Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 22. La balada de Grenoble y Lyon #3
98%

22. La balada de Grenoble y Lyon #3

Tenerlos delante me generó una opresión en el pecho. Sentí que era mi última oportunidad de decir que era injusto castigar a una hija por su identidad o por querer vivir como quería, pero me tragué el impulso. Para ambas familias, aquello era casi tan importante como una boda.

Tras firmar los libros, nos hicimos fotos con ellos y organizamos el regreso a Lyon.

Mi amiga volvería con sus padres, algo que me molestó, aunque ellos insistieron en celebrarlo en un restaurante caro.

Me mordí la lengua cuando ella me dio un pequeño pellizco, como avisándome de que no era momento de protestar.

Cuando se fueron, empezaron a entrar chicas con caras de ilusión, algunas con sus parejas.

Annastasie parecía embriagada de dulzura ajena, mientras yo me sentía reconocida y extrañamente tranquila.

En la mayoría de los casos, la dedicatoria era para una sola persona, pero a veces era para ambos miembros de la pareja.

Al ver la cara de un chico, se me escapó una risa.

Me recordó a Kano cuando lo convencí para ver La Gargantilla y, en plena película, le mordí el cuello aprovechando las últimas filas.

Se llevó tal susto que parecía haber envejecido diez años de golpe.

De pronto, Annastasie me besó la mejilla al entregar un ejemplar.

Sentí cómo el hilo azul vibraba con una intensidad nueva. La consideraba mi alma hermana.

Tras unas firmas más, tuvimos unos diez minutos de descanso… hasta que la desdicha entró por la puerta. Me hice la despistada.

—Alice parece que está buscando algo en la mochila, así que puedo firmártelo yo. ¿A nombre de quién? —se ofreció Annastasie a la persona que yo no quería ver.

—Lauren Bonfils, por favor. Esperaré a que tu compañera termine, no tengo prisa —respondió una voz afilada que me heló por dentro.

No había escapatoria. Era ella. Lauren Bonfils.

No tenía suficiente con lo que me había hecho antes: humillaciones, abuso, dejarme en coma.

Ahora estaba allí, frente a mí, como si nada.

Annastasie firmó con calma, le entregó una piruleta y una sonrisa educada.

Sabía de su existencia, sabía lo que había pasado, pero también sabía que en público no podíamos permitirnos errores. Me acerqué.

—Perdona la tardanza. ¿A nombre de quién lo pongo? —dije, fingiendo naturalidad.

—Lauren Bonfils. Espero que puedas perdonarme todo lo que te hice pasar. Tienes un aspecto muy… tuyo —añadió entre dientes.

El pulso se me tensó.

—Aquí tienes tu ejemplar de Mi Primer Amor. Espero que lo disfrutes —respondí con una sonrisa controlada.

—Gracias. Ha sido un placer verte de nuevo. Te dejo mi tarjeta por si necesitas algo —se despidió, mirándome fijamente.

Sonreí sin que me saliera del todo. Sentí las emociones atrapadas en el pecho. La mano de Annastasie se posó sobre mi muslo; ese gesto me sostuvo. Cuando se fue, bebí agua de un trago largo. Seguían llegando visitantes, pero yo ya no veía a nadie más. Solo a él. Y entonces, apareció.

Veinte minutos antes de que terminara la sesión, lo vi entrar. Kano llevaba dos rosas rojas y dos ejemplares ya pagados. Caminaba con esa serenidad oriental que parecía no romperse nunca.

—Buenas tardes, bellas damas. Espero que aceptéis ser obsequiadas por dos flores que no están a la altura de vuestra belleza. Sin embargo, me preguntaba si podríais dedicarme estos dos ejemplares de vuestro manga —la estupefacción se adueñó completamente de nosotras.

Aquel gesto era una flagrante declaración de intenciones conmigo, y de una sangre fría admirable, aun sabiendo que volvería con mis padres.

¿Cómo justificaría aquella rosa roja en el coche?

Me quedé sin aliento. Temblorosa, cogí uno de los volúmenes.

La representante de la editorial nos miraba con desconcierto; no entendía absolutamente nada, pero parecía tan descolocada como nosotras.

—¿A nombre de quién lo pongo? —pregunté de forma protocolaria, mientras el pecho me latía tan rápido que sentí una descarga eléctrica.

—Ambos a nombre de Kano Jones Akiyama. Me gusta tener dos ejemplares de las obras que amo —replicó con una voz tierna, mirándome con unos ojos encendidos.

—¡Claro! —exclamé antes de taparme la boca por el chillido que me salió sin querer.

—Cómo estás disfrutando esto, cacho zorra —murmuró Annastasie, pinchándome con la mirada.

Esta vez miré a mi pareja de frente y dejé que mi corazón hablara.

Era una dedicatoria muy personal, cargada de sentimientos, y apenas dejó espacio para que Annastasie escribiera algo.

Me habría avergonzado profundamente que alguien la leyera.

Kano, sin embargo, entendió de inmediato que era mejor no hacerlo.

Cuando le dediqué el segundo volumen, lo hice de forma mucho más relajada y formal.

Aquel gesto suyo —presentarse con una flor— había encendido en mí una pasión magnética hacia él.

Por muy controlado que fuera siempre, aquel detalle me pareció de lo más bonito que nadie había tenido conmigo.

—Os deseo lo mejor con vuestro proyecto. Esperaré con ansias el segundo volumen —se despidió tan pronto terminamos de firmar.

—Annastasie, creo que me he enamorado de este chico —dije, aún aturdida por lo que acababa de pasar.

—Nos ha regalado una rosa, se ha llevado dos ejemplares… es todo un galán. Como que me gusta hasta a mí —añadió ella, como si lo acabara de conocer.

—Chicas, os quedan quince minutos de firma. En diez empezaremos a recoger. No creo que venga nadie más —nos avisó la representante de la editorial.

A pesar de que mi amiga mantenía la esperanza de que llegara alguien más, no fue así.

Su rostro fue perdiendo poco a poco la jovialidad.

Tal vez había puesto expectativas demasiado altas para el lanzamiento de un manga hecho por dos adolescentes desconocidas en Europa.

Entonces me di cuenta de algo: ni siquiera nos habían dado un ejemplar de cortesía.

Así que actué por instinto. Si alguien cercano crea algo, lo mínimo es apoyarlo.

Cogí dos ejemplares de la mesa y fui a pagarlos.

Me sentí extraña comprando mi propio trabajo, pero quería conservarlo como recuerdo.

Después me giré hacia Annastasie con una mezcla de risa y vergüenza.

—¿Me lo puedes firmar, por favor? A nombre de tu querida amiga Alice —le pedí.

—Será todo un placer. Déjamelo un momento —asintió contenta, mientras los adultos nos miraban como si fuéramos de otro planeta.

—Aquí lo tienes. Espero que te guste —dijo tras unos minutos.

Luego intercambiamos los papeles. Le dediqué el otro ejemplar con sinceridad, deseándole lo mejor y confiando en que algún día encontraría a alguien que la quisiera de verdad.

Incluso dibujé una flor de cerezo. Sentí que debía hacerlo.

Nos abrazamos con ternura, nos hicimos una foto y ayudamos a recoger.

Se había vendido la mitad de los ejemplares, así que nos felicitaron, aunque también nos advirtieron que no se nos subiera el éxito a la cabeza.

Asentimos sin pensarlo demasiado. Al salir de la librería llamamos para que vinieran a recogernos.

Separarme de Annastasie después de aquella tarde me dolió más de lo que esperaba.

No podía maldecir el regreso a Grenoble, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza: una rosa, una declaración silenciosa de amor, una tarjeta de visita y la incertidumbre sobre el futuro.

Nos esperaba casi hora y media de coche.

Me acomodé en el asiento trasero, me puse los auriculares y empecé a escuchar a Bryan Adams, la música que tanto le gustaba a Kano.

Cada canción me devolvía un poco de su presencia.

[20 de junio de 2014]

El fatídico día había llegado. Eran las seis menos cinco de la tarde en la estación de tren de Lyon Part Dieu.

Mis padres me habían llevado en coche hasta allí para despedir a mi amiga.

Al final no pudimos evitar que la mandaran al internado.

Había derramado tantas lágrimas por ella que, llegada la hora de la verdad, no me saldría ninguna.

Ella estaba contenta y parecía feliz como siempre; sus padres tenían aquel rostro de cartón piedra, tan comprensivo, que usaban para fingir que reconocían y amaban a su hija.

Yo notaba cómo, a cada minuto que pasaba, me faltaba un poco más el aire. Estaba a punto de perderla. Y aunque se fuera solo a dos horas en tren, las normas de ese centro —con las salidas a Ginebra y el ocio— eran muy estrictas. Por eso habíamos tomado una contramedida.

Con parte del dinero de los ejemplares vendidos del primer tomo de Mi Primer Amor, compramos un teléfono móvil con tarjeta y datos.

Creímos que era la manera más segura de no perder la comunicación.

Cuando la voz metalizada anunció que el tren estaba próximo a llegar, no pude evitar abalanzarme sobre mi amiga, que en un acto de rebeldía se había vestido como una auténtica princesa; únicamente le faltaba la corona.

La veía tan preciosa y luminosa como en los primeros meses que estuvimos juntas. Mi dulce Annastasie finalmente se iría.

Ella acurrucó mi cabeza contra su pecho. Escuchaba su corazón latir. Por su respiración, entendí que estaba luchando por no llorar, por no dar la victoria a unos progenitores retrógrados. El tiempo se acababa, pero quería pensar que aquello solo era un interludio, que seguía luchando por ser ella.