20. Esbozando el futuro
El año había empezado con luces y sombras.
Aunque ya no tenía dudas sobre las intenciones de Kano como mi pareja y profesor de filosofía y literatura, me sentía dividida entre él y Annastasie, porque por motivos académicos cada vez era más difícil sacar tiempo para ambos fuera del fin de semana.
A finales de enero llegaron unos exámenes sorpresa que Kano me confesó en secreto que estaban pensados para evaluar al profesorado e incluso despedir a parte del personal según los resultados.
El ambiente en clase se volvió tenso, pero él nos dio una chocolatina antes del examen y consiguió que bajáramos los nervios.
Al final, los resultados fueron buenos y se salvó.
Aun así, hubo algo que me marcó: por primera vez vi a Kano llorar.
No eran lágrimas descontroladas, sino contenidas, como si estuviera luchando por no dejarse llevar.
Me confesó entonces que, si suspendíamos, no solo habría perdido su puesto, sino también su permiso de residencia y, con ello, la posibilidad de seguir a mi lado.
Aquello dejó claro, sin necesidad de adornos, que yo era más importante para él que su trabajo.
Ese momento ocurrió días antes de mi cumpleaños, pero sus palabras pesaron más que cualquier regalo.
Aun así, me obsequió unos brazaletes con pinchos comprados en una tienda gótica y fuimos al cine a ver El ataque de las pirañas voladoras.
Su expresión durante la película fue irrepetible: estupefacción absoluta, mirada perdida y cero juicio, solo una especie de aceptación silenciosa que terminaba en besos en la cabeza entre palomitas.
Aquella noche, aunque cancelé planes con Annastasie para verlo, acabé sintiendo que había sido un cierre perfecto.
En San Valentín, cuatro días después, celebré mi cumpleaños con Annastasie.
Le prohibí expresamente comprarme regalos, así que me leyó una prosa que había escrito para mí, lo cual me pareció más valioso que cualquier objeto.
Pasamos la tarde en el salón recreativo, alimentando a los mishis de una colonia urbana, y acabamos tumbadas en el Parc Blandan mirando las estrellas.
Allí le entregué una caja de chocolates y un dibujo de un neko boy en una postura sugerente, como gesto de afecto y provocación ligera hacia sus gustos.
Febrero pasó con rapidez. Lo único que ensombrecía esos días era la inminente partida de Annastasie a Suiza, que reducía cada vez más el tiempo que teníamos.
Aun así, los móviles y el instituto ayudaban a sostener el contacto.
La verdadera sorpresa llegó cuando recibí un correo: Mi Primer Amor había quedado segundo en el concurso Filletes de Shōjo y querían publicarlo en cinco tomos.
La noticia me llenó de euforia inmediata, pero también de preocupación.
Cinco volúmenes implicaban tiempo, esfuerzo y una coordinación casi imposible, especialmente con su marcha y mis estudios, además de mi relación con Kano.
Reflexionaba sobre él, en su forma de animarme a dibujar y en su idea de que las relaciones no debían basarse en un contacto constante.
Quizá entendería la situación. Aun así, el problema era evidente: no había margen suficiente.
Cuando llamé a Annastasie, su reacción fue más de asombro que de celebración.
Nuestros padres aceptaron firmar el contrato, aunque con la condición de mantener los estudios.
Aceptamos sin medir del todo las consecuencias.
—Menudo lío nos hemos metido, ¿eh, Nestea? —dije mientras bebía.
Annastasie me miró con una expresión apagada, menos viva de lo habitual.
—Alice, si yo no puedo darte indicaciones desde Suiza… ¿serías capaz de continuar sola? —preguntó con una seriedad poco habitual—. Te quedarías con mi parte del dinero.
No supe responder de inmediato. Después de un silencio tenso, explicó con frialdad que la historia apenas tenía material suficiente para un segundo volumen y que forzar cinco podía hacerla naufragar.
—Entonces necesitamos una trama nueva —dije, intentando animarla—. Algo que marque la diferencia. ¿Hay algo que no se haya contado?
Me reí de pronto al ocurrírseme una idea y la solté sin pensarlo demasiado: introducir un personaje transgénero cuya historia de amor fuera correspondida. Annastasie no reaccionó de inmediato. Se quedó en silencio, seria, consciente de lo delicado del tema.
—No puedo vivir con rumores sobre mí —respondió finalmente—. Pero ahora dime algo más importante: ¿te ves viviendo de esto?
Su tono cambió. Ya no era una conversación ligera. Era una pregunta directa. Yo intenté esquivarla hablando de Kano, de cómo no quería acabar siguiendo el camino de nadie, pero ella insistió.
Nunca la había visto así. No era la Annastasie impulsiva o bromista, sino alguien completamente enfocado en lo que quería construir.
En contraste, yo dibujaba por placer, por expresión, mientras ella lo hacía como un proyecto de vida.
Y por primera vez entendí que estaba frente a alguien que no solo soñaba, sino que estaba dispuesta a sostener ese sueño con una seriedad absoluta.
—Nunca me lo he planteado seriamente. Solo quiero dedicarme a algo que me guste y me permita vivir.
Creo que es el sueño de cualquier artista.
Si te soy sincera, me gustaría sentir esta pasión tan tuya por el manga, pero siento que es a través de esta obra como me siento más unida a ti y puedo entender que no vas a dejarme pasar una chapuza, aunque le guste a la editorial —repliqué, sintiéndome intimidada por su presencia.
—Perdón, me he excedido esta vez. Cuando me pongo a hablar de nuestro pequeño bebé no mido mis palabras —reconoció de una forma que destensó la situación.
—No importa. Esto no es nada comparado con lo que has tenido que aguantar con mis celos e inseguridades —aseguré mientras rompía un pedazo de pastel con el tenedor.
Mi interlocutora esbozó una sonrisa, dio un manotazo a la mesa que casi tiró ambos vasos y me señaló con un dedo.
—Ya lo tengo, ya sé lo que haremos. Vamos a fingir que somos pareja durante un día entero. Será como un juego de rol. De esta manera seguro que se nos ocurrirán ideas nuevas que podamos usar —aseguró, mientras yo sonreía diplomáticamente y le pedía con gestos que se relajara.
—Annastasie, no me seas zorra, que yo estoy apareada.
¿No sería eso ponerle los cuernos? —dije sintiendo una punzada en el pecho—.
No sé hasta qué punto es buena idea. Eres mi hilo azul, pero sé que no estaría bien.
Sé lo que es estar con una persona que fingió una relación para reírse de mí, para llevarme a la cama y humillarme.
Tengo un novio por el que he notado suspiros a sus espaldas y solo tiene ojos para mí.
No se lo merece, ni él ni nadie —aclaré con voz firme.
Ella suspiró, buscó algo en su bolso y sacó un bolígrafo con una pequeña tortuga decorativa y un bloc de notas en forma de corazón.
—Anotemos todas estas ideas. Creo que pueden servirnos para los siguientes números. No tenemos motivos para centrarnos solo en la pareja principal. Podríamos hacer dos tomos y medio con una relación y otros dos con otra —indicó mientras levantaba la tapa.
—Oye, Annastasie, creo que tienes las puntas muy abiertas. ¿Has pensado en ir a la peluquería? —inquirí acariciando su melena.
—Pues tienes razón, aprovecharé para hacerme otro peinado. ¿Tienes alguna sugerencia? —replicó con voz inocente.
—Ven aquí, que te voy a arreglar hasta las raíces. Mira que hacerme sufrir así, cacho zorra —me lancé hacia ella en un enfado fingido.
En las mesas cercanas nos miraron con desaprobación durante unos segundos.
Nos comportábamos como niñas, pero tampoco era nada nuevo en un sitio donde el ruido de adolescentes y la música a todo volumen rara vez recibían reproches.
Mientras tanto, ella seguía anotando ideas en voz baja, concentrada.
Ninguna de las dos quería que nuestras vidas acabaran convertidas en material de prensa rosa.
De pequeña incluso había recibido una bofetada por llamar a ese tipo de periodismo «bolsa de popó rosa».
Al salir de la cafetería vimos que el tiempo no acompañaba; empezaba a chispear de esa forma incierta que no te deja claro si acabará en tormenta o no.
Annastasie sacó dos paraguas plegables y nos dirigimos hacia el salón recreativo sin ponernos de acuerdo sobre si jugar al baile o al shooter de monstruos mutantes.
Nuestra competitividad habitual no ayudaba.
—Tienes las manos heladas. Podemos pasar por tiendas a ver si encontramos unos guantes —dijo ella con preocupación.
—Tal vez otro día. ¿Te apetece billar? Nunca hemos jugado —propuse mientras el semáforo cambiaba.
Ella lo pensó mientras cruzábamos el paso de peatones bajo un cielo que ya empezaba a rugir.
—¡Ay! He visto caer ese relámpago demasiado cerca. Corre, Alice, que nos vamos a empapar —me arrastró sin soltarme del dedo meñique.
—Que llevo botas, no puedo correr —protesté sonrojada.
—Eres un bicho malo —me soltó entre risas.
—Te vas a quedar sin mis bollos de canela —amenazó después, dándome un beso rápido en la mejilla.
—Eres una araña peluda y fea —refunfuñé sin convicción.
—Soy una señorita, cuidado —replicó haciéndome cosquillas hasta doblarme.
Mientras reíamos, algo se iba asentando en mi cabeza sin que pudiera ordenarlo del todo: si yo acabaría cargando con la historia de Mi Primer Amor, entonces necesitaba entender de verdad qué era el amor de pareja.
No como idea, sino como experiencia. Y eso empezaba a volverse más confuso cuanto más lo pensaba, porque ya no distinguía del todo dónde acababa la amistad y dónde empezaba otra cosa.
Al final del camino llegamos al destino. Y mi entusiasmo, sin saber muy bien por qué, se había ido apagando.
—Alice, Alice, Alice, Alice —me chinchó Annastasie señalando las mesas de billar que estaban al fondo.
—¿Qué ocurre? ¿Qué has visto? —repliqué con voz seria mientras buscaba alguna máquina libre.