16. Cita en Parc Blandan
Me había arreglado de sobremanera para ir a dar un paseo con él.
Era una primera cita como amigos, por lo que no debería ni estar nerviosa ni haberme maquillado tanto.
Aun así, después de haber estado una hora al teléfono con mi amiga para animarme, seguía sintiéndome igual de expuesta.
Me daba vergüenza pensar que, por el simple hecho de haber quedado con él para pasear por el Parc Blandan, yo parecía una Mary Sue con la suerte de salir con el chico más encantador del instituto, el nuevo, con ese aire de gentleman inglés educado y natural.
Pero entre nosotros había varios obstáculos a los que aferrarme para no fantasear como Annastasie.
El primero era que nos llevábamos unos diecinueve años de edad.
A pesar de que lo veía todos los días y de que me dispensaba el mismo trato cordial, amable y sinceramente interesado que al resto de alumnos, me gustaba hablar con él y asistir a sus clases.
Cuando hablaba de filosofía o literatura lo hacía con un tono cercano, casi como si fuéramos familiares o amigos sin conocimientos del tema; no se mostraba pedante y siempre tenía en cuenta nuestras opiniones.
Teniendo en cuenta la trayectoria de algunos docentes del instituto, poder conversar con el profesor Akiyama, aunque fuera de forma formal, era un soplo de aire fresco.
Incluso había levantado algún suspiro entre alumnas, incluida Annastasie, que cambió de opinión sobre él en cuanto supo quién era el chico con el que conecté en la cafetería.
—Estate tranquila, llevas spray de pimienta en la mochila, sabes artes marciales y no le he notado ningún interés sexual ante las sutiles insinuaciones de la señorita Bocharoba —me tranquilizó Annastasie por teléfono.
—Es que esa mujer lleva un cartel de consumo de literatura fast food pegado en la cara.
Y él estaba leyendo a Kant sentado en un banco frente al cercado de perros.
Tenía un ojo puesto en el San Bernardo del número veintitrés mientras seguía leyendo.
Creo que me hago una idea de cuáles son sus preferencias.
—Mírala, ella, la que no cree en el hilo rojo y ya está buscando cosas en común con él. ¿No será que te gusta? Esto en mis cómics es bastante habitual… —me provocó con tono burlón.
—No es una cita romántica. Estaré contenta si consigo un amigo de confianza. Estoy harta de las aplicaciones y de que los chicos confundan amabilidad con interés. Y con las chicas tampoco me ha ido mucho mejor… —protesté mientras empezaba a verlo a lo lejos.
—Oye, que conmigo… —No la dejé terminar y colgué de forma apresurada al verlo llegar.
—No me jodas que viene con ese caballo —murmuré al ver cómo era arrastrado por el guardián del parque.
El San Bernardo tiró de la correa en cuanto me vio y mis músculos se tensaron de inmediato.
Solo fui capaz de saludar con una mano y una sonrisa forzada mientras retrocedía, intentando dejar claro que mi cinofobia era real y no una exageración.
Los ojos del perro brillaban y su lengua resbalosa colgaba llena de babas.
Kano intentaba calmarlo sin éxito; el animal lo empujó hacia delante con una embestida, y yo me quedé inmóvil hasta tenerlo a apenas unos palmos.
—No me estás aburriendo —le corté sin pensar demasiado, antes de que se cerrara otra vez sobre sí mismo—. Solo… suenas como alguien que ha vivido demasiado tiempo intentando no molestar a nadie.
Me salió más directo de lo que pretendía. Él parpadeó, como si no esperara una respuesta así, y durante un segundo se quedó quieto, mirando el césped del parque. Blanco, ajeno a todo, tiró de la correa otra vez, y Kano tuvo que reajustar el equilibrio de su cuerpo con un gesto automático.
—Eso también es una forma de violencia —añadí, más bajo, casi para mí misma—. Pero de las que no dejan moratones.
Me di cuenta tarde de lo que estaba diciendo y me mordí el interior de la mejilla. No era el momento de soltar teorías ni de sonar más intensa de lo necesario.
—Perdón, suena… raro dicho así —rectifiqué, encogiéndome un poco.
Él negó suavemente con la cabeza.
—No. No suena raro.
Hubo un silencio corto, pero no incómodo. Más bien como si el parque se hubiera quedado un poco más lento de lo normal. Kano apoyó la espalda en el banco otra vez, mirando hacia delante.
—A veces pienso que si dejo de ser correcto, no quedará nada —dijo al fin—. Y no sé si eso es libertad o vacío.
No contesté de inmediato. Noté otra vez esa sensación extraña, como si el aire entre los dos tuviera tensión propia. Blanco ladró una vez, breve, y luego se tumbó en la hierba como si hubiera decidido que ya no era su problema.
—No creo que seas vacío —respondí por fin—. Solo estás… muy entrenado.
Lo dije sin adornos. Él giró la cabeza hacia mí, ligeramente.
—¿Entrenado?
—Sí. Como si te hubieran enseñado a no romper nada, pero nadie te explicara qué hacer cuando quieres cambiar algo.
Se quedó mirándome unos segundos más. Esta vez no había sonrisa automática. Ni distancia perfecta. Solo cansancio.
—Eres peligrosa cuando piensas así, Alice —dijo, sin acusación, casi con una especie de respeto.
Eso me descolocó más de lo que debería.
—No es pensamiento peligroso —murmuré—. Es pensamiento básico.
El viento movió un poco las hojas. Blanco se incorporó de golpe, olfateando algo invisible y volviendo a tirar de la correa. Kano suspiró, esta vez más humano que profesor.
—Creo que este perro tiene mejores prioridades que yo.
Me reí, corta, sin quererlo del todo.
—Eso es bastante insultante para ti.
—Lo aceptaré como verdad provisional.
Se levantó del banco despacio, recogiendo la correa con una mano.
—¿Seguimos caminando un poco más? Sin filosofía por ahora.
Lo rumié un segundo. Luego asentí.
—Pero si Blanco vuelve a atacarme, esto termina aquí.
—Trato hecho.
Y por primera vez desde que lo había visto, no sentí que todo estuviera fuera de lugar.
Kano echó un vistazo al cercado para comprobar que el perro no causaba problemas mientras seguía jugando.
El animal se mostraba esquivo; tenía la sensación de que lo estaba acorralando.
Conocía bien ese tipo de tensión y cómo la reacción natural era atacar.
Por eso rebusqué en mi mochila y saqué un par de bollos de canela que había traído conmigo.
Annastasie decía que a los hombres se les conquista por el estómago, y no conocía a nadie mejor que ella para demostrarlo.
Los sostuve entre las manos y, por un instante, me detuve a pensar en el motivo de aquella cita.
Me pregunté si pretendía flirtear con él o simplemente aceptarlo como amigo.
Al fin y al cabo, parecía hundido en una especie de depresión por su divorcio, y además me llevaba casi veinte años.
—Lo siento, Annastasie… si llega a enamorarse de mí, que sea por cómo soy, no por lo que a un hombre le gustaría ver en una mujer.
Pero gracias por dejarme compartir estas delicias con él.
Me da igual la edad; es encantador, y además le gustan los libros.
¿Qué más puedo pedir? —pensé para mis adentros, justo antes de darme cuenta de que Kano se había acercado al cercado para regañar al perro.
Aproveché aquel breve paréntesis en aquella especie de función teatral en la que parecía estar actuando bajo directrices ajenas, aunque fueran bienintencionadas, para revisar el teléfono.
Leí los últimos mensajes de Annastasie. En el primero, enviado minutos después de cortar el contacto de forma abrupta, me decía que mi gesto la había hecho sentir mal, pero que entendía mi nerviosismo y que no debía preocuparme.
Una hora después volvió a escribirme para preguntar cómo iba la cita. Esta vez añadió una pegatina: un koala acariciando a un oso pequeño.
—Aish… qué monada. Cómo te quiero… —murmuré sin darme cuenta de que mi maestro estaba frente a mí, con el perro a su lado.
—Woof. Woof. Woof —ladró el animal con energía, helándome la sangre.
Del susto, se me cayó uno de los bollos al suelo. Se deshizo al abrirse, y el perro se abalanzó sobre él, devorándolo en dos mordiscos ante nuestra estupefacción.
—¡Blanco! Bad guy. You can’t eat Alice’s food without permission —lo regañó Kano, visiblemente molesto, en un inglés perfecto.
—Cómete el otro ya que estás… —lo critiqué mentalmente con resignación, viendo cómo el animal se relamía, feliz.
—Lo siento, Alice. Todavía es pequeño y lo estamos educando. Se ha equivocado. Te lo compensaré. ¿Cuánto cuesta la hamburguesa que se ha comido? —preguntó con ingenuidad, dejándome sin palabras.
—Era un bollo de canela… el mejor dulce que existe. Además, los ha hecho Annastasie. Quería compartirlos contigo, pero Blanco se ha adelantado —repliqué, con un resentimiento que no supe disimular.
El rostro de Kano se endureció durante unos segundos mientras miraba al perro, que seguía buscando restos en el suelo.
Yo sentí el impulso de irme sin despedirme.
No dejaba de ser una cita entre amigos, y no creía que él abusara de su posición de maestro para retenerme.
Aun así, estaba dividida: quería huir, pero también quedarme.
—Oiga, profesor Akiyama… —empecé, intentando romper la tensión.
—Kano. ¿No es un encuentro entre amigos fuera del instituto? —respondió con una risa breve.
—Kano, perdón. Me gustaría que lo comiera usted. Me ha molestado lo ocurrido, pero no quiero que pierda la oportunidad de probarlo —dije, entregándole el dulce mientras sujetaba al perro por el collar, muerta de miedo.
—¡Itadakimasu! —exclamó antes de darle un mordisco generoso.
Observé su expresión al probarlo y la rabia fue disipándose. En su lugar, me invadió una sensación cálida, difícil de nombrar. El perro volvió a tirar con fuerza, y solo lo contuve a medias mientras se agitaba a su alrededor.
—Gochisōsama deshita. Estaba delicioso. Aunque creo que tu presencia ha mejorado el sabor —añadió, provocando que algo en mi pecho se aflojara—. Dijiste que los hizo una tal Annastasie… ¿Annastasie Baudin?