Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

Fingiendo que no había visto nada, se acercó a mi lado, me tomó en sus brazos y me plantó un beso en los labios.

Su beso fue como una lluvia purificadora. Borró el toque asqueroso de Gustav y me purgó del malestar que me había revuelto el estómago durante el reconocimiento. El nudo entre los omóplatos se me aflojó un poco y la siguiente bocanada de aire me llenó los pulmones con el aroma fresco de Knox.

—Cariño, te he estado buscando por todo este sitio —dijo Knox.

Me pasó el brazo por el hombro y me atrajo hacia él con una posesividad que parecía real.

—¿Cómo demonios has llegado aquí? —preguntó Gustav, desconcertado.

—Subí las escaleras, giré a la derecha y les pregunté a esos tipos trajeados dónde estaba mi mujer.

Hizo que lo inverosímil pareciera real. No me cabía duda de que había burlado la seguridad de Girard para llegar hasta aquí, pero por cómo Gustav apretó la mandíbula, también supe que algún peón iba a perder el trabajo esa noche.

—Bastante ingenioso, ¿eh? —dijo Knox.

Se plantó con los puños en las caderas y estiró el cuello, estudiando el techo.

—Los frescos. Joder, menudos frescos.

Su mirada se deslizó hacia Gustav.

—Bonito sitio tienes aquí.

—Gracias —dijo Gustav.

Inclinó la cabeza en señal de reconocimiento, con las mejillas sonrojadas mientras sin duda intentaba desviar el riego sanguíneo a partes menos evidentes de su cuerpo.

—No estoy seguro —continuó Knox con su mejor acento de Texas—, pero creo que seguridad te anda buscando. Alguien ha intentado colarse en el granero.

Gustav frunció el ceño.

—¿El granero?

—La fiesta de tu padre.

—Eso es imposible —Gustav se puso rígido—. Nadie por aquí se atrevería.

—Pues parece que alguien lo ha hecho —Knox se encogió de hombros—. Seguramente un chaval cumpliendo un reto de alguno de los bares de moda de la calle. Todos los guardias están hablando de ello.

—Será mejor que lo investigue —dijo Gustav.

Se dirigió hacia la puerta, sus impulsos amorosos olvidados.

Knox esperó a que Gustav cerrara la puerta para intensificar nuestra actuación de cara a las cámaras.

—¿Tú y él? —exigió—. ¿Acaso...?

—No, claro que no, mi amor —interpreté mi papel, echándole los brazos al cuello, plantándole un beso en los labios y haciendo un puchero—. No te pongas celoso, osito. Sabes que eres el único para mí.

Lo de «osito» lo pilló desprevenido y le arrancó una sonrisa. O quizá fue lo de que él era el único para mí. En cualquier caso, una sonrisa auténtica iluminó el borde dorado de sus pupilas. Siguió el guion y me tomó rápidamente en sus brazos como el novio enamorado que se suponía que era.

Levantó el ala del sombrero, hundió el rostro en mi cuello y me susurró al oído:

—¿Situación?

—Reconocimiento completo.

Nuestros labios no eran visibles para las cámaras y nuestros susurros resultaban inaudibles para quien estuviera monitorizando la sala gracias al inhibidor de baja frecuencia oculto en mi bolso. Parecía una polvera compacta, y era la única pieza de tecnología que habíamos traído.

Disfruté de la sensación de la boca de Knox en mi piel y de cómo sus manos trabajaban la seda del vestido sobre mi cuerpo mientras añadía a mi informe:

—El niño de papá se entrenó con los Spetsnaz.

Por un instante, su mano se quedó paralizada en mi espalda; luego continuó como si no hubiera oído nada alarmante.

—¿Segura?

—A las seis, tercer marco desde la izquierda.

Maniobré nuestro abrazo para que pudiera ver la foto en la repisa de la chimenea por encima de mi hombro.

Lo sentí ponerse rígido entre mis brazos.

—Tranquilo, cariño —me aparté y le guiñé un ojo—. Yo me encargo.

—Sí, así es —me besó de nuevo, un beso profundo y lento, sus labios trabajando los míos con abundante lengua, que borró todos mis pensamientos.

Qué diferencia. En los brazos de Knox, todos mis nervios se encendían y el deseo me hacía girar la cabeza.

—Quiero hacer sudar a estos imbéciles —murmuró contra mis labios—. ¿Te importa si subimos el nivel de nuestra actuación?

Un escalofrío de lujuria me recorrió el cuerpo.

—Haz que parezca real.

El contacto de Knox me hizo arder en el instante en que reclamó mi boca, un asalto duro y posesivo que me robó el aliento y amenazó con desbordar mis sentidos con la pura pasión de su beso. El calor me recorrió la columna y me incendió el coño. Empecé a derretirme.

No podía hacer nada para evitar que mi cuerpo le respondiera. Ponía a prueba mi disciplina como ninguna otra criatura en la tierra. Era una mierda, pero lo deseaba con todo mi ser.

Su lengua giraba dentro de mi boca, provocando a la mía para que se enredara con la suya. Su mano se hundió en mi pelo, despertando mi cuero cabelludo con su tacto. Sus brazos me rodearon, exigentes, fuertes, dominantes.

Cómo amaba la fuerza abrumadora de su pasión.

Todos los SEAL estaban entrenados para usar la sorpresa, la velocidad y la violencia de acción para ganar la batalla, pero Knox aplicaba esa violencia de acción a sus besos demoledores de la mejor manera posible.

Mis pezones se endurecieron como capullos a punto de florecer. Mi clítoris latía, hinchado. Nunca me había sentido tan bien, tan viva, tan deseada como cuando estaba en sus brazos. Permitirle que me besara así era un error y, sin embargo, no podía pararlo, no quería pararlo.

«Es por el bien de la misión», me mentí. «Tienes que hacer tu parte, fingir».

El problema era que no estaba fingiendo y mis reacciones hacia él no eran fingidas.

Cerré los ojos y me apoyé contra su cuerpo. Yo estaba en forma, pero él estaba hecho de granito y acero. Mi carne cedía ante su forma. Su erección presionaba contra mi entrepierna, volviéndome loca.

Sus dedos se deslizaron por mi espalda desnuda, se metieron bajo la tela y se apoderaron de mi trasero. Respondí pasándole los dientes por los labios, hundiendo los dedos en sus hombros musculosos y ondulando las caderas para darle a mi clítoris la fricción que necesitaba.

Bueno, ¿por qué no?

Los mejores comportamientos encubiertos eran los más auténticos.

¿Verdad?

Mi cuerpo chisporroteaba contra el suyo. Una neblina espesa nos envolvió, aislándonos del mundo. Los libros habían desaparecido. La biblioteca, también.

Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y disfruté de la sensación de su boca recorriendo mi cuello de arriba abajo, demorándose detrás de mi oreja, lamiendo ese punto tras el lóbulo hasta que dejé escapar un gemido gutural.

Cuando abrí los ojos de nuevo, los demonios del fresco de arriba me sonreían, con los colmillos goteando lujuria. Los querubines se afanaban disparando sus arcos, no a los demonios, sino a mí, atravesándome el corazón con las flechas envenenadas de Cupido.

«No puedes rendirte ante este hombre, ante ningún hombre, nunca. Es tu líder de misión, tienes un trabajo que hacer, y no incluye rendirte ante nadie».

Si tan solo no supiera tan condenadamente bien.

Me recosté sobre la mesa dorada, levanté una pierna y la envolví alrededor de su cintura, bebiendo sus sabores, acogiendo su lengua, necesitando más de él.

Deslizó la mano bajo mi vestido, lo subió y me acarició la cara interna del muslo.

Estaba tan caliente y húmeda allí abajo que temí quemarle la mano.

Jadeé cuando sus dedos se deslizaron sobre mis pliegues.

—Así que viniste sin bragas —sus labios se curvaron entre besos—. Me encanta.

Un pequeño gemido escapó del fondo de mi garganta. Él estaba montando un espectáculo. Yo no tenía por qué hacerlo.

La cosa se puso al rojo vivo. El fuego rugía por mis venas mientras su contacto echaba más leña al incendio. Me daba igual que algún guardia lascivo encerrado en una sala de monitoreo estéril cercana nos estuviera espiando mientras se la meneaba. No me importaba nada más que alimentar mi llama.

Cuando Knox apartó de golpe su boca de la mía, me dejó los labios ardiendo. Con el rostro enrojecido y la respiración entrecortada, me sostuvo la mirada.

Sus ojos brillaban dorados, una combinación extraordinaria de luz solar y musgo salpicado de motas ámbar que intensificaban el brillo de su mirada.

—Joder —jadeó, con el pecho subiendo y bajando a cada respiración—. Tenemos que salir de aquí.

Asentí porque mi voz se negaba a funcionar y mi cuerpo temblaba demasiado como para permitir cualquier otro movimiento. Apostaba a que hasta mis órganos internos se estaban derritiendo mientras me sostenía. Me había pasado con mi papel y ahora estaba en problemas.

—Nos vamos al hotel —con un tirón suave, me enderezó el vestido torcido, se ajustó el sombrero sobre la frente y me atravesó con la mirada. El dorado alrededor de sus pupilas se expandió como llamaradas solares—. Cuando lleguemos, vamos a terminar lo que empezamos.

***

Knox