Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 15. Alice a través del espejo
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15. Alice a través del espejo

Cuando me quise dar cuenta, era mi segundo año sin unas vacaciones escolares decentes.

Maldije la hora en la que mis padres me inscribieron en el Instituto de Saint Germain, aunque, al fin y al cabo, lo estuvieran pagando con una indemnización, la cual indirectamente costeaba que me llamaran anoréxica y tener que sufrir la angustia de que algunas chicas me pidieran consejos para adelgazar hasta tener una figura como la mía.

Los trastornos alimenticios no son una broma, pero existe una obsesión generalizada por la delgadez y las figuras esbeltas; al parecer, no procede solo de que las tallas de ropa más grandes sean más caras.

La prueba de ello era ir de compras con Annastasie: la chica consiguió que me comprara el mismo vestido que ella para ir a juego; sin embargo, el mío resultó algo más barato.

—Espero que esté bien. Le ha vuelto a pasar. Por favor, no me envíes un mensaje conforme tu padre no te quiere acercar al Le Nouveau Café de Flore y que nos vemos directamente en el centro —consideré incómoda mientras comprobaba cómo me quedaba el uniforme en el espejo.

La falda me llegaba por encima de las rodillas y la camiseta no me marcaba la anatomía, hecho que agradecía, pero aquello no me quitaba la desagradable impresión de ir enfundada en un uniforme propio de un colegio de monjas.

Mi aspecto no ayudaba a mejorar el humor después de haber estado consolando a Annastasie al otro lado del teléfono hasta la una de la madrugada.

Ella había acudido a una cita con un chico que la dejó plantada.

Al cabo de unas horas, él le mandó un mensaje disculpándose por no asistir, pues aseguró que no le gustaban los «trapitos».

Desconociendo yo el significado de la ofensa, me explicó que era una modalidad de cómic para adultos en la que aparecían chicas con su rasgo característico.

Cuando me lo confesó, me quedé con el rostro desencajado por la anécdota.

En esa ocasión no me pude enfadar con ella; la torpe había sido yo al preguntar algo que podría haber imaginado.

Después de una hora en la que estuvo destrozada, me facilitó una fotografía del malnacido y le pude poner cara y nombre.

Le aseguré que no perdía nada con esa persona y que tarde o temprano daría con alguien.

No obstante, mi figura temblaba de rabia ante la injusticia, puesto que probablemente se enteró por un grupo de chicos en una aplicación de mensajería.

Desconocía la clase de información que circulaba por allí, pero cualquier chica con dos dedos de frente podría imaginar su contenido.

Pero los disgustos matutinos iban a continuar cuando mi teléfono vibró: me envió una imagen de un gato triste indicándome que nos encontraríamos en el instituto directamente. Ante ello, suspiré.

Bajé a la calle con los auriculares puestos, con la esperanza de poder remontar emocionalmente el día.

Valoré dicha posibilidad porque ya tenía en el teléfono el último disco de Las Arpías del Averno en formato digital, puesto que compré un lote de coleccionista y todavía no me había llegado el CD con una fotografía firmada por toda la banda.

No pasó medio minuto de la primera canción cuando me sentí tan bien y valiente que incluso valoré saludar al cánido del número veintitrés.

No obstante, cuando llegó la hora de la verdad, me planté delante de la verja y lo miré a los ojos: el perro se levantó, sus ojos se iluminaron y echó a correr hacia mí ladrando.

Pero el miedo no pudo ser aplacado con la música.

No corrí la misma suerte que Orfeo frente al guardián del Hades con la lira.

Un par de números avenida arriba, mi cuerpo me recordó que todavía no había probado bocado desde que me había levantado y que ya era hora de desayunar.

En el ambiente, los alargados dedos del otoño peleaban por adelantarse al verano.

Al cruzar la puerta del Le Nouveau Café de Flore me invadió un extraño sentimiento, como si hubiera llegado al final de un camino.

Mis sentidos no me engañaron: el olor de una hornada de bollería recién hecha escapaba de una habitación adyacente, invadiéndome las fosas nasales.

Los bollos de canela me llamaban y me dirigí a la barra para pedir uno de ellos con un chocolate caliente.

—Quiero un bollo de canela y un chocolate caliente —consideré para mis adentros, lista para hacer el pedido, cuando una torpe pronunciación en francés agradecía al camarero.

De inmediato entendí que se trataba de un inglés a juzgar por su timbre.

Busqué a alguien que me atendiera en la sala con la mirada, pero solo vi a los comensales.

De pronto, noté un calambre en el dedo meñique, como si el hilo que en su día pareció tirar de él hubiera llegado al punto en el que conectaba.

Una cálida sensación me recorrió el cuerpo desde los hombros hasta las caderas.

Sentí ganas de huir de ese lugar; el corazón me latía rápido y empecé a marearme.

Deslicé la pierna sobre el taburete cuando me pareció oír un ruido de cadenas arrastrándose.

Cerré los ojos e intenté buscar fuerzas para irme, pero algo me decía que debía quedarme; esperaba que se tratara simplemente del hambre.

Volví a girarme y miré la mesa ocupada a mis espaldas: el comensal leía Le Canard Enchaîné.

El hombre había pedido un zumo de naranja y un par de tostadas con mermelada.

En circunstancias normales aquel detalle me habría pasado por alto, pero, a pesar de no haber visto su rostro, algo me llamaba la atención.

No tardé en ser arrancada de mis pensamientos cuando fui atendida por una camarera sin darme cuenta.

—Buenos días, Alice. ¿Vas a querer como siempre? —aquella voz amable me hizo dar un salto del taburete.

—¡Claro! —exclamé de forma enérgica e inconsciente.

Clarisse, quien era una chica que empezó a trabajar allí durante el verano, me sonrió y anotó mi pedido en un papel mientras yo me puse roja como un tomate, sin saber dónde meterme al descubrir que había atraído las miradas de todos los comensales.

Mi contestación, lejos de ser formal, se había convertido en casi un chillido.

Avergonzada, pude oír cómo de repente alguien estornudó de forma sonora; entonces mis ojos se toparon con otros de un tono azul verdoso.

Su tonalidad me transmitió paz espiritual.

Mi cuerpo estaba muy tenso; no podía moverme.

—Hay un hilo rojo que conecta a las personas que están destinadas a estar juntas —dichas palabras brotaron de los labios de mi maestra en mi mente.

—¡Sensei! —repliqué mentalmente mientras nuestras miradas se encontraban en aquella incómoda situación.

—Bon appétit, Alice. Aquí tienes el bollo y el chocolate caliente —me avisaron con voz amable desde el otro lado de la barra.

Esas simples palabras me hicieron volver en mí, momento en el que me sentí muerta de miedo por lo sucedido con aquel transeúnte a medio camino entre japonés e inglés.

En los escasos cinco segundos en los que nuestras miradas se cruzaron, me llevé una agridulce primera impresión de él.

Tenía un rostro agradable, pero algo en él no estaba bien; incluso esa suave sonrisa parecía forzada, ensayada, sin el encanto natural de Annastasie.

Cuando quise volver a mirarlo, me di cuenta de que se había escondido detrás del periódico.

Confundida, decidí no darle mayor importancia y bostecé, dedicando mis pensamientos a mi amiga.

Hundí el bollo en el chocolate caliente y comencé a comer, despejando la mente.

El sabor de ambos dulces combinados me aturdió el paladar y me privó de pensar en otra cosa. El hambre me hizo olvidar de inmediato todas aquellas sensaciones; incluso desistí de atender a las notificaciones del teléfono, que sabía que eran de mi amiga por la señal personalizada.

—Lo siento, Nestea, pero este es mi momento. En un rato te veo en el instituto, cacho zorra —dije en voz baja antes de llevarme el último bocado de bollo bañado en chocolate.

Mientras masticaba, miré de reojo la mesa del comensal sin saber cómo proceder. Antes de terminarme el chocolate caliente volví a sentir aquel vínculo inexplicable, pero el teléfono móvil interrumpió mi atrevimiento y me decidí por pagar.

—Estoy desayunando, Annastasie, no seas ansiosa —contesté al teléfono mientras sacaba monedas de la cartera.

—Me equivoqué de tecla, quería ponerte un conejito triste a ver si respondías —replicó ella mientras asentía a Clarisse para que me cobrara.

—En fin, no tienes remedio. Voy de camino al instituto, he parado a desayunar en la cafetería —respondí segundos antes de recibir el cambio.

Volteé la mirada para ver por última vez a ese chico.

Me parecía un hombre al verlo vestido con traje y con gestos medidos incluso para beber zumo.

Consideré despedirme sin acercarme, pero me sentí desbordada por el cóctel de emociones.

Me dirigí a la salida con paso tranquilo, incómoda por aquella conexión.

La puerta se abrió de golpe y me golpeó en la nariz.

El chico no me miró y pasó. Lo observé con rabia, pero no dijo nada.

Unos minutos más tarde caminaba sobre el puente.

De no ser por mi pelo rosa, habría pasado desapercibida entre la multitud de uniformes del centro.

Algunos chicos y chicas rebeldes vestían de forma informal.

Pude oír silbidos; no sabía si iban dirigidos a mí, pero temía que aquello fuera el principio de algo mayor.

El curso pasado se saldó con un profesor muerto y varios tocamientos.

Aunque el centro había reforzado las medidas de seguridad, me preguntaba hasta qué punto podrían proteger mi dignidad y mi integridad física.