18. Honne y Tatemae #2
Ambas tomamos el dulce y lo abrimos por la mitad. Era la primera vez que podía probar aquello, pero lo que más me sorprendió fue el papel del interior. De algún modo, supe que el mensaje era para mí. Con cuidado, lo desplegué lentamente.
—Es una locura amar a menos que se ame con locura —leí en voz alta, intentando ocultar el sonrojo sin demasiado éxito.
—La salud no es solo la ausencia de enfermedad, sino también la armonía con uno mismo y el entorno —murmuró Annastasie, que tampoco parecía satisfecha con su resultado.
Aquellas palabras me devolvieron a Kano y a la forma en la que me sentía cuando hablábamos en la calle, sin el peso del aula ni del papel de profesor. De pronto, los ojos de mi amiga se iluminaron de una forma que me inquietó.
—Oye Alice, ¿tú crees que esta frase es acorde conmigo? No me representa mucho —preguntó haciendo una mueca de desaprobación.
—Tal vez haga referencia a que vamos a un instituto lleno de cretinos que nos discriminan. No se me ocurre nada más —respondí, y enseguida me di cuenta de que había sonado más tajante de lo que pretendía.
—El tuyo me gusta mucho más. Qué suerte has tenido, cacho zorra —soltó sin pensar, olvidando que sus padres estaban cerca.
—Ya está aquí vuestro postre. Os han tocado unas recomendaciones muy interesantes. Tenedlas en cuenta, estoy seguro de que ella os diría lo mismo que yo —intervino Yagami de improviso, con una serenidad que cortó el ambiente.
Agradecimos el postre y, de forma casi automática, nuestros padres pidieron la cuenta. En el fondo, lo agradecí: estaba agotada y saturada por todo lo ocurrido. Aquel encuentro en el centro comercial empezaba a parecerme, definitivamente, un regalo envenenado.
[20 de noviembre de 2013]
Había dormido mal y me había desvelado varias veces.
Aquella noche había tenido pesadillas relacionadas con mi antigua vida en Grenoble.
En todas ellas aparecían Lauren, Kano, Annastasie o Yuki, usados como herramientas para hacerme daño.
Tenía una lengua bífida, como una serpiente, y se reía de mí.
En el último sueño llegó incluso a abusar de mí, pero desperté de golpe con un grito ahogado en la garganta.
Abrí los ojos empapada en sudor y con el cuerpo tenso; las exigencias académicas de Saint Germain, el proyecto de Mi Primer Amor y el hecho de no haber resuelto mis sentimientos con Kano habían hecho que la menstruación de aquel mes fuera más dolorosa de lo habitual, incluso con la medicación.
Tiritando, salí de las sábanas y me senté en la cama.
En el despertador vi que faltaban pocos minutos para las siete.
—Ya debe haberme puesto el detalle de buenos días. Le gusta verme sonreír. ¿Dónde habré dejado el teléfono? —murmuré, intentando no fijarme en el desastre que tenía alrededor.
Hacía unas semanas Kano me había enseñado unas pegatinas de WhatsApp de un kappa haciendo muecas.
Me gustaron tanto que quise tenerlas, pero me dijo que era un regalo de un amigo en Inglaterra.
Aun así, para que empezara el día con una sonrisa, me prometió enviarme una cada mañana.
Al principio sospechaba que intentaba ligar conmigo, pero su comportamiento con todo el mundo era igual de amable.
Nunca parecía hacer nada para sí mismo, así que tampoco me atrevía a reprocharle que tardara en responder mis mensajes con el doble check azul. Seguramente estaba ocupado.
—Sí, la tortuguita humanoide ya está aquí. Espera… me la ha enviado hace una hora. ¿Le habrá pasado algo? ¿Habrá pensado en mí? Igual el hilo ese de las emociones existe de verdad —murmuré con el móvil en la mano mientras veía al kappa saludarme.
Le respondí enseguida. Normalmente le mandaba una cara sonriente, pero esta vez elegí un adhesivo de un corderito negro… y sin darme cuenta envié también una expresión con dos corazones en los ojos.
—No me jodas… no se pueden borrar los mensajes. No voy a poder mirarle a la cara nunca más —pensé mientras buscaba desesperada alguna opción oculta en la aplicación.
No había vuelta atrás. Dejé el teléfono en el escritorio y cambié las sábanas.
Ya había previsto algo así y había usado unas viejas por si el tampón no era suficiente.
A esa hora mis padres desayunaban y se preparaban para trabajar, así que aproveché para ducharme rápido y poner una lavadora.
El día se me estaba haciendo cuesta arriba, con la sensación de estar perdiendo el control de todo.
Incluso envidiaba que mi mejor amiga no tuviera que pasar por ese momento agridulce en el que descubrías que no estabas embarazada.
Algunas chicas de Seconde ya habían abortado, según había oído en el baño del instituto.
Una hora y media después caminaba por los pasillos del instituto, dopada de analgésicos y completamente agotada.
Evitaba a la gente como podía. De camino al aula noté el perfume nuevo de Annastasie saliendo del baño de chicas.
Ella seguía intentando encajar con un grupo más amplio de amigas, pero la situación había ido a peor: la estaban acosando otra vez, amenazándola con grabarla y obligarla a usar el baño de chicos.
—Soy una chica, ¿tanto os cuesta entenderlo? ¿No podemos llevarnos bien? —intentaba razonar ella.
—Si nos pones la mano encima te expulsan. Coopera y vete al baño de chicos. Le hacemos una foto y la usamos para chantajearla —dijo una de ellas.
No pensaba quedarme mirando. Miré a ambos lados del pasillo buscando a algún profesor, pero no había nadie. Entré directamente.
—Ya basta. Dejadla en paz. Annastasie es una mujer, os guste o no —dije, controlando la rabia.
—Mira, si es su novia anoréxica con pelo unicornio —se rieron.
—Parad ya o… —me mordí la lengua. No podía recurrir a la violencia.
—¿O qué? ¿Nos vas a pegar? —insistieron, sacando incluso el móvil.
El corazón me latía con fuerza. De pronto, todo se descontroló: se oyó un golpe seco, una de las chicas cayó al suelo y el caos estalló en el pasillo. Annastasie se incorporó, visiblemente alterada, y el resto empezó a gritar mientras se formaba un corrillo en la puerta del baño.
—Me tenéis harta de vuestra maldita transfobia. Os haré entrar en la cabeza que soy una mujer por las malas. Suéltame, Alice, voy a arreglar esto de la única forma que entienden —protestó la agredida mientras la sostenía de la cintura.
—Annastasie, para, por favor. Demuéstrame que eres mejor que ellas. Las denunciaremos a los profesores. No me quites más tiempo de estar contigo —le supliqué, sintiendo cómo me arrastraba.
—Hazle caso a tu novia la anoréxica, es vuestra palabra contra la nuestra —la picó una de las abusonas.
—Suéltame de una vez, Alice… —Un golpe de cadera de Annastasie me alcanzó en el vientre y sentí como si todos mis huesos se rompieran.
Habían pasado un par de minutos desde el inicio de la escena cuando, por caprichos del destino, entró la profesora Holy Devost al baño, precisamente una de las que me tenía manía desde la fiesta de Halloween celebrada en el instituto.
Aquella divorciada parecía tener estrangulado a su exmarido en cada frase y se insinuaba a los profesores más jóvenes a pesar de su edad.
Fue ella quien me dejó claro aquel día que la fiesta era para alumnos y que el trabajo del profesorado era vigilar, que dejara en paz al profesor Akiyama y que, si tenía algún problema, acudiera a otro maestro.
Sin embargo, una hora después la vi bailando con Kano, que tenía la misma gracia que yo sobre la máquina de baile del salón recreativo.
Aquella escena había marcado un precedente entre nosotras. La profesora era una mujer arrogante, amante de los lujos y de trato hostil. Lo primero que hizo fue gritar nuestros apellidos con tal fuerza que me zumbaban los oídos. Acto seguido entraron dos vigilantes de seguridad del centro.
—¿Otra vez vosotras tres? Que vuestros padres tengan dinero no significa que podáis comportaros como energúmenas. ¿Qué ha pasado aquí? —inquirió una voz conocida.
—¿Arlette? ¿Qué hace aquí esta mujer? —me pregunté al levantar la cabeza.
—Annastasie Baudin me ha pegado. Tenéis que echarla del instituto —declaró con voz venenosa la agresora principal.
Tanto la profesora como la vigilante nos observaron de arriba abajo.
Annastasie recuperó la compostura lentamente al reconocer a una antigua compañera de artes marciales.
Tenía la cara desencajada por la rabia y la mirada aún encendida; la pelea no había terminado para ella.
Poniéndome en pie, sentí una mezcla amarga de alivio y culpa.
Si yo hubiera estado en su lugar, no habría reaccionado con tanta contención. La admiraba, incluso en ese momento.
—Señoritas Simon, Durand y Martin, acompáñenme a la sala de expulsados. Señorita Fointable, si ha terminado en el baño, vaya a clase. Señorita Baudin, la próxima vez llame a seguridad en lugar de recurrir a la violencia. La llevaremos a enfermería para revisarla —ordenó Arlette con severidad.
—Me han roto las bragas. Esto lo van a pagar. Las voy a denunciar por agresión sexual. No quiero volver a verlas —amenazó una de ellas, con la voz quebrada.
—Son cosas de adolescentes. Se las expulsará unos días y ya está. No dramatice. Acostúmbrese a convivir con ello —cortó fríamente la profesora Devost.
Annastasie se lavó la cara mientras yo recogía su mochila del suelo. Arlette me indicó que saliera del baño y dejara la bolsa junto a ella. En el pasillo, Annastasie me miró en silencio antes de acercarse.
—Has hecho bien en sujetarla. Sé cómo se siente. Yo también encontré refugio en las artes marciales. No la dejes sola —dijo en voz baja—. Honrad a nuestra maestra, que en paz descanse. Y ahora debo seguir patrullando.
—Tengo una pregunta —la detuve—. Como practicante de artes marciales, ¿te habrías detenido o habrías actuado como Annastasie?
—En la calle no me habría detenido. En el instituto las reglas son otras. No soy nadie para cuestionarlas. Tú sí —respondió antes de marcharse.