Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 22. La balada de Grenoble y Lyon
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22. La balada de Grenoble y Lyon

En el coche de mis padres sonaba Radio France Inter mientras íbamos de camino a Grenoble para hacer una firma de libros en la librería Les Modernes, ubicada en el número seis de la Rue Lakanal.

Nuestra editorial, Filletes de Shōjo, consiguió que Annastasie y yo tuviéramos nuestra primera firma en un local pequeño, para que no nos viniéramos arriba nada más empezar.

Aunque de primeras a ella le molestó no estar en una librería grande o en un centro comercial, yo le hice entrar en razón teniendo en cuenta los consejos de Kano al respecto.

Me hizo gracia que me dijera que antes de lucir como un dragón nos tocaría sufrir como hormigas; entonces él me hizo cosquillas en la barriga cariñosamente, alegando que el camino es lo que realmente importa.

Mi pareja todavía no había superado la muerte de Yagami, especialmente después de que en el testamento dejara una carta para él, que recibió del personal de la funeraria el mismo día del entierro.

Aunque no derramó una sola lágrima, yo lo sentía completamente roto por dentro.

Quería estar a solas con él, abrazarlo, acariciarlo con dulzura y besarlo castamente en la mejilla con la esperanza de que pudiera llorar y liberar sus emociones.

Si no hubiera sido porque mis padres y los de Annastasie acudieron al entierro, no me habría separado de él ni un solo segundo.

El señor Yoshida se había convertido en un padre para él y en un amigo singular para mí.

Tras el entierro, con las flores sobre la lápida, mi pareja hizo algo que sobresaltó a todos.

Se acercó a la tumba con una bolsa de papel de su local y se arrodilló frente a ella. Con expresión seria y el orgullo oriental brillando en sus ojos, colocó dos platillos para sake y una botella.

—Yagami Yoshida, seré breve y mantendré las formas en este último adiós.

Sé que no quieres que llore tu muerte; puedo creer que desearías verme bebiendo y riéndome como lo hice contigo durante estos meses.

Para mí fuiste más que un barman, más que un amigo: fuiste el padre que nunca tuve, un maestro.

Sería egoísta pedirte que siguieras viviendo después de todo lo que luchaste por tu esposa, ahora que por fin la volverás a ver.

Así que atiéndeme una última vez y bebe un último trago conmigo.

Baka, allá donde estés, brinda conmigo con nuestro sake. ¡Kanpai!

Bebió de un solo trago el contenido de uno de los platillos.

Nadie pudo contener las lágrimas, excepto él.

Después dejó el platillo y la botella sobre la tumba y regresó con el grupo con el rostro sereno.

A partir de ese momento sentí que estaba digiriendo su pérdida en soledad.

Su padre biológico se limitó a decir que había hecho lo correcto.

Yo era la única persona a la que podía aferrarse.

Sin embargo, nuestras citas y nuestra relación no se vieron afectadas en absoluto: seguía queriéndome con la misma dulzura de siempre, como si el resto del mundo no hubiera cambiado.

Por mi parte, sufrí la pérdida de un amigo, aunque no con la misma intensidad que en el caso de Yuki.

Estaba segura de que ambos velarían por nosotros allá donde estuvieran, incluso en esa pequeña firma de ejemplares de Mi Primer Amor.

Aunque junio todavía no había llegado, dentro del coche hacía un calor horrible, y envidiaba a Nestea por haber elegido un vestido fresco azul cielo con un gran lazo morado en la cintura.

En otra situación me habría negado a vestir algo que no fueran camisetas de tirantes y pantalones largos.

Ella sonreía de oreja a oreja mientras hablaba de complementos con mi madre.

Yo la miraba pensando en la clase de futuro que le esperaba a nuestro metafórico hijo en común.

Entonces recibí una notificación: mi pareja ya estaba en Grenoble. Estaba haciendo turismo mientras esperaba para ir a la firma.

—Me sabe mal no poder estar contigo. Te recomiendo tomar el teleférico para ver la catedral, subir a la Bastilla o pasear por el parque Paul Mistral. Son planes muy bonitos… y me quedaré con ganas de comerte a besos —murmuré sonrojada mientras lo tecleaba.

—¿Oye, Alice, nos dará tiempo a ver algo de tu antigua ciudad? —me preguntó Annastasie, mirándome de reojo.

—Eres una araña, muy peluda y muy fea… te voy a arreglar las raíces… —le contesté mentalmente, roja como un tomate.

—¿Por qué no la llevas al parque Paul Mistral? Está a quince minutos de la librería. Podéis dar un paseo y de paso que Annastasie te haga algunas fotos decentes. Ni muecas ni filtros —intervino mi madre, ante la sonrisita de mi amiga.

—Podríamos haber traído un paraguas negro y hacerle un montaje precioso… Alice es muy guapa, pero no se deja capturar fácilmente —siguió picándome.

—Y yo espero que hayas traído una peluca… —salté.

—Chicas, ya basta. Estamos en mitad de la carretera —nos regañó Aubin, subiendo la radio.

Mi teléfono volvió a vibrar varias veces. Annastasie disfrutaba de la situación: mis padres delante, yo escribiendo mensajes a mi pareja detrás.

—Estoy en el coche con mis padres y la zorra de Annastasie, a la que le arreglaré las raíces si sigue compinchándose con mi madre. Nos vemos en la librería —escribí con un corazón.

—Por cierto, Annastasie… sé que Alice no me lo dirá, pero ¿tienes pareja o alguien que te guste? Me gustan los cotilleos de chicas —inquirió mi madre.

Nestea palideció. Ahora era ella quien se moría de la vergüenza. Yo me mordí la lengua para no intervenir. La pregunta no parecía malintencionada, pero la reacción la delataba. Annastasie, sin embargo, fingió una risita picarona y se apoyó en el asiento delantero.

—Pues me gusta alguien, pero tiene pareja y no quiero darle dolores de cabeza con mis sentimientos —contestó con un tono de voz un poco triste.

—Creo que deberías decírselo, aunque no esté soltero.

Si esa persona es importante para ti, lo entenderá y tomará la decisión correcta.

Tienes que ser valiente, un rechazo no es el fin del mundo.

Y con lo guapa que eres, estoy segura de que pronto darás con una persona que te hará muy feliz —mi madre mostró una comprensión que pocas veces le había visto.

—Supongo que tiene razón, señora Fointable. A mediados del próximo mes tendré que mudarme al internado de Suiza. He acabado con la paciencia de mis padres —se lamentó mi amiga.

—Cállate, zorra, no me lo recuerdes. Estoy segura de que tus padres se van a arrepentir de la decisión en el último momento —creí con todas mis fuerzas al notar cómo sus ojos se enrojecían.

—Alice nos dejó caer lo del internado, pero no parece muy reconfortada con la idea de poder ir a verte en vacaciones si sigue sacando buenas notas —añadió Gallia mirándome con preocupación.

Las que consideraba dos cotorras dejaron de charlar tan pronto entramos en Grenoble con el coche.

Lentamente, mi mente evocaba los recuerdos más importantes de mi vida en orden cronológico mientras revisaba que en mi mochila estuviera todo.

El viaje no me estaba sentando nada bien, pero pronto bajaría del vehículo y me daría el aire fresco.

—Chun. Chun. Chun. Chun. —mi amiga me pinchó con el dedo en el muslo izquierdo.

—¿Qué quieres? —le pregunté con voz triste, sintiéndome arrancada de mis recuerdos.

—Antes de ir a comer quiero ir a la librería de tu amiga Sóley. Y también quiero comprar piruletas en forma de corazón… ¿Alice, estás bien? —Nestea volvió a preocuparse por mí de aquella manera que la hacía única.

—Sí, estoy bien. Solo un poco sofocada de estar aquí encerrada —mentí como una bellaca.

El viaje continuó durante diez minutos más hasta que nos dejaron en la Rue des Dauphins, frente a la librería de Sóley.

Hacía tanto tiempo que no entraba en ella que volví a sentir la magia de aquel lugar.

Cuando cruzamos la entrada, mi mirada buscó desesperadamente los dibujos con los que una vez conseguí un descuento para un manual de ilustración.

Tenía la esperanza de que todavía estuvieran expuestos, aunque hubieran pasado ya unos cuantos años.

Mientras Annastasie miraba bolígrafos con tinta aromatizada a frutas, yo me paseé por las secciones tratando de encontrar, sin éxito, lo que buscaba. Entonces me detuvo una voz masculina desconocida, que me puso los pelos de punta.

—¿Buscas algún libro en concreto? Te veo un poco desorientada —me preguntó el dependiente de la tienda, un hombre de unos cuarenta años.

—Es un poco embarazoso… no busco ningún libro en concreto. Solo he venido a recordar viejos tiempos, porque yo hice unas ilustraciones que estaban expuestas —repliqué, sintiéndome intimidada.

—Hace unos meses cambié un poco la decoración de la tienda cuando la antigua dueña me traspasó el negocio. Se llevó unos dibujos enmarcados un poco siniestros para mi gusto, aunque el trazo era bastante bueno —sus palabras me golpearon como una patada en el estómago.

—Tú sí que eres siniestro. Ha sido abrir la boca y entrarme un mal rollo —pensé, esbozando una sonrisa triste.

—Eres picarona, eh. Así que te gusta un chico con orejas de mishi.

Seguro que es muy guapo. A mí también me gustan algunos personajes de ficción.

Sé que te gustaría tener a alguien a tu lado que te quiera tal y como eres, pero no puedes dejar que eso determine tu vida.

No necesitas una pareja para ser feliz; lo importante es que estés bien tanto soltera como acompañada —le respondí, intentando suavizar el tono con una voz cariñosa.

—Sé que es ficción, aunque he soñado con él y me siento un poquito obsesionada. He llegado a hacer cosas indecentes en la ducha… y no pocas veces —confesó, sonrojándose con un arrepentimiento evidente.

—Entonces no le des más vueltas. Solo recuerda que, tarde o temprano, llegará alguien que ame cada centímetro de tu cuerpo. Y si no llega, siempre puedes adoptar un mishi de verdad y tener compañía entre páginas de libro. Es solo una idea —añadí.