22. Una visita a Orleans
Aparentemente la oferta de mi prima Nadine para ir a Orléans iba a chafarme la posibilidad de pasar las vacaciones de Pascua cerca de Kano, a quien desde hacía unas semanas notaba destemplado.
Recientemente había denunciado ante la policía la llegada de una amenaza a su buzón; al parecer tenía que ver con Yagami, quien por su parte le había pedido discreción y que, por lo que más quisiera, tanto él como yo nos alejáramos del bar.
En los últimos meses ya habíamos visto pintadas y actos de vandalismo con el local cerrado, pero su dueño siempre guardaba silencio al respecto.
En sus ojos podía entender que las cosas no iban bien y, a juzgar por los moratones que a veces asomaban en sus extremidades visibles, no me creía que todo se debiera a caídas fortuitas o accidentes laborales, no en tan poco tiempo.
Él y mi novio habían discutido acaloradamente en varias ocasiones por ese mismo tema.
Uno defendía que lo mejor sería cerrar el bar antes de que aquello terminara peor, mientras que el otro alegaba que era todo lo que le quedaba de Yuki.
Podía entenderlos a ambos. Mi bizcochito había aprendido que a veces es necesario poner punto y final a una historia antes de echarla a perder, pero también creía que Yagami estaba en su derecho de mantener el bar abierto, aunque nunca estuviera a rebosar de gente; él era feliz anclándose en el pasado.
Y a mí me resultaba imposible posicionarme a favor de uno u otro, aunque en un momento dado ambos quisieron que lo hiciera.
Minutos después se disculparon, reconociendo que usarme como peón era algo egoísta e innecesario.
Aunque yo ya tenía suficiente con lo mío —mantener las notas y el proyecto del cómic con Annastasie— siempre encontraba tiempo para cuidar de mi pareja.
En el fondo, por muy caballeroso que fuera o tanta sangre fría como mostrara al moverse por el instituto, también tenía demonios que lo atormentaban.
De alguna forma, la inesperada visita de su padre a Lyon y la charla que tuvieron le habían afectado.
Tal vez quiso educarlo a su imagen, como un japonés ejemplar, rescatando los valores de la cultura samurái.
Probablemente creyó que era lo mejor y que así alcanzaría la felicidad, siguiendo unos dictados estrictos y guiando férreamente la vida de su hijo, siempre bajo el respeto que suponía recibir un golpe del palo de kendo.
Viendo la situación —y quizá por capricho mío— le sugerí a Kano que alquilara una habitación en Orléans para vernos allí a escondidas de mi familia.
Él dudó bastante antes de decidirse, pero me aseguró que haríamos algo juntos y que quizá no haría falta habitación, que no estaba preparado.
Me sentía tan miserable por lo que le había hecho semanas atrás que no entendía cómo me lo había perdonado.
Una última vez me asaltó la sombra de la duda sobre sus intenciones íntimas conmigo.
Me maquillé un poco, elegí ropa que sabía que le gustaba cómo me quedaba y, después de una tarde de besos y lectura conjunta, deslicé la mano adrede hacia el interior de su muslo.
La primera vez entrelazó sus dedos con los míos, pero la segunda me miró a los ojos con total serenidad para decirme que las prisas eran malas.
Ni un indicio de presión, ni insinuaciones, ni nada que rompiera ese límite.
Apoyó mi cabeza contra su pecho y me besó la frente; después empezó a canturrear una canción romántica en inglés, ligeramente desafinado.
Aunque yo no estaba preparada para entregarme a él, me quedaban dudas naturales sobre si él lo contemplaba a medio plazo.
Había perdido la virginidad con Annastasie, una persona que era casi mi alma hermana, pero con Kano sería distinto.
Él ya debería saberlo todo a sus casi treinta y dos años.
Me quedaba la seguridad de que, al menos, sería cuidadoso, no me haría sentir como un saco de patatas ni me atropellaría emocionalmente como temía.
Todos esos pensamientos me atravesaron en la ducha.
Mi prima me esperaba para una sesión de fotos en el casco histórico, recorriendo la rue de Jeanne d’Arc.
Con el agua caliente y las ideas aún en la cabeza, me sorprendí al cerrar el grifo y notar cómo mi cuerpo reaccionaba de forma involuntaria.
Tomé la esponja con torpeza para calmar la sensación.
Me estremecí de una forma que solo había experimentado acompañada en dos ocasiones.
Cuando terminé de asearme, salí de la ducha temblando, aunque extrañamente relajada.
Al vestirme me invadió la vergüenza: estaba roja y respiraba algo agitada, pero ya no me afligía tanto como debería.
—Esto ha sido muy intenso —sentí mientras me apresuraba a ponerme las botas.
—¿Alice, te queda mucho? Tengo a mis amigas esperando —preguntó Nadine al otro lado de la puerta.
—Ya salgo, solo me falta secarme el pelo —respondí con un hilo de voz.
Unos minutos después me presenté en el salón donde me esperaban mi prima, sus dos amigas y la pequeña Natalie, que roía una galleta en su cochecito. La niña me miró con ojos tiernos, sujetando su comida con ambas manos.
—Pues ya tenemos aquí a la modelo. Mirad qué bonito tiene el pelo, parece una muñeca gótica. Tengo muchas ideas para ella —anunció Nadine.
—Hola, soy Alice. ¿Cómo estáis? —dije, algo nerviosa ante el grupo.
—Así que tú eres la modelo. Ya me habían dicho que eres un poquito especial. Tengo ideas para resaltar tu personalidad de chica dura. ¿Tienes la chaqueta con estampado de rosas? Podríamos usarla —dijo la chica de aspecto más claramente profesional.
—Ophelia siempre es muy directa, pero es buena gente. Y ella es Camille, modelo e influencer de moda de tallas grandes —añadió mi prima.
—Encantada, Alice. Me han dicho que te gusta leer y dibujar. Perdona si vengo, no estoy tan presentable como vosotras —dijo Camille con una inseguridad que me irritó de inmediato.
—Tú estás estupenda así. A quien no le guste, que le jodan. Deja de echarte tierra encima —repliqué, con la voz aún algo afectada por todo lo que llevaba encima desde la ducha.
—Esta chica tiene los ovarios bien puestos, me gusta. Dime, Alice, ¿tienes pareja? Lo digo por si quieres que edite algunas fotos para que se las puedas regalar —me preguntó la fotógrafa con una confianza que me resultó intimidante.
—Chicas, ya habrá tiempo para cotillear a la hora de comer. Vámonos ya, que esta tarde trabajamos las tres —intervino mi prima, salvándome de aquella situación embarazosa.
Aunque aquel grupo me resultaba amable y afín, me sentí violentada por la pregunta tan directa sobre mi pareja.
Probablemente mi reacción venía de una charla del instituto sobre sexualidad, donde nos hablaron de los riesgos de la exposición en internet y de cómo una imagen podía destruirte la vida si caía en malas manos.
Por un instante, mi imaginación hizo el resto: me vi convertida en una víctima, reducida a una imagen consumida por desconocidos, sin control sobre mi propio cuerpo ni sobre mi historia.
Tal vez era por aquella advertencia o por el recuerdo reciente de la ducha, pero la sensación me dejó inquieta.
Cuando salimos a la calle, el sol de primavera era lo bastante agradable como para no arrepentirme de los pantalones negros ajustados y la camiseta de tirantes con estampado de ojos llorando sangre.
Caminamos hacia la Rue Royale hasta detenernos frente a un mural de la Dama de Orleans a caballo, espada en alto, desafiando a los enemigos de la libertad de expresión.
El arte me fascinó, aunque el grupo me miró con cierta incomodidad cuando pedí una foto.
—No me miréis así. Mirad qué fuerza tiene. Es una mujer combativa. Si no me hacéis la foto, me la haré yo misma —protesté, algo avergonzada.
—No es que estemos en contra de tu idea, pero las redes sociales son peligrosas. Allí tienes cara y nombre. ¿Cómo te sentirías si afectara a alguien cercano? —preguntó Camille con voz suave.
Pensé en Kano. En su promesa de intentar reconciliarse con su padre. En ese hilo invisible que parecía unirnos incluso a distancia. Y sentí un impulso de llamarlo, de comprobar que todo seguía en su sitio. Pero me limité a encogerme de hombros.
—No me gustaría estar en esa situación. No quiero acabar en las páginas negras de la historia —admití, conteniendo el malestar.
—Me he quedado con las ganas de tomarte una foto. Venga, posa con la pequeña —propuso Ophelia.
No me entusiasmaba, pero la niña me miraba con tal curiosidad que no pude negarme. Tomé el carrito con cierta torpeza.
—Así pareces toda una mami. Dale una galleta —añadió Nadine, entregándome un tarro.
—Mira, preciosa… ¿quieres una galleta de la tía Alice? —dije agachándome.
—Elo. Eo. Elo —balbuceó la niña mientras me tiraba del pelo.
—Natalie, no le hagas daño —avisó su madre con calma.
El flash sonó y respiré aliviada. Posar nunca me había resultado natural, y menos con desconocidas. Tenía fotos con Kano, otras con Nestea, momentos robados que me parecían más reales que cualquier sesión preparada. Aquello, en cambio, me parecía frío, demasiado consciente.
—Nos ha tomado demasiado tiempo esta foto. Sigamos —dijo la fotógrafa mientras se inclinaba hacia mí—. Por cierto, no quería incomodarte con lo de las fotos para tu novio.
—No es eso… es solo que no me gusta mucho esto de posar —admití.
—Te entiendo. Te lo compenso: conozco una librería barata. Si posas leyendo, te compro un par de libros —propuso.
Mis ojos se iluminaron.
—Solo una cosa: sácame guapa —dije antes de taparme la boca, avergonzada.
—Tranquila, secreto femenino —respondió, guiñando un ojo.