13. Actuando para Shakespeare #2
—Idiota… esto se hace con los ojos cerrados para sentirlo profundamente —protestó ella con voz infantil, agitando los brazos como una niña pequeña.
—¡No me jodas! Mira que lo haces complicado. No debe ser tan difícil —respondí, con ganas de volver a acercarme a ella.
Y nuevamente lo intentamos, esta vez con éxito.
La música del amor sonó a nuestro alrededor, inaudible excepto para nosotras.
Con los labios sellados, juntándose y separándose, mientras mi dedo índice se deslizaba por su pelo sedoso como una aguja hilando, y con el corazón desbordado por la emoción, nuestras dudas se desvanecieron y, desnudas de pesares, quedamos.
Los besos se tornaron húmedos y cálidos, y poco a poco las palabras dejaron de pronunciarse.
Al compás de nuestra sinfonía, los roces de los labios continuaron: primero le sobró el vestido, liberando su cuerpo encendido, mientras yo hacía lo propio con mis pantalones.
En nuestros espíritus comenzó a llover; era una lluvia bajo la que bailaríamos juntas para escribir nuestra propia historia, una que firmáramos con nuestro puño y letra entre sábanas.
La había visto decenas de veces sin ropa y nunca me había despertado interés sexual. Con maquillaje o sin él, para mí siempre había estado guapa. Pero entonces, estando en lencería sobre mi cama, recorriendo mi cuerpo con la mirada y con los dedos, deseaba que no se detuviera.
Ya no la percibía como una escultura incomprendida por capricho de la genética, a ojos de necios y mentes cerradas.
Quería perderme entre sus curvas, en su dermis, y amarla con un sentimiento correspondido, no como con Lauren en su día.
Como escribió la autora de Las hijas de Safo, éramos arrastradas por el instinto animal y el gusto de la carne.
Y ahora su desnudez me hacía vibrar y suspirar por ella; quería tenerla.
Así pues, mis dientes se hundieron suavemente en su labio inferior mientras mis manos acariciaban sus caderas.
Centrada en besarla con cuidado, ahogué un pequeño gemido, pues ella me había despojado del sostén y sus manos ya jugaban sobre mi piel descubierta.
Mi mente se nublaba a cada movimiento suyo.
Me dejé llevar y apoyé la cabeza sobre su hombro para que continuara.
Perdida entre su pelo, besaba su cuello y saboreaba su fragancia natural, mientras me invadía un calor que me sofocaba a cada segundo.
Con ambos cuerpos chocando de forma caótica, un hormigueo me recorrió las caderas y, con una claridad absoluta, noté cómo nuestras naturalezas se encontraban bajo la ropa.
—Alice… me sobra la ropa interior… lo siento mucho —se detuvo por unos instantes para terminar de desvestirse.
—Annastasie… te mato, maldita… —gemí al notar cómo sus labios volvían a buscarme.
Pero mi queja no tuvo réplica, sin dejar de besarme, se puso a mis espaldas.
Llevada por un desconocido impulso, posé mi naturaleza sobre la suya y ella me abrazó.
Sentí sus senos contra mi espalda, me provocó un intenso ardor de estómago.
Con ojos desencajados, nerviosa, tiré de su pelo, mi cuerpo reclamaba placer.
Parecía que quería derretirse en cualquier momento, pero no podía por alguna extraña razón.
Con las yemas de los dedos me acomodó el pubis sobre su singularidad y con un instinto natural comenzó a deslizarlo hacia delante y hacia atrás.
Su sonrisa se había vuelto picarona y su mirada estaba encendida, ella sabía lo que quería, así que acompañó el gesto recorriéndome el cuello con los labios y tirándome de los pezones suavemente.
Yo no pude resistirme a tanto placer y le tiré del pelo rudamente.
Un calambre me recorrió de cabeza a pies, mi agarre se tornó más violento y ambas caímos de espaldas mientras notaba cómo algo caliente y viscoso descendía por mis muslos. Apoyadas contra la almohada, luchaba por respirar mientras mi cuerpo vibraba y mis ojos me ardían por culpa de las lentillas.
—¿Cómo te encuentras? ¿Quieres seguir? —Annastasie parecía tener la situación bajo control.
—¿Oye tú también has… eso? —Encendida por la vergüenza y sintiendo sus dedos rebañando mi estropicio, me miró con tranquilidad.
—No he llegado. Lo mío funciona distinto, pero depende de que tú quieras —contestó antes de besarme y reseguirme la barriga con las uñas.
—No sé cómo decirlo, pero tengo miedo. Aunque tú parece que no has terminado, tu cosita sigue erecta —confesé tímida al retirarme poco a poco mis bragas manchadas.
Annastasie me miró con rostro comprensivo, me susurró al oído dulcemente su propuesta y yo acepté con una sonrisa.
Si venía de ella, estaba segura de que todo iría bien.
Así que nos tumbamos y nos volvimos a besar, nos acariciamos hasta que me sentí segura de que guiara mi mano.
Con una mezcla de angustia y emoción, cerré suavemente mis dedos sobre su singularidad, era cálida y parecía sólida.
—Tengo un cuerpo raro y es algo que de pequeña no acepté fácilmente. Con cuidado, despacio, sin prisa que a mí también me será difícil —me susurró al oído.
—Es bonito y me gusta porque es tuyo. Y yo te quiero, nunca lo olvides, por favor —me emocioné y aceleré el ritmo al sentir cómo lo estaba disfrutando.
—No aprietes que me haces daño, hazlo suave —gruñó mostrando unas expresiones faciales que nunca le había visto.
—Perdona, es que se me escurre.
Volví a darle placer con un ritmo más lento mientras mis dedos dibujaban sobre su cuerpo con mis flujos.
Embelesada por su perfume corporal, recorrí su cuerpo siendo guiada desde su cintura hasta sus pies, de pronto ella me golpeó las nalgas de una forma que resonó como un látigo.
Le di cariño con la mano derecha, noté los latidos cálidos de su corazón mientras lo hacía.
El ritmo había bajado, yo me sentía muy relajada mientras dibujaba en su cuerpo con mis fluidos.
Mis labios recorrieron su cuerpo empezando por el cuello, donde me embelesé con su perfume, sus dedos me acariciaron la cintura, se deslizaron al trasero y me dio un par de palmadas sonoras.
—¡Cacho zorra, eso ha dolido! Te vas a enterar… —me quejé con voz ahogada al notar sus dedos acariciándome sensiblemente.
Mi enfado se fue de inmediato, así que le reseguí su peculiaridad en la parte superior retirando la piel con el pulgar. Nestea se estremeció de placer ante mi gesto, momento en el que me di cuenta de que debía fijarme en sus expresiones faciales para saber cómo se sentía.
—Así que esto es lo que le gusta. Voy a intentarlo; mejor que tome yo la iniciativa. Seguro que todo irá bien —valoré cuando me retorcí de placer al sentir que las yemas de sus dedos se deslizaron dentro de mi pubis suavemente.
Ella me descubrió extasiada de placer, arqueó una ceja en señal de duda, pero yo no supe hacerle saber que estaba lista.
Así pues, me tumbé boca arriba y extendí mis brazos estirando los dedos para que me los entrecruzara.
Pero mi ofrecimiento cayó en saco roto, ella parecía necesitar más tiempo y no me arrepentí al notar cómo sus yemas me masajeaban suavemente bajando desde el cuello, acompañando besos cálidos y soplidos, sentí la tensión en mis piernas, mis uñas se hundieron en mi cintura, quise atraerla, pero se resistió.
Nos miramos con complicidad, le sonreí con franqueza.
Deseaba que se fundiera en mí completamente, al deslizarse por mis muslos, su piel sudada lucía de forma roja a la par de ser cálida.
Su extremidad rozó la mía y descubrí como ambas quemaban por el deseo despertado.
—Si tú estás lista, yo lo estoy. Sé tan dulce conmigo como siempre, por favor —le confesé mirándola a los ojos y acariciándole la cara con ambas manos.
—De acuerdo —contestó con una confianza que nunca había visto en ella.
Siguió besándome poco a poco, a pesar de que le había dado permiso para hacerlo, no tuvo prisa. Me besó los labios y humedeció mis senos con la lengua, terminando de destensarme, tenía la mente en blanco. Lentamente noté cómo empezaba el último acto.
—Te voy a arrancar… —mis palabras quedaron atragantadas por el placer y el calambre que me provocó sentir como me ardía aquella erógena zona.
Aún con el cuerpo completamente relajado de cintura para abajo, me sentí reconfortada emocionalmente cuando sus dedos atraparon a mis manos y nuestros cuerpos volvían a estar alineados.
Su sexo se abría paso en mí, sintiendo cómo nos uníamos en una sola, pero no sin hacerme sudar.
Ella desprendía pasión, sus rizos cayeron sobre mí, rindiéndome y haciéndome olvidar las pequeñas molestias y lo que reparé que eran algunos hilos de sangre que descendían por mis muslos.
Los pinchazos que siguieron a un molesto crujido eran ligeramente molestos, pero no insufribles.
—¿Duele mucho? ¿Quieres que lo saque? —me preguntó con el rostro lleno de preocupación.
—No, mi dulce Annastasie. Empújalo, pero suavemente —le pedí con la más dulce de las voces que tuve.
Con gestos ligeramente torpes, a veces rápidos y otras veces lentos, me hacía vibrar dejándome llevar por ella.
Sus senos se mecían sobre mi rostro, prendiéndome más y jugando a darle placer, aun cuando mis manos estaban entrelazadas con las suyas.
Entonces, ella comenzó a gemir de una forma extraña, me soltó las manos y pegó su figura a la mía.
Me daba la sensación que sus latidos eran cada vez más intensos y que el final de ese baile no me iba a gustar.
Por otra parte, notaba cómo su naturaleza estaba más caliente y que algo se removió en su interior.
—Alice. Alice. Alice... —repitió mi nombre varias veces incapaz de articular una frase, no obstante, al sentir su sexo cada vez más cálido y que sus movimientos se volvieron embestidas me alarmé.
—¡No me jodas! ¡Ni de coña! —grité al caer en la cuenta que, aunque fuera una mujer, no sabía si también podría dejar preñada.