19. La noche de fin de año
Entré en Yuki No Yume con el corazón en un puño, aun sabiendo que podría ser despachada como una cría por su dueño.
Ya me había sentido así una hora antes, cuando pregunté por Kano a la portera de la residencia de profesores y me dijo que había vuelto unos días a Inglaterra.
Supuse que quería descansar o visitar a su amigo Stephen, a quien consideraba una figura paterna.
Lo que me dolió no fue que se marchara, sino que no me dijera nada.
Aun así, intenté no darle demasiadas vueltas.
En ese momento el perro abrió los ojos y me ladró, y sentí el miedo subir por la nuca.
Quería darle el regalo en mano; era un detalle muy especial que, en mi cabeza, cerraba aquel alambre de espinas manchado de rojo que me unía a él.
Una forma delicada de confesar lo que sentía.
—¿Yagami? ¿Estás por ahí? —saludé en voz alta, sin ver a nadie en el local, decorado de forma fastuosa por las fechas.
—Konnichiwa, Alice-kun. ¿Cómo te encuentras? ¿Vienes a buscar más refrescos orientales? —respondió una voz desde algún punto indeterminado.
Me costó contestar. No sabía por dónde empezar.
No tenía un plan claro y tampoco sabía si tendría permiso en casa para llevarlo a cabo, pero si no lo intentaba, estaba segura de que él tampoco lo haría.
Con todo lo que había hecho por mí, incluso si aquello se reducía a una comida entre amigos en el local de Yagami, me conformaría.
Esa idea llevaba días clavada en mi cabeza.
—Estoy bien, Yagami. Vengo a pedirte un favor un poco delicado —dije mientras bajaba la mirada hacia las escaleras que conducían al piso inferior.
Asomó de repente por la puerta de la cocina, con la cara algo cansada y marcas que sugerían una jornada intensa. Aun así, mantenía su calma habitual.
—Toma asiento. Te invito a una bebida y me lo cuentas con calma. Dame un momento, estoy terminando de organizar la nevera —dijo con naturalidad.
Me senté pensando que quizá había tenido una idea absurda. Pedir aquello en fechas señaladas, sin margen económico claro, podía salir mal.
—Muy bien. Dime en qué puedo ayudarte. ¿Quieres reservar mesa para comer o cenar? ¿O esto va por otro lado? —preguntó directamente.
Respiré hondo antes de responder. Sabía que lo que iba a decir sonaría desproporcionado.
—Quiero saber cuánto costaría una mesa para cenar en fin de año. Seremos dos personas —dije tras aceptar la lata de refresco que me ofreció.
Yagami me sostuvo la mirada durante unos segundos. Su expresión cambió ligeramente, como si ya hubiera entendido más de lo que yo estaba diciendo.
—Depende del tipo de cena. Mira estos menús —dijo, extendiéndome un cartel con precios bastante altos.
Al verlo, comprendí que estaba fuera de mi alcance sin pedir dinero en casa. La idea de desistir apareció de inmediato.
—Está bien, buscaré otro local. Esto se me va de precio. Gracias por la bebida —respondí de forma automática, llevándome la mano a la boca al instante, arrepentida.
—Estamos negociando. Controla los impulsos —me interrumpió—. Creo saber a quién quieres invitar. Puedo ayudarte. Ambos os lo merecéis.
Me quedé en silencio.
—De acuerdo. Te escucho —dije finalmente.
—Te ofrezco un menú sencillo: primer plato japonés, segundo francés y postre estándar. Comeríais abajo, con intimidad y algo de música. Te saldría por menos de la mitad del precio —explicó—. Aunque probablemente no puedas quedarte hasta la ceremonia del Joya no Kane, los ciento ocho golpes de gong.
La oferta era buena. Demasiado buena. Además, probablemente podría usar a Annastasie como coartada. Lo único que no entendía era aquella ceremonia.
—No conozco esa tradición —admití—. Lo que sí me gustaría es bailar con Kano. No me haría más feliz que cerrar el año con él.
Yagami asintió con calma.
—Es sencillo. Los ciento ocho golpes representan las preocupaciones humanas. Con cada uno, se libera una.
Lo dijo con una serenidad que me hizo notar algo más profundo en su mirada, como una tristeza antigua.
—Pues yo preferiría pegarles a las que me hacen la vida imposible en el instituto —solté sin pensar—. Así aprenderían lo que es humillar a alguien.
Yagami se echó a reír con ganas. Su reacción me descolocó, pero también me relajó. Por un momento, la tensión desapareció y la conversación dejó de parecer peligrosa.
Cuando terminó de reír, volvió a mirarme con una seriedad contenida.
—¿Puedo preguntarte algo un poco delicado, Alice? No contestes si no quieres —dijo con una voz más propia de un padre que del regente de un local.
—Claro, pero si me ofendes te daré una bofetada. ¿Qué quieres saber? —repliqué con una sonrisa que rozaba lo psicopático.
—¿Eres consciente de todo lo que hay en juego si tú y Kano termináis convirtiéndoos en pareja?
Él está buscando un camino propio y no quiero que cometa una estupidez.
Le quiero como a un hijo. Supongo que tus padres querrán lo mismo para ti —añadió, con una calma que parecía más una advertencia que una pregunta.
—Sabes, Yagami, hay algo que me hace pensar que estaremos juntos toda la vida.
Sé que no será fácil, que tendremos que esconderlo durante un tiempo y que su trabajo y su reputación pueden verse afectados si esto sale a la luz.
Pero el amor es eso: una emoción bonita y, a la vez, una especie de enfermedad que te hace perder la razón.
Ya sé que es una locura. Lo que necesito ahora es vivirlo y aceptar que puede salir mal —sentencié, sin darme cuenta de que había alzado la voz.
Se hizo el silencio entre los dos. Lo miré con una seguridad que no había sentido nunca antes.
Era imposible que él entendiera todo lo que había detrás: las dudas, las lágrimas, la angustia y esa sensación de estar tirando de un hilo invisible que me unía a alguien casi desconocido.
Yagami no dijo nada, como si estuviera midiendo cada palabra que acababa de escuchar.
—Si no fuera por el fuego de tu mirada, pensaría que eres una chica sin experiencia vital con un fetiche —dijo finalmente—.
Tendrás a Kano en tu cena. Vuelve de Inglaterra el día treinta.
Me recuerdas a alguien importante para mí, y eso me hace confiar en que eres la persona adecuada para él.
Quiero que seáis felices, os lo merecéis.
Pero recuerda: lo único que cae del cielo es la lluvia.
—Me gusta más el que dice que todo lo que sudas entrenando no lo sangras en combate —respondí con una sonrisa—. Me recuerda a un dibujo que hice en clase… aunque ahí no hubo entrenamiento que valiera.
—Bueno, Alice, ha sido un placer hablar contigo. Tengo que volver a la cocina ahora que el local está vacío. El refresco invita la casa —concluyó con su habitual diplomacia.
Salí del local con la sensación de tener el asunto parcialmente encarrilado.
No tenía prisa por irme; todavía me quedaban regalos por comprar y no quería presentarme en casa con ideas absurdas que mi familia no supiera interpretar.
Así que me quedé unos minutos más con el refresco, como si retrasar la salida pudiera estabilizarlo todo.
Cuando finalmente salí, tenía la sensación de que el año acabaría bien.
Pero también entendía que no había caminos limpios: solo decisiones atravesadas de espinas y la obligación de caminar igual.
[31 de diciembre de 2013]
Mi plan estaba en marcha y todo había salido a pedir de boca en casa.
La noche del treinta y uno cenaría con Annastasie en una hamburguesería después de ir al cine con ella por la tarde.
Les había contado una mentira piadosa; si hubiera dicho la verdad, se habrían negado en rotundo.
Para evitar que pudieran impedirlo a última hora, esperé hasta dos días antes del evento.
Ni Aubin ni Gallia sospecharon nada: no corría por el piso, escuchaba música con auriculares y no decía palabrotas.
Incluso durante la tensa cena de La Nuit de Noël, en la que le regalé un peluche de Kat the Bat a la pequeña Natalie, mantuve la apariencia de normalidad.
Aquella noche reinó una paz diplomática, aunque cargada de tensión.
Nadine sonreía con esfuerzo mientras intentaba no llorar por la orden de alejamiento contra su exprometido Jacques.
Estuve tentada de intervenir, pero me contuve.
No me uní ni al linchamiento verbal ni al regaño de mi tía Éloïse.
En su lugar, ofrecí galletas de Annastasie para disimular mi enfado.
Aun así, de aquella velada saqué un pequeño regalo que usaría en mi cita, algo que podía llevar encima toda la tarde.
Yagami, por su parte, también había mentido a Kano.
Le había propuesto cenar en el local, aunque en realidad ambos funcionaban como dos solitarios que se encontraban en un espacio neutral.
Según me contaron, Yagami solía pasar los sábados por la noche en el bar, bebiendo sake y pensando en silencio.
Kano, en cambio, se quedaba mirando el fondo del cuenco como si buscara respuestas allí dentro.
Con el tiempo habían desarrollado una relación de confianza silenciosa.
Sin embargo, Yagami nunca quiso explicarle el origen de ciertas marcas de violencia en su cuerpo.
Nestea chasqueó los dedos frente a mi cara.
—Corderito, ¿dulces o saladas?
—Saladas. Y un Nestea de limón. Si no pides nada más, invito yo.
—Diez con cincuenta —dijo la cajera.