Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 18. Honne y Tatemae #3
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18. Honne y Tatemae #3

Su confesión me sorprendió. La naturalidad con la que hablaba de su trauma era desconcertante. Aquello me hizo sentir pequeña y, a la vez, escuchada. Por primera vez, alguien me hablaba como a una adulta.

—A clase, señorita Fointable —me cortó la profesora.

—¡Claro! —respondí, tragándome el enfado.

Quise esperar a Annastasie, pero el timbre ya resonaba por los pasillos. Si no entraba, llegaría tarde. Caminé deprisa, sintiendo que todo se había vuelto en mi contra. Entré al aula justo antes de que el profesor cerrara la puerta.

—Buenos días, señorita Fointable. Lamento decirle que esta mañana no tiene buen aspecto —sus palabras sonaron tan frías y cortantes como un témpano de hielo.

—Claro… —musité, sintiendo pinchazos en los riñones.

Tras sentarme, preparé el material para la clase y me apoyé contra la pared.

Me dolía tanto el cuerpo que la inspiración acabó apareciendo por inercia.

Kano me había dicho que dibujara aquello que me hacía daño para sacarlo de la cabeza y luego rompiera el papel.

También lo comparó con escribir deseos en tiras de papel y colgarlos en un árbol en un festival de verano, aunque no retuve el nombre porque me distraje imaginando formas de tortura absurdas como respuesta.

—Si me dibujo sin sangre en el cuerpo por haberla menstruado toda… brr. Puede ser divertido si se lo enseño a Annastasie. A veces es gracioso asustarla —pensé mientras fingía prestar atención.

Empezó entonces el juego del gato y el ratón: cada vez que el profesor se giraba hacia la pizarra, yo dibujaba bajo la libreta.

Estaba demasiado afectada física y mentalmente como para atender álgebra.

Tal vez la falta de utilidad práctica fuera uno de los motivos por los que me costaba aprender matemáticas.

No era como las clases de Kano. Él era distinto: nos hacía participar, ponía ejemplos reales y transmitía la sensación de disfrutar enseñando.

Cuando lo miraba a los ojos, sentía que estaba presente de verdad.

Sin embargo, en clase, a veces parecía un actor cumpliendo su papel.

Eso me dolía. Era como si dejara de verme a mí, no como persona, sino como alumna.

Lo único claro era que él parecía tenerlo todo bajo control, y que nuestra relación dentro del instituto era la única socialmente aceptada. Yo, en cambio, seguía esperando que de algún modo apareciera en clase aquella sintonía que sentía fuera.

—¿Habrá visto mi metedura de pata? ¿Y si cree que fue una declaración de amor? ¿Me mandará al psicólogo del instituto? —pensé justo cuando sonó una notificación en el móvil.

—¿A quién le ha sonado el teléfono? Entregádmelo ahora y no habrá consecuencias para el resto —amenazó el profesor sin dejar de escribir en la pizarra.

—Va a poner un examen, fijo. No puedo con mi vida… —me lamenté mentalmente con los dedos cruzados, tensa.

Empezaron entonces las acusaciones entre compañeros mientras el profesor seguía con las ecuaciones, como si nada ocurriera. Nadie asumía el sonido. El aire se volvía cada vez más pesado.

—Ha sido Alice. Está temblando de miedo —Vallis Ruel me señaló.

—Eso no te lo crees ni tú —respondí, más irritada de lo normal—. Igual estás intentando tapar tu culpa.

—La tuya es calentarle los bajos a Baudin y lamerle el culo al profesor Akiyama —replicó con desprecio.

—Ya basta. Señorita Fointable, siéntese y respire. Señor Ruel, acompáñenos al despacho del director —intervino el profesor con una calma absoluta.

No me dio tiempo a reaccionar: dos vigilantes ya estaban en la puerta.

La expulsión de Ruel me convirtió en objetivo silencioso del resto del aula.

Nadie lo dijo, pero lo pensaban. Al terminar la clase, esperé a que todos salieran.

Me daba miedo incluso ir al baño. Allí no estarían los chicos, pero sí las chicas.

Las piernas me temblaban. Cuando salí, los pasillos estaban vacíos.

Un silencio extraño, casi de cementerio.

Por un momento creí que prefería ese vacío a las voces, las mentiras y las intenciones ocultas.

—Son deleznables. Me gustaría saber lo que realmente piensan… —murmuré en voz baja.

—Señorita Fointable…

Me sobresalté.

—¡Ya basta! —grité sin fuerzas para correr.

—Alice, espera… —dijo una voz conocida.

El corazón se me detuvo. Kano. Me llamó por mi nombre dentro del instituto, como si las normas no existieran. Sentí un golpe en el pecho, el mismo hilo rojo de siempre tensándose otra vez. Sin él, quizá habría sido más fácil. O más simple. Pero no lo era. Las lágrimas se me quedaron a medio camino.

—Te ves muy pálida. ¿Estás bien? ¿Quieres que te haga un justificante para ir a enfermería? —preguntó con una serenidad impropia del lugar.

—Estoy bien, profesor Akiyama. Estoy un poco cansada por… —no terminé la frase, sentía demasiada presión como para delatar mis sentimientos en público.

—¿Te importaría acompañarme a la máquina de cafés? Me han dicho que hay un problema con los botones y no sé sacar el café a mi gusto —el brillo fugaz en sus ojos me hizo entender que era una mentira.

—Claro… será un placer, profesor Akiyama —contesté antes de adelantarme a él.

Una vez llegamos, Kano recuperó el semblante serio que lo caracterizaba en su papel profesional.

Metió un par de monedas en la máquina y pulsó chocolate caliente, lo cual me chocó, porque no era especialmente de cosas dulces.

Sin embargo, al ofrecerme la bebida entendí que estaba usando su rol de educador como excusa para pasar desapercibido.

Entonces rebuscó más monedas en los bolsillos mientras yo lo observaba nerviosa; no me hacía gracia que nos vieran tan juntos.

—Quiero decirte algo sobre lo que has comentado en voz alta —empezó—.

Los japoneses creemos que todo el mundo tiene tres caras.

Nosotros tampoco somos una excepción. Se lo expliqué el otro día a Annastasie Baudin con un ejemplo.

Imagina dos máscaras. Una se llama tatemae: la que todo el mundo ve, la que se usa para comportarse según las reglas y lo que se espera socialmente. En este caso, en clase. ¿Lo entiendes?

—Sí. El tatemae sería cuando alguien acosa a otro para integrarse en un grupo, aunque no esté de acuerdo —respondí.

Kano asintió con una mueca de tristeza.

—Buen ejemplo. Supongamos que tú estuvieras en ese grupo… —continuó.

—Yo no formaría parte de una banda que le amargara la adolescencia a otra persona —resoplé, todavía afectada por la mañana.

—De acuerdo. Entonces cambiemos el ejemplo. Solo los seres queridos ven el honne, la segunda máscara, la cara real. Ahí se esconden cosas como el nombre de quien nos gusta o el motivo de nuestras tristezas. La tercera… —El pitido de la máquina interrumpió su explicación.

Se oyó gente acercarse y ambos cortamos la conversación. Tomé el chocolate y salí con paso rápido. El frío del otoño me encogió por un instante antes de sentarme en un banco a beber.

—Se la ha jugado por mí… —caí rendida—. Ha visto que estoy hundida y ha dejado entrever dudas.

Ese brillo en sus ojos, este chocolate, la excusa del comentario en voz alta para explicarme algo casi filosófico…

Está divorciado y probablemente enamorado de alguien.

No soy partido para él. Con este aspecto de unicornio muerto viviente… da igual.

Suspiré, me puse los auriculares y miré el Ródano. Entonces el teléfono vibró. Un mensaje suyo, de hacía cinco minutos.

—Ese corderito negro me ha alegrado mucho la mañana. Pero hay otro tinte que le quedaría mejor.

Lo leí en voz baja. Sentí calor en el pecho. Era una sensación simple, pero estable. Me sonrojé, me puse los auriculares, desperecé brazos y piernas y pulsé reproducción. Aunque fuera solo diez minutos, podía ser yo misma sin fricción: sin máscaras, sin hilos, sin vigilancia.