Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 17. Mi primer amor #2
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17. Mi primer amor #2

—¿Lo ves? Tú también tienes tus cosas, guapa. Y aun así el chico que te gusta te hace caso. Así que me comeré tu trozo de tarta —insistió antes de adelantárseme y cerrarme la puerta de la cocina en las narices.

Todo ocurrió tan rápido que me golpeé la nariz contra la puerta y retrocedí varios pasos mientras la maldecía en voz baja.

En cuanto se dio cuenta de lo ocurrido, salió de la cocina y empezó a disculparse de inmediato.

Pero al verla tan sinceramente arrepentida por algo tan propio de ella, se me quitaron las ganas de enfadarme.

Al fin y al cabo, era la única persona que sabía que nuestro profesor de filosofía despertaba algo especial en mí.

Tal vez porque nos trataba como personas y no como adolescentes obligadas a memorizar materias.

—¿Se te ha hinchado? ¿Necesitas hielo? Alice, dime algo, por favor —preguntó preocupada.

—Estoy bien, tranquila. Vamos a comer flan. La verdad es que sí quiero contarte cómo ha ido la cita… como amigos —aquellas últimas palabras volvieron a encenderme las mejillas.

Cinco minutos después estábamos sentadas frente a frente en la mesa de la cocina.

Cada una tenía su porción de flan parisino y una taza de leche caliente para acompañarlo.

Como ya había cenado bastante, me negué a que añadiera nata y canela, aunque ambas adorábamos aquellos aderezos.

Después de hacerme un poco de rogar, empecé a relatarle todo lo ocurrido aquella mañana.

Y mientras hablaba, descubrí que necesitaba compartir con ella lo feliz que me hacía haber conocido un poco mejor a alguien tan maravilloso.

Había quedado con él a las nueve de la mañana en Bellecour Le Viste, la parada de autobús urbano del segundo distrito de Lyon.

Quedaba cerca de varias librerías como Art Book, Bookstore Decitre Lyon Bellecour o la Librairie La Procure Saint Paul.

Aunque, si hubiera podido elegir, me habría encantado llevarlo a Librairie Passages o Le Bal des Ardents, ambas famosas por su trayectoria y reputación.

Para llegar hasta allí tomé el autobús urbano y, por seguridad, me senté en las primeras filas, aunque el vehículo iba casi vacío.

Estaba nerviosa, pero también ilusionada ante la idea de comprar los libros que quisiera.

Tenía ganas de estrenar mi tarjeta de débito, aquella en la que mis padres ingresaban cada mes una cantidad fija para que aprendiera a administrarme.

Aun así, solo tenía un vale de compra para Art Book y no estaba dispuesta a que Kano me viera como una sugar baby.

Aunque, si intentaba cualquier cosa rara conmigo, le rompería la tibia de una patada y saldría corriendo.

Por estética o por simple miedo, elegí unos botines negros, medias oscuras, falda larga y un jersey fino negro.

Hacía el suficiente frío para empezar a abrigarme, pero todavía no como para sacar la chaqueta con las rosas bordadas en las mangas.

Sabía que, como mínimo, él me compraría un libro para compensar lo ocurrido en Parc Blandan.

Mientras miraba el paisaje urbano por la ventana, intentaba calmarme.

Estar tan lejos de casa y a solas con un hombre al que apenas conocía me imponía bastante respeto.

Cuando el autobús llegó por fin a mi parada, bajé repasándome el pelo con un pequeño espejo y los dedos.

Quería verme guapa sin dejar de parecer yo misma, aunque fuera «la poco femenina de Alice» según ciertos cuchicheos.

Entonces lo vi. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo había llegado.

Estaba de pie leyendo un libro de bolsillo.

Si no lo hubiera visto hacer exactamente lo mismo en clase mientras nos vigilaba durante un examen, habría pensado que era una forma rebuscada de flirtear.

Pero la expresión concentrada de su rostro hacía imposible creerlo.

Durante unos segundos dudé entre acercarme o sobresaltarlo. Al final avancé despacio hacia él. Entonces levantó la vista, colocó con calma el marcapáginas entre las páginas y me sonrió. Su expresión pareció iluminarse al verme.

—Buenos días, Alice. ¿Qué tal estás?

Su saludo me descolocó por completo.

—Buenos días, Kano. Me sorprende que no me hayas llamado mademoiselle como la última vez. Aunque… tampoco estoy acostumbrada a verte tan informal —titubeé mientras observaba su ropa.

Verlo sin traje resultaba extraño. Llevaba pantalones oscuros, zapatillas negras y una camiseta estampada. Incluso su manera de hablar parecía distinta. Recordé entonces las historias de Yagami acerca de lo mucho que se relajaban algunos japoneses durante el fin de semana.

—Creía que así estarías más cómoda conmigo. Además, aunque no lo parezca, también me gusta quitarme el corsé del código de vestimenta. Por suerte, mi madre no puede verme ahora mismo para regañarme por la camiseta —se rió de una forma que todavía no le había visto.

—Vaya… yo pensaba que los fines de semana os soltabais la melena y… —me quedé sin voz al notar cómo me escuchaba con auténtico interés.

—Alice, cada persona es un mundo. Las culturas pueden inculcarnos ciertos valores, pero seguimos siendo libres para decidir quiénes queremos ser. ¿No es precisamente esa tu esencia?

Aquellas palabras me hicieron sonrojarme al instante, así que intenté desviar el tema.

—¿Te parece si hablamos de nosotros en una cafetería? Pero antes quiero comprar libros…

Él me miró con sorpresa y asintió.

Nuestra primera parada fue Bookstore Decitre Lyon Bellecour.

Nada más entrar me quedé maravillada por la enorme cantidad de estanterías y libros repartidos por el local.

Después de unos pasos, Kano volvió a recordarme que podía escoger los libros que quisiera.

Durante un instante perdí completamente la razón.

Probablemente aquellas fueran las palabras más peligrosas que podía escuchar una lectora.

Aun así, me obligué a ponerme un límite de dos libros.

No quería convertirme en una molestia ni abusar de su generosidad, aunque el IVA de los libros fuera ridículamente bajo.

—Alice, ¿puedo preguntarte algo? —dijo entonces con un tono inesperadamente inseguro.

—¡Claro! Dime —respondí demasiado alto antes de taparme la boca, avergonzada.

Kano soltó una pequeña risa, intentando restarle importancia. Sin darme cuenta, puse cara de puchero.

—En realidad es una pregunta bastante absurda y probablemente me deje en mal lugar. Mejor me la guardo. Vamos a buscar libros —replicó mientras se dirigía hacia la sección de novela histórica.

Pero su forma elegante de esquivar el tema no consiguió engañarme. Decidida, avancé varios pasos y lo sujeté de la muñeca. El tiempo pareció detenerse. Kano se giró con calma y, antes de pensarlo demasiado, las palabras salieron solas de mi boca.

—Si de verdad era algo importante como para preguntármelo, entonces dilo. Además, quiero saberlo. Y puedo ser muy irritante y persistente cuando me lo propongo… tú verás —terminé enseñándole los dientes en una sonrisa deliberadamente psicótica.

—No pongas esa cara. Me pones nervioso. Tu expresión de corderito me gustaba más —respondió sin apartar la muñeca de mi mano.

—¿Soy tu amiga o tu alumna ahora mismo? —pregunté con serenidad, aunque ligeramente decepcionada.

El chico pareció dudar la respuesta durante unos segundos.

Otra vez me di cuenta de que la diferencia de edad y la fantasía del hilo rojo no dejaban de ser eso: un sueño adolescente un poco loco.

Sin darme cuenta, mi agarre fue aflojándose hasta que noté cómo me apartaba suavemente el pelo de la cara.

Entonces lo miré con renovados ánimos, convencida de que estaba a punto de confesarme algo importante.

—Eres la clase de persona que quiero a mi lado y con quien podría compartir mis inquietudes. De hecho, solo hay otra persona en Lyon con la que me siento así de cómodo hablando de cómo me siento —sus palabras hicieron que el corazón me latiera cálidamente.

—Entonces, si me consideras tu amiga… ¿qué era lo que querías preguntarme? —repliqué con calma, cargada de emoción.

Acercándose a mi oído derecho, habló en voz baja y delicada, sin llegar a susurrar, pero con la suficiente tensión como para hacerme entender que aquello le avergonzaba y que prácticamente se lo había arrancado a la fuerza.

—Me gusta la gente perseverante. Tú ganas. Quería preguntarte si podrías recomendarme alguna historieta japonesa pensada para chicas. Entenderás que, siendo hombre, estas cosas no debería leerlas. La gente lo ve mal —confesó de tal manera que me hirvió la sangre y tardé unos segundos en responder.

—Eso es una tontería como la catedral de Chartres. No tienes por qué sentir vergüenza de tus gustos. ¿Quién te ha dicho que no puedes leer manga shōjo? ¿Dónde está la absurda ley que lo prohíbe? —me sulfuré al sentir una fibra muy sensible de mí siendo tocada.

—Eso es justo lo que pienso yo. Algunas historias de peleas también son muy populares entre chicas y no necesariamente por el atractivo de los personajes.

Además, ellas también se transforman, aunque de una forma más…

masculina, por decirlo de alguna manera —contestó diplomáticamente, como si aquello se hubiera convertido en un debate tranquilo.

—No deberías sentirte avergonzado por tener esos gustos. Vamos a buscar algo que realmente te guste, porque el arte está para disfrutarlo. Y después iremos a una tienda especializada en cómics y te compraré una figurita para que recuerdes este día. Yo solo quiero que seas feliz.

Sus dedos se relajaron y se deslizaron entre los míos durante apenas medio segundo. Ruborizada, me aparté un par de pasos. Kano pareció incómodo con lo ocurrido, aunque a mí no me disgustó. Tampoco significaba nada… al menos eso quería pensar.

—Eso ha sido muy repentino, lo siento. Mira, al fondo está la sección de cómic oriental —me indicó sin perder su característica elegancia.