15. Alice a través del espejo #3
La cámara de seguridad me observaba. Las acosadoras estaban de espaldas hacia ella, pero yo la tenía de frente.
Estaba entre la espada y la pared: si me defendía, me expulsarían; si no hacía nada, la situación podía empeorar.
Ellas se acercaron con una falsa cordialidad mientras sus palabras eran puro veneno.
Busqué desesperadamente la cámara, pero seguía dentro de mi campo de visión.
—No puedo golpearlas o me meteré en un problema —consideré rápidamente mientras notaba cómo se me erizaba el vello al ser arrastrada hacia la esquina.
—¡Eh! ¡Alto ahí! ¡Dejad a la chica en paz! —gritó una vigilante de seguridad que había presenciado la escena.
—Esta vez te has librado de nosotras, Fointable, pero el curso es muy largo —me amenazó Heloise mientras su expresión cambiaba para recomponerse.
—Vuelve a tocarme un pelo y haré un cuadro usando tu cráneo como paleta de colores —susurré a su oído con tanta sutileza que la autoridad no llegó a escucharlo.
La situación terminó con una amenaza de expulsión y la pasividad del profesor de lengua inglesa, Austen White, que se limitó a sacudir su espeso bigote blanco. Mis ojos se dirigieron a ellas y, por primera vez, me sentí empoderada por haberme defendido sin recurrir a las artes marciales.
Cuando llegué a casa, sobre las tres y media de la tarde, el estómago me rugía con fuerza.
Tenía muchas tareas por hacer, quería estar sola con mis pensamientos y me arrepentía profundamente de lo que había escrito en la redacción de clase.
Me sentía agotada por el cóctel de emociones y la falta de sueño.
Maldije en silencio a Annastasie por mantenerme despierta por un mal de amores, mientras el plato de macarrones a la boloñesa me pesaba en la mano de forma extraña.
Encendí la televisión por inercia; no tenía ganas de ver nada, pero me había acostumbrado a ese ruido de fondo para no pensar demasiado.
La conexión con el profesor Akiyama en el café, su mirada atravesándome, la pelea en clase, los deberes…
De pronto me invadió un intenso dolor de cabeza.
Dejé la comida a medias, me subí a un taburete de la cocina, tomé una aspirina, la disolví en un vaso de agua y me dirigí a la cama.
Cuando mi rodilla tocó el colchón, me desplomé sobre él.
Aún consciente, recogí las piernas y cerré los ojos lentamente, dedicando mi último pensamiento en vigilia a que mis secretos permanecieran intactos y que nadie pudiera imaginar que aquellas palabras no salían realmente de mi bolígrafo negro.
[13 de septiembre de 2013]
Annastasie me invitó a pasar el fin de semana en su casa, y mi cara lo reflejaba claramente.
Habíamos probado una nueva máquina en el salón recreativo consistente en bailar sobre plataformas siguiendo los pasos de la pantalla.
Vimos películas de comedia y aventuras en su Netflix, me enseñó a coser y terminamos el primer volumen de una novela gráfica tipo manga sobre una chica que intenta recuperar el amor de su infancia antes de que él se case al finalizar el Terminale para ir a la universidad.
No fue hasta la madrugada del domingo al lunes cuando la desperté para confesarle mis inquietudes sobre mi tutor.
Ella encendió la luz de la lamparita.
—Oye, Nestea. ¿Tú qué opinas del profesor Akiyama? No me vuelvas a decir que estaría muy sexy con unas neko ears. Hablo en serio —le pregunté, evitando mencionar lo del hilo.
—Bueno, es guapo, explica con calma las veces que haga falta. No me parece mala persona, aunque creo que está perdido y angustiado. Se le nota en los ojos —respondió.
Su respuesta no me satisfizo del todo, aunque tampoco sabía qué esperaba oír.
Aun así, sus palabras se quedaron flotando en mi cabeza.
Más tarde, los recuerdos del instituto volvieron mezclados con la proyección institucional y el caos del evento.
Un sabotaje en el sistema hizo que un vídeo vulgar se colara en la presentación anual.
El director reaccionó con furia y el personal de seguridad bloqueó las salidas mientras confiscaban los teléfonos móviles para localizar al responsable.
Aquel gesto se sintió como una represión desmedida, aunque prometieran devolverlos al final del día.
Cuando nos devolvieron a las aulas, el ambiente ya estaba cargado.
En el pasillo, alguien me tocó el trasero.
Reaccioné por instinto y le dañé la muñeca.
Recibí una bofetada y respondí con otra más fuerte, hasta que intervino la seguridad.
El conflicto terminó con amenazas y advertencias, mientras el profesor Akiyama observaba sin intervenir directamente.
Llegué a casa sobre las tres y media, agotada y con el estómago vacío.
Tenía tareas pendientes, pero no conseguía concentrarme.
El episodio del instituto, la redacción y la tensión acumulada me pesaban más que el hambre.
Encendí la televisión sin prestar atención y preparé comida de forma automática, intentando calmarme.
De pronto me dolió la cabeza. Dejé el plato a medias, tomé una aspirina, la disolví en agua y me dirigí a la cama.
Caí sobre el colchón sin fuerzas. Ya medio dormida, me invadió la sensación de que mis secretos debían permanecer intactos, como si nadie debiera descubrir nunca que aquellas palabras no pertenecían del todo a mi bolígrafo negro.
El fin de semana siguiente, Annastasie volvió a aparecer en mi mente como un refugio. Pensé en lo fácil que era estar con ella y en lo difícil que se volvía todo lo demás. Aun así, aquella noche le pregunté por el profesor Akiyama.
—¿Qué opinas de él? —insistí.
—Te lo he dicho. Es raro, pero no malo. Está como cansado por dentro —respondió ella.
Sus palabras no resolvieron nada, pero tampoco ayudaron a apagar lo que sentía.
Al día siguiente, el instituto seguía con su rutina alterada por los incidentes recientes.
La seguridad era más estricta, las cámaras parecían seguir cada movimiento.
Aun así, el ambiente se había asentado en una calma incómoda.
Yo evitaba pensar demasiado en lo ocurrido, aunque era imposible.
El recuerdo del aula, del conflicto en el pasillo y de la expulsión temporal pesaba como una advertencia constante.
También estaba el profesor Akiyama, siempre presente en mi mente como una figura difícil de interpretar.
Aquella tarde acabé en el Le Nouveau Café de Flore, buscando algo caliente que me devolviera la estabilidad. Pedí un chocolate sencillo y me apoyé en la barra, intentando no pensar en nada concreto. Fue entonces cuando una mano se posó en mi hombro. Me giré sobresaltada.
—Podemos hablar fuera del contexto escolar —dijo el profesor Akiyama con calma.
—Profesor… —murmuré, confundida.
—Kano, fuera del centro —corrigió con una leve sonrisa—. Te propongo una conversación.
Acepté sin saber muy bien por qué. Nos sentamos en una mesa del fondo. Él parecía distinto fuera del aula, menos rígido, aunque igualmente difícil de descifrar. Me habló del incidente, de los límites de la defensa y de cómo las decisiones impulsivas podían marcar consecuencias permanentes.
—A veces reaccionamos antes de entender lo que sentimos —dijo.
Yo lo escuchaba sin saber si se estaba justificando o analizándome.
La conversación avanzó con una extraña naturalidad. Le hablé de mis intereses, del dibujo, la lectura y el cine. Él escuchaba con una atención real, no impostada. Por un momento sentí una cercanía difícil de definir, incómoda incluso. Hasta que el móvil vibró.
Aubin estaba notablemente enfadado y me daba veinte minutos para regresar a casa desde donde estuviera.
A punto de llorar, con un nudo de miedo y frustración en el pecho por no poder pasar más tiempo con él, recogí mis cosas y lo miré.
Quería abrazarle, pero lo sentí violento; sabía cómo eran los japoneses con el contacto físico.
Él me indicó los deberes que debía hacer y me deseó que volviera pronto a clase, pero el supuesto hilo que nos unía me llevó a besarle en la mejilla.
Abandoné la taza de chocolate vacía y el bollo de canela mordisqueado en la mesa.
Salí como un rayo del local en dirección a casa.
Corrí mientras las lágrimas me resbalaban por los ojos. Todo se debía a que me sentía agotada, confusa y a que había dejado abandonada en el local a una persona tan maravillosa como mi amiga Annastasie.