Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 18. Honne y Tatemae
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18. Honne y Tatemae

Había pasado una semana desde la fiesta de Halloween en el instituto.

Aquella noche estaba sentada con Annastasie en una mesa apartada de Yuki No Yume.

Nuestros padres querían conocerse tras coincidir en el Confluence, uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad.

En ese contexto entendí por qué encajaron tan rápido: mi dulce Nestea llevaba dos bolsas de tiendas de ropa juvenil para chica y otra de una zapatería; yo, en cambio, solo un par de pantalones y algunas camisetas, para disgusto de mi madre, compradas con mi asignación semanal.

Como era previsible, ambas nos pusimos rojas como tomates cuando nos preguntaron casi al unísono: «mira, es tu amiga, ¿no la vas a saludar? ».

Era curioso que nuestros problemas en casa parecieran resolverse con un simple intercambio de padres.

Si mi apellido hubiera sido Baudin, probablemente nunca habría tenido una discusión por no vestir de forma femenina, mientras que ella habría crecido con su propio cuento de princesas pese a su singularidad.

Kano me dijo una vez, durante un paseo por Parc Blandan, que el carácter se define en la infancia y que, según un proverbio chino, es más fácil cambiar el curso de un río que la naturaleza de una persona.

También añadió que, sin Aubin y Gallia, no sería la rebelde maravillosa que era.

Yo me puse roja, tan roja como el vaso de refresco de cereza, y sentí unas ganas súbitas de estrangularlo.

Kano me contó también que, con cinco años, había abofeteado a su prima imitando a un protagonista de una serie japonesa de robots gigantes que veía con su padre.

Fue entonces cuando su madre, Tracy Jones, decidió complementar su educación japonesa con valores de gentleman inglés.

Aun así, él describía un sentimiento agridulce hacia ambos: respeto y miedo hacia su padre, y la sensación de no haber podido ser niño ni adolescente bajo el fuerte control de su madre.

Su ocio de fin de semana, durante años, estuvo marcado por restricciones, aunque su padre lo llevaba ocasionalmente a competiciones de lucha.

Con esos tres relatos en mente, llegué a la conclusión de que la personalidad es el resultado de la tensión entre lo que se espera de nosotros y lo que realmente queremos ser.

En cierto modo, aquella cena con Annastasie también era una versión domesticada de nosotras mismas: nuestros padres cerca nos obligaban a moderar la voz, los gestos, incluso el entusiasmo.

De pronto, mientras luchaba con los palillos para atrapar un trozo de sushi, Annastasie me dio una patadita bajo la mesa.

—Oye, ¿a qué ha venido eso? ¿Qué te pasa? —la regañé, indignada.

—Kano acaba de entrar en el local. ¿Has visto cómo brillan sus ojos cuando habla con Yagami? Seguro que es gay y por eso se divorció —susurró, con evidente intención de provocarme.

—Annastasie, ya vale. Me gusta mucho. Estoy enamorada, y ese comentario duele. Se me pasará, pero ahora no. Es el único amigo que tengo, no me juzga ni tiene intereses sexuales conmigo —respondí, sintiendo un nudo en el pecho.

—Mira, ya viene —añadió ella, claramente satisfecha con el efecto de sus palabras.

Kano se acercó a saludarnos con su habitual cortesía, lo que llamó la atención de mi padre, que se levantó de inmediato para pedir explicaciones. Yo, paralizada, apenas podía respirar. Kano llevaba traje y se presentó como mi tutor y profesor en Saint Germain.

─Demasiado perfecto ─sentencié. Su control, su forma de hablar, su serenidad… no era el Kano distraído de clase. Era alguien más consciente, más inaccesible.

—Así que usted es el profesor de Alice —intervino mi padre, examinándolo de arriba abajo—. Confío en que la eduque bien. No quiero llamadas del centro por incidencias.

—Le aseguro que su hija es una de mis mejores alumnas —respondió Kano con calma—. Las incidencias puntuales no definen a nadie. Y es un honor enseñar a una mente tan despierta.

Su respuesta me dejó la garganta seca. Annastasie me pasó un poco de refresco de fresa, mientras el ambiente se tensaba aún más.

Kano me miró varias veces, como si quisiera decir algo que no terminaba de salir.

Yo, saturada por la situación, acabé alegando con educación que aquella era una cena de chicas interrumpida.

En realidad, lo que quería era otra cosa: quedarme a solas con él, recuperar el instante de Halloween que no llegó a existir y decirle lo que sentía antes de que se volviera imposible sostenerlo dentro.

—Aquí tienen los saquitos de tofu rellenos de arroz y pollo que el caballero invita —anunció Yagami, apareciendo como un fantasma entre mesas—. Y el pedido para llevar del señor está listo.

—¡Profesor Akiyama, es usted un amor! —exclamó Annastasie—. ¿Cómo sabía que esto era mi favorito?

Su entusiasmo me encendió por dentro de una forma inmediata, difícil de ignorar.

─Maldita Annastasie, más te vale tener hambre porque te voy a hacer comer el aperitivo con el bol incluido. ¿Acaso has tenido una cita con Kano a escondidas? ─pensé, justo antes de notar cómo me pisaba el pie y levantaba las cejas con descaro.

—Ha sido una semana complicada para todos.

Fue un placer poder hablar del tatemae y el honne contigo.

Espero que te resulte útil para el cómic.

Qué descortés soy, estoy haciendo esperar al señor Yoshida.

Disculpad la interrupción de vuestra cena.

Que paséis buena noche, chicas. Señor Aubin, es un honor conocerle —dijo Kano con calma, antes de marcharse definitivamente.

La situación se cerró con una naturalidad casi insoportable, y yo me descubrí malditamente celosa.

Tras disculparme con Annastasie por ausentarme un instante, me encerré en el baño de señoras.

Otra vez volvía a aparecer dentro de mí ese parásito al que llamaban amor, o quizá obsesión.

Abrí el grifo y me lavé la cara formando un cuenco con las manos, como si así pudiera evitar ver mis propias lágrimas.

No quería analizar si la observación de Annastasie había sido una broma cruel o una lectura demasiado precisa. Estaba demasiado alterada.

Annastasie entró poco después, preocupada. Se colocó a mi espalda, me abrazó por la cintura y apoyó el mentón en mi hombro. Intenté apartarla con brusquedad, incluso gritarle que me soltara, pero me faltó aire para sostener la rabia.

—Alice, escúchame. No es lo que parece, pero necesito que estés receptiva —dijo con voz suave.

—Suéltame, Annastasie, yo te… —empecé, pero me faltó valor para terminar la frase.

—Te suelto, pero escúchame. Por el bien de nuestra amistad —respondió, sin elevar el tono.

—Está bien… pero esto me pone los pelos de punta. Ya tuve bastante con Lauren y no sé si… —me detuve cuando volvió a interrumpirme, esta vez con un dedo sobre mis labios.

—Creo que le gustas de verdad, pero está confuso.

Y no es para menos. Le pasa algo parecido a ti.

Se lo he notado. No he tenido ninguna cita con él.

Solo hablé con Kano durante el recreo para preguntarle cosas sobre el carácter japonés.

Le dije que era para el cómic, porque nuestros personajes pueden practicar el amor libre, pero él no.

Su conflicto está entre lo que debe mostrar y lo que siente —explicó Annastasie con una seriedad inusual.

La abracé entonces con fuerza, sin medirla. Me devolvió el gesto con un pequeño quejido, pero no me aparté. Las dos personas más importantes de mi vida, sin vínculos de sangre, me querían. Con torpezas, con contradicciones, pero me querían. Y eso, de algún modo, bastaba.

—Tengo miedo de que esto acabe mal para él… y para mí —admití—. Se está jugando su trabajo quedando conmigo. ¿Y si solo está jugando?

—No jugará contigo —respondió Annastasie, demasiado rápido—. Y si lo hace, le corto la… bueno, ya sabes. El amor no es un juguete.

Su tono me heló un segundo. No respondí.

—Volvamos a la mesa. Nuestros padres se preguntarán qué hacemos tanto rato aquí dentro —dije finalmente, separándome de ella.

De vuelta en la mesa, Annastasie volvió a sonreír como si nada hubiera pasado. Yo, en cambio, me sentía extrañamente expuesta. Si mi vida fuera un libro, rumié, probablemente alguien ya habría decidido por mí un final romántico. Pero la realidad no seguía ese tipo de guiones.

—¿Y si le saco información a Yagami sobre Kano? —consideré mientras mojaba el sushi en soja—. Aunque quizá no sirva de nada. Es demasiado correcto. Si realmente hubiera algo, ya habría pasado algo más evidente.

—El filtro de perrito no, el de corderito tampoco, el de mishi… ¡Ay, es que me la como! —murmuraba Annastasie, absorta con su móvil.

Me levanté y me senté a su lado, pero ella reaccionó rápido y nos hizo una foto espontánea. Esta vez no protesté.

—Oye, Annastasie… ¿seguro que no te gusta lo gore? Lo digo por cómo hablas de Kano cuando te pones intensa —comenté, desviando la atención hacia el último saquito de tofu.

—Te estoy viendo. Puedes comértelo, pero yo elijo el postre —respondió sin mirarme.

Entonces el padre de Annastasie intervino desde la mesa.

—¿Aún no habéis terminado? Se hace tarde. Pedid el postre ya y cerramos la cuenta.

—Vale… solo estábamos haciendo una foto —murmuró ella, apagando el móvil.

Aquel gesto me sentó como una patada en la boca del estómago, aun así no repliqué y elegí un postre al azar de la carta que la madre de Alice nos presentó.

—Pues las dos tomaremos yukimi daifuku —anunció mi amiga con una seguridad que me descolocó.

—A ver qué has pedido, seguro que algo lleno de cosas dulces… A ver, esto es una bola de helado de vainilla, chocolate, té verde y fresa recubierta de una fina capa de mochi. No sé qué es el mochi, pero el postre pinta bien —comenté animada.

—Señoritas, sus galletas de la suerte. Que no os engañen, las inventamos los japoneses en el siglo XIX, los chinos se apropiaron de ellas en los años cuarenta —intervino Yagami con rostro sonriente.