Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Karma

Gustav Girard era un guía turístico excelente.

Conocía los nombres de los artistas de cada cuadro y escultura que adornaban las salas del palazzo de su padre, las historias detrás de cada fresco que embellecía los altos techos para añadir grandeza al lugar.

Por el bien de su ego, fingí estar impresionada, pero en realidad me importaba un carajo la mayor parte de la mierda que soltaba.

Por otro lado, el exhaustivo recorrido por la primera y segunda planta de la zona residencial del palazzo resultó muy útil para mi misión de reconocimiento.

La desventaja de mi éxito fue que tuve que apretar los dientes y aguantar sus zarpas viscosas bajando hasta mi trasero o rozándome los pechos todo el rato.

Era el precio a pagar para acceder a información que nadie más tenía.

El palazzo de los Girard nunca había sido explorado ni fotografiado.

Durante el recorrido, Gustav hizo muchas preguntas sobre mi nuevo marido, sus negocios y sus raíces tejanas. Estaba preparada para responderlas. Solo tenía que ceñirme al guion y asegurarme de que mis respuestas coincidieran con las de Knox.

Gustav también intentó impresionarme. Sufría del clásico mal del fanfarrón: diarrea verbal. Sus relatos me permitieron confirmar lo que había leído en su expediente.

Era un jugador que solía ganar, quizás porque era dueño de varios casinos de criptomonedas en la isla.

Estaba en los casinos a las cuatro en punto de la tarde, todos los días.

Le gustaban los coches rápidos y las mujeres fáciles, como atestiguaba su toqueteo descarado mientras paseábamos por los rincones más oscuros de la galería.

Todo era información increíblemente útil para nuestra misión, aunque su constante manoseo me revolvía el estómago.

Cuando pedí salir a tomar el aire, me llevó al largo balcón que daba a los jardines y conectaba el banco con la residencia dentro del palazzo.

Bingo.

Con miradas discretas, identifiqué las puertas francesas y las ventanas que daban al despacho de Gaspar Girard en el segundo piso. Las ventanas eran de doble panel, pero no estaban oscurecidas ni eran a prueba de balas.

Estos reyes del crimen se creían intocables.

Hasta ahora, todo bien.

Coqueteando con Gustav, me paseé junto a la balaustrada y estudié los arcos uniformemente espaciados, sostenidos por la hilera de columnas de piedra caliza. Mientras nos ocultábamos en las sombras, incluso le permití besarme, o más bien, babearme encima. Milagrosamente, logré controlar las arcadas.

Mata Hari no tenía nada que envidiarme.

—¿Podemos ir a algún lugar un poco más privado? —susurré con voz ronca en una muestra de falso deseo.

—Me gustaría —ronroneó en mi oído, deslizando sus manos por todo mi cuerpo—. Tengo en mente mostrarte la biblioteca.

Joder, sí.

Le batí las pestañas.

—¿Es lo suficientemente privada?

—Está completamente prohibida para los invitados —deslizó sus labios fríos por mi cuello y me mordisqueó el lóbulo—. Solo la familia puede entrar. Es nuestro espacio privado. Muy privado.

Cierto. Nadie había informado jamás de haber visitado las salas privadas del palazzo. Nadie había tenido la oportunidad de explorar la biblioteca y averiguar cómo estaba vigilada.

Forcé una sonrisa seductora.

—Suena como el lugar perfecto... para nosotros.

La lujuria le brilló en los ojos. Me tomó del brazo y me llevó de vuelta a la casa. Estaba ansioso. Me lo ponía tan fácil.

Para cuando volvimos a entrar, tenía una idea excelente de mi zona de fuego designada. También sabía que Gustav llevaba una pistolera lateral bajo el traje. En ella guardaba una Beretta 9mm compacta.

¿Cómo lo sabía?

Vale, sí, bésame el culo, yo también lo había toqueteado un poco. ¿De qué otra forma iba a identificar sus armas?

Respondiendo a su manoseo con el mío propio, había deslizado la mano bajo su chaqueta, pasado los dedos por la insignia redonda grabada en la empuñadura de la pistola y trazado las tres flechas distintivas que Beretta usa como logotipo.

Sí, conocía mis armas, muchas de ellas solo con tocarlas.

La biblioteca apartada estaba al final del pasillo. Gustav abrió las puertas y me indicó que pasara. Entré con aire despreocupado, observé el gran espacio e hice un descubrimiento de lo más interesante y asombroso.

Había una foto de él sobre la repisa de la chimenea, perdida entre muchos marcos de los Girard estrechando la mano a celebridades, artistas y líderes del mundo libre y no tan libre.

La foto que me llamó la atención mostraba a Gustav con equipo táctico completo, de pie entre un grupo de soldados.

Ni él ni ninguno de los otros guerreros de la imagen llevaban insignias en el uniforme.

Sin embargo, el arma que Gustav abrazaba contra el pecho, un rifle de francotirador VSS Vintorez, delataba a la unidad.

El corazón me dio un vuelco.

El VSS Vintorez se había convertido en el arma preferida de los francotiradores del Spetsnaz.

Había visto de primera mano lo letal que podía ser en Crimea y Siria.

El Spetsnaz era las fuerzas especiales de Rusia.

Habíamos oído rumores de que, por un precio, el GRU —la Dirección Principal de Inteligencia de las fuerzas especiales rusas— había estado proporcionando instrucción táctica de combate y entrenamiento de francotirador a individuos alineados con los intereses rusos. No habíamos tenido confirmación de eso.

Hasta ahora.

Por nuestras fuentes de inteligencia, sabíamos que era una propuesta extremadamente rara y costosa y, sin embargo, de algún modo, Gustav se había graduado en la escuela de élite de francotiradores del Spetsnaz.

Joder, no me lo podía creer.

La información era una sorpresa desagradable.

No la habían incluido en el expediente de Gustav en Battle Brothers.

Si no hubiera sido experta en armas, nunca lo habríamos sabido.

Knox iba a tener un ataque cuando se lo dijera.

Iba a echarles una buena bronca a unos cuantos agentes de inteligencia de BB por no haber descubierto esto antes.

Mientras tanto, evalué a Gustav con otros ojos. Era más hábil de lo que habíamos previsto y, por tanto, más peligroso.

Seguí adelante, mostrando cero interés en las fotos de la repisa y poniendo distancia entre sus manos hiperactivas y yo.

Estaba hasta las narices de tanto manoseo.

Por el lado bueno, ahora tenía un mapa excelente del lugar y un diagrama mental detallado de los sistemas de seguridad del palazzo: cámaras, detectores de movimiento y personal de vigilancia.

La escuela de francotiradores Scout Sniper me había entrenado para reconocer, recordar y reproducir detalles. Había sido la mejor de mi clase. En cuanto lo pusiera todo por escrito, Knox estaría encantado con mi trabajo. Reprimí una sonrisa. Iba a dejar flipando a ese culo engreído.

La biblioteca era un espacio cavernoso con un techo altísimo donde un elaborado fresco representaba una batalla entre ángeles y demonios.

Los demonios eran feos de cojones, armados con garras, colmillos y espadas.

Los ángeles eran querubines regordetes con arcos delicados y flechas diminutas.

A menos que hubiera un francotirador alado escondido en algún lugar entre las nubes, los ángeles lo tenían crudo.

Aspiré el aroma del cuero viejo y el yeso veneciano nuevo mientras deambulaba por las estanterías, pasando los dedos sobre una hilera de lomos dorados y fingiendo estar impresionada. Al mismo tiempo, localicé las cámaras ocultas que vigilaban la biblioteca.

—Muchos libros —murmuré.

Gustav me dedicó una sonrisa condescendiente, como si diera por hecho que las cazafortunas no leían. Aun así, preguntó:

—¿Te gustan los libros?

—Me gustan las novelas románticas. ¿Cuentan?

Respondió con una carcajada altanera.

Estúpido imbécil. Quería clavarle las rodillas en la entrepierna y hacerle puré los huevos.

No puedes destrozarle las joyas de la corona. Es tu estrategia alternativa. Tienes que mantenerlo en el juego, por si el plan A se va al traste.

Contuve el impulso de partirle la nariz cuando sus brazos me rodearon de nuevo, y me sacrifiqué por el equipo, aguantando uno o dos besos más mientras ansiaba una ducha caliente con mucho jabón.

En sus brazos, me sentía fría como un témpano.

Estaba a punto de pedir permiso para ir al baño —lo que le daría esperanzas de que me estaba preparando para él mientras me daba la oportunidad de escapar— cuando la puerta se abrió de golpe y Knox entró en la biblioteca como si fuera el dueño del palazzo.

Al verlo, se me cortó la respiración, y recordé cómo había tenido que obligarme a cerrar la boca esa misma noche, cuando lo vi por primera vez con su traje de gala.

Estaba espectacular con su esmoquin negro y la camisa blanca impecable que resaltaba su piel bronceada. En lugar de la pajarita tradicional, lucía la corbata bolo que había llevado aquella noche, hacía ya mucho, cuando nos enrollamos, la única vez que ardieron las sábanas.

Las cosas que habíamos hecho con esa corbata bolo. El pulso se me aceleró. Tuve que librar una batalla mental para no sucumbir a los recuerdos.

La corbata bolo, combinada con la hebilla del cinturón, las botas de piel de serpiente y el Stetson negro, acentuaba el impacto de Knox vestido de gala, lo distinguía de todos los demás hombres en la fiesta y realzaba su identidad falsa de multimillonario de Texas.

También preservaba la esencia de quien realmente era: el operador más atractivo, guapo e inteligente que había conocido, el único amante que me había hecho replantearme mi regla de una sola vez, y el único hombre al que había deseado repetir en mi cama.

Joder, sacúdetelo de encima. Deja de follártelo con los ojos. En la escala del deseo, pasé de cero a cien en un segundo.

Las manos de Gustav se apartaron de mí más rápido que una bala supersónica. Un destello asesino cruzó la mirada de Knox durante unos tres segundos, pero enseguida lo reemplazó la sonrisa bobalicona y los ojos de pasmarote que requería su personaje encubierto.

—Eh, bomboncito, ahí estás.