15. Alice a través del espejo #2
Cuando crucé las verjas de hierro del centro, mis pensamientos se centraron en encontrar a Annastasie de inmediato antes de entrar al bloque de aulas del segundo curso.
A la entrada de todas las puertas había personal de seguridad uniformado y con pinganillo; algunos tenían el rostro serio, aunque la mayoría parecían amables.
Caminé con paso lento hacia mi edificio, con los cinco sentidos puestos en localizarla.
Como no la veía, a pesar de su altura, entré en el césped y me senté cerca de una estatua de una mujer que cargaba un cántaro de agua.
Busqué mi teléfono en el bolsillo de la falda cuando alguien me tapó los ojos por detrás.
Mi cuerpo reaccionó de forma instintiva e intentó apartarse, pero aquellas manos ejercían cierta fuerza sin llegar a ser violentas.
—Chun, chun. ¿Quién soy? —preguntó la voz de Annastasie con una jovialidad que amortiguó el miedo que había sentido.
—Alguien que va a necesitar una peluca como me des otro susto así. Ven aquí, Annastasie, te mato, maldita —protesté mientras la perseguía sobre el césped.
Ella rebosaba alegría. No vi el rostro de sufrimiento de la noche anterior y su sonrisa era sincera.
Me hacía feliz volver a verla tan animada y dulce como siempre; siempre lograba sacar lo mejor de mí.
Y sabía que, si algún día las cosas me iban tan mal como para cometer la locura de saltar de un octavo piso, ella estaría abajo, lista para atraparme.
Después de un año juntas, marcado por grandes momentos y duras tristezas, me resultaba imposible concebir mi vida sin ella.
Pero el día parecía empeñado en agitar mis emociones, como una de esas bolas de cristal donde nieva, materializándose en forma de vigilante de seguridad.
—¡Eh! ¡Alto ahí las dos! Nada de peleas si no queréis ser expulsadas. Quedáis avisadas —nos gritó uno de los centinelas.
—Perdón, no volverá a ocurrir —se apresuró a decir Annastasie con voz serena.
—Si no hemos hecho nada malo. ¿Por qué no decís nada a quienes nos silban como si fuéramos perros? —protesté, enfadada.
—Primero, está prohibido correr en el césped. Segundo, yo soy la autoridad aquí y he visto un indicio de pelea. Por esta vez, pasaré por alto su insolencia. Circulen, por favor —sentenció, irritándome aún más.
Annastasie notó que la situación podía ir a más y me tomó de la mano para llevarme a otro lugar. No opuse resistencia, aunque seguía molesta. Nos sentamos en un banco con vistas al Ródano. Tras comprobar la hora en el móvil, ella estiró las piernas y los brazos.
—Te noto muy animada esta mañana. ¿Estás mejor de lo de anoche? Yo no he descansado bien, me llevé un susto con ese maldito San Bernardo y en la cafetería…
Me detuve al verla con los ojos tristes.
—Anoche estuviste a mi lado cuando todo se hundía por culpa de ese chico, pero me ayudaste a ver que no valía la pena. Al acostarme, caí en que no puedo estar con alguien pendiente de la opinión ajena. Tú y tu pelo rosa me recordasteis que debo ser yo misma —confesó con voz baja.
—Annastasie, ya te he dicho alguna vez que los cuentos de princesas deberían reescribirse. Pero te considero una de ellas, aunque una guerrera. Cuando nos enamoramos creemos que la otra persona es ideal; luego vemos la realidad y solo queda aceptar lo que hay —dije tras un breve silencio.
—Hace meses te habría dado una bofetada por hablar así del amor. Pero tienes razón… somos guerreras. Me gustaría encontrar a alguien con quien poder ser madre, aunque sea adoptando —añadió, más serena.
—Pues a mí me costó ganarme tu confianza. Creo que si te hubiera regalado uno de esos cómics de neko boys me habrías aceptado antes —repliqué, entrecerrando los ojos.
—¡Oye! ¡Solo los leo de vez en cuando! Espera… ¿Qué ha pasado en la cafetería que no me has contado? ¿Te gusta un chico? —preguntó, con tono sospechoso.
No supe responder. El himno nacional sonó de repente, interrumpiéndonos como una orden divina.
Caminamos hacia el bloque de clases, donde un vigilante nos observaba con aire soberbio.
Dejé a Annastasie en su aula, ya que el nuevo sistema del centro nos había separado en cubículos para evitar aglomeraciones.
Algunas asignaturas como arte, música o gimnasia seguían usando espacios comunes.
Como cada año, esperé al último momento para entrar en clase y evitar socializar.
Desde siempre, el primer día marcaba la imagen que los demás tendrían de ti durante el curso.
Si te veían vulnerable, aquello se convertía en un infierno.
Y, para mi desagrado, sabía que esta vez no contaría con Annastasie en el aula.
Hice tiempo en el baño de chicas; al no haber cámaras, el humo de cigarrillos furtivos flotaba sobre las cabinas, mezclándose con el mal estado de las cañerías y las paredes cubiertas de insultos, descalificaciones y declaraciones amorosas anónimas.
Esperé sentada sobre la tapa del váter, pensando en todo lo que me había ocurrido a lo largo de la mañana para hacer tiempo.
Hice un poco de ruido para que nadie me molestara mientras los pasillos se iban vaciando de gente.
Calculé que estuve unos tres minutos sentada.
Cuando salí, me encaminé directamente hacia mi aula, la antepenúltima del pasillo, a unos diez metros de la puerta de los servicios.
Bajo la atenta mirada de las cámaras de seguridad, me apresuré a escurrirme dentro del aula.
El profesor ya había llegado y parecía llevar un par de minutos explicando algo.
Entré cabizbaja, esperando una reprimenda, pero el maestro me sorprendió.
—Alice —me saludó con una voz suave y sorprendida, pronunciando mi nombre con un impecable acento inglés.
—¿Habéis pasado lista ya? —pregunté con voz segura y curiosa, notando que no estaba en absoluto molesto por mi retraso.
A mis espaldas estaban las inevitables e irritantes Heloise Rocheleau y Demi Lavoie, aspirantes a influencers en redes sociales, que pasaban el día haciéndose fotos con morritos de pato.
Me daban tanta grima que alguna vez deseé agarrarles los labios y hundirles la cabeza en un estanque.
También había un chico en silla de ruedas y otro con obesidad que me miraba con una sonrisa inquietante.
—No, todavía no. Toma asiento, por favor —me indicó, señalando con el brazo extendido los cinco últimos pupitres de la última fila.
No me jodas que este es el tipo de la cafetería… parece simpático, educado e inteligente. Pero esos ojos tristes, el ruido de cadenas que he sentido y esa sonrisa… hay algo que no me cuadra —me inquieté mientras ocupaba la última mesa a la izquierda.
En la pizarra estaba escrito su nombre tanto en alfabeto europeo como en japonés, con una caligrafía especialmente cuidada: Kano Jones Akiyama.
Tutor y profesor de Filosofía y Literatura.
Lo leí en voz baja mientras sacaba una libreta de la mochila.
Después de anotar su nombre en el margen, levanté la vista y lo vi repartir folios uno a uno, mirando a cada alumno a los ojos.
No era un gesto amenazador, pero sí llamativo.
Le calculé unos treinta años: joven, rostro afeitado y cabello negro como la noche recogido en un moño.
Pensé que incluso un kimono diseñado por Annastasie le quedaría bien.
Mi rostro se iluminó justo cuando la cámara de la esquina se fijó en mí. Ese detalle me hizo sentir expuesta.
Traté de mantener la calma bajo su vigilancia, que cambiaba ligeramente de posición cada pocos segundos.
El profesor estaba a dos mesas de mí, así que me pellizqué el muslo por encima de las medias para concentrarme.
Cuando lo tuve de frente, mi corazón se detuvo y volví a oír el tintineo de unas cadenas arrastrándose.
El folio que sostenía resbaló de su mano.
Murmuró una onomatopeya ininteligible, que me hizo sonreír y, a la vez, me sonrojó.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí como si ambos estuviéramos viendo dentro del otro.
El contacto visual duró unos segundos antes de que él volviera al centro de la pizarra y se aclarara la voz con elegancia.
—Mis queridos alumnos, os recuerdo que el objetivo de este ejercicio no es juzgar a nadie, sino conoceros mejor. Escribid sobre el tema que deseéis o sobre la idea que os resulte más llamativa. Los textos deben ser anónimos. Si tenéis dudas, alzad la mano. Recordad: cuando uno enseña, dos aprenden.
Su forma de hablar me hizo pensar que realmente le importábamos como personas.
—Usted lo ha dicho, profesor Akiyama —valoré positivamente para mis adentros mientras anotaba ideas en el cuaderno.
Cuando terminó la clase, me arrepentí de haber escrito sobre cine gore, empoderamiento femenino y mis respuestas más salvajes a agresiones en el Instituto de Stendhal.
Me sentí tentada a pedirle que me dejara repetir la redacción.
Estaba segura de haber quedado expuesta, aunque solo fuera por unos segundos, y quería aclararle que no era una mala persona.
Al levantarme, me bloqueó el paso el primer intento de meterse conmigo en ese curso. Si mi esperanza era como el barco de papel de Eso perdiéndose en una alcantarilla, ellas eran el payaso al que debía enfrentarme.
—Mira, la princesa poni que ha llegado tarde a clase. ¿Vas a buscar purpurina para los labios? —me increpó Demi Lavoie, tirándome de la melena.
—Pero no seas tonta, darling, ¿no ves que esta es la amiga de Nasty Surprise? Es la otra la que monta el espectáculo, ¿no ves que tiene silla para montar? —añadió Heloise Rocheleau con un tono burlón.