Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo Dos #4
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Capítulo Dos #4

Acunada a un lado de Miranda, encajada en la espuma de alta densidad del estuche, estaba mi pistola favorita, Siggy, una práctica Sig Sauer P320 que me gustaba tener a mano para protección personal. Siempre que entraba en acción, montaba una bala en la recámara, por si acaso.

Por último, había traído a Min, mi cuchillo automático táctico, una navaja extremadamente afilada que podía resultar útil en todo tipo de situaciones. Le iba bien el nombre. Min significaba «astuta, ágil y veloz» en coreano. En mi mano, era rapidísima.

Parte de la tensión que me atenazaba los omóplatos se alivió mientras contemplaba mis armas. Teníamos una relación simbiótica de por vida. Sin mí, eran inútiles y, sin ellas, yo era una doña nadie sin valor.

Me sentía mucho mejor ahora que habían llegado.

—Bueno, hola, señoritas —Knox se inclinó sobre mi hombro y, con una mueca cómica, fue señalando a cada arma mientras las saludaba—. Me alegro de veros, Miranda. Tan buena como siempre. Siggy, Min, saludos para vosotras también. Me alegra saber que estáis listas para la fiesta.

Me tragué la risa. Ver a este SEAL duro como el pedernal hablando con mis chicas era un placer y una molestia a partes iguales.

Un placer porque solo él sabía de mi manía de ponerles nombre a mis armas y no me había acusado de estar chiflada…

todavía. Una molestia porque yo nunca, jamás, revelaba mis secretos a nadie, hasta que el astuto de Knox me sonsacó este una noche en que me había tomado una cerveza de más durante un descanso en Siria.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—No se lo has contado a nadie, ¿verdad?

—Ni de coña —negó con la cabeza enérgicamente—. Prefiero mantener mis cojones lejos del campo de tiro. Si soltara ese detalle, me colgarías de una diana y usarías mis pelotas para prácticas de tiro.

—Puedes apostarte el culo a que sí.

—Además… —metió la mano en el estuche y sacó su pistola táctica compacta HK45 de donde descansaba en la espuma—. A Hank le gusta tener el monopolio de salir con tus chicas. Me parece jodidamente adorable que les pongas nombre a tus armas, pero soy una tumba.

Hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.

Para mis adentros, tuve que reírme. Él también le había puesto nombre a su arma.

Ambos nos tensamos cuando nuestros móviles nos alertaron de que alguien salía del ascensor y venía por el pasillo. La mirada acerada de Knox confirmó lo que yo también detectaba. La corona dorada alrededor de sus pupilas se oscureció y sus ojos camaleónicos adquirieron el color del peligro.

Teníamos compañía.

No era inesperado, pero estaba ocurriendo antes de lo previsto.

Knox inclinó su arma, insertó un cargador y montó una bala en la recámara.

Me guardé la navaja en el sujetador y cerré el estuche con llave.

Tras echar el edredón por encima, seguí a Knox afuera y cerré la puerta del dormitorio.

Él se apostó detrás de la puerta de entrada.

Asentí, y sesenta segundos después, llegó la llamada que habíamos anticipado.

Esperé unos segundos más antes de acercarme a la puerta y entreabrirla.

—¿Sí?

Ante mí había un apuesto cuarentón con un elegante traje y mocasines relucientes. Era una cara conocida que me hizo crispar los dedos con ganas de empuñar un arma, aunque sabía que si asomaba la nariz en la suite, era hombre muerto.

—¿Está disponible el Sr. Davis? —preguntó en un inglés melodioso con acento francés.

—Me temo que está echando una siesta. El jet lag es una putada —lo repasé de arriba abajo y luego sonreí como la zorra codiciosa y coqueta que debía aparentar ser—. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

—Eso espero.

Sus ojos azules centellearon, en sorprendente contraste con su cabello negro azabache y su tez morena.

Su presencia aquí demostraba que la tapadera que los guerreros cibernéticos del Equipo Elite habían elaborado y sembrado por toda la Red había llegado a nuestro objetivo.

Nuestra infiltración había salido a pedir de boca.

—Tengo algo para usted. —El hombre sacó un sobre de lino blanco del bolsillo interior de su chaqueta y me lo ofreció—. De parte del señor Gaspar Girard.

Fruncí el ceño, fingiendo no tener ni idea de quién era ese imbécil.

—¿Quién es ese señor Girard?

—El señor Girard es el presidente del Banco Girard y Holdings. —El hombre inclinó la cabeza sin apartar la mirada de mí—. Recibirá a su esposo en audiencia mañana.

¿Audiencia?

Tras haber estudiado a nuestro objetivo en detalle, y dado el excelente inglés del mensajero, no creía que su uso formal de la palabra «audiencia» fuera una mala traducción.

—No sabía que mi esposo iba a hacer negocios durante nuestra luna de miel. —Fingí estar despistada y molesta, pero tomé el sobre—. Aunque bueno, los negocios siempre son lo primero para él.

—Qué lástima. —El hombre me dedicó una sonrisa blanquísima que pretendía ser compasiva y coqueta a la vez, aunque no logró ninguna de las dos cosas—. Si yo tuviera una esposa tan hermosa como usted, no perdería ni un segundo de mi tiempo en nada que no fuera ella.

—Ay, qué dulce de su parte decir eso.

Patrañas.

Si el lameculos pensaba que tenía alguna posibilidad de seducirme, le esperaba un buen chasco, pero tenía que esperar antes de hacerle tragar esa verdad. Por ahora, tenía que seguir con mi papel.

—Estoy seguro de que mañana será un trámite rápido —continuó, ajeno a mis pensamientos hostiles—. Pero esta noche, al señor Girard le gustaría invitarlos a usted y a su flamante esposo a una pequeña velada en su villa junto al mar.

—Uy, una velada. —Modulé mi voz para sonar tan coqueta como él—. Suena elegante. ¿Habrá champán?

Los dientes relucientes del hombre casi me hicieron entrecerrar los ojos por el brillo.

—Fuentes del mejor.

—Qué prometedor.

Le batí las pestañas, salí de detrás de la puerta y volví a repasarlo de arriba abajo con la mirada. Para que el hijo de puta se confiara, dejé la puerta entreabierta como si Knox no estuviera detrás armado y listo para disparar, y como si no tuviéramos un pequeño arsenal en la suite.

Según nuestra tapadera, yo era una cazafortunas que había destrozado escandalosamente el matrimonio anterior de mi nuevo esposo para hincarle las garras a su inmensa fortuna, una trepa que usaba su cuerpo para conseguir lo que quería.

Ladeé la cadera y me apoyé en el umbral, exhibiendo mis atributos físicos para captar al enemigo, montando un espectáculo para reforzar el lado seductor de mi personaje.

—Me encantan las fiestas. —Amplié mi sonrisa—. ¿Estará usted allí, señor...?

—Gustav. —Me tendió la mano y se la estreché—. Soy el hijo de Gaspar Girard. —Se llevó mis dedos a los labios y me besó los nudillos—. Encantado.

Sus labios fríos me provocaron un escalofrío que me recorrió la espalda. Tras haber leído su expediente, podría haberle vomitado encima de sus zapatos relucientes, pero estaba de servicio, así que mantuve la sonrisa falsa.

Gustav Girard era el hombre de confianza de su padre, su ejecutor más leal.

Sabíamos que Girard padre querría echarle un buen vistazo a Knox antes de hacer negocios con él.

Sus fiestas eran el método que él y su equipo de seguridad usaban para examinar a sus clientes potenciales, pero según nuestras fuentes, no era habitual que enviara a su hijo a entregar las invitaciones.