19. La noche de fin de año #3
La realidad regresó con la voz de Yagami desde la escalera, recordándonos que la cena estaba lista.
La transición fue abrupta, casi absurda, como si el mundo exterior no tuviera paciencia.
Aun así, no sentí ruptura, solo continuidad bajo otra forma.
Acepté la cena con una sonrisa leve mientras él recuperaba su compostura habitual, y bajamos lentamente hacia la mesa.
El resto quedó suspendido en una sensación difícil de ordenar, como si todo lo anterior siguiera ocurriendo en paralelo.
La delicia consistía en un bollo grande relleno de arroz con salsa de curry en su interior.
Según Kano, algunas variantes incluso llevaban fideos dentro.
Para comerlo nos sirvieron una cuchara y durante unos segundos dudé si hacerlo o no: nunca había visto un plato así.
Él, sin embargo, me animó con naturalidad y utilizó los palillos para ayudarme a separar un trozo.
Con habilidad, lo llevó hasta mí y lo acepté.
La salsa se deshizo de inmediato en la boca y mastiqué despacio; el sabor era tan intenso que, casi sin pensarlo, le pregunté si sería capaz de cocinar algo así para mí, recordando que en algún momento había mencionado que le gustaba cocinar.
—Será un placer cocinar para ti. Aunque espero que te gusten los platos un poco exóticos; no me sienta bien la comida rápida —respondió con una sinceridad tranquila.
—Bueno, si algún día llegamos a vivir juntos yo me encargaré de la limpieza. Pero ni se te ocurra pensar que seré tu asistenta personal —aclaré, observando cómo me sonreía.
—No tengo previsto repetir los mismos errores de nuestros padres. No me parece ético —añadió con convicción.
Cuando llegó el segundo plato, Yagami quiso rendir un guiño a la gastronomía francesa con un lenguado a la meunière acompañado de patatas hervidas y ensalada.
Era un plato que ya había probado en restaurantes, pero allí tenía un equilibrio distinto, más preciso en el aliño, que lo hacía reconocible y ligeramente nuevo al mismo tiempo.
—Alice, hay algo que me gustaría saber de ti —intervino Kano de pronto, con el tenedor en la mano—. ¿Cuál es tu sueño?
Me quedé unos segundos en blanco antes de responder, sintiendo que cualquier formulación sería incompleta.
—No lo sé con exactitud. Solo quiero dedicarme a algo que me guste de verdad, leer y dibujar. Annastasie me está enseñando a dibujar manga; queremos presentarnos a un concurso —añadí, dándome cuenta demasiado tarde de que la había mencionado.
—Entiendo. Lo importante es dedicarte a algo que ames. Así no tendrás la sensación de trabajar —concluyó, como si fuera una idea asumida desde hacía tiempo.
Cenar con él, siendo oficialmente pareja, no resultaba tan distinto a cuando éramos amigos.
Había más cercanía, pero no una presión constante por gustar.
Seguía siendo yo misma, aunque ahora el contexto tuviera otro significado.
Después de unos meses, seguíamos siendo casi desconocidos unidos por algo difícil de definir.
Con el postre llegó un cambio de tono: el ambiente se relajó hasta convertirse en un juego ligero con la nata y las virutas de chocolate, una complicidad sin tensión.
El tiempo, sin embargo, avanzó demasiado rápido. Cuando miré el móvil, quedaban apenas veinte minutos para el autobús. No me hacía ninguna gracia la idea de volver sola por Lyon aquella noche.
—Tengo que irme en veinte minutos si quiero coger el autobús —dije, con cierta angustia—. Me gustaría tener un último baile contigo.
—Preferiría que tomáramos un taxi. Me encargo yo —respondió, con una preocupación genuina.
Subió al piso superior con la excusa de hablar con Yagami. Entendí que probablemente estaba organizando el taxi, pero en su lugar comenzó a sonar una canción distinta, una balada. Bajó casi corriendo y se detuvo frente a mí.
—Me gustaría susurrarte la respuesta de esta canción. Tardaremos solo unos minutos. Puedes considerarlo una declaración de amor formal —dijo.
Asentí sin pensar demasiado. Bailamos de nuevo, esta vez más cerca.
Mientras la canción avanzaba, me susurró fragmentos de su pensamiento: que si nadie me entendía, él podía escuchar mis latidos; que si nunca se había declarado, había sido porque me había querido también en silencio, incluso en sueños.
No intenté analizar la letra. Me limité a escuchar su voz. Cuando terminó, lo besé.
Después nos quedamos en silencio, aún muy cerca. La tensión ya no era ansiedad, sino una calma extraña. El móvil volvió a vibrar: el autobús pasaría en cinco minutos.
—Feliz año nuevo —dije abrazándolo—. Soy muy feliz ahora mismo y me cuesta irme.
—Feliz año nuevo, mi corderito —respondió él—. Antes de que te vayas, quiero pedirte algo.
Me acompañó hasta la mesa y, sin decir nada más, me ayudó a recoger.
Luego me arregló el pelo con cuidado, colocándome la horquilla.
El gesto fue lento, casi deliberado. No quería que me fuera, pero tampoco intentaba retenerme de una forma torpe.
Y en medio de esa contradicción, el tiempo siguió avanzando igualmente.
—Creo que ya está. La veo recta y se te aguanta bien en el pelo. Ahora sí, fastidiosamente, me tengo que ir —le recordé con aflicción y desgana.
—Te acompañaré hasta la marquesina donde te recogerán. Toma estos veinte euros; quiero dormir tranquilo sabiendo que llegas bien. Y no olvides mandarme un mensaje cuando llegues a casa, mi pequeño corderito rosado —añadió mientras me tendía el dinero.
Acepté el dinero solo para que se quedara tranquilo.
Me acompañó hasta el punto de recogida y el taxi ya estaba esperando.
En la calle miramos a ambos lados, asegurándonos de que no hubiera nadie que pudiera vernos, y en ese instante le di un beso breve, casi impulsivo, como si quisiera llevarme su presencia conmigo en aquella última escaramuza.
—Te quiero muchísimo. Ojalá hubiera podido quedarme más tiempo —me despedí.
—Que pases buena noche, mi ángel rosado. No te acuestes muy tarde —respondió con una voz suave, casi doméstica.
Subí al vehículo, indiqué la dirección de mi casa y me abroché el cinturón.
Desde el cristal lo observé mientras se alejaba de la puerta.
Estaba tan cerca y, al mismo tiempo, ya no.
Sentí cómo el nudo en el pecho se rompía y acabé llorando en silencio.
Todo había terminado, al menos por ahora, con una especie de final feliz suspendido en el aire.
Durante el trayecto me quedé mirando la ciudad iluminada por las farolas, viéndola de una forma distinta, como si el mundo hubiera cambiado ligeramente de textura.
—Tengo que desmaquillarme y enviarle un mensaje de voz a Nestea antes de entrar en casa. Aunque lo único que quiero es tirarme en la cama y revivir todo esto. Qué fastidio… Ojalá fuera mayor de edad y pudiera hacer lo que me diera la gana —valoré mientras preparaba el dinero.
Bajé en la encrucijada donde se encontraba mi edificio, al final de la Avenida Napoleón III.
Pagué a la conductora, recogí el cambio y entré en el portal.
Consideré que era más seguro desmaquillarme dentro del ascensor.
Nerviosa por la posibilidad de llegar tarde a casa, terminé de limpiarme la cara mientras subía.
Al final de aquella larga tarde todo había concluido.
Solo quedaba una ducha y volver a la normalidad, aunque mi cabeza seguía allí, en el bar de Yagami, donde seguramente él también continuaba pensando en lo mismo, quizá en silencio, quizá todavía sonriendo.