Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 17. Mi primer amor #3
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17. Mi primer amor #3

—Me juego los pendientes a que lo ha pasado mal de joven.

Me gusta cómo razona y, aunque a veces parezca frío, tiene la mente muy abierta.

Y también sabe ser cariñoso cuando quiere.

Solo espero que no termine comprándose cosas por compromiso.

No quiero convertirme en su madre —pensé mientras empezábamos a revisar las pocas obras disponibles.

La sección era diminuta y apenas había variedad.

Además, ni siquiera tenían los mangas organizados por géneros, sino simplemente por títulos y colecciones.

Aquel detalle me hizo pensar en la poca importancia que le daban a ese tipo de literatura.

Me molestó sentir que estaban menospreciando otra forma de arte, aunque Kano parecía genuinamente interesado hojeando una obra llamada Hikoyoi.

—Mira, Alice, este me gusta. Trata sobre una chica tímida y asustadiza que mide metro cuarenta e intenta hacerse amiga de sus compañeros de clase. Incluso parece que acabará saliendo con un chico de metro noventa. ¿Qué te parece?

Me puso el primer tomo entre las manos mientras yo le dedicaba una sonrisa psicopática y negaba lentamente con la cabeza.

—Lo siento, pero no me convence. Además, a ti te gustan las chicas que se transforman, ¿no? —respondí mientras él ya parecía interesado en otro manga.

—Este es uno de los que mi padre no me dejaba leer cuando era pequeño.

La historia de Kappu, una chica que participa en duelos de esgrima y sueña con convertirse en príncipe.

Decía que era una mala influencia para mí porque vestía como un chico y llevaba el pelo rosa.

Vaya, si hasta tiene cierto parecido contigo —bromeó levantando la portada a la altura de mi cara.

—Maldito. Déjalo en la estantería y busquemos Kagome Uranai, que esa sí se transforma de verdad —me quejé, avergonzada por el parecido razonable.

—¿No acabas de decirme que debo hacer lo que me haga feliz? Entonces te estás contradiciendo. Además, me gustan las mujeres guerreras y seguras de sí mismas. ¿Quién mejor que Kappu para representar eso? —preguntó mientras cogía un ejemplar de cada tomo para mi absoluto asombro.

—Eso ha sido muy sucio. Necesito llamar a Annastasie Baudin para que me ayude a responderte.

Él se rio de forma completamente genuina y yo me sonrojé antes de volver a poner cara de puchero.

Aunque al principio me incomodó muchísimo que la protagonista tuviera cierto parecido conmigo, dejé de sentirme así cuando vi lo contento que estaba.

Y después directamente radiante mientras lo ayudaba a decidir qué mangas comprar.

Kano me pedía opinión constantemente y me hacía preguntas para decidirse.

Sus ojos brillaban con un interés tan auténtico que me hacía sentir especial; sabía que no estaba intentando tirarme de la lengua ni impresionarme.

Cuando quise darme cuenta, llevábamos casi tres cuartos de hora en la librería hablando únicamente de literatura.

—Por cierto, Alice, todavía no has elegido ninguno. Perdóname por ser tan descortés, no te he dejado escoger los libros que te prometí —observó al fijarse en mi cesta vacía.

—No creo que hayas sido descortés, me gusta pasar tiempo contigo. Aunque ahora me gustaría que fueras tú quien me recomendara un libro. Me toca confiar en tu criterio. Quién sabe, quizá ni siquiera te gusten mis recomendaciones —repliqué poniendo cara de corderito degollado.

—Alice, voy a ser sincero contigo: todavía no sé si prefiero tu sonrisa de demente o tu cara de corderito triste —contestó mientras me miraba con cierta inquietud.

Me sentí tentada a mantener una actitud infantil para sacarlo de sus casillas, pero él me cortó en seco al poner un ejemplar de El Principito en mis manos.

Lo primero que pensé fue que me estaba lanzando una indirecta, sobre todo por aquella referencia previa al «corderito» que tanto me había picado.

Lo miré de forma inquisitiva, convencida de que se estaba burlando de mí tras lo de Kappu.

—¿Ya te has leído El Principito? Es uno de los grandes clásicos de la literatura francesa y universal.

No es un libro solo para niños; tiene pasajes complejos que pueden ayudarnos a reconducir o afianzar nuestra forma de ver la vida.

Yo mismo nunca lo terminé del todo, pero creo que esta es una buena segunda oportunidad —explicó con naturalidad, gesticulando con calma.

Esa manera de hablar, tan serena y sin ironía, me hizo confiar en él.

—No es una obra que me haya llamado nunca, pero si tú la recomiendas, seguro que merece la pena —repliqué hojeando las ilustraciones, que me parecieron más sugerentes que infantiles.

Por un instante sentí que podía sugerirle una lectura conjunta.

Tal vez eso me acercaría más a él… aunque la idea también me resultaba precipitada si no había nada claro entre nosotros.

Cuando levanté la vista, Kano había desaparecido.

Me quedé sola en mitad del pasillo, con cara de tonta y el libro entre las manos.

Lo maldije mentalmente mientras empezaba a buscarlo con la mirada.

Bufando como un mishi enfadado, lo encontré doblando la esquina, en la sección de terror, con una pila de libros en los brazos.

—Alice, ven. Estoy seguro de que estos no te van a arrancar ninguna sonrisa —me llamó sin dejar de apilarlos.

—¡Está loco! ¿Cuánto piensa gastarse en libros? —me escandalicé al ver que ni siquiera miraba los precios.

Había elegido una selección variada entre la que se encontraban los títulos que yo misma había cogido.

Empecé a sentirme ligeramente avergonzada de mí misma, tentada incluso a decirle que me los llevaba todos.

Después de una discusión amable, en la que él volvió a disculparse por la desastrosa cita en el parque, terminé con un ejemplar de Los cuentos macabros de Edgar Allan Poe y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Si hubiera añadido uno más, me habría sentido culpable, porque me había hecho ceder en mi idea inicial de limitarme a dos.

Aun así, me costaba ocultar la felicidad de oler libros nuevos, más aún viniendo de alguien como él. Cuando miraba las estanterías de filosofía, le brillaban los ojos de una forma distinta. En ese momento tuve claro que no se negaría a una lectura conjunta conmigo.

En caja, la cuenta casi llegaba a los tres dígitos.

Hice un gesto automático para sacar mi tarjeta joven y aplicar el descuento, pero Kano me recordó que él invitaba.

Aun así, insistí en que aplicaran la rebaja con mi acreditación, que apenas usaba.

Él me lo agradeció en un suave japonés y puso una expresión exageradamente inocente que me hizo sonrojar delante de la dependienta.

Ahí entendí lo que Yagami decía: había momentos en los que parecía transformarse por completo.

Al salir de la librería iba dispuesta a arrastrarlo a la tienda de cómics, aunque empecé a sospechar que aquella decisión tenía más de cabezonería que de deseo real. Antes de llegar, él me propuso tomar un café con su habitual tono educado. Había algo distinto en él.

En Chez Camille, un local cercano, nos sentamos en una mesa apartada.

Allí me confesó que se había divorciado recientemente y que intentaba empezar de cero, aunque había cosas que todavía le quitaban el sueño.

Yo me limité a escucharle, sintiendo su dolor de una forma extraña, casi como si fuera propio.

Al final, acabamos sonriendo con cierta diplomacia, sin profundizar más, y pedimos nuestras bebidas.

Nerviosa, jugueteaba con el hielo del vaso sin saber cómo introducir el tema de El Principito. Hasta que, por fin, respiré hondo, lo miré directamente y me decidí a hablar.

—¡Y os disteis vuestro primer beso! ¡Ay! —exclamó Annastasie, interrumpiendo mi relato de golpe.

—Annastasie Baudin, ven aquí ahora mismo. Te voy a enseñar lo que es tener la mente en orden —protesté, roja como un tomate, mientras ella apoyaba el mentón en sus dedos con absoluta calma.

—Te has delatado. Sois novios y no me has dicho nada. Qué bonito. ¿Para cuándo la boda? ¿Cuántos mishis vais a adoptar? ¿Ya has pensado nombres? —insistió.

—Ven aquí, cacho zorra, que te voy a arreglar las raíces. Ve buscando una peluca —la amenacé mientras ella esquivaba la mesa riéndose.

—Admite que te gusta, no pasa nada. Te puedo escribir cartas de amor en kanji —siguió provocándome.

Entonces la puerta de la calle se abrió.

—Chicas, ya estamos en casa —anunciaron desde el pasillo.

—Esta me la pagas, maldita cotilla… No sé para qué te cuento nada —murmuré con cara de puchero.

—Porque quieres mucho a tu amiga Annastasie, Julieta —respondió pellizcándome las mejillas.

—Tú sigue… —refunfuñé en voz baja antes de sentarme frente al flan.

De vuelta a la habitación, seguí trabajando con el rotulador de punta fina, dándole la espalda.

Sentía que Annastasie había sido poco delicada conmigo.

Sabía que lo que sentía por Kano no era normal, pero también creía que ella estaba forzando una historia shōjo donde quizá no la había.

Y aunque no lo hacía con mala intención, todavía no estaba preparada para dejar que interpretara así mi vida.

—A veces me duele cómo eres, pero tú lo naturalizas como si no fuera algo malo. Me lleva casi veinte años —reparé en ello dejándome caer sobre la silla con el rotulador aún en la mano.

Annastasie se dio cuenta de mi incomodidad, puso su cara de mishi triste y empezó a pincharme con el dedo índice a la altura del estómago, intentando llamar mi atención.

La ignoré durante unos segundos, pero no logré mantener la distancia; acabé dejando caer la cabeza hacia un lado con un gesto exagerado, casi teatral, para dejar claro que seguía irritada por su comportamiento en la mesa.

—Me he pasado con mis chucherías sentimentales. ¿Me perdonas por haber sido tan pesada? —preguntó con esa voz infantil suya que siempre me desarmaba.

Deslicé los ojos hacia ella sin responder.

Estaba sufriendo de verdad con mi silencio.

Podía haberle dicho simplemente que sí, que la perdonaba, y volver al rotulador, pero había algo que me bloqueaba: no sabía si lo que me había molestado era su forma de imaginar una relación imposible o el hecho de que, por un instante, yo misma hubiera llegado a creer que Kano podía sentir algo por mí. Esa confusión me dejaba expuesta.

—No seas tonta y no me preguntes si me gusta Kano.

Sí y no. Tiene muchas cualidades y es un cabezahueca de cuidado.

Pero no me gusta porque es mi profesor, porque hay veinte años de diferencia y porque lo veo cada día en clase.

Y además… seguro que querría tener sexo conmigo.

Es un hombre. Aunque no lo diga, lo querría —pensé, con los ojos humedecidos por la tensión.

—Ya pasó. Ha sido un día de emociones muy fuertes para ti, lo entiendo —dijo Annastasie, abrazándome con una dulzura casi maternal—.

Ahora estás en mis brazos, eso es lo importante.

Me he dejado llevar y te pido disculpas.

Mi felicidad es la tuya, por eso quiero que estés con alguien que te haga feliz… porque yo te envidio.

Aquellas últimas palabras me arrastraron a recuerdos inmediatos de su forma de entender el amor, siempre atravesada por la idealización y el dolor.

No quería perderla. Tampoco quería que ella me perdiera a mí.

Y, sin embargo, sentí una punzada incómoda al pensar en Kano, como si cualquier movimiento en esa dirección pudiera desordenarlo todo entre nosotras.

—Pase lo que pase con el profesor Akiyama y yo, no te voy a abandonar —le dije, con un resto de resentimiento todavía en la voz—. De hecho, me da miedo que cuando tú encuentres a alguien me dejes fuera.

Se hizo un silencio breve. Aunque no veía su sonrisa, la escuché formarse. La tensión se disipó como si ya hubiéramos pasado por esa misma conversación antes, en otra versión de nosotras.

—¿De verdad crees que habrá alguien que me quiera sabiendo lo que somos? —preguntó, más frágil de lo habitual.

—O una chica. No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Si tiene problemas con eso, le cortamos el debate con unas tijeras y un cúter.

—No seas bestia… —murmuró, pero ya estaba sonriendo otra vez—. ¿El sexo no es lo más importante en una relación?

—Nada que no se arregle con unas neko ears… aunque solo leas ese tipo de cosas de vez en cuando —bromeé.

Se puso roja y escondió la cara. Yo aproveché el momento para rematar:

—Ahora estamos en tablas. Esto es por hacerte fanfics mentales con Kano y conmigo. Seguro que tienes neko boys escondidos en algún cajón.

Annastasie me atrapó por detrás, me levantó del suelo y me dejó caer sobre la cama. Su reacción exagerada me hizo reír hasta dolerme el estómago. Era un desastre emocional, sí, pero también el punto fijo alrededor del cual se ordenaba buena parte de mi vida.

Cuando por fin nos calmamos, nos abrazamos y nos juramos de meñique que seríamos alcahuetas la una de la otra, aunque todo saliera mal, aunque acabáramos riéndonos o peleando a cosquillas.

—Vamos a seguir con el manga, se nos va la tarde —dije, recomponiéndome—. Lo que no termines aquí te lo pongo de deberes.

—Lo que usted diga, profesora Fointable —respondió, ya recuperada—. No me pongas cara de corderito, que me desarma.

Volvió a su mesa con una calma renovada, como si el conflicto no hubiera sido más que una pausa necesaria.

Yo la observé trabajar en silencio. A pesar de todo, era evidente que su mundo giraba alrededor del dibujo, igual que el mío empezaba a girar peligrosamente alrededor de demasiadas cosas a la vez.