Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 14. Un cambio de imagen #3
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14. Un cambio de imagen #3

—No, papá. Ni me drogo, ni fumo, ni he falsificado nada.

Tampoco he tenido sexo con ningún chico.

Simplemente llamé a la peluquería y les pregunté si podían ayudarme a renovar mi imagen.

Y me decidí por un color que me gustó —respondí con voz tranquila, intentando contener los nervios y las ganas de gritar.

—Creo en tus palabras. Y si a ti te gusta este color tan llamativo, lo acepto.

Pórtate bien y sigue sacando buenas notas.

Tienes que vivir tu vida, hija. Pero, como padres, siempre estaremos preocupados por ti.

No te metas en problemas —dijo mi padre con un tono más cálido. Después me dio permiso para retirarme.

Al pasar junto a Gallia, pude notar en ella la tristeza y la desesperación de una madre incapaz de entender a su hija.

Pero, recordando a Annastasie, sabía que no estaba sola en esto y que ambas buscábamos nuestra propia identidad.

Eso no significaba que fuéramos a odiarlos, sino las formas que a veces utilizaban con nosotras.

Aquella noche cené patatas gratinadas y un yogur antes de acostarme.

Ninguno de los dos me dirigió la palabra, así que lo asumí sin dramatizar y me puse a leer.

Había olvidado el placer de la lectura para conciliar el sueño.

Cuando noté que los ojos se me cerraban, utilicé el marcapáginas y dejé mi ejemplar de El terapeuta de la calle decadente sobre la mesita de noche.

Cerré los ojos y, a los pocos minutos, ya me había quedado dormida por el cansancio.

[3 de septiembre de 2013]

El curso escolar se retrasaría todavía tres días más, por lo que aún tendríamos algo de tiempo para disfrutar del verano.

El calor había aflojado considerablemente a lo largo del mes; aun así, estar a veintiocho grados no resultaba precisamente agradable.

Aquella mañana de martes me había conectado a internet después de cinco días de vacaciones en Normandía con mis padres para leer un correo del centro dirigido a los alumnos.

Annastasie me había avisado de que había información importante sobre el nuevo curso, pero hice caso omiso de la misiva al pensar que probablemente se trataría de propaganda.

Además, acababa de volver de vacaciones.

—Vamos, Queen’s Explorer, carga un poco más deprisa la dichosa página, que me quiero ir al salón recreativo —me quejé mientras el navegador se tomaba su tiempo para abrir el mensaje del instituto.

Cuando por fin pude acceder a la misiva, me puse a leerla en voz alta y somnolienta, con el estómago rugiendo por el desayuno y el cuerpo aún sudado por aquella noche calurosa.

«Distinguida señorita Fointable:

Me llamo Orane Thériault y le escribo en nombre del equipo directivo del Instituto de Saint Germain.

Como alumna que cursará el próximo año académico con nosotros, quisiera informarle de los recientes cambios en las instalaciones y en la normativa del centro debido al fallecimiento en nuestras aulas del profesor Nicolas Marseau.

Para mejorar la seguridad del centro, se han instalado cámaras en los pasillos, entradas y salidas, gimnasios y aulas, con el fin de garantizar la seguridad tanto del profesorado como del alumnado, así como en el resto de edificios, a excepción de vestuarios y aseos.

En caso de que lo requiera, puede ejercer sus derechos mediante la documentación que le facilitaremos en el centro, siempre que acredite que se vulnera su derecho de imagen más allá de las funciones especificadas.

Además, el centro contará con personal de seguridad privada para evitar incidencias.

Por último, le rogamos que revise la nueva normativa sobre código de vestimenta, las nuevas actividades disponibles en los recreos, como el club de debate o la nueva biblioteca, y que compruebe la asignación de aulas de su grupo.

En el mismo documento encontrará el nombre de su tutor y el de los alumnos con los que compartirá clase.

Quedo a su completa disposición para resolver cualquier duda que le pueda surgir.

Atentamente,

La secretaria del Instituto de Saint Germain, Orane Thériault.»

—¿Cómo que ahora debo llevar uniforme en el instituto?

No me jodas… ¿Ya no podré vestir como me salga de los ovarios?

Espero que, como mínimo, me hayan puesto en la misma clase que Nestea.

Bastante difícil es pasar tiempo con ella fuera de las aulas como para que encima nos separen —gruñí mientras tamborileaba el dedo índice sobre la mesa, esperando que se descargara el documento con la información adicional.

Abrí el PDF. Como era de esperar, no era personalizado y tuve que deslizar la rueda del ratón durante un buen rato hasta llegar a los grupos de Quatrième de Collège. Nos habían dividido en cuatro grupos: A, B, C y D.

Busqué entre los apellidos que empezaban por «B», con la esperanza de encontrar a Annastasie y luego comprobar si yo estaba en la letra «F».

Después de revisar el grupo A sin éxito, suspiré aliviada al no encontrarla ni a mí.

Entonces recordé que podía usar la búsqueda del documento.

Emocionada, escribí su nombre: estaba en el grupo C, el de nivel estándar.

—Ahora solo queda subir… venga, no me falles, documento bonito —recé en voz alta mientras buscaba mi apellido en la letra F—. Rayos, no lo encuentro… ¿dónde está?

Un segundo después escribí mi apellido. Y me quedé helada.

Me levanté de la silla, dejé el ordenador abierto y fui a lavarme la cara con abundante agua. Traté de procesarlo. Estaba nerviosa. Tal vez no lo había leído bien por el sueño. Me duché, me vestí y volví a sentarme. Respiré hondo. Intenté relajarme. Volví a mirar.

El documento acababa de darme una puñalada en el corazón: no solo me habían separado de Annastasie, sino que me habían asignado al grupo de élite, el «D». Y, para colmo, mi tutor sería un japonés: K. J. Akiyama.

—Yuki fue una gran maestra… Supongo que las mujeres enseñan mejor que los hombres, porque tendemos a empatizar más y a ser más atentas.

Pero como me pongan a un Yagami Yoshida dando clase voy a tener serios problemas para aprobar.

¡Je vais chier sur tout! —grité enfadada antes de anotar la dirección de la tienda donde vendían el uniforme del instituto.

Sin preocuparme por el ruido que había hecho, fui directamente a la cocina y me serví una ración de cereales.

Los bañé con leche abundante y tomé una cuchara mientras la televisión se encendía sola.

El reloj marcaba las nueve de la mañana.

Decidí que era buena hora para ir a comprar el uniforme, pero primero debía desayunar.

No tenía ganas de perder mi identidad por una prenda de ropa, pero no me quedaba otra opción.

Si habían convertido aquello en una especie de 1984, no podía arriesgarme a que me vetaran el acceso por no llevar uniforme.

Buscando algo de calma, encendí la televisión para no sentirme tan sola. Zapeando, di con Télé Lyon Métropole.

El canal acababa de dar el tiempo antes de repetir el bucle de noticias.

Al parecer, los calores estivales no volverían en los próximos días.

No presté atención a los anuncios. Cuando empezó el informativo, volví la mirada.

La primera noticia me hizo atragantarme con los cereales.

En pantalla aparecía Yagami golpeando a un grupo de encapuchados que habían intentado destrozar su local.

Sentí un mal presentimiento inmediato. Subí el volumen.

El presentador explicaba que el regente del bar se había defendido con artes marciales y que los agresores habían huido antes de la llegada de la gendarmería.

Continué desayunando, ansiosa por que explicaran con detalle lo sucedido.

Sin darme cuenta, estaba devorando el cuenco por la impaciencia y el malestar que me provocaban aquellas imágenes.

Pasado un minuto que se me hizo eterno, marcado por noticias que me resultaban insípidas, comenzaron a hablar del local.

Contaron que sobre las ocho de la mañana un grupo de encapuchados se había dirigido a Yuki no Yume, nombre que tradujeron entre paréntesis como El sueño de Yuki, para causar destrozos e intimidar al dueño.

Este, sin temblarle el pulso, los habría despachado con técnicas de aikido mientras gritaba para que alguien llamara a las autoridades.

Empapado en sudor y con el rostro tenso, probablemente por el esfuerzo, Yagami declaró que no era la primera vez que su local sufría un ataque.

—Apuesto todo lo que llevo en la mochila a que Yagami está escondiendo algo —murmuré antes de terminar las últimas cucharadas del desayuno.

Sin embargo, mis preocupaciones eran otras.

Y, sabiendo que aquel hombre se manejaba perfectamente con las artes marciales que tanto dominaba, salí de casa con la mochila a cuestas y la nota con la dirección en el bolsillo.

Bajando en el ascensor, me di cuenta de que llevaba las gafas puestas y no las lentillas.

—Parece que el día promete —bostecé, intentando que no se me cayeran las gafas por el gesto brusco.

Somnolienta, salí a la calle y abrí el móvil, donde introduje la dirección.

Comprobé que podía llegar perfectamente a pie, así que decidí ahorrar dinero y no tomar el autobús urbano hasta el establecimiento situado frente a la plaza Square Jules Verne.

Me puse los auriculares, activé la música y doblé la esquina del edificio.

Comencé a subir la calle a paso ligero. Al principio el calor no me molestó, pero con los minutos empecé a arrepentirme de no haber cogido el transporte público.

Aun así, seguí caminando cada vez más rápido, casi corriendo, visiblemente irritada.

—No entiendo cómo puede existir gente partidaria de tanta norma, tanta regla y tanta estupidez. Seguro que alguien se lleva comisión con este uniforme —murmuré cuando ya divisaba el parque de referencia.

Al entrar en la tienda, me sobresaltó la dependienta en cuanto me quité los auriculares. Su maquillaje excesivo, su sonrisa forzada y el uniforme ajustado con falda corta me dieron una idea inmediata de su carácter. Algo intimidada, saludé con la mano y me acerqué al mostrador.

—Buenos días. Vengo a comprar el uniforme del Instituto de Saint Germain.

La dependienta me miró de reojo durante medio segundo, suficiente para que yo notara su gesto.

—Buenos días. Ven conmigo, por favor.

Abandonó el mostrador sin apenas mirarme.

─Maldita cretina. Seguro que piensa que soy anoréxica —maldije mentalmente mientras escuchaba el sonido de sus tacones.

Entre las perchas vi uniformes de distintos institutos de Lyon, pero los del mío ocupaban una sección aparte.

La dependienta me esperaba al fondo con una prisa evidente.

Su impaciencia me molestó aún más. Caminé hacia ella con paso firme, deseando terminar cuanto antes.

En aquella zona había estanterías con jerséis, camisas y faldas idénticas, además de una mesa con listas y un bolígrafo.

Lo que más me llamó la atención fue un cartel publicitario desagradable.

─No me jodas, es ella… ¿pueden irme peor las cosas? Me niego a vestir lo mismo que esa… —me rasgué las vestiduras entre dientes.

—Reina, ¿te parece bien si te pruebas esta talla? Creo que es la tuya y te sentará bien —dijo con voz dulzona.

—¡Claro! ¿Dónde está el probador? —respondí con una amabilidad fingida.

Dentro del vestidor me quité la ropa con pesadez, como si estuviera desprendiéndome de mi identidad.

Me puse la falda, la camisa y el jersey con el escudo del centro: un león sobre la bandera nacional.

Dentro del cubículo había un taburete. Me imaginé enredaderas negras subiendo por mis piernas, atrapándome lentamente, mientras el aire se impregnaba de un perfume de corrupción.

La imagen de Lauren apareció en mi mente como una sombra insistente.

—Nunca te vas a librar de mí. Te measte en mi cama como una niña. Espero que disfrutases de tu cuento de hadas. No sé ni si era así la expresión… Fue divertido mientras duró. Me quedo con Pierre, él no es un monstruo como tú —susurraba su voz en mi cabeza.

—No soy la misma niña de antes. Me das asco. Fuera de mi vida —gruñí, sacudiendo la imagen.

La ilusión se intensificó: espinas atravesaban mi cuerpo desnudo mientras mi reflejo cambiaba en el espejo. Sensei apareció detrás de mí y me apoyó las manos en los hombros, sonriendo.

—¡Sensei! —grité, volviendo de golpe a la realidad frente al espejo.

La dependienta se sobresaltó.

—¿Todo bien, reina? —preguntó con voz mecánica.

Respiré hondo.

—He estado ciega por el odio. Tú no eres mi enemiga, Lauren Bonfils.

Me has enseñado a seguir adelante. Te deseo lo mejor…

aunque todavía no soy capaz de hacerlo del todo.

Llevaré este uniforme como lo que es: un conjunto de fibras.

Pero mi pelo rosa seguirá siendo mi identidad.

Es precioso, aunque eso no es problema mío si tienes un gusto espantoso.

Espero que te pudras —murmuré, sintiendo cómo la imagen de las espinas se deshacía en flores de cerezo.

Salí del vestidor con el rostro encendido.

La dependienta me pidió que me girara. La miré fijamente, volví al interior y me cambié de nuevo con calma.

Cuando salí otra vez, ya vestida con lo que me representaba, me miré en el espejo.

Me vi tal y como era: natural, impúdica, real, con pétalos rosas cayendo en mi imaginación.

—Necesitaba este cambio. Me siento preciosa y cómoda. Eso es lo único que importa. Tal vez algún día encuentre a alguien que me acepte como soy. Pero no lo necesito —sentencié para mis adentros mientras doblaba la ropa antes de pasar por caja.

Al salir de la tienda lo hice con el mismo sabor agridulce con el que había entrado. Pero esta vez me sentía más firme. Ni el presente ni el pasado volverían a amedrentarme por mi aspecto o mi forma de ser. Y todo ello por culpa de un maldito cartel publicitario.