14. Un cambio de imagen
Estaba rebotada con mis padres y con la humanidad entera.
El termómetro había llegado a marcar cuarenta grados durante la última semana y la ciudad de Lyon parecía afectada por un virus zombi.
Incluso mi dulce amiga lucía temible, como una pantera.
No había sido suficiente para ella que le estropearan la melena en la peluquería tras cortarle varios centímetros de más; además, sabía que en casa tendría una fuerte discusión con sus padres por su comportamiento y por el dinero invertido en su imagen.
En aquella situación no sería capaz de callarse, igual que había ocurrido en el local.
Por mi parte, tampoco atravesaba mis mejores días.
Llevaba varias noches sin dormir y el creciente acoso en el instituto ayudaba a sacar lo peor de mí.
Tanto o más que Annastasie, sentía ganas de gritar y romper cosas por la irritabilidad que me provocaba el verano.
Incluso nos habían expulsado de la piscina pública después de que yo perdiera los papeles con un grupo de chicos que intentó ligar con nosotras y terminara usando artes marciales contra ellos.
Aunque, en aquella ocasión, parte de los usuarios del recinto nos apoyó, el socorrista no dudó en amenazarnos con llamar a la gendarmería para desalojarnos.
Ya en la calle, fui incapaz de callarme y me puse a gritar toda clase de improperios en un francés perfecto, para que me oyeran bien los dueños del lugar.
Nestea, que también estaba al límite, me hizo callar con un tono severo, muy parecido al que utilizaba durante las discusiones con sus padres.
—Oye, Annastasie, ¿vamos a tomar un helado después? También podríamos mirar unos pendientes nuevos. Igual puedes cambiar esas perlitas por unos ositos bien bonitos… —traté de calmarla mientras apretaba suavemente su mano.
Ella suspiró pesadamente, permaneció varios segundos mirando el espejo y se apartó el pelo, como si examinara sus joyitas y el pendiente de la parte superior de la oreja.
Las tijeras seguían cortando mechones para arreglar el desastre que le habían hecho.
Sus labios parecieron relajarse cuando acaricié el dorso de su mano y entrelacé mis dedos con la pulsera de la amistad que llevaba.
Nuestras miradas se encontraron y sentí cómo se tendía un puente invisible entre ambas.
El corazón me golpeó con fuerza y un mechón rosa escapó por debajo del papel de aluminio. Nestea sonrió y señaló mi cabeza.
—Sí, ya sé que tengo un aspecto extravagante con esto puesto. Pero, como te rías de mí, te destrozo las raíces. Tú verás lo que haces —bromeé, a medio camino entre la amenaza y la risa, intentando destensar el ambiente.
—Tengo muchas ganas de ver cómo te queda el nuevo peinado. Seguro que estarás muy kawaii. Vas a parecer un pony de fantasía. Oish, oish… te voy a comer —su repentino cambio de humor me sobresaltó y, por un instante, me arrepentí de haber intervenido.
—Venga, Alice, toca aclararte el pelo con agua fría para fijar bien el tinte. Quédate quieta mientras te quito esto —me indicó la peluquera con delicadeza, retirándome el papel de aluminio.
—¡Claro! —exclamé con voz aguda, incapaz de contener la emoción por mi nuevo aspecto.
Mi entusiasmo no pasó desapercibido para las clientas de la peluquería, que me observaron de reojo, aparentemente molestas.
Su reacción me erizó la piel y sentí ganas de soltarles una reprimenda; algunas eran auténticas cotorras dedicadas al cotilleo.
Sin embargo, me mordí la lengua para no volver a montar una escena como la de la piscina.
La estilista me invitó a sentarme para aclararme el cabello con agua templada.
Mi corazón latía con fuerza. Llevaba días pensando qué color elegir, ya que en casa me habían prohibido teñirme de verde o azul.
Lo que no les conté era que terminaría escogiéndolo rosa, ni que había motivos más profundos detrás de aquello que una simple cuestión estética.
Probablemente recibiría prejuicios, malas miradas e incluso rechazo abierto, pero sentía que necesitaba aquel cambio.
Durante las últimas semanas me había comprado botines negros más ligeros, ropa cómoda y algo más escotada, camisetas nuevas; me había hecho la manicura y había dejado que mi amiga me maquillara.
El verano me estaba transformando profundamente y deseaba que llegara el otoño solo para volver a respirar tranquila.
Bastaba con imaginar la belleza del Parc de la Tête d’Or cubierto de hojas doradas y caoba para suspirar de placer al pensar en temperaturas más suaves.
—Alice, Alice… ¿qué tal está el agua? —preguntó la chica que me atendía.
—Es agradable. El masaje me está relajando muchísimo —confesé con voz tranquila, completamente entregada a la presión de sus dedos sobre mi cuero cabelludo.
Mientras el agua teñida de rosa descendía por mi cabello, imaginé que mi pelo era un batido de fresa derramándose lentamente por mis puntas.
Aquella imagen absurda me hizo arrepentirme durante un instante de lo que había hecho.
De reojo veía el tinte desaparecer como una lluvia rosada a mi alrededor.
Mi mirada se perdió en aquella lluvia artificial y mis pensamientos callaron por primera vez en mucho tiempo.
Había dejado de preocuparme por lo que el resto pudiera pensar de mí.
Al fin y al cabo, el color acabaría desapareciendo con los lavados.
—Bueno, Annastasie, ya estás lista. Has quedado muy guapa. Mírate bien en el espejo —indicó la peluquera mientras le mostraba la nuca con otro espejo.
—Está bien. Si no os importa, pagaré ya —contestó secamente, levantándose con gesto triste.
—Nestea, por aquí también han terminado. ¿Vamos a dar un paseo para que se me seque el pelo? —la animé, tomándola suavemente de la muñeca.
—Cielos, Alice… —susurró con auténtico asombro mientras hundía los dedos en mi pelo.
—Te queda muy bien el nuevo corte. Creo que necesitabas quitarte unos centímetros. Solo te falta un vestido para parecer una princesa —respondí a modo de cumplido, logrando que olvidara por un momento el enfado con la peluquera.
Se sonrojó tan deprisa que pareció un tomate. Incluso noté cómo su pierna derecha temblaba ligeramente por mis palabras.
Cuando salimos a la calle, el contraste térmico me golpeó de lleno.
Una bocanada de aire caliente me recorrió desde las rodillas hasta los hombros y el mareo me dobló el estómago.
Me apoyé en una papelera y terminé vomitando dentro.
Temblorosa y humillada, busqué desesperadamente pañuelos en la mochila.
Cuando por fin los encontré, me limpié los labios y miré a mi amiga con los ojos llorosos.
—¿Te encuentras bien? Vamos a por un granizado. No es buena idea pasear a estas horas —dijo con dulzura, aunque ella también sudaba intensamente.
La idea de quedar tan temprano había sido mía. Le insistí para que viniera conmigo a teñirme el pelo porque sentía que necesitaba su apoyo en aquel cambio de imagen. Había sido egoísta, pero también sabía que le hacía bien tener a alguien con quien desahogarse lejos de las discusiones de casa.
Además, en el instituto el mal ambiente seguía empeorando por culpa del calor.
Ni siquiera el aire acondicionado, que convertía el edificio en una nevera, lograba calmar la rabia acumulada de cientos de alumnos frustrados por pasarse el verano estudiando mientras otros viajaban por Europa.
En resumen, nuestra interacción con el resto del mundo era cada vez menor y ambas estábamos constantemente de mal humor.
Cuando me recuperé del incidente, comenzamos a buscar algún bar o cafetería donde tomar un granizado sin pagar precios abusivos. Sin embargo, los primeros comentarios sobre mi pelo empezaron a llegar en forma de miradas que transmitían cualquier cosa menos tranquilidad.
—Esto es intimidante… esos malditos parroquianos me miran como si estuviera loca. Vámonos, Annastasie —tiré de su mano para abandonar un local en el que me sentía completamente incómoda.
Entonces se me heló el corazón al reconocer una voz.
—Que me da igual que ese tipo esté deprimido y no responda a tus llamadas.
Coge un avión si hace falta y plántate en su centro.
Todo el mundo tiene un precio. Quiero a Akiyama dando clase en Saint Germain dentro de tres semanas o te echo a la calle de una patada en ese culo de enano que tienes.
Espero que estés a la altura de las circunstancias, porque en estatura no lo estás.
La poderosa voz del director me irritó tanto por el tono como por el volumen.
—Será mejor que nos vayamos. No es buena idea que te vea ahora con el pelo rosa —susurró Nestea junto a mi oído.
Pero yo seguía atrapada por las formas en las que había tratado a su subordinado.
Me mordí el labio inferior de rabia. Quería decirle que aquellas no eran maneras de hablarle a nadie.
De nuevo, mi amiga frenó mis impulsos y sentí con claridad el hilo invisible del destino.
Algo me decía que escuchar aquella conversación no había sido casualidad.
Iba a comentárselo a Annastasie cuando, de pronto, ella tiró de mi muñeca para alejarme del lugar.
En mitad de la carrera tropezó y mi nariz terminó hundiéndose contra su espalda.
Molesta por su torpeza, le pedí que nos detuviéramos en la siguiente terraza, situada a pocos metros y protegida por un par de parasoles.
Del interior del local emergía una dulce fragancia que resultaba embriagadora.
—Este olor a incienso me resulta familiar. ¡No me jodas, que Yagami ha hecho cambios en el local! —exclamé con tono alegre mientras tomaba una de las cartas.
—Ah, konnichiwa, Fointable-chan. Baudin-chan. Han pasado meses desde la última vez que nos vimos. ¿Estáis de pasada o os apetece tomar algo? —nos saludó el regente del local, que llevaba un vendaje en la mano izquierda y cuyo rostro parecía haber sufrido las consecuencias de una pelea reciente.