Capítulo Siete
Knox
—No nos dedicamos a la cría de ganado para el mercado cárnico —le expliqué a Girard—. Somos criadores de reproductores.
—¿De verdad? —Girard fingió interés—. ¿Cuál es la diferencia?
—La mayoría de los ganaderos crían su ganado para venderlo al final de la temporada. Nosotros suministramos vacas de cría de alta calidad, toros de reemplazo y semen a los ganaderos. Eso significa que trabajamos en nuestros ranchos todo el año, con cualquier clima.
Le di más detalles sobre el negocio al viejo, aunque sabía que solo estaba dándome cháchara, tanteando mi historia mientras prolongaba la reunión a propósito, ya que sus sistemas estaban caídos.
Estaba sentado en un sillón renacentista de respaldo alto capaz de destrozarle el culo a cualquier soldado nada más sentarse, frente a Gaspar Girard, al otro lado de su enorme escritorio. Se reclinaba en lo que tenía que ser un trono medieval, una monstruosidad tapizada en terciopelo rojo.
En lugar de proyectar poder, el trono lo empequeñecía. El imbécil parecía una salchicha de cóctel a punto de ser engullida por una boca roja gigante.
El hombre estaba haciendo todo lo posible por distraerme. No sabía que yo era perfectamente consciente de que su red había sido tumbada por un malware letal. Tampoco sabía que mi equipo de apoyo era el responsable de la caída del sistema.
Todo formaba parte de mi plan.
Nuestra operación estaba dividida en tres fases.
Las dos primeras consistían en recopilar inteligencia y adquirir activos.
La fase uno había tenido lugar la noche anterior, cuando Karma y yo exploramos el palazzo de Girard.
La fase dos estaba en marcha y suponía examinar a fondo la oficina privada de Girard y su seguridad personal.
El reloj de la misión hacía tictac en mi cabeza, acompañado por el sonoro tictac de un reloj ornamentado. Descansaba sobre la repisa de la enorme chimenea que se alzaba detrás de Girard, confirmando que se acercaba el momento de hacer una salida elegante.
—¿Crían las vacas con los cuernos enormes en sus ranchos? —preguntó Girard, echando un vistazo a su escritorio, pero volviendo a mirarme al ver que la pantalla seguía congelada.
—¿Te refieres a los longhorn? —Con toda la parsimonia del mundo, levanté las piernas, planté las botas en el enorme escritorio de Girard y puse cara de aburrimiento—. Sí, pero no por razones comerciales. Estamos comprometidos con la preservación de la raza histórica…
Me lancé a explicarle todo sobre los longhorn, su historia en el oeste, su resistencia a las enfermedades y un montón de datos que demostraban a Girard que sabía de lo que hablaba.
Había nacido y crecido en un rancho en activo, aunque no en Texas.
Sabía de lo que hablaba. Papá habría estado orgulloso.
Mamá habría estado en la luna, en su caso.
Girard pensaba que me estaba distrayendo. Pensaba que sus preguntas le darían a su equipo algo de tiempo extra para restablecer los sistemas. Yo no estaba distraído en lo más mínimo. Ah, y por cierto, sus sistemas no iban a volver a funcionar hasta que yo saliera de su oficina.
Cualquier otro operativo sentado en esa silla dura como una piedra estaría sudando la gota gorda en ese momento, sabiendo que si los cibercriminales de Girard descubrían quién los había hackeado o por qué, lo matarían en el acto y lo echarían de comer a los tiburones.
Yo no.
Elite tenía su propio equipo de ciberguerreros de primera.
Su jefe de ciberseguridad, Trevor Marks, era una pieza clave en este trabajo.
Entrenado por el mismísimo Max Battleson, Trev estaba detrás del hackeo: vigilaba los movimientos del equipo de Girard, se aseguraba de que yo tuviera tiempo para conocer el terreno y también la excusa que necesitaba para volver en la fase final de la operación.
Trev también se encargaba de respaldar mi tapadera según hiciera falta: ajustaba cuentas, transfería fondos y manejaba los hilos que movían a todas las marionetas en este puto circo cibernético.
La organización de Girard contaba con capacidades tecnológicas avanzadas, un equipo de ciberseguridad experimentado y capas y capas de protección. Que Trev hubiera conseguido hackear los sistemas del banco y tumbarlos era prueba de su talento.
Sí, confiaba plenamente en mi unidad y en Trev. Había demostrado con creces sus habilidades y su valía para el equipo. Conectado a los sistemas de Girard, se aseguraría de que yo pasara todas las comprobaciones. También se había encargado de proteger nuestras identidades reales.
El procedimiento estándar del Equipo Elite era borrar esa información, junto con datos de ADN, descripciones físicas, fotos, redes sociales y todo lo demás de las bases de datos pertinentes cuando alguien se incorporaba al equipo.
Eso significaba que, aunque siempre teníamos sumo cuidado en no dejar rastro, no teníamos que preocuparnos por los marcadores de identidad básicos que podrían delatarnos. Después de la operación, nadie podría relacionarnos con esta misión.
Nada de esto significaba que la misión fuera segura o fácil. El asesino de cuello blanco al que me enfrentaba podía llevar un traje impecable y una corbata que costaba un pastón, pero sus manos manicuradas estaban tan manchadas de sangre como las de cualquier otro carnicero terrorista.
El cronómetro en mi cabeza se detuvo y el móvil vibró.
—Disculpe. —Saqué el teléfono del bolsillo, busqué el mensaje y sonreí—. Me temo que tendremos que completar esta transacción en otro momento. —Levanté el móvil y, con una sonrisa lasciva, le enseñé el mensaje a Girard.
Osito, ¿dónde estás? Dijiste que volverías en una hora. El almuerzo se está enfriando y yo también. A continuación venía una foto de Karma con un picardías atrevido.
—Sr. Davis, seguramente sabe que estas transacciones financieras complejas llevan tiempo. —Había que reconocerle a Girard que mantenía la calma ante el desastre—. Lo entiende, ¿verdad?
—No voy a mentir —mentí—. Esperaba un proceso más ágil, acorde con la reputación de eficiencia de Gircoin. Pero bueno, usted hace lo que tiene que hacer, y yo también. Como puede ver, tengo a mi flamante esposa esperándome en la suite del hotel, y esa potranca todavía no está domada.
—¿Una potranca? —Arrugó la nariz de nuevo y luego abrió mucho los ojos—. Ah, ya veo a qué se refiere. Un vaquerismo. Qué encantador. Ah, sí, la encantadora Sra. Davis. Qué mujer tan impresionante.
—Impresionante y cabreada. —En ese momento, la mujer en cuestión estaba apuntando a Girard con su querida Miranda, con la cabeza de él justo en el centro de la mira, pero el viejo no necesitaba saber eso—. En Texas, no dejas a tu montura ensillada y esperando, si me entiendes.
—Entiendo lo que quiere decir, Sr. Davis, lo entiendo perfectamente, pero verá, cuando se trata de una conversión de capital de esta magnitud, el sistema necesita tiempo.
—No hay problema.
Dejé caer las botas al suelo con un golpe seco y me incliné sobre el escritorio de Girard.
—No tengo prisa. Volveré para finalizar la transferencia, digamos, mañana.
—¿No esperará unos minutos más?
Girard se removió inquieto en su trono.
—Imposible.
Los multimillonarios no esperaban por mierdas como esta, así que estaba completamente metido en el papel. Además, nada como un cliente desinteresado para que un banquero acelere una transacción.
—Vendré mañana.
—¿Qué tal a primera hora de la mañana? —sugirió.
—Lo siento, los recién casados no madrugamos.
Le guiñé un ojo para que creyera que la lujuria dictaba mi agenda.
—Las cuatro me viene mejor.
—Muy bien.
Girard suspiró.
—Mañana por la tarde. Me aseguraré de que todo esté listo.
—Hágalo.
Me levanté, crucé la habitación como si nada me importara y, tras abrir la puerta, me despedí con la mano.
—Hasta mañana, Gasparito.
El hombre se enderezó en su silla. No creo que nadie lo hubiera llamado Gasparito en su vida. Jamás. Su expresión de sorpresa era cómica. Cerré la puerta conteniendo la risa.
Me lo estaba pasando en grande.
Mientras caminaba por el pasillo, verifiqué las observaciones de seguridad que había hecho al entrar. Tras bajar las escaleras a paso ligero, me toqué el ala del sombrero para saludar a la señora del mostrador de recepción y salí al sol maltés.
A salvo.
Ahora solo quedaba afinar la fase final y rematar el trabajo.
***
Karma
Tumbada boca abajo, ajena a las duras baldosas bajo mi cuerpo, mantuve la cabeza de Girard en mi punto de mira durante toda la visita de Knox. Desde mi posición privilegiada en la terraza de la suite, tenía una vista excelente de los jardines, el palazzo y el largo balcón.
Cuatro grandes ventanales y un par de puertas francesas me ofrecían múltiples opciones para observar lo que sucedía en el despacho de Girard. Con mi mira de última generación y mi telémetro óptico de primera, no le quité ojo a Knox.
Si alguien en esa habitación intentaba hacerle daño, era hombre muerto.
Mi misión principal hoy era vigilancia y cobertura, pero agradecía la oportunidad de probar mi puesto de tiro y calibrar el arma de cara a completar la misión.
El puesto de tiro era uno de los elementos más importantes para asegurar el éxito de una misión.
En la escuela de francotiradores exploradores de los Marines, dedicábamos tanto tiempo a entrenar la selección, construcción, ocultación, acecho y camuflaje del puesto como a perfeccionar nuestras habilidades de tiro.
Había destacado en todos estos aspectos y tenía amplia experiencia aplicando mis conocimientos en el campo de batalla.
Este puesto en particular giraba en torno a cobertura, ocultación y posicionamiento: tres conceptos distintos en el mundo de un francotirador.
Cobertura: lo había diseñado para proporcionarme la mejor protección balística posible.
Ocultación: lo había diseñado para ocultarnos a mí y a Miranda a plena vista.
Posicionamiento: me había dado el mejor acceso posible al campo de tiro.