14. Un cambio de imagen #2
—¿Haces granizados? Dime que sí, me estoy derritiendo de calor —me abalancé a contestar, ante el sonrojo de mi amiga y la serena sonrisa del regente.
—Dentro hay aire acondicionado. Pasad y os haré uno al estilo japonés —su amabilidad me chocó por el tono sereno de sus palabras.
Una vez sentadas en una mesa, reparamos en que había reformado el local, reduciendo el espacio de la barra y consiguiendo una mayor separación entre las mesas, además de decorar las paredes con motivos orientales.
Pero lo que más me llamó la atención fue que el sitio ahora se llamaba Yuki no Yume.
Tras el entierro de nuestra sensei no habíamos vuelto a saber de él; por el contrario, nosotras tampoco le habíamos dedicado demasiada atención al viudo.
Las novedades que veía a mi alrededor y la belleza renovada de un lugar del que conservaba buenos recuerdos me hicieron olvidarme por completo de lo que quería decirle a Annastasie, hasta que oí bramar a cierto señor.
—Qué fresco tan agradable… Uff, qué ganas tenía de sentarme aquí. Bueno, vamos a tomarnos una selfi y te chinchas —advirtió Annastasie con un tono de voz cargado de alegría, contagiando incluso al regente del local, que en aquella ocasión tenía varias mesas ocupadas.
—Aquí están vuestros granizados. Tomadlos poco a poco o, de lo contrario, os dolerá la cabeza. Por cierto, Alice, me gusta tu nuevo aspecto. Pareces un personaje sacado de un anime —comentó con tono educado, a varios metros de mí.
—Me quería hacer un tatuaje porque me apetecía hacerme una arpía sanguinaria, pero ni hablar.
Ni arpías, ni duendes carroñeros, ni zombis, ni nada.
No me han dejado. No entienden que necesitaba un cambio de imagen, aunque me lo pagara yo misma.
Así que me he decantado por un tinte de color llamativo.
No creo que en casa les haga mucha gracia, pero que me quiten lo teñido —mis palabras sonaron tan seguras como rebotadas con la situación.
—Ains, tienes el pelo muy kawaii. Me encanta. Voy a fantasear mucho con él —mi amiga se mostró efusiva mientras jugaba con mi melena, contenta.
—Annastasie Baudin, creo que no conoces bien a mis padres. Si yo te contara la cantidad de discusiones que he tenido por tonterías como llevar el segundo pendiente… No me entienden —contesté de forma tensa, mientras mi cuerpo delataba la incomodidad que sentía.
—La lluvia solo es un problema si no te quieres mojar —replicó el hombre tras reírse con elegancia.
—No entiendo esa frase. ¿Es una cita o un proverbio? —pregunté extrañada, ante su mirada atónita.
—Es sabiduría popular japonesa. Creo que os ayudará a encontrar vuestras respuestas. Sois lo bastante capaces de dar con ellas —la seguridad con la que Yagami nos habló me provocó un escalofrío al ver cómo remataba su intervención con una ligera sonrisa.
Destemplada, hundí la cucharilla en el cuenco y comencé a dar vueltas a aquella cita.
No obstante, mi amiga deslizó la mano sobre la mesa, transmitiéndome su cariño y recordándome que estaba en una cita con ella, a pesar de que las temperaturas en la calle no lo aconsejaban.
Mis ojos brillaron al toparme con su expresión, ligeramente angustiada por el frío del helado, lo que me arrancó una sonrisa y me convenció de reservar mis divagaciones para el camino de regreso a casa.
Estar con ella me hacía sentir bien y era lo único que quería en ese momento.
Sin embargo, ninguna de las dos se había preocupado por la hora de regreso de Annastasie y su padre la llamó por teléfono. Ella respondió con calma al principio, pero pronto su tono de voz se volvió más fuerte, y la vi con otros ojos: como una mujer firme que intentaba hacerse valer.
—Me tenéis frita de tanto estudiar. Dejadme disfrutar un poco de la vida, pesados. ¿Qué pasa si llego un poco más tarde a casa? Los libros no se van a mover de sitio —protestó con rostro amargo.
—Annastasie Baudin, te quiero en el siguiente autobús a casa o te aseguro que acabas en un internado suizo del que no sales hasta que seas mayor de edad —la amenazó su padre con un tono tan fuerte y cruento que me hizo levantarme de la mesa.
Mi amiga me miró con expresión seria, con la palma de la mano extendida, obligándome a sentarme.
Nunca la había visto tan molesta. Aun así, aquella escena me dio una imagen nueva de ella, más intensa, lo que me reconfortó de algún modo, aunque sabía que después de dejarla en la parada del autobús yo también tendría que rendir cuentas.
La disputa con su padre terminó con la promesa de tratar el tema en casa, pero de acabar primero el helado. Solo de pensar en las consecuencias de aquellas palabras sentí ganas de llorar. Ella lo notó y me acercó una cucharada de su granizado a la boca. El frío me hizo tiritar.
—Lamento que hayas tenido que presenciar esto. A veces una tiene que sacar su parte más fea para defenderse. Creo que esta vez he perdido las formas, pero ellos mismos se lo han buscado. ¿Has pensado en qué vas a decir en casa? —se interesó por mí.
—Yo temo que no me dejen volver a verte después de esto… Pero me fastidia que tengas que coger el próximo autobús. Aunque no llegues a tomarlo —dije, casi arrepentida.
—Tomo el siguiente y ya está. ¿Sabes qué me gusta de ti? Que haces las cosas sin pensar en lo que pasará y luego enfrentas el problema. A veces me preocupas, pero frenarte sería destruir tu esencia —aclaró con voz dulce.
—Una se acostumbra a ser la oveja negra de la familia… ¿Y lo del internado? Si te mandan a uno y me dejas aquí sola, me muero —pregunté angustiada.
—Llevan años amenazándome con eso para que me comporte como el chico que dicen que soy… Pero yo soy una mujer de cabeza a pies —no terminó la frase cuando su teléfono volvió a sonar, y esta vez fui yo quien se puso roja de rabia.
Conscientes de que la situación solo podía empeorar, terminó el helado a toda prisa y corrimos hasta la parada del autobús.
Yo la vi marcharse antes de emprender el camino de regreso a casa.
Me quedaba más de un kilómetro a pie. Mis pensamientos se centraron en la reacción de mis padres ante mi cambio de imagen.
Para aislarme, subí el volumen de la música y avancé sin mirar a nadie.
Cuando entré en el edificio, suspiré antes de llamar al ascensor.
Dentro, me quité los auriculares cuando terminó la canción de Las Arpías. Miré mi reflejo: la chica que veía me gustaba. Sin embargo, aquel sentimiento chocaba con el hecho de haberme dejado guiar por Annastasie en otros aspectos, como el maquillaje o la ropa.
Ella nunca me habría hecho esto para humillarme…
Supongo que lo importante es que a mí me guste.
Tal vez Yagami hablaba de eso con lo de la lluvia.
Estos japoneses tienen más misterios que una novela de Sherlock Holmes…
Pero parece que el hombre se preocupa por mí.
¿Será por la muerte de su esposa o porque realmente ha cambiado?
En fin, ya he llegado. La suerte está echada —suspiré mentalmente mientras abría la puerta del rellano.
Ya dentro del piso, saludé en voz alta, como era costumbre.
Mi madre estaba en la cocina y mi padre viendo el Tour de Francia en la televisión.
Dudé entre ir a mi habitación o dar explicaciones de inmediato, pero opté por dejar primero la mochila.
Cuando me disponía a entrar en mi cuarto, una mano húmeda y enguantada se posó sobre mi hombro.
—Hija mía, ¿no tienes nada que contarme? —me increpó mi madre con voz seria.
—Gallia, no empecemos otra vez. Alice ya tiene edad para tener su libertad, siempre que sea responsable con sus estudios —intervino mi padre con un tono más distendido, intentando restarle importancia al asunto.
—Aubin, ¿es que no has visto lo que se ha hecho la niña en el pelo? ¿Qué hemos hecho mal con Alice? —protestó mi madre, que casi me empujaba para pasar al cuarto de estar.
—Me he teñido el pelo del color que me ha gustado. Necesitaba un cambio de imagen; me siento más guapa, más… femenina —añadí, mintiendo en un intento de que la tormenta amainara de inmediato.
Mi padre terminó de beberse la cerveza que se había servido, dejó el vaso sobre la mesa y se dirigió hacia mí. Me miró con el rostro serio, posó las manos sobre mis hombros y después me apartó el pelo, como si inspeccionara que no me hubiera puesto más pendientes.
—¿No le vas a decir nada a tu hija? No se podía haber teñido el cabello de un tono rubio más fuerte, con lo bonito que lo tenía dorado, o de color castaño como mínimo.
No, se lo ha ido a teñir de color rosa para llamar la atención de todo el mundo.
Y a ver qué le dicen en el centro, que ese sitio cuesta una fortuna —añadió mi madre con voz escandalizada, haciéndome sentir mal.
Me lo iba a teñir de verde o azul. Sin embargo, Annastasie me asesoró; incluso hicimos pruebas en el ordenador, pero a ninguna de las dos nos convenció.
Si me hubierais dejado hacerme ese dichoso tatuaje, no estaríamos así.
Que tengo ya trece años, no me jodáis tanto —gruñí internamente mientras mantenía la mirada fija en la televisión, intentando mantenerme ajena a la situación.
—Vamos a ver, Alice. ¿Has consumido sustancias estupefacientes últimamente? ¿Has empezado a fumar? ¿Has falsificado mi firma para hacerte un tatuaje que lleves escondido? ¿Has tenido sexo sin protección? —su mirada inquisitiva me atravesó y me sentí incómoda.
—¡Aubin! —gritó mi madre, enfadada, cuando él me levantó la camiseta por la espalda para inspeccionarme.
—Confía en tu hija. Deja que responda primero antes de hacer nada —intervino mi padre, volviendo a mirarme. Me mantuve firme, a pesar de sentirme como un gato acorralado.