Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo Dos #5
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Capítulo Dos #5

¿Sospechaba Girard padre que tramábamos algo?

¿Se había tragado por completo las historias de los éxitos financieros de Knox —actualmente el señor Joel Davis— y quería halagar a su potencial nuevo cliente usando a su hijo como mensajero?

¿O quizás había querido que su mejor agente nos echara un vistazo de antemano?

Apostaba por la tercera opción. Eso es lo que yo habría hecho. La mejor defensa siempre era un buen ataque. Estos cabrones querían examinarnos de cerca y en persona.

La boca de Girard hijo se demoró sobre mi piel durante lo que pareció una jodida eternidad. Podía sentir el calor de la irritación de Knox quemándome la espalda mientras dejaba que Gustav hiciera lo suyo. ¿Por qué demonios estaba Knox cabreado si yo solo estaba haciendo mi trabajo?

¿Estaba celoso?

Ja. En tus sueños, bonita.

Knox no estaba celoso. Estaba cabreado porque había salido de detrás de la puerta y había permitido que Gustav tuviera acceso directo a mí.

Aguántate, Triton.

¿Gustav y yo? Íbamos camino de intimar... intimar por motivos estrictamente profesionales.

Gustav medía unos cinco centímetros menos que yo, pero cuando alzó la mirada para acariciarme el rostro con los ojos, no pareció importarle tener que mirar hacia arriba a una mujer.

Hijo de puta astuto.

Cuando su boca por fin se separó de mi piel, me retuvo los dedos en su mano, acariciándome la palma con sus largos dedos en círculos lentos.

—¿Puedo decirle a mi padre que vendrá esta noche?

—Oh, no lo sé. —Me acaricié la garganta y lo miré como la cazafortunas codiciosa que se suponía que era—. Tendré que preguntarle a mi esposo.

—No estaba preguntando por la asistencia de su esposo. —El pícaro esbozó una sonrisa calculada, hecha para derribar las defensas de cualquier incauta—. Estaba preguntando si usted se unirá a mí esta noche.

Ah, sí, la mirada lánguida de seductor y el brillo en las pupilas ligeramente dilatadas eran perfectos. Simplemente perfectos. Qué jodidamente predecible. Los donjuanes del mundo seguían vivos y coleando.

Quería darle una patada en los huevos.

—Claro. —Me lamí los labios, la señal universal de «fóllame»—. Allí estaré.

—Excelente. —Me soltó la mano y me hizo una pequeña reverencia—. Espero con ansias conocerla mejor. —Íntimamente, no tuvo que decirlo.

Lo seguí con la mirada mientras se pavoneaba hacia el ascensor, fijándome en la exquisita confección de su traje y en cómo se ceñía a su figura masculina. Nada mal para un niño de papá y un genio del crimen.

Cuando la puerta del ascensor se abrió con un tintineo, él asintió con la cabeza. Agité la invitación a modo de despedida. Solo cuando las puertas se cerraron retrocedí hacia la habitación.

La puerta se cerró con un clic definitivo. Me di la vuelta y me encontré con un Knox furioso. Un profundo ceño fruncido surcaba su frente y acentuaba su mirada fulminante.

—¿Por qué coño saliste de la habitación? —exigió.

—Para que pudiera admirar bien todo esto. —Deslicé las manos por mis caderas.

—Saliste de mi radio de protección —gruñó—. Podría haberte agarrado y habríamos acabado con una situación de rehén.

—Si me hubiera agarrado, habría muerto. —Saqué mi navaja automática del sujetador, la sostuve en alto, le sostuve la mirada furiosa a Knox y se la devolví con creces—. Pero eso ya lo sabes, así que deja de darme la brasa.

Un músculo le tembló bajo el ojo derecho a Knox.

—¿Tenías que ser tan...? —Hizo una pausa, buscando la palabra adecuada.

—¿Tenía que ser tan buena en mi trabajo? —Lo desafié con una sonrisa insolente—. Sí, jefecabrón. Tenía que serlo. Por el bien de la misión.

Un gruñido ahogado escapó de su garganta. —Creo que disfrutaste coqueteando con ese cabrón.

—¿Y qué si lo hice? —Dejé caer la invitación en el bolsillo delantero de su camisa y le di unas palmaditas en el pecho—. Aquí tienes nuestro pase de reconocimiento. Acordamos que necesitábamos una alternativa táctica al plan principal. Gustav es esa opción táctica.

Knox gruñó. —Para ti no lo es.

—Gilipolleces. Tú corres riesgos. Yo corro riesgos.

—Me alejé de él, llegué al dormitorio con él pisándome los talones y, al quitar el edredón, dejé al descubierto el estuche—.

Además, ese imbécil pomposo necesita que le bajen los humos y yo soy justo la mujer indicada para hacerlo.

—Saqué mi pistola del estuche, disfrutando de su peso en la mano—. Siggy me acompañará a la fiesta.

—No, Siggy se queda. —El tono de Knox no dejaba lugar a discusión—.

No arriesgaremos la misión desafiando la seguridad de Girard en la primera visita.

Necesitamos entrar en su casa y trazar nuestras estrategias de infiltración y exfiltración.

No podemos hacer eso si nos pillan intentando colar un arma o dos.

—Lo siento, Siggy. —Me encogí de hombros mirando mi pistola y la devolví a su compartimento—. Knox el inflexible dice que no puedes venir. Parece que esta noche vamos a ir a pelo.

Con eso me refería a que íbamos a ir de reconocimiento sin armas, pero Knox nunca dejaba escapar una oportunidad así sin soltar algún comentario.

—Si no quieres llevar bragas, no me oirás quejarme. —Esbozó una sonrisa feroz—. En cuanto a las armas, tú eres una y yo también, pero solo para que quede claro... —Entornó sus ojos verdes y dorados clavándolos en mí—. Yo seré tu acompañante esta noche.