Capítulo tres #2
Típico de Karma complicar una misión de reconocimiento con una erección. Ahí estaba yo, vigilando a Girard y a sus matones mientras permanecía a su lado con un bulto en los pantalones.
Susurré la cuenta atrás:
—Tres, dos, uno…
—Usted debe de ser el Sr. Davis —anunció a mi espalda una voz áspera y ronca.
Fingiendo sorpresa, me di la vuelta para saludar al mismísimo dueño del palazzo, nuestro objetivo.
—Y usted debe de ser Gaspar Girard —respondí con mi mejor acento de Texas, tocándome el ala del sombrero y tendiéndole la mano.
—A su servicio. —El anciano me estrechó la mano y el apretón flácido de sus dedos llenos de manchas de la edad se deshizo en mi agarre.
—Es un placer conocerlo. —Era una mentira descarada, pero yo era un excelente mentiroso, una habilidad muy útil en mi línea de trabajo.
Girard me dedicó una amplia sonrisa. Mediría alrededor de un metro sesenta y cinco; el pequeño anciano arrugado compartía el cabello negro, los ojos azules y la tez morena de su hijo.
Por desgracia, la edad, el tabaquismo y el sol mediterráneo habían pasado factura a este magnate de las criptomonedas.
Su rostro excesivamente bronceado me recordaba a una ciruela pasa y sus gafas de montura negra distorsionaban lo que era una mirada muy aguda oculta tras unos cristales gruesos.
Lo había estado vigilando desde que Karma y yo llegamos al palazzo. Durante los últimos minutos, había estado saludando a sus invitados en los jardines mientras él y los matones que lo escoltaban se acercaban a nosotros lenta y disimuladamente. Girard carraspeó y miró a Karma.
Capté la indirecta.
—¿Me permite presentarle a mi esposa, Kayla Davis?
—Encantado. —El cabrón le besó los nudillos a Karma.
Ese besamanos prolongado y descaradamente sexual era un rasgo heredado de padre baboso a hijo baboso, y en ese momento no me hacía ninguna gracia.
Hablando del hijo, el capullo hizo su gran aparición y fue directo a por Karma.
—Sra. Davis, qué agradable verla de nuevo.
—Gustav exhibió su sonrisa resplandeciente—.
¿Es posible que su copa esté vacía? —Me lanzó una mirada y, negando con la cabeza en silencioso reproche, volvió a fijar los ojos en Karma—.
No permitiré que la desatiendan esta noche.
—Le hizo un gesto al camarero que lo seguía con una bandeja preparada—. Champán.
No había anticipado que me cayera bien. Lo que no esperaba era lo mucho que lo odiaría nada más verlo. ¿Yo, desatendiendo a Karma?
Jamás.
Ese hijo de puta simplemente no sabía lo que a ella le importaba.
No perdí de vista las manos descaradas de Gustav mientras las paseaba discretamente por mi falsa esposa cada vez que tenía ocasión. Apretando los dientes, reprimí las ganas de arrancarle los brazos de cuajo y metérselos por el culo.
—Gustav, ¿qué tal si le enseñas el palazzo a la Sra. Davis? —Gaspar formulaba sus órdenes en forma de preguntas—. Sr. Davis, ¿me acompaña?
Divide y vencerás. Conocía bien la estrategia. El padre me sonsacaría información, pero la mayor parte de los datos suculentos que buscaban los obtendría el hijo mientras intentaba embaucar a Karma para que soltara todo lo que querían saber.
Me irritaba sobremanera que esos cabrones sexistas consideraran a las mujeres el eslabón débil. Era evidente que no conocían a las mujeres de armas tomar que poblaban el cuartel general de Battle Brothers y buena parte del mundo. Karma les haría cambiar de opinión.
Le dediqué mi mejor sonrisa de enamorado y ella respondió con una mirada embelesada bastante creíble. Luego se marchó del brazo de Gustav para inspeccionar el palazzo, uno de nuestros principales objetivos de la noche.
Tuve que aguantar a Girard durante casi media hora mientras me enseñaba los jardines, sin dejar de hacerme preguntas sobre mi infancia en un rancho de Texas, el negocio de petróleo y gas que había heredado de mi abuelo inventado, las formas en que había multiplicado mi dinero invirtiendo en startups tecnológicas, y las empresas y propiedades que poseía por todo el mundo.
Intentaba encontrar fallos en mi historia, pero yo estaba preparado.
Finalmente, completamos el recorrido hasta el rincón apartado con vistas a los acantilados.
Me esforcé por contener mi impaciencia. En algún lugar del palazzo, Karma estaba a solas con Gustav Girard.
Sabía que era perfectamente capaz de cuidarse sola.
También sabía que haría cualquier cosa para lograr nuestro objetivo.
Cualquier cosa.
Incluido ponerle los cuernos a Joel Davis si creía que eso ayudaría a la misión.
Mierda. Puede que a Joel Davis le pareciera bien. ¿Pero a Knox Lancaster?
Ni de coña.
Tenía que llegar hasta ella cuanto antes.
Poniendo a prueba mi paciencia, Girard sacó un paquete de mentolados del bolsillo de la pechera y encendió un cigarrillo.
La punta brilló en un rojo intenso mientras daba una larga calada.
Soltó una bocanada de humo tóxico que flotó unos instantes antes de disolverse en la brisa maltesa, igual que los rastros de las transacciones ilegales y los crímenes de sus clientes se desvanecían del mundo.
Hijo de puta. Primero voy a buscar a Karma. Y después, voy a por ti.
Pasó un minuto que se hizo eterno, luego otro. Seguía poniéndome a prueba, intentando ponerme nervioso, esperando que me precipitara a llenar el silencio entre nosotros.
No le di esa satisfacción.
Solo después de haber repuesto sus reservas de nicotina se centró en las preguntas que importaban, las que podían determinar el éxito o el fracaso de nuestra operación.
—Así que... —exhaló otra nube de humo en la noche—. ¿Cómo se convierte el heredero de una fortuna del gas y el petróleo en un empresario tecnológico?
—Fácil. —Apoyé la cadera contra el muro de piedra caliza, manteniendo una postura relajada—. Preví el futuro e invertí en él. Siempre me gustaron los videojuegos y esas movidas. Resulta que a la gente le encanta huir de la realidad y gastarse el dinero en realidades alternativas.
—Bien dicho, Sr. Davis, bien dicho. —El anciano soltó una risita seca, casi una tos—. Es usted todo un visionario. Usted y yo no somos tan diferentes en nuestra forma de hacer negocios.
«Somos bastante diferentes», no dije.
Él era un hijo de puta manipulador que financiaba cualquier crimen atroz que se le presentara con tal de sacar beneficio. Yo era un SEAL, siempre sería un guerrero, luchando contra la muerte, el caos y la destrucción que este cabrón desataba sin pensárselo dos veces mientras engordaba su fortuna.
—¿Cómo se interesó por las criptomonedas? —preguntó.
—La verdadera pregunta es cómo no me interesé por las criptomonedas hasta ahora.
—Cambié mi vaso vacío por uno lleno de la bandeja del camarero que se nos acercó y me lo bebí de un trago, para reforzar mi tapadera de multimillonario vividor y bebedor empedernido—.
Seré sincero con usted. Hasta hace unos meses, estaba demasiado ocupado gestionando mi exceso de liquidez para minimizar lo que le pago al fisco.
—¿De verdad? —Fingió interés en mi situación.
—Entonces surgió su nombre como alguien capaz de librarme de la carga de tener demasiados dólares, unos impuestos escandalosos y el Gran Hermano vigilándome.
Nuestros amigos comunes me consiguieron una presentación y...
—Levanté las manos y señalé hacia el mar y los jardines—.
Aquí estoy, disfrutando de mi luna de miel en Malta.
—Viene muy bien recomendado —admitió el viejo zorro—. Dice mucho de usted que nuestros amigos comunes intercedieran a su favor. ¿Cómo conoce a Raul y Robert Morgan?
Ya conocía mi historia de tapadera, pero le seguí el juego con su interrogatorio indirecto. —Los Morgan y yo fuimos juntos a la escuela de negocios. Desde entonces, hemos cerrado varios tratos. Estamos muy unidos. Muy unidos.
—Ya veo. —Se quedó pensativo.
No estaba mintiendo del todo. Los Morgan y yo no habíamos ido a la escuela ni cerrado ningún trato juntos, pero conocía bien a esos cabrones.
El año pasado, el líder del Equipo Élite, Sebastian Aguilar, se había aliado con su ahora esposa, Gracie Rose, para descifrar los libros de contabilidad secretos de los Morgan y capturar a los corruptos hijos de puta que se hacían pasar por financieros de Nueva York.
En colaboración con la CIA, el FBI y el Departamento de Justicia, el Equipo Élite mantenía ahora a los Morgan bajo custodia en una de las casas francas de Battle Brothers.
En los últimos meses, había pasado un tiempo de calidad interrogando a los gemelos, que habían usado su ilustre apellido y su firma de inversión para blanquear y canalizar una cantidad obscena de fondos ilegales hacia Estados Unidos.
La mayor parte del dinero procedía de estados canallas y enemigos de Estados Unidos que querían sembrar el caos, difundir desinformación, dividir el país y financiar misiones terroristas dentro de nuestras fronteras.
Los Morgan habían creado un sistema intrincado que usaba las criptomonedas para aceptar depósitos de estos delincuentes.
Después enviaban los fondos, imposibles de rastrear, como sobornos a contactos de alto nivel y funcionarios del gobierno para influir en la política del país, manipular la opinión pública, inundar las redes sociales de basura, destruir la credibilidad y debilitar la democracia.
Hasta ahora, los malos iban ganando.
En Battle Brothers teníamos la intención de cambiar eso.
Sabíamos que los Morgan y sus socios tenían agentes a sueldo en todas partes: FBI, CIA, Seguridad Nacional, el Congreso, incluso en la Casa Blanca.
El Equipo Élite estaba ahora a cargo de desentrañar la red secreta de los Morgan para localizar a los traidores, descubrir sus planes y llevarlos ante la justicia.