Capítulo cuatro #3
En el viaje de regreso al hotel, Karma no dijo una palabra.
La tensión sexual zumbaba y chispeaba entre nosotros, pero no me miró ni respondió cuando le rocé los dedos con los míos.
Se sentó a mi lado, en la parte trasera del Mercedes con chófer, mirando por la ventana, rígida y distante, excluyéndome con su silencio.
Me junté las manos sobre el regazo. No estaba interesada. Intenté convencerme de que eso era bueno. Aunque quería otra oportunidad en su cama, no deberíamos liarnos en medio de una misión.
Eso también era malo. Mi necesidad estaba a punto de matarme. Esta luna de miel de mentira me estaba jodiendo la cabeza, y mis resoluciones profesionales.
«No cedas a tu calentura. Si lo haces, las cosas se irán a la mierda rápido. Ella nunca ha aceptado tus avances. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?»
«Piensa, hombre». Hice un esfuerzo por arrepentirme de lo que había dicho en la biblioteca.
«Si das un paso y sigues adelante con lo que empezaste en el palazzo, ella podría irse, cambiar de equipo, dejar de trabajar contigo para siempre.
No puedes arriesgarte a que nada de eso suceda ahora, no en medio de una operación.
Eres el líder de esta misión. Actúa como tal».
Espera hasta después, me recordé. Espera a que la misión termine, cuando puedas satisfacer esa necesidad sin perder la concentración, cabrear a Karma ni poner en peligro la operación.
Mi cuerpo no se tragó mi lógica y mi polla se negó a calmarse, pero me clavé las uñas en las palmas y luché por no ceder a mis impulsos.
El coche se detuvo frente al hotel. El botones le abrió la puerta. Las ondas radiactivas que emanaban de Karma me mantuvieron en mi rincón durante el trayecto en el ascensor. Cualquiera habría pensado que mi ardor se marchitaría bajo su mirada, pero no.
Esta mujer iba a acabar conmigo. Muerte por erección. Ese sería mi destino si las cosas seguían así. Fingir que era mi esposa y amante lo empeoraba todo y avivaba mis deseos hasta límites peligrosos.
Mi dolorosa e implacable erección seguía viva y coleando mientras revisaba la aplicación antes de abrir la puerta. Gracias al cartel de «no molestar», nadie había entrado en la habitación. Entré primero y recorrí la suite con la mirada, con Karma pisándome los talones y haciendo lo mismo.
No quería sorpresas esta noche.
Al mirar el móvil, vi un mensaje inofensivo de mi supuesto cuidador de perros en Texas. Era una señal de nuestro equipo de apoyo. Tras crear la distracción que me permitió deshacerme de Gustav, estaban en posición, vigilando a los Girard. Nos alertarían de cualquier cambio si era necesario.
Karma y yo estábamos oficialmente fuera de servicio.
Me quité el sombrero, lo dejé en la encimera y me aseguré de que el inhibidor y las alarmas funcionaran a plena capacidad. Al ver el sofá, decidí dormir allí en lugar de compartir la cama con Karma.
La mejor idea que has tenido en toda la noche, tío.
Se quitó los zapatos y fue directa al minibar. Cogió una botellita del estante espejado, arrancó el tapón, echó la cabeza hacia atrás y se la bebió de un trago.
Su comportamiento me desconcertó.
—¿Qué haces?
—Bebo.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, cogió la primera botellita de whisky que encontró y me la lanzó.
—Tú también deberías beber.
—Si crees que voy a emborracharme en medio de una operación, estás como una cabra.
Atrapé la botellita y la dejé en la encimera.
—Bebo para coger valor.
—¿Valor?
Retrocedí.
—¿Valor para qué?
—Para follarte.
Se agarró el dobladillo del vestido y, en un movimiento fluido, se lo pasó por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Se quedó ante mí sin nada más que sus tacones y su piel desnuda.
Se me desencajó la mandíbula. Intenté mirar a otro lado, pero fue inútil. No había forma de impedir que mis ojos se deleitaran con su belleza desnuda.
Vislumbré sus pliegues perfectamente depilados y sus muslos tonificados antes de alzar la mirada para admirar sus pechos, con areolas redondas coronadas por pezones erguidos que al instante anhelé tener en mi boca. Mi polla dio tal tirón que la habitación me dio vueltas.
Los ojos de Karma ardían como llamas esmeralda.
Dio un paso y se abalanzó sobre mí. Me rodeó los hombros con los brazos.
Su piel suave se apretó contra mi esmoquin.
Sus labios cayeron sobre los míos, mordisqueando, arañando, mordiendo.
Se lanzó sobre mí como una tormenta humana, aniquilando mi juicio con la pura fuerza de su deseo.
Era mi fantasía personal hecha realidad y mi pesadilla profesional materializada.
Apreté los puños, luchando contra el impulso de tumbarla en el suelo y follarla sobre la alfombra hasta que ninguno de los dos pudiera volver a caminar. En cambio, reuní fuerzas para hablar y gruñí contra su boca.
—Hablemos de esto.
—Cállate.
Me deslizó la chaqueta por los hombros.
—Quiero follarte. Ahora.
Por una vez, me quedé sin palabras. Había querido tomar el control de la situación, pero ahora me tambaleaba al borde de un abismo. Había querido cero sorpresas esta noche, y sin embargo acababa de llevarme el mayor susto de mi vida.
¿Qué demonios iba a hacer ahora?