Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 13. Actuando para Shakespeare #4
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13. Actuando para Shakespeare #4

Pero ya era tarde. Nicolas Marseau empezó a recorrer las filas con una calma demasiado calculada.

Cada paso suyo parecía marcar una sentencia distinta.

El papel en su mano estaba lleno de tinta roja, subrayados y correcciones que, desde la distancia, parecían heridas.

Cuando llegó a nuestra mesa, no dijo nada durante unos segundos.

Solo dejó los exámenes sobre la madera. El sonido fue seco.

—Fointable —dijo al fin—. No está mal. Pero tampoco es suficiente si aspiras a algo más que sobrevivir.

No era un elogio. Tampoco una condena clara. Era algo peor: indiferencia estructurada. Luego miró a Annastasie.

—Baudin. Eres irregular. Capaz de lo brillante y de lo inaceptable en la misma hoja. Decide qué parte de ti quiere quedarse.

Siguió caminando. Yo no abrí el examen todavía. Sentía el papel como si estuviera caliente. Annastasie, en cambio, lo giró lentamente. Lo miró un segundo. Y sonrió.

—He aprobado —dijo en voz baja, como si no se lo creyera del todo.

No celebró. Solo exhaló. Yo tardé más. Cuando por fin deslicé la nota hacia mí, no fue el número lo que me golpeó primero, sino la sensación de que no significaba nada concreto. Estaba entre el alivio y la decepción, en un punto incómodo donde ninguna emoción terminaba de asentarse.

—No es tan malo —murmuró ella, inclinándose hacia mí.

—No es bueno tampoco —respondí.

Nos miramos. No había drama. Solo una especie de agotamiento compartido. El profesor continuó su discurso sobre disciplina, futuro y responsabilidad, pero ya no llegaba del todo. Era ruido de fondo. Annastasie volvió a apretar mi mano bajo la mesa.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

No era una pregunta académica.

Yo miré el examen, luego su mano, luego el aula.

—Ahora… seguimos —dije.

No sonó convincente. Pero tampoco hacía falta.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, la idea de seguir no venía con un guion cerrado.

La puerta del aula seguía cerrada, pero ya no tenía el mismo significado.

No era una clase. Era un perímetro. Dos gendarmes hablaron con el director en el pasillo.

Sus voces entraban y salían como fragmentos incompletos.

Dentro, el aire se había vuelto pesado, casi inmóvil.

Nadie se movía con naturalidad; incluso los susurros parecían fuera de lugar.

Annastasie seguía a mi lado, pero su mano ya no tenía la misma firmeza.

No temblaba del todo. Era peor: estaba rígida.

—Alice… —dijo sin mirarme.

No terminó la frase. El suelo seguía ahí, con las marcas que nadie quería mirar directamente.

Había una especie de negación colectiva que no terminaba de funcionar.

Los ojos se iban solos hacia ese punto y luego regresaban rápido, como si mirar más de un segundo cambiara algo irreparable.

Al fondo del aula, alguien empezó a llorar.

Sin ruido al principio. Luego con un control cada vez más frágil.

Yo noté algo extraño: no miedo inmediato, sino una especie de desconexión. Como si el cuerpo hubiera activado un modo de espera y la mente todavía no hubiera elegido una reacción. Annastasie apretó mi muñeca.

—No te quedes mirando —susurró.

Pero ya era tarde otra vez. El ruido del exterior aumentó. Pasos rápidos. Órdenes. Una silla arrastrándose. Alguien vomitó en el pasillo. Y entonces llegó la instrucción definitiva por megafonía, repetida dos veces, sin variación de tono:

«Permanezcan en sus aulas. No se permite la salida bajo ninguna circunstancia». La frase no calmó nada. Solo delimitó el encierro.

Un profesor entró en nuestra clase unos minutos después. No era el nuestro. Tenía la corbata torcida y la cara demasiado blanca.

—Nadie hable de lo que no ha visto directamente —dijo.

No añadió nada más. Esa era la consigna completa.

El tiempo dejó de comportarse como algo medible. No hubo clase siguiente, ni transición, ni pausa real. Solo espera.

Annastasie apoyó la frente contra mi hombro.

—Esto no… no debería haber pasado aquí —murmuró.

Su voz no era de miedo. Era de incredulidad tardía, como si todavía estuviera intentando encontrar el momento exacto en el que el día se había torcido.

Yo miré mis manos. Seguían ahí. Funcionaban. Eso me resultó casi ofensivo de lo normal.

—Va a venir alguien a decirnos qué hacer —respondí, más por inercia que por certeza.

No vino nadie durante bastante tiempo.

Cuando finalmente abrieron la puerta, no fue con ceremonia. Fue con urgencia contenida. Nos hicieron salir en filas, sin explicaciones, sin contacto visual prolongado. El pasillo ya no parecía el mismo instituto: era un lugar reorganizado por una decisión externa.

Al cruzar, vi la mancha otra vez. No la miré directamente, pero la vi.

Y comprendí algo con una claridad incómoda: no era solo un episodio violento. Era un punto de no retorno institucional. Lo que venía después no iba a ser simplemente disciplina o investigación. Sería ajuste, control, narrativa oficial.

Annastasie me siguió sin soltarme.

—Alice —dijo al salir al patio—. No mires atrás.

No le hice caso de inmediato. Pero al final sí lo hice. Y el edificio seguía allí. Entero. Funcionando todavía.