmemente encajada en mi hombro y su largo cañón descansando sobre el bípode.
Mi mano de disparo sujetaba la empuñadura y mi dedo índice reposaba a un milímetro del gatillo.
Tras incontables horas en esta posición, me resultaba cómoda y natural.
Con la mejilla pegada a la culata y el ojo en la mira, observé cómo Knox recibía mi mensaje, le enseñaba el móvil a Girard y se levantaba para irse.
Lo seguí hasta que salió de la habitación y cerró la puerta tras él.
Mi dedo permaneció en el gatillo hasta que el pinganillo me emitió tres pitidos seguidos, indicando que había salido sin problemas.
Solo entonces puse el seguro y retiré lentamente el cañón del rifle. Tras plegar las patas del bípode, salí arrastrándome de debajo de la tumbona a base de codos y retrocedí hacia la suite.
Una vez dentro, cerré las puertas correderas y corrí las cortinas antes de descargar a Miranda, quitarle la pantalla antirreflejos, plegar la culata y guardarla en el estuche de violonchelo modificado.
Moviéndome deprisa y cronometrando cuánto tardaba en replegarme, me quité el mono: una pieza única con capucha y protector facial, diseñado para imitar el color y la forma de las baldosas de terracota de la terraza hasta el punto de volverme invisible al ojo humano.
También fue al estuche, junto con el equipo de comunicaciones y la protección ocular y auditiva. Cerré el estuche con llave, me subí a la cómoda y lo devolví a su escondite dentro de la rejilla de ventilación.
Me bebí una botella de agua fría de un tirón, me dejé puestos los shorts vaqueros, pero me cambié de camiseta por una nueva que había pedido por internet. Era negra, con letras blancas que rezaban: Ambitchous: Aspirando a ser más zorra que una zorra corriente.
El atuendo informal perfecto para mi próxima reunión de negocios.
El móvil vibró. Se acabó el descanso. Saqué a Siggy de la parte de atrás de los shorts y, pistola en mano, me dirigí al salón. El teléfono volvió a vibrar y un mensaje encriptado y anónimo apareció en la pantalla.
En aproximación. No me dispares.
Un segundo después, la aplicación de seguridad dio la alerta, la cerradura pitó y la puerta principal se abrió con un chasquido. Era obsesiva con la seguridad y seguía mis protocolos al pie de la letra. Me aposté en ángulo tras la esquina, levanté el arma y cubrí la entrada de la suite.
La puerta se cerró tras Trev cuando entró. Echó un vistazo a Siggy, aparcó la silla de ruedas en el vestíbulo y levantó las manos.
—Vaya, hola, rayito de sol.
—¿Druid? —clavé la mirada en el pedazo de hombre que tenía delante, intentando ocultar el cariño que sentía por él, y también mi sorpresa al verlo aquí. Aun así, mantuve el arma apuntada—. ¿Leíste el libro?
—Sin novedad en el frente.
Era la respuesta correcta, la que confirmaba que no lo habían seguido ni actuaba bajo coacción.
—El plan era que trabajaras en esto a distancia —bajé el arma, pero solo ligeramente, y como siempre, mantuve el dedo en el gatillo—. Ni siquiera sabía que estabas por la zona y desde luego no esperaba que te unieras a nosotros. ¿Qué demonios haces aquí?
—Ni saludos ni cortesías de parte de Karma —sus ojos color caramelo se iluminaron con la sonrisa más cálida que un ser humano podía dedicarle a otro—.
Tenemos unos cuantos marrones que resolver.
Y eso me incluye a mí, ruedas y todo. Ahora, ¿qué tal si apartas el dedo del gatillo?
Ya tengo bastantes agujeros de bala en el cuerpo. No necesito más.
—Bien —bajé el arma, puse el seguro y me guardé a Siggy en la parte de atrás de los pantalones cortos—. Pero deberías haberme avisado de que venías.
—¿Y romper el silencio operacional? —negó con la cabeza, y las capas de su elegante corte se movieron con él—. Ni hablar.
—Eres un hijo de puta imprudente por venir a Malta —le hice un gesto para que me siguiera adentro.
—¿Imprudente? No lo creo —se rio y se apartó el largo flequillo hacia un lado de la cara—. Aún no estoy muerto y no soy tan inútil como para quedarme fuera del trabajo de campo si puedo evitarlo. Además, me gusta el subidón de adrenalina tanto como al resto de vosotros.
Capté el mensaje. Trev podía estar confinado a su silla de ruedas, pero era un guerrero y un operador de primer nivel, y nada, ni siquiera sus discapacidades, le impedirían ser quien era.
Aun así, refunfuñé:
—Eres un activo demasiado valioso para estar en el campo.
—Eso es una mierda y lo sabes —apoyó las manos en las ruedas y empujó. Sus bíceps se marcaron de forma impresionante mientras rodaba hacia el salón—. Por cierto, me encanta tu camiseta.
Bajé la vista y pasé la mano de un lado a otro, resaltando las letras.
—Marca el tono, ¿no?
—Y vaya si lo hace —se rio y sacó un elegante portátil del bolsillo lateral de su silla de ruedas.
—¿Vas a decirme por qué estás aquí o qué?
—Dame un segundo —se acomodó el portátil en el regazo y lo abrió—. Tengo que hacer algo de magia aquí.
Frunció el ceño y empezó a teclear, desplegando una pantalla tras otra, todas llenas de código encriptado que no significaba nada para mí.
Mientras trabajaba, observé a aquel pedazo de hombre que se había ganado mi admiración cuando ayudó a salvar a mi mejor amiga, Gracie Rose, con sus increíbles habilidades informáticas.
Desde entonces, Knox, Trev y yo habíamos trabajado juntos en varias misiones. El genio informático nunca dejaba de impresionarme. También se había ganado mi amistad, una hazaña poco común. Lo había conseguido a la antigua usanza: con paciencia infinita y un don para la empatía que me aterrorizaba.
Por muy moderna y aerodinámica que fuera, su silla de ruedas deportiva siempre me recordaba que había pasado por momentos muy jodidos, pero era la bondad de sus ojos color caramelo lo que siempre conseguía traspasar mis defensas.
Yo nunca ganaría un concurso de popularidad en ningún sitio, pero por alguna extraña razón, a Trev le caía bien.
¿Y qué si el imbécil tenía un gusto horrible para elegir amigos?
Quizás al prodigio informático le caía bien porque lo trataba igual que a todos los demás, con absoluto desprecio y aversión manifiesta.
Tal vez era porque yo era despiadada y nunca le daba tregua ni le ofrecía lástima como hacía alguna gente cuando descubría que tenía movilidad limitada.
Le exigía lo mismo que a todos los demás: perfección.
—Parece que todo funciona sin problemas —informó. Cuando abrí la boca para exigirle cómo demonios había llegado hasta aquí manteniendo la disciplina de sigilo, levantó un dedo en el aire—. Estás hablando conmigo. La misión va por buen camino. No te preocupes, Kilo Whiskey.
Kilo Whiskey era el nombre en clave que me había puesto, que significaba Karma Witch.
Siempre me hacía gracia. Éramos una pareja poco convencional y, sin embargo, teníamos algunas cosas en común.
Yo era una hechicera de las balas y él era un brujo informático.
Además, ambos eliminábamos a nuestros enemigos con un solo disparo certero.
Yo apretaba el gatillo. Él pulsaba Enviar.
—Aquí está la información —ofreció, sin borrar la sonrisa—. Antes de venir, accedí a las cámaras del pasillo y las programé en bucle continuo. Nadie me vio entrar.
—¿Modo de infiltración? —pregunté.
—Estoy aquí con pasaporte español, como parte de un grupo de atletas que participan en una clasificatoria para los Juegos Paralímpicos. Llevo unos días sobre el terreno. Todo es legítimo. Por cierto, gané mi carrera.
—Enhorabuena —dije con sorna—. Ibas a contarme qué tipo de mierdas tenemos que resolver.
—Lo haré cuando lleguen Knox y los demás.
Tendría que ser paciente. No era alguien a quien pudiera avasallar.
—Además —continuó—, si pensabas que iba a pasar por Malta sin recibir un abrazo de mi francotiradora favorita, estabas muy equivocada —abrió los brazos—. Venga, Kilo Whiskey, ven aquí.
—Ay. Por eso no odio tus pútridas entrañas, no del todo al menos —me incliné y le di un abrazo rápido antes de apartarme y mostrar la sonrisa maliciosa que había perfeccionado—.
Me recuerdas a cuando era joven, dulce y sentimental.
Oh, espera. Tacha eso. Nunca fui joven, dulce ni sentimental, así que toda esa mierda es cosa tuya.
Las sonoras carcajadas de Trev me hicieron sonreír. También aliviaron parte de la tensión que tenía acumulada entre los omóplatos. No iba a relajarme hasta que Knox volviera.
Mi móvil pitó para avisarme de que alguien llegaba. Un minuto después, llamaron a la puerta. Mi mano se fue instintivamente al arma.
—No hace falta —dijo Trev.
Hizo girar las ruedas y se desplazó hasta el vestíbulo.
—He pedido servicio de habitaciones.