Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 22. Una visita a Orleans #2
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22. Una visita a Orleans #2

Mi prima sonrió y seguimos caminando mientras hablaban de libros.

La conversación fue relajándose, y me sorprendí disfrutando del intercambio.

Tal vez la gente no era tan predecible como parecía en el instituto.

Llegamos a la Rue Royale, con sus edificios blancos y arcos romanos, sus tiendas y pastelerías alineadas como un decorado demasiado perfecto. Yo buscaba la librería.

—¿Seguro que aquí hay una librería barata? Parece zona turística —pregunté.

—Está en la otra calle. Pero tendremos que cruzar. ¿Quién se queda con la niña? —preguntó Ophelia.

—Alice será una buena madre algún día, que elija un libro —bromeó Nadine.

—¡Oye! Eres insufrible —respondí.

—Te buscaré un vestido de princesa para educarte —replicó ella.

—No me gustan los vestidos —corté.

El intercambio terminó con una mueca por mi parte…

y otra foto robada. Me puse roja, pero seguí caminando.

Entonces recordé a Kano. En su forma de mirarme.

En cómo, de algún modo, siempre parecía verme sin necesidad de cámaras.

Y, por primera vez en el día, la idea de ser observada no me molestó tanto.

Al cruzar la calle, nos plantamos en las puertas de la librería y volvió a surgir el debate sobre quién debía quedarse con la niña.

Yo sostenía que no era un lugar adecuado para un niño pequeño, pero su madre insistió en que entrara con nosotras y que respetáramos también sus preferencias.

La cuestión se resolvió en cuanto vimos en el escaparate un libro para colorear de Kat the bat. La pequeña reaccionó de inmediato, clavando la mirada en él como si hubiera elegido destino. Sin dudarlo, la tomé en brazos mientras le hablaba con calma.

—Entremos y tía Alice te lo compra. Pero mami se va a enfadar si no cogemos también un libro para leer —le dije mientras avanzábamos hacia el interior.

La llevé a la sección infantil y empezamos a revisar libros adecuados para su edad. Le mostré varios con portadas vistosas, poco texto y letras grandes, pero no mostró interés por ninguno. Tenía el carácter inquieto y selectivo, más guiado por el instinto que por la lógica.

—Te ha gustado el de colorear. Pues cogemos ese. Si te obligan a leer, acabarás odiándolo —concluí con una sonrisa, mientras ella ya escapaba hacia otro estante.

La sujeté por la cintura justo a tiempo: se había encaprichado de un libro con un conejo marrón y texturas táctiles. Al ver cómo le daba besos a la portada, sentí una punzada de incomodidad, temiendo que aquello llamara demasiado la atención.

—Vale, compraremos ese. Dámelo, lo pongo en la cesta —dije antes de que empezara un pequeño berrinche.

—Menudo genio tienes siendo tan pequeña. Encima que te compran dos libros —intervino Ophelia, cargando con la niña—. Alice, elige tú uno rápido o se nos irá el tiempo de la sesión.

Para mí, elegir libros era casi lo contrario de elegir ropa: podía pasar horas sin comprar nada. Me dirigí a la sección de terror sin dudar demasiado y cogí una edición de bolsillo de Carrie de Stephen King, algo desgastada en el lomo. Había visto la película, pero nunca leído el libro.

—No eres un poco… bah, da igual. Pasemos por caja —murmuró Ophelia al ver mi expresión.

—Me prometiste un libro por la sesión de fotos. Yo pago los de Natalie —respondí recogiendo la cesta.

—Tienes personalidad, eso seguro —dijo ella apartándome el pelo para ver mejor mis pendientes.

Tras pagar, salimos de la librería. El ambiente cambió de inmediato cuando nos reunimos con el resto del grupo: Nadine estaba al teléfono, pálida, mientras Camille la sostenía por los hombros. La tensión era evidente incluso antes de saber qué había ocurrido.

—¿Qué pasa? —preguntó Ophelia.

—Jacques ha amenazado de muerte a la niña tras la orden de alejamiento… —explicó Camille con voz firme.

Las bolsas se me cayeron de las manos. El miedo se instaló de golpe. Nadine estaba bloqueada, incapaz de reaccionar, mientras los transeúntes seguían su camino como si nada ocurriera.

—Te acompañaré a comisaría. La niña se queda conmigo —decidió Ophelia con rapidez—. Y Alice vuelve esta noche a casa de sus tíos.

Nadine me miró con los ojos húmedos, forzando una calma que no tenía.

—Cambiaremos tu billete. Por seguridad, dormirás allí esta noche.

Asentí. No había mucho que discutir. Aunque una parte de mí quería quedarme, entendía el riesgo. Nadine insistió en que no podía implicarme más, y Camille propuso organizarlo todo.

Antes de separarnos, abracé a la niña y le di su libro. Me tiró del aro de la nariz al despedirse, un gesto torpe pero sincero que me desarmó por completo. Luego partieron, y la sesión fotográfica continuó en un tono extraño, casi mecánico.

Recorrimos el casco histórico entre poses forzadas y calles demasiado bonitas para el estado emocional en el que estábamos.

Escaleras, plazas, fachadas antiguas. Yo seguía ahí, pero mentalmente dispersa, con la amenaza aún pesando sobre todo.

A la hora de comer, Ophelia me dejó elegir restaurante, pero insistió en algo más elaborado.

Terminamos con una quiche lorraine, que acepté sin demasiada resistencia.

Durante la comida, la tensión fue bajando, aunque el fondo emocional seguía presente.

Me sentí lo bastante cómoda como para hablar más de Kano, sin entrar en detalles comprometedores. Aun así, acabé mencionando cosas demasiado personales sin darme cuenta, incluida mi incomodidad reciente con mi propio cuerpo. Ophelia respondió con naturalidad, sin dramatizar.

—Es algo normal en tu edad. No debería darte vergüenza —dijo con calma—. Lo importante es que nadie te imponga nada.

Su respuesta me dejó pensando más de lo esperado.

No por lo que dijo exactamente, sino por la forma en que desmontó mi nerviosismo sin juzgarlo.

Me incomodó menos de lo que habría esperado y, al mismo tiempo, me obligó a ordenarme por dentro.

Cuando terminamos de comer, el día ya pesaba menos, pero la sensación de fondo seguía ahí: una mezcla de incertidumbre, tensión y algo que no terminaba de cerrarse del todo.

—¿Qué ha pasado, mi ángel rosado? —su voz cambió de inmediato, volviéndose más atenta.

Me senté en el borde del sofá, mirando el pasillo oscuro del piso como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento. El silencio del apartamento me resultaba pesado, demasiado grande para mí sola.

—Ha pasado… de todo un poco —empecé, sin saber por dónde ordenar la historia—. La niña está bien, pero ha habido problemas con Jacques. Amenazas. Policía. Nadine está fatal.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. No era vacío: era de esos silencios en los que la otra persona está procesando demasiado deprisa.

—Entiendo —respondió al fin—. Estás a salvo ahora, ¿verdad?

—Sí, estoy en casa de mis tíos. Pero… me he quedado con una sensación muy rara. Como si todo pudiera romperse en cualquier momento.

Me mordí el labio, mirando mis manos. Me di cuenta de que todavía temblaban un poco.

—Esa sensación es humana —dijo él con calma—. Pero no estás sola en ella.

Respiré hondo. El sonido de su voz me estaba anclando más de lo que esperaba.

—He hablado con una mujer hoy —continué, casi sin filtro—. Ha sacado temas raros. De relaciones, de cosas… íntimas. Me he sentido incómoda. Y luego he acabado mintiendo. Otra vez.

—¿Por qué has mentido? —preguntó sin reproche.

—Porque no quería explicar demasiado. Porque… es más fácil inventar otra cosa que decir la verdad completa.

Me quedé callada un segundo. El peso de lo dicho me cayó encima justo después de soltarlo.

—Alice —dijo él entonces, más suave—. No necesitas proteger tu vida inventando versiones de ti misma.

Apreté el teléfono contra la oreja.

—Ya lo sé. Pero a veces siento que tengo demasiadas vidas dentro.

—No tienes demasiadas vidas —corrigió—. Tienes demasiados miedos hablando a la vez.

Esa frase me dejó quieta. En el fondo del pasillo, el suelo crujió levemente. Me giré de golpe, tensa, aunque no había nadie. Solo el piso, el aire, y la luz fría entrando por la ventana.

—Estoy nerviosa —admití en voz baja—. No me gusta estar aquí sola.

—Respira —ordenó sin dureza—. Estoy contigo en la llamada. Quédate ahí.

Obedecí. Inspiré despacio. El ritmo de mi respiración empezó a bajar poco a poco.

—Te echo de menos —dije, ya sin tanta prisa en la voz.

—Yo también —respondió él—. Pero vas a volver a Lyon pronto. Y mañana todo esto será solo una mala tarde.

Me recosté contra el respaldo del sofá, cerrando los ojos un instante.

—¿Puedes quedarte conmigo un rato más? —pregunté.

—Sí —dijo simplemente—. No me voy a mover.

Y en ese momento, con el teléfono en la mano y su voz al otro lado, el piso dejó de parecer tan grande.

—¿Qué te ocurre? Me estás preocupando mucho. Cuéntamelo, por favor —me pidió con voz suave.

El abrazo de mi madre fue más largo de lo habitual, como si intentara comprobar con las manos que seguía entera. Mi padre se mantuvo un paso atrás, con la mandíbula tensa, observando el pasillo del andén como si todavía esperara que algo pudiera salir mal en el último segundo.

—Está todo bien ya —dije, más para mí que para ellos.

Pero no lo estaba del todo. Lo sentía en el cuerpo, en esa fatiga que no era solo del viaje.

Mientras caminábamos hacia la salida, mi teléfono vibró otra vez dentro del bolsillo.

Lo ignoré por inercia. El simple gesto de mirar mensajes me resultaba excesivo.

El aire de la calle me golpeó frío al salir de la estación.

Lyon seguía igual, pero yo no. Había una distancia rara entre lo que veía y lo que recordaba.

Como si el día de Orleans hubiera ocurrido en otro sitio, a otra versión de mí.

Mi madre habló de cosas pequeñas —la cena, el trayecto, si quería descansar primero—, pero sus palabras me llegaban amortiguadas. Asentía sin escuchar del todo.

Solo cuando el taxi arrancó hacia casa noté que estaba apretando el borde de la manga con demasiada fuerza.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez sí lo miré.

El nombre de Kano iluminaba la pantalla.

El sonido del motor siguió avanzando como si nada hubiera cambiado, pero dentro del coche el aire se volvió espeso, casi irrespirable.

—Alice… —empezó mi madre, con un tono más bajo.

No terminé de escucharla. El nombre de Yagami se repetía en mi cabeza sin forma, como un eco mal colocado.

No era una imagen clara, sino una sucesión de escenas sueltas: la escalera del local, las peceras, la luz suave del comedor, su voz tranquila diciendo cosas que siempre parecían demasiado seguras para el mundo en el que vivíamos. Y luego, el vacío.

—No… no es posible… quiero despertar de esta pesadilla…

Las palabras me salieron sin fuerza. Más como una exhalación que como una frase.

Sentí el cuerpo rendirse antes de poder decidir nada.

El cinturón me pareció demasiado pesado, el asiento demasiado firme.

El sonido de la radio, apagada, dejó un silencio aún peor.

Mi padre dijo algo desde el asiento delantero.

No lo entendí. Mi madre se inclinó hacia mí, pero ya era tarde para reaccionar con claridad.

Todo se fue apagando de forma lenta, sin dramatismo, como una luz que se queda sin electricidad.

Lo último que percibí fue el olor del coche —limpio, neutro— y la sensación de que el mundo seguía moviéndose sin preguntarme. Y después, nada.