Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 16. Cita en Parc Blandan #2
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16. Cita en Parc Blandan #2

—Sí. Es mi mejor amiga. ¿La conoce? —pregunté.

—Sí. Es muy aplicada y tiene mucho empeño en aprender. Me gusta su forma de ser. A pesar de todo lo que ha vivido, no deja que apaguen su luz —dijo con calma.

Sentí un leve pinchazo de envidia, aunque no podía negarle la razón.

—Oye, Alice… se me ha hecho tarde. Siento haber estropeado el paseo. ¿Te parece si te acompaño a la librería que quieras y luego te invito a un salón de té? Me gustaría que me recomendaras libros en francés.

Aquello me hizo sonreír de forma inmediata.

—Pero con una condición… que no venga él. Me da miedo —dije, retrocediendo al ver al perro olfateándome las botas.

—Tienes mi palabra. Y también te compensaré por el bollo, comprándote algunos libros.

El ánimo volvió de golpe. Empecé a dar pequeños saltos sin darme cuenta.

Kano sonrió, y sentí una conexión breve, difícil de definir.

Durante el camino de regreso me pidió recomendaciones de lugares.

Solo supe mencionar algunas cafeterías y el local de Yagami.

Hacía tiempo que no sabía de él. Sin darme cuenta, llegamos de nuevo a la avenida.

Nuestros caminos se separaban: él hacia el norte, yo hacia el sur.

—Bueno, Alice, ahora sí tengo que despedirme de ti. Toma, este es mi número personal. Tengo otro para el trabajo, pero está intervenido por el centro. Hazme saber cuándo te gustaría que visitáramos tu librería favorita.

Tener su tarjeta de visita en la mano me detuvo el corazón durante unos segundos.

—Oye, Kano… dentro del instituto te seguiré llamando profesor Akiyama. Creo que… —mis palabras se atascaron cuando él me acarició la mejilla con un dedo.

—Ese es el protocolo. Sin embargo, prefiero llamarte Alice en lugar de señorita Fointable. Así me acuerdo de C. S. Lewis, el autor de Alicia a través del espejo —dijo con una seguridad sospechosa.

—¡Ese es el de Narnia! Lewis Carroll es el autor de Alicia a través del espejo —protesté, atrapada en una extraña complicidad.

—No esperaba menos de una verdadera amante de los libros. Nos vemos el lunes en clase —se despidió con una sonrisa y un gesto de mano.

Me quedé quieta, esperando que se diera la vuelta para mirarme una última vez. Pero no lo hizo. Apreté la tarjeta hasta notar la presión en los dedos. Quería exprimir ese instante, como si necesitara una despedida distinta, quizá con dos besos. Ni siquiera me atreví a dárselos.

—Malditos japoneses con sus códigos de conducta… —murmuré con amargura suave antes de caminar hacia casa.

Veinte minutos después miré el móvil. Eran casi las ocho y mis padres no habían llamado ni escrito.

Ninguna pregunta, ninguna prisa. Tiré de la puerta del ascensor y pulsé el botón.

Cuando la cabina se cerró, me sentí derrotada.

Olía a miedo del perro y a perfume. Me miré en el espejo.

Quería borrarme: el maquillaje, la sombra de ojos, el rosa de los labios, las botas.

—Es solo un amigo con el que he sentido conexión. Eso es todo —pensé, observando el vestido a juego con mis ojos.

Kano Jones Akiyama no parecía un depredador ni alguien inestable.

Pero las tradiciones de su país chocaban con las mías, donde el lema era igualdad, libertad y fraternidad.

Si tuviera que definirlo, diría que era como un pájaro enjaulado.

Correcto, medido, siempre sonriente. Tal vez por protocolo.

Aun así, quería saber más de él. No me había hecho sentir como un trámite.

Y en cuanto percibió que aquello no podía quedarse así, propuso otra cita.

Me ardieron las mejillas. Entré en casa con una energía que no esperaba.

—Ya estoy en casa. ¿Qué hay para cenar?

—No hagas ruido, está durmiendo —mi madre me tapó la boca con el rostro tenso.

—¿Quién? —pregunté confundida.

—La pequeña Natalie está en tu cuarto —respondió mi tía Eloise mientras me miraba con sus ojos saltones—. No le compramos el juguete del Aquarium de Lyon y ha estado llorando toda la tarde. Está agotada.

Intenté entrar en mi habitación.

—Solo quiero dejar la mochila y cambiarme —me quejé.

—Déjala dormir —pidió mi prima Nadine, sujetándome con suavidad—. Estás preciosa así. No la despiertes.

Cedí. Pasé al salón, donde estaban mis padres, mi tío Xarles y Jacques. Me senté sintiéndome fuera de lugar. Las preguntas empezaron de inmediato, especialmente por mi pelo rosa.

—Si Dios existe, hoy parece que la ha tomado conmigo —pensé, con ironía amarga. Respondí con evasivas: «solo es un color bonito».

—Te pareces a la Princesa Helado de Fresa —comentó Nadine—. ¿No te quedaría mejor el negro o el castaño?

El comentario me pinchó más de lo esperado.

Estuve a punto de responder con sarcasmo, pero Aubin desvió la conversación hacia la cena.

Le agradecí con una mirada rápida. Aquel color no era capricho.

Era un recuerdo. Y también una forma de mirarme sin miedo, aunque ahora no pudiera hacerlo con libertad.

El interrogatorio continuó y me tensé. No me gustaban los contactos innecesarios, pero Eloise siempre había sido afectuosa, como si siguiera viéndome como una muñeca.

Recordé aquel verano en Orleans, el libro perdido, la promesa rota.

Charlie y la fábrica de chocolate, firmado.

La pérdida no fue solo material. Recordé también mi reacción: el llanto, la rabia, la puerta golpeada, el hospital.

Un médico hablando de canalizar emociones.

Yo solo sabía llorar. Desde entonces, el contacto físico innecesario me desestabilizaba.

Volví a sentirlo allí, entre risas familiares.

—¿Y el novio? —preguntó mi tía con picardía.

—No tengo ni quiero tener —respondí demasiado rápido—. Los chicos son idiotas.

Rieron.

—Tiempo al tiempo —insistió ella.

Mi madre intervino antes de que la conversación siguiera escalando.

—Alice está centrada en sus estudios. Y estoy orgullosa de ello.

Y, por primera vez en la noche, sentí algo parecido a alivio.