19. La noche de fin de año #2
Era el último día del año, y esperaba que también fuera el último en el que me sintiera atrapada por esa duda constante.
Por un lado, deseaba que llegaran las nueve de la noche para ver a Kano.
Por otro, no quería que llegaran nunca: temía su rechazo, las excusas éticas, la diferencia de edad o cualquier argumento que lo alejara de mí.
Quería creer que estaría por encima de todo eso.
Para la ocasión me puse un vestido negro con un escote discreto, medias y zapatos planos.
Annastasie me ayudó con el maquillaje, aunque se negó a ponerme ojeras o «detalles sangrientos», como yo había sugerido.
Me miré al espejo con incomodidad; no sabía si aquello era prepararme para una cita o para una catástrofe.
Ya en el cine, la tensión volvió a aparecer sin aviso. Mis pensamientos se mezclaban con recuerdos incómodos y con el miedo a no saber qué hacer si la situación se volvía demasiado íntima. Cerré los ojos un segundo.
—No, no, no… eso no —murmuré.
—¿En qué piensas? —preguntó Annastasie.
Le confesé en voz baja mis miedos sobre la cita y el sexo, sobre no saber cómo reaccionar. Annastasie no se burló. No dramatizó. Solo me sostuvo la mano con calma.
—Kano no ha mostrado interés sexual por nadie —dijo—. Y es consciente de los rumores. Si muestra el más mínimo indicio de querer forzarte antes de que tú quieras, no es para ti. El amor se basa en confiar. Y si te abandona por algo así… es que no lo es.
La sala se oscureció y el proyector comenzó. Aproveché el silencio para mirarla de reojo.
—¿Tú qué harías? —pregunté.
—Ir a la cita sin esperar nada —respondió—. Y dejar que pase lo que tenga que pasar.
Su respuesta me desarmó más que cualquier sermón.
Me apoyé en su hombro sin darme cuenta y seguimos viendo la película mientras compartíamos palomitas.
A veces nuestras manos chocaban en el cubo y lo convertíamos en un juego infantil, como siempre.
Pensé que ella era la única persona en la ciudad capaz de sostenerme sin exigir nada a cambio.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el miedo no ocupó todo el espacio.
Nestea me acompañó hasta la puerta del local de Yagami, no sin antes arreglarme el pelo y repasarme el maquillaje.
En ese momento era incapaz de decir cuál de las dos estaba más nerviosa: yo, encapuchada y sintiéndome como una bruja, o ella, que se estaba jugando el cuello por mí en caso de que mis padres preguntaran en su casa.
No hacía falta acercarme demasiado para notar cómo le latía el pecho con fuerza, como si el corazón fuera a desbocársele.
Entonces apareció Yagami, listo para abrir la persiana del local, y el plan se puso en marcha.
—Te tengo que dejar ya. Feliz año nuevo. Ah, y disfruta de la experiencia, zorra. Ya me contarás —se despidió intentando sonar dura, sin demasiado éxito.
—Feliz año nuevo, mi dulce Nestea. Gracias por todo lo que haces por mí. Te quiero mucho…
La abracé de inmediato, sin pensarlo. Ella se quedó rígida un segundo, pero no se apartó.
—Una escena conmovedora, buenas damas, pero si Akiyama-kun os encuentra aquí todo habrá sido en vano —intervino Yagami con su voz tranquila y melosa.
—Es verdad… tengo que bajar al piso de abajo. Tiene que ser una sorpresa —dije, separándome de ella con cierta dificultad.
Me despedí una última vez de Annastasie antes de entrar.
Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien.
Había mentido a mis padres y, por momentos, pensaba que habría sido mejor ir a comer una hamburguesa con ella después del cine.
Pero ya era tarde: la cena estaba pagada.
Solo quedaba seguir adelante. Apenas serían un par de horas.
─Vamos, Alice. Tú misma lo has querido. Ahora ya no puedes echarte atrás ─me empujé en voz baja.
Bajé las escaleras lentamente. Al llegar a la planta del comedor, las dudas se disiparon por un instante.
El local había cambiado por completo: ahora era más elegante, íntimo y armonioso, dividido en dos secciones por peceras con peces tropicales.
La iluminación suave, la música instrumental y el incienso creaban un ambiente casi irreal.
Yagami debía de haber invertido una suma considerable en aquello.
De entre todas las mesas, solo una estaba preparada con manteles tradicionales de bambú.
—Será mejor que deje la mochila… si me ve así pensará otra cosa —murmuré, sin quitarme del todo la chaqueta.
No estaba acostumbrada a llevar vestidos.
Siempre había preferido la comodidad a la elegancia.
Ni siquiera recordaba haber sido de otra forma.
Mirar a los peces me ayudaba a distraerme de los miedos, aunque fuera solo un instante.
Entonces ocurrió: unos pasos descendieron por la escalera.
El corazón se me detuvo un segundo. Quise huir, pero aquella sensación volvió de inmediato, esa conexión imposible de ignorar.
Las piernas me temblaron entre el miedo y la emoción.
Cuando lo vi, se me cortó la respiración.
Kano Jones Akiyama no me reconoció al principio.
—Hola. ¿Yagami-kun te ha invitado a cenar? —preguntó con su habitual tono amable.
—Me dijo que pasarías la última noche del año solo. No quería eso, así que le pedí a Yagami que lo organizara —respondí, recuperando poco a poco el aire.
—¡Alice! —exclamó entonces.
Me retiré la capucha con algo de pudor.
—Esta cita será como la historia de Cenicienta. Tendré que irme antes de medianoche… aunque no voy a dejarte un zapato de cristal. No quiero que nadie se corte intentando entrar en él —bromeé, sonrojada.
Le entregué el regalo. Él lo recibió con cuidado.
—Gracias… de verdad. Creo que Santa se ha perdido en mi caso —dijo con una leve sonrisa—. Esto es un poco inesperado para mí.
—Hay algo que podrías regalarme… algo que mi corazón está esperando —se me escapó, sin pensar demasiado.
El gesto de su rostro cambió apenas un instante antes de que me tomara suavemente de la cintura.
Me aparté de inmediato, nerviosa, y él retiró la mano con calma, sin insistir.
Sonrió con esa elegancia suya que desactivaba cualquier tensión.
Me quité la chaqueta y la dejé sobre la silla. Quería que viera el vestido.
—¿Me concede este baile, señorita Fointable? —preguntó entonces, mientras comenzaba a sonar una música suave.
—Claro… tenemos tiempo antes de la cena. Pero no sé bailar. Espero no caerme encima de ti —respondí, intentando bromear.
Me tomó de nuevo, esta vez con más seguridad.
Una mano en la cintura; la otra, entrelazada con la mía.
Sus movimientos eran lentos, medidos, casi cuidadosos.
Yo solo intentaba seguirle. Avanzábamos en pequeños pasos, de lado a lado, sin prisa.
Terminé apoyando la frente contra su pecho.
Su corazón latía con una calma firme, demasiado humana para alguien que siempre parecía tan correcto.
Y, por primera vez en toda la noche, el ruido mental desapareció.
De reojo lo descubrí embelesado, quizá por el olor que desprendía mi cuello o por algo más difícil de nombrar.
Sentía cómo aquella idea del hilo rojo invisible seguía actuando en segundo plano, como si todo estuviera encajando sin esfuerzo.
Apoyé el rostro sobre su camisa blanca y, con la voz más baja de lo habitual, dejé salir lo que llevaba conteniendo.
─Los latidos de tu corazón me resultan agradables y me hacen creer que tus ojos no me mienten. Sé que entiendes cómo me siento y creo sentir cómo te sientes tú ─sentí siendo incapaz de expresarlo en palabras.
La música seguía sonando alrededor, pero el resto del mundo se había vuelto difuso. Sus latidos no disminuyeron, y ese detalle fue más elocuente que cualquier respuesta inmediata.
Entonces noté cómo me tomaba la cintura con una decisión distinta, más firme.
Me alzó el mentón con delicadeza y me sostuvo la mirada mientras acariciaba mi mano con el pulgar.
Sus labios se separaron con lentitud, como si estuviera midiendo cada palabra antes de pronunciarlas.
Podía escuchar el leve tintineo de las cadenas del entorno, o quizá era solo mi percepción alterada por el momento. Cuando habló, su voz fue clara:
—Te amo, Alice.
El tiempo dejó de comportarse con normalidad.
Mis ojos se abrieron del todo y continué moviéndome por inercia, intentando contener una emoción que ya no podía frenar.
Me dio un beso en la cabeza, breve pero suficiente para desarmar cualquier duda restante.
Nos quedamos en el centro de la sala, aún moviéndonos sin coordinación real, como si el cuerpo siguiera una coreografía automática.
Quise decir algo, pero él me detuvo con un gesto suave y, cuando intenté continuar, su respuesta fue más contenida.
—Esto es muy difícil para mí… no puedo hacerlo.
Ese matiz bastó para que entendiera que aún quedaba resistencia, pero ya no importaba de la misma forma. Me aferré a lo único que tenía claro en ese instante. Te he dicho que me perdones, imbécil. Y lo besé.
El beso fue correspondido sin vacilación.
Cerramos los ojos y todo lo demás perdió peso.
Hubo una pausa breve al separarnos, apenas unos segundos, antes de volver a encontrarnos sin necesidad de palabras.
Ya no había análisis posible, solo continuidad.
Permanecimos tomados de la mano, como si soltarnos fuera conceptualmente imposible.
Cuando finalmente retomamos el movimiento, fue él quien volvió a besarme, esta vez con más calma, y entendí que no hacía falta seguir interpretando nada.