20. Esbozando el futuro #3
Aunque Nestea conocía perfectamente la diferencia entre ambas palabras, yo no podía dejar de pensar que lo que había dicho sonaba menos intenso de lo que me habría gustado expresarle con un gesto.
Mi pareja se despidió alegando que había ido un momento al baño, y yo me quedé completamente anclada en el sitio.
—Oye, Annastasie… ¿le he dicho que me gusta o que le amo? Ha sonado más meloso e intenso que yo —pregunté, inquieta.
—¡Ay! Que soy parte de esto. Ha sido muy bonito, deberías verte la cara ahora mismo. No me digas que de aquí no puede salir un cómic precioso —exclamó, dando saltitos emocionada sin responderme del todo.
—Me ha costado no abalanzarme sobre él, pero no quiero meternos en problemas. Seguro que echaría de menos mis labios… —murmuré, antes de callarme al notar su mirada.
—Me gustaría encontrar a alguien a quien no le importara mi «cosita» y me mirase como él te mira a ti —añadió ella, con un tono agridulce.
Aquella noche me tumbé en la cama, me puse los cascos y le escribí a Kano.
Le conté cómo me había sentido, lo guapo que estaba con ese chaleco, que Annastasie no era mi amante y que los quería a ambos con locura.
También le dije que me habría gustado jugar al billar con él, pero que sentía el corazón dividido.
Me quedé en la oscuridad, con el dedo suspendido sobre el botón de enviar.
De pronto, su estado pasó de «en línea» a «escribiendo».
El corazón me dio un vuelco y, en un gesto absurdo, envié el mensaje sin querer.
—La he jodido bien jodida, hasta el fondo —susurré.
Paró de escribir. Volvió a estar en línea.
El silencio digital pesaba más que cualquier respuesta.
Cerré los ojos intentando calmarme con la música, mientras una canción de fondo hablaba de relaciones frágiles y sentimientos mal gestionados.
Pasaron unos minutos hasta que, finalmente, llegó su respuesta.
—Mi ángel rosado, me aflige saber que lo has pasado mal momentáneamente.
Creo que el sentimiento ha sido mutuo. En ningún momento he pensado que Annastasie fuera tu amante, pero no puedo negar que existe un precioso vínculo entre vosotras.
Sabes que puedo leer a la gente únicamente mirando a sus ojos, pero contigo no me es necesario hacerlo para saber que me amas.
Quiero que te diviertas y disfrutes de cada segundo de tu vida, pero sobre todo que seas libre.
Ama, ríe, canta, baila, lee, dibuja… No temas por mí, yo siempre estaré a tu lado cuidando de ti.
Hoy estabas preciosa, porque llevabas la prenda más bonita posible: la felicidad en tu rostro.
El teléfono se me escurrió de las manos por la emoción. No supe qué responder. «Ángel rosado» sonaba distinto a «corderito»; más íntimo, más consciente. Y me sentí ridícula por haber usado «daisuki» como si pudiera competir con aquello. Antes de que pudiera reaccionar, llegó otro mensaje.
—Oye Alice, no quiero irme a la cama sin preguntarte si has hecho planes para mañana. Me preguntaba si te gustaría acompañarme a visitar Vieux Lyon, el barrio a los pies de Fourvière. Podría preparar algo de comida e irnos de picnic.
—¡C’est la merde! Mañana tengo que estar con mis familiares de Orléans y además tengo deberes —recordé de inmediato antes de responder—. Lo siento mucho, bizcochito. ¿Podemos dejarlo para otro día?
Esperando su respuesta, me sentí codiciosa al querer ese plan de inmediato, como si pudiera llenar el pecho con todavía más felicidad de la que ya tenía.
Pero lo que me ataba eran tanto los estudios como los compromisos familiares.
Si bien apreciaba y quería a mi familia, habría dado mi reino por un paseo en el Jardin du Rosaire, en el quinto distrito de la ciudad.
Estaba segura de que podría improvisarle algunas palabras poéticas, siempre que nacieran del corazón, pero la realidad era otra.
Mi rebeldía no consistía en desafiar a mis padres, faltar a clase o maltratar a nadie. Se basaba en algo más simple y más difícil a la vez: ser yo misma. Sentía el impulso de fugarme de casa y pasar el domingo con él, aunque después tuviera que asumir las consecuencias en el instituto.
—No te sulfures, mi corderito rosado. Tienes una familia que te quiere; ellos también tienen derecho a disfrutar de tu compañía. Te prometo que iremos a hacer esa visita; estaré encantado de que me descubras los lugares de esta bella ciudad —respondió con una carita sonriente al final del mensaje.
—No conozco Lyon apenas, nunca me he aventurado demasiado por la ciudad. No me hace gracia ir sola en los autobuses —contesté sintiéndome como un pollito recién salido del huevo.
—De acuerdo. Yo tampoco me aventuraré, porque quiero vivir esas experiencias contigo. Bien, mi ángel rosado, es hora de que descanses. Si encuentro a algún baku le pediré que cuide tus sueños. Aishiteru, Alice —se despidió.
—Está bien, que descanses, mi bollito de canela —tecleé, añadiendo una pegatina de un cordero negro.
La música seguía sonando como un ruido de fondo que impedía que el silencio me tragara.
Era ese acompañamiento constante que evitaba que me quedara a solas con mis pensamientos.
Estaba cansada, pero no tenía sueño; era esa situación incómoda en la que sabes que acabarás dando vueltas en la cama sin decidir si aprovechar el insomnio o hacer algo útil.
Era sábado por la noche, así que seguramente habría alguna película de serie B o alguna parodia en la televisión.
Si no hacía demasiado ruido, nadie me pediría que la apagara.
—Estaba tan guapo con ese chaleco… y se le veía tan contento. Me habría gustado tener una foto con él —murmuré mientras revisaba la galería del móvil.
Fui pasando las imágenes una a una. Una del fin de año anterior.
Otra de la exposición de escultura al aire libre en el Parc de la Tête d’Or.
Y la última, en la que nos estábamos besando con el sol poniéndose de fondo.
Sus ojos brillaban justo antes de aquel beso que había quedado congelado en la fotografía.
Solté una risa bajita y me tapé la boca de inmediato, con miedo a que mis padres me escucharan. Tenía la cabeza demasiado llena de ideas y el corazón demasiado lleno de cosas sin ordenar. En el reloj de la pared ya marcaban las once y media.
—Supongo que es buen momento para ponerme con los deberes —pensé, sintiendo cómo el tiempo se me escapaba entre los dedos.
Saqué la agenda del instituto y revisé las tareas pendientes.
Todavía quedaban dos redacciones. No me apetecía inventar nada nuevo, pero me obligué a escribir con poca inspiración, limitándome a cumplir.
No estaba nada creativa y lo único que quería era la calidez de su presencia, sus abrazos, esa sensación de refugio que me dejaba el pecho tranquilo.
Hasta entonces nunca me había importado dormir sola, pero aquella noche me sentía extrañamente desamparada, como si hubiera una resaca sentimental que no sabía gestionar.
Por primera vez, no quería estar sola con mis proyectos ni con mis pensamientos.
Me descubrí deseando que durmiera a mi lado, con el calor de su pecho y esa forma tan suya de estar sin invadir, como si el mundo pudiera reducirse a algo sencillo y respirable.