Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 17. Mi primer amor
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17. Mi primer amor

Era sábado por la tarde y Annastasie y yo trabajábamos en el primer tomo de nuestro manga, dibujado a cuatro manos.

Después de meses avanzando poco a poco, por fin habíamos terminado el storyboard, que durante las últimas semanas prácticamente le había robado el sueño.

Hasta entonces habíamos trabajado página a página para que yo entendiera todas las fases del proceso de creación de un cómic.

La parte teórica —decidir personajes, escenarios, ritmos y estructura— nos había llevado meses.

Cada vez que quedábamos, acabábamos procrastinando de forma escandalosa.

Aun así, para agilizar el trabajo, decidimos repartirnos tareas.

—Acuérdate de respetar el orden de lectura japonés: de arriba abajo y de derecha a izquierda.

Y no borres demasiado sobre la misma hoja, por favor.

El punto focal tiene que estar arriba a la derecha; ahí suele irse el ojo primero.

Ah, y usa el lápiz azul para los contornos, no el gris, que es para los croquis.

Luego ya perfila las siluetas y los fondos.

Ains… qué mona te está quedando —recitó Annastasie sin apenas respirar.

Sus instrucciones constantes terminaron desconcentrándome.

—Annastasie, relájate un poco, por favor. Tenemos toda la tarde. ¿Por qué no avanzas con el entintado o preparas los diálogos en otro folio? Es la parte que peor llevo —contesté, algo molesta por la presión.

El silencio cayó entre nosotras. Ella perdió el entusiasmo de golpe y volvió a sentarse al otro extremo del escritorio para empezar a entintar.

Aquella era una de las fases más delicadas, así que ya habíamos practicado antes con bocetos desechables.

Nestea comenzó trazando los márgenes de las viñetas con una regla y una plumilla, mientras yo prefería un rotulador de punta fina.

Sus lentillas ámbar contrastaban con la sonrisa que intentaba mantener.

Pero, aunque sus labios fingieran normalidad, en sus ojos había algo roto.

Sentí un mal presentimiento. Me levanté para acercarme a ella y preguntarle qué ocurría, pero en cuanto me moví, se giró.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

—No… solo me estaba acomodando.

Ella sonrió de forma automática y volvió a enjuagar la plumilla.

—Sé que este manga es importante para Annastasie… pero ¿por qué tanta prisa? —recordé mientras seguía perfilando personajes—. ¿Tendrá que ver con lo del internado en Suiza?

Me parecía injusto. Sus padres nunca habían aceptado del todo cómo era, y aun así ella siempre había sabido plantarles cara.

Criticarla por comprarse vestidos en vez de ropa de chico me parecía miserable.

Pero si algo había aprendido a su lado era que las amistades no sobreviven evitando conflictos. Había que encararlos.

Volví a girarme hacia ella. Estaba llorando en silencio. Verla sin aquella sonrisa luminosa me partió el corazón.

—Oye, Nestea… ¿por qué lloras? ¿Me he pasado contigo? —pregunté, dejando los lápices sobre la mesa.

—No pasa nada, Alice. Solo estoy agotada emocionalmente. Quiero llorar y gritar un poco… pero estoy bien, de verdad —respondió mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo.

Me acerqué despacio y la invité a sentarse conmigo en la cama.

Aparté los peluches del hámster y de la ratita antes de acomodarla a mi lado.

Apoyé su cabeza sobre mi hombro y dejé que llorara mientras le acariciaba el pelo.

No hacían falta palabras todavía. Primero necesitaba vaciar todo aquello que llevaba dentro.

Le tomé la mano con suavidad y entrelacé mis dedos con los suyos.

Después acomodé sus piernas sobre el colchón sin dejar de sonreírle.

Quería decirle que todo saldría bien. Que estaría a su lado pasara lo que pasara.

Pero también sabía que necesitaba hablar primero.

—Annastasie… sé sincera conmigo. ¿Tiene que ver con lo de Suiza? ¿Por eso tienes tanta prisa con el manga? —pregunté mientras ella terminaba de llorar sobre mi pecho.

—Este será mi último curso en Saint Germain… y en Lyon. Cuando termine, me mandarán a un internado en Suiza. Ya han reservado plaza para el curso 2014-2015 —confesó, completamente rota, con las mejillas hinchadas por el llanto y la rabia.

Sentí un golpe seco en el estómago. Por un instante, las piernas me fallaron.

¿Volvería a quedarme sola? Reviví nuestras tardes dibujando, en las librerías, en las películas discutidas durante horas, en las compras absurdas y en los libros intercambiados.

Annastasie no merecía aquello. Era mi persona favorita y no estaba dispuesta a perderla tan fácilmente.

Si se la llevaban lejos, yo quería seguirla.

—Pero ¿qué ha pasado? Tus padres siempre han terminado cediendo contigo. Dime que esto es una broma para que pueda darte una bofetada y enfadarme solo cinco minutos… —murmuré, mordiéndome el labio para contener el dolor.

—¿Ahora entiendes por qué quiero terminar el manga cuanto antes? —preguntó con la voz quebrada—. Tú has creído en mí y has trabajado conmigo en todos mis proyectos. Quiero que Mi Primer Amor vea la luz, aunque solo sea el primer tomo y tengamos que autopublicarlo.

Se aferró a mí con fuerza.

—Pero también hay otra razón. Tienes talento, Alice. Dibujar te hace feliz. Y creo que algún día intentarás vivir de ello. Cuando acabe el curso tendrán que arrastrarme hasta Suiza… pero al menos quiero dejarte todo lo que sé antes de irme.

Suspiré pesadamente antes de contener la respiración.

Quería pensar bien cuáles debían ser mis siguientes palabras, pero el hilo que nos unía se volvió más tangible que nunca.

Sentía el corazón ardiéndome y la lengua aflojándose poco a poco mientras reunía el valor suficiente para sincerarme.

Tal vez ella lo consideraría una enajenación provocada por el momento, pero necesitaba decirle lo que me estaba removiendo por dentro.

—Annastasie, yo te quiero y te admiro muchísimo.

Tú ya sabes lo que quieres hacer con tu vida.

En cuanto a mí… solo puedo decir que intentaré encontrar aquello que me haga feliz.

Sé que no quiero ser madre, pero me hace feliz que estés tan empeñada en enseñarme a dibujar.

Las artistas somos quienes ponemos color y un poco de revolución en esta sociedad gris y monótona.

Y sé que Mi Primer Amor llevará primero tu nombre, porque es tu obra.

Yo solo soy un apoyo —dije mientras nuestros rostros casi se rozaban y nuestras miradas parecían derretirse.

—¿Entiendes que esto es mi legado? Cuando me vaya al internado se acabaron los dulces, los peluches, ir juntas a ver mishis y verte cada día. ¿Y si me quitan el teléfono móvil? —insistió, angustiada ante todas las posibilidades.

—Escúchame. Cuando me regalaste aquella pulsera de la amistad me hiciste la persona más feliz del mundo.

Así que, pase lo que pase, seguiremos siendo amigas.

No importa lo que nos separe físicamente.

No quiero pensar en esto como un «para siempre» con fecha de caducidad, como las relaciones románticas.

Tú haces mi mundo más bonito, y para mí eso basta.

Estoy convencida de que iré a tu boda cuando encuentres a esa persona especial y llevaré un vestido precioso diseñado por ti —admití, emocionándome al imaginar su futuro.

—Tus palabras son preciosas. De verdad, me enamoran.

Prometo ser más paciente contigo, pero no quería arruinarte la tarde contándote esto.

Me gustan demasiado las cosas dulces. Por cierto, tú has venido muy contenta de la cita de esta mañana.

Hasta has comprado flan parisino para compartirlo conmigo —su voz recuperó de pronto ese tono de cotilla devoradora de historias románticas orientales.

Me puse roja al recordar todo lo ocurrido. Annastasie había anticipado perfectamente mi reacción. Habían pasado demasiadas cosas importantes durante aquella segunda cita. Ella se apoyó contra la puerta de la habitación e inclinó ligeramente el cuerpo hacia delante.

—Te doy cinco segundos para empezar a contarme qué tal fue la cita o te sacaré la información a cosquillas —me amenazó dulcemente.

Yo me hice una bola sobre la cama, abrazándome las piernas a la altura del mentón.

—Soy un sepulcro. No vas a sacarme nada —insistí, esperando que se abalanzara sobre mí.

—Tú lo has querido. Entonces me comeré los dos trozos de flan parisino. Les pondré nata y canela para que estén todavía más ricos —me pinchó mientras se enroscaba un mechón de pelo en el dedo.

—¿Le vas a poner nata y canela? Qué guarra eres, Annastasie. Ven aquí —protesté, levantándome mientras fingía indignación.

Ella respondió abrazándome y acariciándome el pelo con suavidad.

Estaba tan unida a ella que la idea de perderla me resultaba insoportable.

Si se marchaba al internado, sentiría que me arrancaban una parte de mí.

En el fondo, me gustaba que fuera tan cotilla y que se interesara tanto por mi vida.

Era su forma de demostrarme que le importaba.

Permanecimos abrazadas en silencio durante varios minutos. No sabría decir cuántos. Solo sabía que no quería soltarla. De pronto, me besó en la cabeza y abrí los ojos desorientada, como si hubiera despertado de una pequeña siesta.

—Oye, Alice. ¿Eres consciente de que no vas a salir de esta casa sin contarme lo de tu novio y sin terminar el manga? —me amenazó con aquella voz dulce mientras me apretaba un poco más.

—Annastasie, ¿cómo puedes ser tan adorable y tan rastrera al mismo tiempo? —repliqué con sarcasmo mientras me separaba poco a poco de ella.

—He tenido una gran maestra. Y que seas tan mala en la máquina de bailar ayuda muchísimo. No nos regalaron aquella partida gratis —me recordó fingiendo resentimiento.

—Supongo que yo también me puse histérica cuando la araña mutante te mató y tuve que enfrentarme sola al jefe final —contesté recordando aquel shooter del salón recreativo.