Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 22. La balada de Grenoble y Lyon #2
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22. La balada de Grenoble y Lyon #2

De pronto, Annastasie me abrazó, provocando que soltara un pequeño grito de sorpresa.

—¿Sabes qué nos hace únicas? Que yo soy torpe con las acciones y tú con las palabras.

Nos complementamos en el desastre. En fin, para mí es importante que te preocupes por mis sentimientos, aunque sea a tu manera.

Por cierto, me apetecería mucho ir a comer con Kano y contigo —recalcó con voz juguetona.

—De acuerdo, comeremos los tres juntos, pero te pido discreción absoluta. No quiero levantar la más mínima sospecha de que soy su pareja —zanjé la conversación mientras sacaba el teléfono.

—Gracias… —respondió, dándome un cálido beso en la mejilla.

Acto seguido, llamé a mi pareja para confirmar que, efectivamente, comeríamos juntos.

Sería la primera vez que los tres compartíamos un encuentro de ese tipo.

A pesar de los altibajos y de lo delicada de la situación, confié en las palabras de mi amiga, que también arrastraba sus propios impulsos con personajes ficticios.

—Moshi moshi. Dime, corderito, ¿va todo bien? —la voz de Kano me hizo enrojecer al instante.

—Está todo bien, solo me has pillado un poco apurada. ¿Sigues dispuesto a invitarnos a comer? —pregunté con voz suave.

—La única condición es que no sea comida rápida. Ya sabes que no me sienta bien. Ahora mismo estoy en Paul Mistral Park. ¿Estáis muy lejos? —respondió al otro lado de la línea.

—Según el navegador, estamos a cinco minutos a pie —indicó Nestea con entusiasmo.

—¿Vienes tú o venimos a buscarte? El calor empieza a apretar —pregunté, ya decidida.

—Dadme vuestra ubicación, vendré a por vosotras —replicó contento.

—De acuerdo. Te veo en un rato. Chao —lo despedí apresurada.

Inesperadamente, Annastasie no tenía su habitual cara de estar comiendo chucherías emocionales.

Me preguntaba si incluso ella podía estar empachada de dulzura o si simplemente estaba disfrutando de ver a dos personas enamoradas.

Mientras esperábamos a Kano, nos pusimos a mirar restaurantes cercanos en el móvil.

Después de haber disipado mis dudas y de que ella se hubiera expresado, empecé a disfrutar nuevamente del día.

Aunque para mí aquella comida era una especie de prueba piloto de cómo sería mi relación en el futuro —porque tarde o temprano compartiríamos mesa y amistades—, no podía evitar cierto miedo a que los celos me pudieran.

Ambos eran amantes de la cultura japonesa y seguramente conectarían con facilidad.

Cuando mi pareja llegó, todavía no nos habíamos decidido por ningún local de la zona.

Para la ocasión llevaba unos pantalones azul claro, zapatos marrones y una camisa blanca que parecía muy fresca.

En las últimas semanas Kano había estado valorando dejarse de nuevo una barba de estilo oriental, pero al ver sus facciones suaves entendí que aún no estaba convencido.

Nos saludó besándonos el dorso de la mano con elegancia.

No supe si me dio más vergüenza ese gesto en mitad de la calle o imaginarme agarrándolo del rostro para besarlo como si mi vida dependiera de ello.

Después de los saludos, decidimos entrar en el primer restaurante con aire acondicionado que encontráramos. Así que echamos a andar.

En mi reloj ya casi era la una de la tarde.

Empezábamos la firma a las tres, pero debíamos estar media hora antes para firmar ejemplares a familiares y amigos de la editorial.

Nos detuvimos en un restaurante llamado Pick and Nick, de comida inglesa y ambientación británica. Toda una declaración de intenciones.

Nos atendieron de inmediato, casi empujándonos hacia la mesa, lo que me molestó lo suficiente como para rebatirlo en un inglés fluido.

Kano me pidió que me calmara y pude notar cómo se contenía para no besarme en la mejilla.

Al sentarnos, Annastasie resbaló accidentalmente y mi pareja la sostuvo al aire, sujetándola por debajo de los brazos.

—¿Estás bien, Annastasie? ¿Te has hecho daño? —preguntó con amabilidad.

—Sí, creo que necesito unos zapatos nuevos. La suela está muy gastada —respondió, mirándome fijamente.

Unos minutos después, ya sentados, revisábamos las cartas. Me había colocado junto a mi amiga para no levantar sospechas, pero también para que Kano vigilara nuestras pertenencias: mi mochila desgastada y su bolso, que parecía contener medio universo.

No tardamos en pedir. Mi pareja, que había salido a correr con Blanco por Lyon antes de tomar un taxi, pidió pastel de carne y riñón, afirmando con naturalidad que se moría de hambre.

Annastasie optó por una empanada de carne y cebolla.

Yo me decanté por salchichas con puré de patata.

Además pedimos una bolsa de patatas para compartir.

Mientras comíamos, empezamos a hablar del futuro de Mi Primer Amor y surgió una posible oportunidad para mis dibujos.

Kano habló de su interés por futuros distópicos en los que la ciencia arrasa el mundo, mencionando el steampunk y la revolución industrial.

Me sorprendió verlo tan entusiasmado con algo tan friki fuera del manga.

Siempre era tan correcto y contenido que tuve que recordarme que era sábado para procesarlo.

—Oye, Kano, ¿desde cuándo te gustan la época victoriana, los engranajes y los autómatas? —pregunté con una expresión exagerada.

—Alice, quita esa cara —me regañó Annastasie en voz baja.

—Me pones nervioso cuando haces eso —respondió, sin contestar directamente.

—Porque me gusta mucho todo lo relacionado con esa época. Incluso tengo un manual de dibujo que podría aprovechar —insistí.

Annastasie nos observaba con interés mientras él desviaba la conversación con elegancia:

—Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, pero las irás descubriendo. Dime, Annastasie, ¿te has inspirado en alguna dibujante japonesa en concreto para los personajes?

Ella empezó a enumerar nombres de autoras y obras que me costaba seguir. Ambos parecían felices, en sintonía, y yo empecé a sentir cierta incomodidad… hasta que decidí enfrentarla. No podía vivir eternamente con celos de cualquiera que conectara con él.

Los platos llegaron mientras ellos seguían conversando con entusiasmo.

Yo me dediqué a comer patatas fritas, observándolos en silencio.

Mil ideas me cruzaban la cabeza, ninguna especialmente negativa.

Finalmente encontré un hueco para intervenir.

Y entonces ocurrió algo extraño: en lugar de sentirme fuera de lugar, me sentí cómoda.

Como si hubiera encajado entre ellos sin esfuerzo.

La tensión desapareció y la comida incluso me supo mejor entre risas y curiosidades gastronómicas.

A su lado me sentía protegida y, al mismo tiempo, protectora.

El tiempo pasó demasiado rápido. Cuando terminamos el postre, solo quedaban diez minutos para recorrer quince minutos a pie hasta la librería.

No debíamos haber tomado tarta de zanahoria.

Kano pagó la cuenta y pidió un digestivo para bajar la comida.

Dijo que iría primero para hacer tiempo y que luego nos encontraría en Les Modernes.

Nosotras lo trataríamos como si fuera un desconocido, aunque a mí me llenaba el corazón poder firmarle un tomo de nuestro cómic.

Al llegar corriendo a la librería, sentimos el peso del sol y de la carrera en el estómago.

Eran casi las tres de la tarde y una representante de la editorial nos esperaba fuera.

—Chicas, llegáis cinco minutos tarde. Pasad dentro, tenéis que firmar algunos volúmenes por adelantado —nos regañó aquella mujer con traje de diseño.

—Perdón por el retraso. Estoy muy nerviosa y emocionada a la vez —aseguró mi amiga con un brillo especial en los ojos.

—Vamos, nos están esperando —la animé, tomándola del dedo meñique.

Una vez en el interior de la librería, vimos una mesa negra con un ejemplar de nuestro libro expuesto y dos pilas de copias para firmar.

El corazón se me detuvo al ver a un pequeño grupo de adolescentes cuchicheando emocionadas con un manga en la mano.

Nerviosa por su presencia, miré a Annastasie a los ojos.

Ella parecía decidida y estaba en su salsa, saludándolas con entusiasmo y haciendo que su vestido destacara aún más con su efusividad.

La representante de la editorial nos invitó a sentarnos para la primera foto promocional de la obra.

Obedecimos rápido y posamos con la portada del libro, donde aparecía una caja de bombones en forma de corazón y una carta encerrada.

No me hizo falta fingir: sentía felicidad por aquel pequeño logro artístico.

Después llegó uno de los momentos más emotivos.

Nos dieron dos bolígrafos. Primero firmé yo.

No sabía qué escribir, así que dejé una dedicatoria sencilla, deseando que disfrutaran la historia con la misma intensidad con la que nosotras la habíamos creado.

Luego le tocó a Annastasie, que ya tenía claro lo que iba a poner y añadió un pequeño corazón al final.

Incluso incluyó una de las piruletas que había comprado.

Para mi sorpresa, con ese gesto se ganó de inmediato a la sobrina de nuestro editor.

Me sentía un poco intrusa en algo que había nacido de una idea ajena, pero aun así tuve claro que no me importaría dedicarme a eso toda la vida.

Firmamos seis ejemplares antes de abrir el acceso al público general.

Los primeros en entrar fueron nuestros padres.

Para mi sorpresa, también estaban los de Nestea, aunque al principio se habían mostrado reacios a que su hija participara en algo tan cursi.

Según me había contado, las discusiones por el internado habían empeorado y el ambiente en casa era cada vez más tenso.