Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 20. Esbozando el futuro #2
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20. Esbozando el futuro #2

—Tu novio está jugando con Yagami y otros profesores en las mesas de billar. ¿No le vas a dar un besito?

Cuando descubrí que aquello era cierto, el corazón me latió con fuerza.

—Qué guapo está con camisa, chaleco y esa coleta… —me derretí de una forma inesperada.

Nestea me miró con una sonrisa picarona cuando la observé de reojo.

No le daría el lujo de tomarme una foto en aquel estado, pese al deleite que me provocaba la escena.

Lo veía divertirse sin mí, manteniendo aquella actitud diplomática y fría que tenía con sus compañeros.

Fue entonces cuando la sangre se me encendió al ver cómo una de las profesoras, cuyo nombre no recordaba, lo tocaba con demasiada confianza para mi gusto.

—Alice, relájate. Esta mujer es así con todo el mundo, no es una mala persona —me tomó de la muñeca al verme morderme el labio de rabia.

—Es mi novio. Solo voy a cortarles el rollo. Intentaré no levantar sospechas —indiqué con un tono ligeramente agresivo.

—¡Mira! El juego de disparar a bichos feos que te gusta está libre… —intentó desviar mi atención.

Pero no fue su propuesta lo que me detuvo, sino la fuerza de su agarre en la muñeca, que me obligó a recapacitar sobre mi reacción.

—A él le gusta llevarse bien con todo el mundo. Me quiere y lo ha dejado todo por mí. Annastasie, ¿soy celosa y tóxica? —le pregunté angustiada mientras aflojaba la tensión.

—Un poquito insegura, quizá. Pero ¿quién no lo estaría teniendo a un miembro de la Gentleman Unity como pareja? Míralo, qué guapo está con ese chaleco… —su comentario me hizo entrar en razón.

—Ahora lo veo. Si ellos son su espacio, yo debo respetarlo. No todo gira en torno a una sola persona. Vayamos a la máquina de bailar; tal vez hoy no terminemos una encima de la otra —suspiré tras recapacitar.

En el instituto había visto parejas excesivamente empalagosas, siempre pegadas, incluso en los baños.

Aquello me producía rechazo, una sensación que no quería repetir ni proyectar.

Cuando llegamos a la máquina de baile, me vibró el teléfono móvil.

Nestea rebuscaba algo en su bolso, así que aproveché para mirar.

—Una notificación de WhatsApp… No será capaz —me sobresalté mientras desbloqueaba el dispositivo.

El corazón me dio un vuelco. Alcé la vista hacia las mesas de billar y nuestros ojos se cruzaron: Kano me sonrió con aquella expresión de niño que tanto me gustaba. Sentí un sofoco antes de bajar la mirada al mensaje.

—Tus cabellos son pétalos de cerezo que perfuman y embellecen el río de mi vida. Me gustaría jugar al billar contigo —leí en voz baja, intentando que mi amiga no lo notara.

Volví a mirar y confirmé que Nestea no estaba cotilleando. Estiraba las piernas mientras comía una chuchería, ajena a todo. Aun así, no sabía qué contestar; me sentía febril.

—Tus palabras me han arrancado el corazón con la intención de querer morirme a tu lado —escribí, avergonzada.

Me mordí los dedos con inquietud mientras las piernas me hormigueaban entre miedo y emoción. El sonido de las bolas de billar chocando me sacó de mi ensimismamiento. Nestea me ofreció el resto de su golosina y me hizo un gesto para subir a la plataforma de juego.

—Espero que nadie haya leído el mensaje. No quiero que tenga problemas —pensé tomando aire.

—Vamos a divertirnos. Ahora solo somos nosotras dos contra la máquina. Que no se te escape ninguna flecha —me avisó pellizcándome el trasero con malicia.

El gesto me hizo lanzarle una mirada asesina, pero ella respondió con su habitual cara de mishi triste, desarmándome. Sin quererlo, mientras la miraba, empecé a pensar en ideas para el cómic. La inspiración era caprichosa, y lo inquietante era que ahora la encontraba en ella… no en mi pareja.

Había leído muchas veces que la musa del artista solía coincidir con su amante o su esposa.

Y aun así, me resultaba extraño que, en mi caso, la inspiración tuviera su rostro.

Cuando terminó la canción, temí que le diera un berrinche por no haber conseguido la ansiada partida gratuita tras superar dos canciones con puntuación máxima.

Las piernas me temblaban de tanto golpear la plataforma con las botas, todavía cargadas de aquella energía nerviosa.

—Ha sido divertido. ¿Te apetece ir a jugar al billar ahora? —me preguntó con dulzura.

—Está Kano, están los profesores… y estás tú. No puedo disfrutar de ninguno si estáis juntos en estas circunstancias —confesé mordiéndome el labio.

—No voy a ser tan zorra contigo. Seguro que lo pasaríais mal sin poder daros el lote —me pinchó, haciéndome clavarle una mirada de advertencia.

Nestea se apoyó el mentón en los dedos, pensativa.

Seguía viéndose preciosa incluso cuando fruncía el ceño.

Yo no quería decirle que, si íbamos a las mesas de billar, me moriría de ganas de besar a mi pareja y que eso me quemaría por dentro toda la tarde.

Tampoco me parecía justo quejarme: los hilos del destino eran así de crueles.

Estaba con ambos, el rojo y el azul, como si fueran ovillos que me observaran.

—Ya sé. Podemos ir al fotomatón. ¿Cuánto hace que no nos sacamos fotos juntas? —propuso de pronto.

—Desde mi cumpleaños… básicamente. Pero… —intenté responder.

—Nunca hay suficientes fotos con tu querida amiga Nestea —sentenció, arrastrándome con ella.

Caminamos hacia el fotomatón, aunque mis ojos seguían desviándose hacia las mesas de billar, donde Kano Jones Akiyama destacaba con su coleta y aquel chaleco que me desarmaba.

—Me lo comería ahora mismo… Qué elegancia con el palo de billar. Esto es un maldito suplicio —me derretí por dentro mientras me dejaba llevar.

—¡Alice! Ven aquí, tengo que repasarte el maquillaje —me regañó en voz baja.

—Si solo es un poco de lápiz de labios… —protesté entrando en la cabina.

Una vez dentro, sacó sus cosméticos con rapidez. Sus ojos brillaban mientras me arreglaba el pelo con una concentración casi quirúrgica. Esa cercanía me jugó una mala pasada: por un segundo imaginé que iba a inclinarme hacia ella como en una escena que no debía existir.

—¡No! —grité echándome hacia atrás y cayendo fuera de la cabina.

—¿Alice? ¿Estás bien? —salió alarmada.

—He tenido una paranoia muy fea, Nestea —murmuré, notando el dolor en la espalda.

—Respira, te ayudo —dijo con voz temblorosa.

Me tomó de las muñecas con una técnica firme que había aprendido en el dojo de Yuki y me levantó.

En el esfuerzo, fue ella quien acabó cayendo dentro de la cabina, y yo no pude evitar reírme.

Me llevé una mano a la boca, avergonzada, pero ella no parecía molesta.

Después insistió en que nos hiciéramos las fotos igualmente.

Mientras elegíamos filtros, la miraba de reojo.

—¿Debería decirle que he tenido miedo de que me besara… y por eso he reaccionado así? —consideré inquieta.

—Elige los filtros, quedan veinte segundos —me avisó.

—No pongas ninguno. Quiero llevarte en el corazón tal y como eres —respondí sin pensarlo demasiado.

—Alice… —susurró justo cuando empezó la cuenta atrás.

Me abracé a ella para inmortalizar el momento.

En las seis fotos hicimos de todo: me mordió el cuello, nos tiramos del pelo, nos abrazamos, nos besamos en la mejilla, ella se apoyó en mí y, al final, entrelazamos los meñiques.

Era un cliché pensar que aquello duraría para siempre, pero con ella no sonaba tan imposible.

—Ya está. Tres fotos para cada una. Estoy deseando verlas —dije al salir, recogiendo la mochila.

Pero fuera no estaban. Un nudo me apretó el pecho.

—Creo que se os ha caído esto. Son unas fotografías muy simpáticas, veo que os queréis mucho —dijo una voz.

Me giré. Era Kano. Y sentí con toda claridad que me gustaría que la tierra me tragara.

—Profesor Akiyama… qué coincidencia encontrarle aquí —intervino Nestea, demasiado tranquila—. Me da un poquito de vergüenza que las haya visto.

—Señorita Baudin, es un placer saludarla en esta fría tarde. No tiene nada de lo que arrepentirse. La señorita Fointable y usted tienen una amistad genuina; eso es un motivo por el que alegrarse —añadió mi pareja después de devolverme las fotografías.

Miré directamente a los ojos azules de mi maestro; en ellos no había el menor rastro de dolor ni de reproche.

Aunque le había hablado muchísimas veces de Nestea, de nuestra relación y de ese hilo azul que yo insistía en imaginar entre ambas, no podía evitar sentirme extrañamente destemplada por lo que había presenciado.

Cuando sus labios se separaron de nuevo, un escalofrío me recorrió la espalda.

La verdad estaría en el tono de sus palabras, no en lo que dijera literalmente.

—Señorita Fointable, nunca olvide que siempre apoyaré la felicidad de una persona. No obstante, solo lo haré mientras no se fundamente en dañar intencionadamente a otra. Cuiden su amistad, pues en el jardín del amor es una de las flores más bellas —dijo, con los ojos ligeramente emocionados.

El corazón me latía tan rápido que no sabía si quería besarlo, abofetearlo por su atrevimiento o simplemente huir.

Era una de las declaraciones más bonitas que había escuchado en mi vida, aunque no fuera una declaración en sí.

Su voz, sus gestos y la sinceridad de su mirada me desarmaron por completo.

A diferencia de mí, él no parecía sentir celos ni malestar por unas fotografías que podrían comprometerme emocionalmente.

Con las manos temblando, guardé las instantáneas en la mochila sin saber cómo manejar aquella mezcla de hormigueo, vergüenza y ganas de abrazarlos a ambos hasta el absurdo.

—Profesor Akiyama, daisuki —murmuré en japonés, lo bastante bajo como para que nadie más lo entendiera.

—Aishiteru, Alice-chan. Recuerda lo que hemos hablado —respondió él, devolviéndome la misma intensidad.