Capítulo tres
Knox
Estaba al pie de las escaleras que conducían a los extensos jardines, donde la «pequeña velada» de Gaspar Girard estaba en pleno apogeo con al menos doscientos invitados, ocho barras y la actuación ininterrumpida de un famoso artista de música electrónica, con sus graves atronadores y un espectáculo de luces láser.
Al estudiar a la multitud a mi alrededor, ya había identificado a varios invitados interesantes: príncipes, multimillonarios, empresarios, intermediarios, agentes y funcionarios gubernamentales de diversos países destacados, el mío entre ellos, que se codeaban para llenarse los bolsillos.
—Vaya, la flor y nata de la basura —murmuró Karma, de pie junto a mí, mientras daba un sorbo a su copa de champán.
—La lista de invitados da náuseas.
Di un trago a mi whisky y fui elaborando una lista mental que luego pasaría a la división de inteligencia de BB, mientras intentaba concentrarme en mi trabajo.
Algo casi imposible con Karma a mi lado. Llevaba un vestido de seda esmeralda que realzaba su espléndido cuerpo, con un escote pronunciado y la espalda al aire, y me costaba apartar los ojos de ella.
Me había entrenado para no quedarme embobado cuando llevaba el uniforme de camuflaje en las misiones, y también cuando estábamos fuera de servicio, cuando solía ponerse vaqueros, pantalones cortos y camisetas con frases soeces.
Incluso había aprendido a mantener mi deseo a raya y mi admiración en secreto cuando se ponía el bikini en la playa de la base del Equipo Élite en Crescent Beach, Florida.
Pero esta noche, no quedarme embobado era mucho más difícil.
Nunca la había visto tan arreglada, toda maquillada, suave, sexy y encantadora, de un modo que hacía que todos los idiotas del lugar —yo incluido— la devoráramos con la mirada.
Su cabello, que normalmente llevaba recogido en una cola de caballo o un moño bajo, ahora le caía sobre los hombros en ondas suaves y femeninas.
Sus labios carnosos brillaban con un rojo intenso.
El rímel realzaba sus pestañas, resaltando el tamaño de sus ojos. Era tan hermosa que me dolía el pecho.
Al mismo tiempo, estaba de un humor sombrío.
Llámame idiota, pero me irritaba que usara su cuerpo como un arma, como si fuera una herramienta más de su oficio que había sacado de la bolsa de equipo.
Me cabreaba hasta el extremo que la estrategia funcionara tan bien.
No creía poder aguantar a un imbécil más que le faltara al respeto con sus miradas descaradas.
En cualquier momento me iba a salir humo por las orejas.
Admítelo, imbécil cachondo. Estás celoso.
Joder. Esto no era bueno para la misión. Si no me controlaba, iba a acabar la noche partiéndole la nariz a algún gilipollas.
Mejor centrarme en el trabajo.
Le agarré la mano y, muy consciente de cómo se tensaba ante mi contacto, la conduje entre los invitados. Paseamos por los magníficos jardines, saludando a los mirones y poniendo en su sitio a los imbéciles babosos que quería reducir a polvo con un correctivo aquí y allá.
—Oye, tienes la bragueta abierta y la polla colgando —comenté al pasar junto a un idiota que la miraba boquiabierto—. Cierra el pico y vete a que te la chupen calle abajo —le espeté al molesto saco de mierda que desnudaba a Karma con los ojos mientras yo inspeccionaba el muro del jardín.
—Tranquilo con estos cabrones —murmuró Karma—. O vas a acabar en un combate de boxeo.
—Son unos cerdos.
—Y tú estás siendo ob-Knox-ioso, lo cual es aún más tóxico, por no decir irritante de cojones.
No se equivocaba. Mientras nos acercábamos a la zona del acantilado, luché por contener mi irritación, junto con el impulso de sacarla a rastras de este lujoso agujero de mierda y mandarla a ella y a sus chicas de vuelta a Crescent Beach, donde estaría fuera de peligro.
Me despellejaría vivo si intentaba esa mierda. A sus ojos, yo era poco más que un gusano mandón. Algunos días sospechaba que le caía bien, al menos un poquito. La mayoría de los días estaba convencido de que solo me aguantaba porque le iba la acción y adoraba su trabajo.
Ojalá yo le gustara la mitad de lo que le gustaba su trabajo.
A la mierda con esto.
Se me estaba yendo la olla.
No le gustaba. De hecho, había momentos en los que estaba bastante seguro de que me odiaba.
Pronto tendría su propio equipo en Élite.
Entonces las cosas serían más fáciles para mí, pero también peores, mucho peores, porque por mucho que intentara luchar contra la atracción, ella me gustaba una barbaridad.
La había estudiado lo suficiente como para convertirme en un experto en Karma.
Era francotiradora de pies a cabeza: cuidadosa, meticulosa, inteligente, intensa y autosuficiente hasta el extremo.
Era la francotiradora más fiable y capaz que conocía.
Su punto de mira y su punto de impacto siempre coincidían.
Eso la convertía, sin duda, en la mujer más letal que había conocido.
Quizás por su profesión, también era una maniática del control, una mujer que nunca dejaba de procesar variables y calcular trayectorias. Los mismos rasgos que la hacían sobresalir en su trabajo conspiraban para que pareciera una criatura espinosa, con una boca que disparaba a matar.
La única razón por la que aguantaba su mierda era porque era especial para mí.
Sabía en mis entrañas que era dura como el acero por fuera, pero tierna por dentro.
También sabía que la química entre nosotros no había sido cosa de una noche.
Habíamos hecho pura jodida magia y quería una segunda oportunidad para demostrar que no había sido casualidad.
Pero no ahora. No mientras estábamos en una misión.
No cuando había tanto en juego y tenía que dar la talla.
Aparté los ojos de ella y me obligué a centrarme en la recopilación de inteligencia, el reconocimiento sigiloso que era la razón principal por la que estábamos aquí esta noche.
Con todos mis sentidos alerta, rastreé lo que ocurría a mi alrededor: personas, lugares, avances y retiradas.
También tracé un mapa mental del lugar, anotando todas las posibles vías de entrada y salida.
La supuesta villa de Girard era un palazzo del siglo XVI construido por los Caballeros de San Juan, al otro lado de la bahía de la ciudad amurallada de La Valeta, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Construido con la icónica piedra caliza dorada de Malta, que hacía resplandecer el edificio bajo las luces arquitectónicas, el Palazzo Girard había sido meticulosamente restaurado en su estilo renacentista original y equipado con todas las comodidades modernas.
Al evaluar el lugar en busca de oportunidades defensivas y ofensivas, el palazzo resultaba ser una posición defensiva excepcional.
No solo estaba construido como una fortaleza y custodiado como tal, sino que además se alzaba en lo alto de un acantilado sobre el océano, el único palazzo de este lado de la isla con acceso directo al mar.
Me uní a algunos invitados curiosos, di un paso adelante y me asomé por encima del murete de piedra que hacía las veces de balcón hacia el mar.
Las olas se mecían suavemente y rompían en espuma contra las rocas, seis metros más abajo.
Focos submarinos iluminaban las cristalinas aguas del Mediterráneo en la base del acantilado, revelando los secretos de un mundo sumergido.
—¿Esos son tiburones? —preguntó Karma.
Su mirada siguió las sombras sinuosas que nadaban en las profundidades.
—Sí. —Otro sorbo de whisky me bajó suave por el gaznate—. Hay más de treinta especies de tiburones en aguas maltesas, pero los avistamientos son raros y solo se han documentado cuatro ataques a humanos en los últimos cien años.
—Y sin embargo están merodeando aquí, justo aquí —señaló con tono sombrío.
Ambos sabíamos lo que eso significaba. Los animales merodean donde hay comida.
El rostro de Karma permaneció inexpresivo, con su leve sonrisa intacta, pero su mirada recorrió la ciudad hasta las murallas de La Valeta. A lo lejos, divisé las luces de nuestro hotel boutique.
Mientras bebía su champán, se dio la vuelta con naturalidad y contempló el banco de Girard, que ocupaba el ala oeste del palazzo. La zona de negocios y la residencia estaban conectadas por un largo balcón de piedra con vistas a los jardines.
Sabía lo que estaba haciendo: calcular distancia, deriva del viento y elevación; identificar variables y obstáculos para sus disparos; calibrar y recalibrar escenarios en su cabeza.
Esa es mi chica.
La sonrisa murió en mis labios. Ella no era mi chica y, tal como iban las cosas, nunca lo sería. Karma se pertenecía a sí misma y las posibilidades de que algún día quisiera estar conmigo eran prácticamente nulas.
Por otro lado, yo era un SEAL. Rendirse no era una opción.
—Descansa, Ángel —murmuré entre sorbos—. Estaremos bien.
—Por supuesto que sí. —Rozó la piedra central de su collar de esmeraldas con su largo dedo índice—. No tienes nada de qué preocuparte, bichito mío.
Bichito. Me reí. Esta mujer me hacía mucha gracia. No se equivocaba sobre su capacidad para cubrirme las espaldas. El Palazzo Girard supondría un buen desafío para nuestro equipo, pero me gustaban los buenos desafíos y, con Karma en mi equipo, lo tenía todo a mi favor.
—Contacto en veinte segundos —murmuré, rodeando la cintura de Karma con el brazo y atrayéndola hacia mí.
—Lo sé. —Se apoyó contra mí y, fingiendo que le agradaba mi compañía, alzó la mirada hacia la luna llena y suspiró como si estuviera disfrutando de una noche romántica con el amor de su vida.
Ojalá fuera verdad.
Le acaricié la mejilla con la nariz y, aspirando su aroma natural, le rocé con los labios ese punto sensible detrás de la oreja.
La piel de su espalda relucía bajo la luz plateada de la luna, estremeciéndose bajo mis caricias.
El contorno de sus pezones se marcaba a través del suave satén, despertando mi deseo.