13. Actuando para Shakespeare #3
Pero ella no reaccionó a mis palabras, tenía un aspecto salvaje y furtivo, sus ojos parecían arderle, entonces me besó de forma brusca y me asustó.
Mentalmente me repetía que el juego había terminado, que debía hacer algo tratando de no herir sus sentimientos, pero que la cosa se podría poner muy mal para mí.
Por lo tanto, llevada por el miedo, le tomé el miembro con la mano y lo saqué de mi entrepierna sin ninguna clase de delicadeza.
—¡¿Qué haces?! —se molestó con voz furiosa y el rostro desencajado por el resentimiento.
—Que me preñas, animal—le reproché con lágrimas en los ojos por el miedo que sentí.
Y en ese momento su rostro pareció deshacerse, sin darme cuenta mi muñeca la terminó de estimular lo suficiente debido a la inercia y ella eyaculó de una forma que me aterró. Me dejó el vientre manchado por una substancia cálida y viscosa.
—Esto es asqueroso… —murmuré, incorporándome mientras apartaba a una Annastasie que hiperventilaba a mi lado.
Asustada, me di una ducha mientras reflexionaba sobre lo que había hecho.
El agua fría se llevó la sangre que corría por mis muslos, y con ella, el calor del momento.
Me enjaboné con urgencia, como si intentara lavar no solo mi cuerpo, sino también la conciencia de haber traspasado un límite.
Al salir, la calma me envolvió, aunque sabía que algo irreparable había ocurrido.
Allí estaba ella, desnuda sobre mi cama, con la mirada perdida en el techo y una expresión de paz que nunca le había visto.
En ese instante supe que nuestra amistad se había desvanecido, consumida por el fuego que habíamos decidido provocar.
Nos habíamos adentrado en un territorio desconocido, transformando un fin de semana entre amigas en algo mucho más complejo.
Me tumbé a su lado, y su rostro relajado me confirmó que, al menos, el placer había sido mutuo.
—Annastasie —dije, buscando el tono adecuado—. Perdón por haberte detenido así de golpe. No quiero quedarme embarazada. Tampoco quiero ser madre.
El silencio se instaló entre nosotras, denso y cargado de significado. Medio minuto después, ella se giró y sus ojos encontraron los míos.
—Perdóname tú. Fui egoísta, inconsciente al no usar protección. Ni siquiera llevo una en el bolso. Lo peor es que lo he disfrutado y tú has acabado, ya sabes cómo... —suspiró, con una melancolía que me desgarró.
—Solo una pregunta —dije, sintiendo cómo una sonrisa se dibujaba en mis labios—. ¿Cómo te sientes después de besar a una chica?
Annastasie rio y me tocó la nariz con su dedo.
Yo le devolví el gesto, y en ese intercambio silencioso comprendimos que las palabras eran innecesarias.
Permanecimos así durante una hora, reposando en la cama con los meñiques entrelazados, cada una sumida en sus propios pensamientos sobre lo que acabábamos de vivir.
Antes de cambiar las sábanas, ella se dirigió a mí con franqueza.
—Creo que ya estamos más tranquilas. Es importante para mí. ¿Has disfrutado?
Su pregunta no me tomó por sorpresa.
—Sí, he gozado de la experiencia. Pero para mi primera vez esperaba algo diferente, aunque no sabría decirte qué.
Solo lo conozco por los libros y las películas.
Quizás no es la respuesta que querías oír, pero es mi verdad.
Creo que entregué mi virginidad a la persona indicada y me ha gustado.
¿Compartiremos cama esta noche? —pregunté justo cuando un intenso escozor en mi entrepierna me hizo temblar.
—¡Alice! ¿Estás bien, cariño? ¿Qué te pasa? —se preocupó de inmediato.
—No es nada. Solo que me arde un poco. ¿Por qué no te duchas mientras cambio las sábanas? Y no le des más vueltas... han sido dos veces —le guiñé un ojo con picardía.
—De acuerdo, pero si no se te pasa, iremos a la farmacia —dijo, depositando sus manos en mis hombros con un tono maternal antes de besarme suavemente.
Annastasie era un amor de persona; la quería muchísimo y se comportó de forma muy noble conmigo.
Y, a pesar de que aquella fue la primera y la última vez que tendría relaciones con ella, ese sería uno de mis mejores recuerdos.
Ella parecía más segura de sí misma y también satisfecha con el resultado del encuentro.
Mientras ella se duchaba, yo tomé rápidamente el cubrecama de Pat the Bat y lo metí en la lavadora.
Tenía la esperanza de que pudiera eliminar cualquier resto, pues era mi favorito.
La ropa comenzó a girar dentro del tambor y, de algún modo, la tensión parecía haber disminuido.
Regresé a mi cuarto. Ella seguía en la ducha, así que me senté en la cama a esperarla tras ordenar sus cosas en un rincón. Cuando salió del baño ya estaba vestida y parecía contenta.
—Es pronto para cenar todavía. ¿Te parece si damos un paseo y compramos el desayuno para mañana? —comenté, todavía algo inquieta por lo ocurrido.
Pero ella no respondió. Se acercó a mí y, sin decir nada, me abrazó. Apoyó el mentón sobre mi hombro y nos quedamos en silencio durante varios minutos. Sentí cómo el hilo que nos unía era más corto que nunca, irrompible, casi atemporal. Aquella sensación parecía real.
Annastasie no se movía. Parecía extasiada, en paz.
Sin embargo, mis molestias rompieron el momento y eso la puso nerviosa, lo que nos llevó a la farmacia, donde me recomendaron una pomada para aliviar la zona.
Cuando las molestias remitieron, fuimos a comprar el desayuno al supermercado.
Me hizo gracia verla dudando entre dos cajas de cereales idénticos, simplemente por la mascota del envase: un mishi o un búho.
Al terminar la compra, en la que acabé llevándome algunos productos de cosmética recomendados por ella, las molestias volvieron a aparecer.
Avergonzadas, regresamos a casa. Annastasie fue comprensiva y amable durante todo el camino.
Una vez allí, se ofreció a poner la mesa y calentar la cena mientras yo me ponía el pijama y aplicaba el tratamiento.
─Lo de esta tarde ha sido maravilloso… y ahora esto me está poniendo de los nervios.
A pesar de que la quiero con toda mi alma, no la veo como una pareja.
Ha sido liberador. Quizá esperaba otra cosa del sexo.
¿Cómo puede gustar tanto a la gente? Tal vez he sido yo la que no lo ha hecho bien.
No tiene sentido darle más vueltas. Lo mejor es disfrutar de su compañía mientras esté a mi lado ─concluí mientras terminaba de abrocharme el pijama.
—¡Un pijama de Pat the Bat! ¡Qué kawaii! —exclamó ella, abalanzándose sobre mí.
—Annastasie, loca, me vas a tirar… —me quejé cuando casi me hizo caer de nuevo sobre la cama.
Su mezcla de ternura infantil y gusto por lo adorable me hacía sentir acompañada, comprendida. Era bonito notar cómo el vínculo entre nosotras se fortalecía a pesar de todo lo vivido desde aquel primer encuentro en la cafetería.
Aquella noche me costó dormir, no solo por los ronquidos de ella, sino por el calor en el pecho. Me preguntaba si me había vuelto lesbiana o si ella era bisexual, pero decidí no buscar respuestas. Todavía tenía una carta sin abrir. Lo mejor era quedarme en el presente y acurrucarme en su abrazo.
Al despertar, la alarma sonó a las seis y media. Como de costumbre, golpeé el supuesto despertador con la palma… pero resultó ser la cara de Annastasie, que me atrapó la muñeca.
Su expresión matutina no era más amable que la mía.
—Buenos días, Alice. ¿Qué tal dormiste? —preguntó con voz ronca.
—Mishi. Mishi. Mishi. Ducha y desayuno… —respondí, acariciándole la espalda con movimientos lentos y juguetones.
—Oye, no empieces… lo de ayer fue puntual… —protestó antes de mirarme con más seriedad—. ¿Todavía te molesta… eso?
—Parece que ya se ha pasado el dolor. ¿Te duchas mientras preparo el desayuno? —dije, tomándola de la cintura con tono infantil.
—Podemos ducharnos juntas si quieres. No tiene por qué pasar nada —propuso con calma.
Confusa por lo ocurrido el día anterior, acepté.
Más tarde, entre bromas, películas y desayunos, el ambiente volvió a la normalidad. Ella seguía siendo cariñosa, sin insinuaciones, como si todo hubiera quedado en un punto neutro. Aquella aparente calma me resultaba extraña, pero también reconfortante.
Mientras bebía mi leche, Annastasie abrió los ojos como platos. Dejó el tazón sobre la mesa de golpe y se lanzó hacia mí para quitarme las gafas.
—Cuando me ponga las lentillas te voy a arrancar los pelos… —me quejé.
—A ver si eres capaz de atraparme sin ellas —respondió, saliendo corriendo hacia mi habitación.
—¡Ven aquí, maldita! —la reté entre risas.
Y, de algún modo, me sentí libre. Sin normas, sin vigilancia. Solo nosotras.
El juego nos hizo llegar tarde. Así que cargamos las mochilas y salimos a toda prisa. Ese sábado nos entregarían notas importantes en el instituto. Dependía de ello asistir o no a clases de refuerzo en matemáticas, francés e inglés, asignaturas que se me resistían especialmente.
En la avenida, Annastasie me tomó de la muñeca como si fuera una niña. Le sugerí ir con calma, pero no me escuchó. Cruzamos el semáforo en verde y empezó a hacerme correr como nunca.
El instituto no perdonaba la impuntualidad. Y ella lo sabía demasiado bien.
El profesor se dio media vuelta hacia la pizarra, como si nos hubiera expulsado del aire durante unos minutos.
El aula volvió a ser suya. Nosotros solo éramos ruido contenido.
Sentí el peso del examen antes incluso de verlo.
No por el papel, sino por la forma en que todos evitaban mirarlo directamente, como si fuera contagioso.
Annastasie, a mi lado, no soltó mi mano.
—No mires todavía —susurró.