Capítulo tres #3
A Karma, al resto de mi equipo y a mí nos habían encargado acabar con la principal fuente de financiación que canalizaba esos miles de millones hacia los Morgan desde el principio.
Los interrogatorios de los Morgan y las pruebas que habíamos descubierto nos llevaron hasta los criminales que actuaban como cámara de compensación de toda la operación: Gaspar Girard y su imperio de criptomonedas.
El susodicho hijo de puta me sostuvo la mirada y mostró sus dientes manchados de nicotina. —Dígame, Sr. Davis, ¿por qué cree que las criptomonedas son una buena opción para su negocio?
—Las criptomonedas son anónimas, completamente privadas y fáciles de transferir.
Dejan fuera de juego a los bancos convencionales, las regulaciones y al Tío Sam.
—Solté mi discurso con convicción, esgrimiendo la mueca de un imbécil al que no le importaba traicionar a su país para acumular riqueza y poder—.
Además, soy un disruptor global que busca formar parte de la nueva economía.
Agitó el cigarrillo en el aire, fingiendo no entender lo que quería decir. —¿Cómo es eso?
—Estoy dispuesto a liberarme de las cadenas del todopoderoso dólar en favor de una moneda global más... ¿cómo decirlo?... flexible. —Hice una pausa y dejé que asimilara mis palabras.
En un mundo donde las corporaciones globales tenían más poder y mayores ganancias que la mayoría de las democracias occidentales, mis declaraciones representaban el credo traidor del uno por ciento de los más ricos.
En teoría, no tenía ningún problema con las criptomonedas, ni la menor idea de si algún día se convertirían en algo más que una moda pasajera, un vehículo especulativo para ganar dinero o una gran estafa que enriquecía a unos y empobrecía a otros.
Lo que sí sabía era que, en aquel momento, las criptomonedas —y más concretamente el Gircoin de Girard— se habían convertido en el mecanismo financiero de criminales de todo tipo: traficantes de armas, de personas y de drogas, jefes de la mafia, señores de la guerra, terroristas, narcoestados y ciberdelincuentes de toda calaña.
—El poder está cambiando —continué—. Las criptomonedas son el futuro. Y yo siempre apuesto por el futuro.
—Su visión le honra —asintió Girard, visiblemente complacido con mis respuestas—. Quiere convertir gran parte de su fortuna líquida en criptomonedas. ¿Por qué Gircoin?
—No le voy a mentir —actué como el astuto hombre de negocios que se suponía que era—.
La naturaleza especulativa de la moneda me ha mantenido fuera del mercado hasta ahora, pero mis amigos me aseguran que Gircoin es la mejor opción.
Dicen que es sólido, una inversión segura que les ha resultado muy rentable.
—Nos esforzamos por complacer a nuestros clientes —el anciano miró hacia la cala iluminada donde se veían algunos tiburones nadando en círculos, como si esperaran su cena—. Nuestros clientes también se esfuerzan por complacernos.
Ah. Ahí estaba. La amenaza implícita, el vínculo criminal que generaba una lealtad absoluta entre personas incapaces de comprender el concepto.
—No he llegado tan lejos sin ser discreto —repliqué—. Hoy por ti, mañana por mí.
—Es usted tan... —buscó las palabras—. ¿Cómo decirlo mejor en inglés?
—¿Americano? —ofrecí con una sonrisa.
—Americano, sí.
Sonaba como un insulto y, viniendo de Girard, lo era.
—¿Me lo tendrá en cuenta? —pregunté.
—Por supuesto que no —agitó una mano en el aire—. Los negocios no conocen fronteras y a todo el mundo le gusta una dosis ocasional de ingenio americano. Son ustedes tan generosos con sus innovaciones, incluso cuando su gobierno da tumbos como un puñado de marionetas borrachas.
—No seré yo quien le lleve la contraria —el hombre tenía razón—. Por eso las nuevas empresas prósperas como la suya tienen sentido para mí.
Girard estaba tan complacido que se rio como una niña.
Que se riera. Gircoin permitía a la escoria del planeta formar parte de la economía global: lavaba su dinero manchado de sangre y les proporcionaba los canales para realizar transacciones comerciales y hacer alarde de su poder financiero.
Por eso Battle Brothers se había asociado con las autoridades nacionales e internacionales para atrapar a Girard.
Iba a caer.
En aquel momento, me encontraba en el centro mismo de una red nociva, junto al hombre que lo hacía todo posible.
No era un asesino a sangre fría, pero al ver el daño que aquel imbécil estaba causando en el frágil tapiz de la humanidad, era una verdadera lástima no poder simplemente poner fin a su miserable existencia y zanjar el asunto.
Uno de sus matones se acercó a Girard y le susurró algo al oído.
—Tendrá que disculparme —el anciano aplastó el cigarrillo contra el muro de piedra y dejó una mancha de cenizas y un fino rastro de humo—. Me necesitan en otro lugar.
Sospechaba que, tal como estaba previsto, mi equipo de apoyo tenía algo que ver con su prisa por marcharse.
Inclinó la cabeza en una profunda reverencia.
—Espero con interés que iniciemos nuestra transacción mañana.
Me toqué el ala del sombrero.
—Aquí estaré.
Oh, sí. Volvería mañana, y pronto le daría a Girard una lección de justicia global.