Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 13. Actuando para Shakespeare
55%

13. Actuando para Shakespeare

Faltaba menos de una semana para que se cumpliera un mes desde que nuestra querida Yuki nos abandonara.

Escondida en ese libro, todavía reposaba la carta sin abrir.

Me seguía preguntando cuándo sería el momento de leerla, pero, por otra parte, la cercanía de los exámenes de mi primer año en el Instituto de Saint Germain me había copado todos los pensamientos.

Incluso, tal era mi miedo a ellos, que soñé que suspendía los exámenes y era enviada a un internado, perdiendo así toda autonomía sobre la forma de vivir mi vida y vestir como deseara.

Cuando desperté ese día, sola en casa, acallé la alarma del despertador con un manotazo. Era sábado: mis padres se habían ido de fin de semana a Normandía y los de Annastasie habían aflojado su puño de hierro debido al luto que la chica aún guardaba.

Cuando se fueron el viernes por la tarde, esperé un tiempo prudencial para avisar a Annastasie de que ya podía venir a casa.

A pesar de que le pedí discreción y que no avisara a sus progenitores con demasiada antelación, ella lo hizo, confiando en que me quedaría sola.

Su gesto me molestó, pero lo obvié porque me gustaba pasar tiempo con ella y me ayudaba a olvidar las tensiones del instituto.

Estas se habían intensificado en las últimas semanas con las exigencias académicas del profesorado y la baja tolerancia a la frustración de muchos alumnos, que habían encontrado en el acoso y las amenazas —tanto a profesores como a estudiantes— una vía de escape.

El sistema actual de resolución de conflictos, basado en incidencias y visitas al psicólogo del centro, se había revelado ineficaz y obsoleto.

Camino de una tormenta perfecta, solo quería pensar en que llegaría el verano.

Mi querida Nestea y yo tendríamos que asistir a unas pocas clases de refuerzo y pasaríamos los días entre el salón recreativo, el centro comercial, la piscina y el parque, dibujando juntas al aire libre.

Pensar en esos escenarios me hacía olvidar que, en más de una ocasión, me habría gustado gritarle a Bernd Himmel que era un maldito dictador, ya que se dedicaba a gritarnos y a llevarnos a toque de silbato incluso cuando estábamos al límite de nuestras capacidades físicas.

Su total falta de empatía me sacaba de quicio y no lo hacía mejor persona que gente como Fodor Vince o el hipócrita de Jean Abadie.

A las cinco de la tarde llamó al timbre del telefonillo.

Emocionada, le abrí la puerta desde mi piso y dejé la entrada de casa entreabierta, porque probablemente vendría cargada con una bolsa con un par de mudas, además de sus utensilios para el instituto.

Dando pequeños saltos de alegría, corrí a mi cuarto a toda prisa.

Qué agradable resultaba que nadie me regañara por hacer ruido.

De forma apresurada, hice la cama estirando las sábanas torpemente y recogí la ropa que tenía desperdigada para intentar causarle una buena impresión.

Unos minutos más tarde, un dulce aroma me inundó las fosas nasales.

—¿Alice? ¿Estás por ahí? —preguntó con su dulce voz melosa.

—¡Claro! Estoy en mi cuarto, al fondo del pasillo. No tiene pérdida —respondí en voz alta para que me oyera.

Cuando entró en la habitación, el corazón me dio un vuelco. Se me cayeron los cojines y me lancé con los brazos extendidos a su cuello.

—¡Nestea! —grité, abrazándola con fuerza.

—¡Alice! ¡Pedazo de loca! —me abrazó dulcemente y me acurrucó contra su pecho.

—¡Annastasie, cacho zorra! ¡Qué guapa vienes! —subí el tono de voz en un pique.

—Creo que vamos a molestar a tus vecinos si seguimos chillando. Así que terminemos esto en la cama —respondió en voz baja con una sonrisa traviesa.

Dejó caer la bolsa en el suelo y se quitó la mochila del hombro.

Acto seguido, me abrazó, me levantó y avanzó conmigo hasta el colchón; luego me dejó caer de espaldas y reboté sobre el lecho.

Su expresión fingidamente dubitativa me hizo reír durante unos instantes.

Me transmitía la sensación de que habíamos dejado atrás el luto y de que el mundo seguía girando a pesar de todo.

Entonces se tumbó a mi lado e intentó hacerse hueco en la cama, pero yo la empujé con las caderas, buscando una bronca amistosa.

—Dichosa Alice, verás cómo me haces sitio en la cama —protestó mientras me hacía cosquillas en la cintura.

—Maldita Nestea. Para. Para. Para. Te voy a matar, cacho zorra —gruñí entre risas ahogadas por la dulzura de sus dedos.

—Gané. Te chinchas. Te chinchas. Te chinchas. He ganado —celebró, presionándome la mejilla izquierda con el dedo índice.

—Pues habrá que repartirse la cama, porque quiero dormir contigo esta noche. Es la primera vez que tengo una amiga de verdad —repliqué, sentándome sobre su cintura con las piernas abiertas.

Los ojos de Annastasie brillaron como dos estrellas.

Entonces noté cómo mi corazón empezaba a latir con fuerza.

Un dulce hormigueo me recorrió las piernas y el calor de la emoción me subió de los pies a la cabeza.

Posé una mano sobre su pierna y le acaricié el muslo con cariño mientras seguía ese juego aparentemente inocente; sin embargo, su cuerpo reaccionó a mis caricias.

Me morí de la vergüenza al darme cuenta y contuve la respiración durante unos segundos.

Al unísono, nos dimos la vuelta, quedando de espaldas, inmóviles.

Nos repartimos la cama y permanecimos en silencio durante un par de minutos.

Mi mente estaba en blanco, pero un cosquilleo persistía, insinuando una curiosidad nueva hacia ella.

Noté cómo se giraba para mirarme; su rostro irradiaba vergüenza, visible en sus mejillas.

Le aparté el pelo con un dedo y le sonreí ampliamente, con una risa involuntaria que delataba que, en el fondo, seguía interpretándolo como un juego inocente entre amigas.

—Perdón por mi reacción, es algo natural —se excusó con la voz entrecortada—. Oye, Alice, ¿sabes que hay una versión de La doncella de los bosques en la que la rescata otra princesa y ambas enfrentan a la bruja? —dijo, intentando cambiar de tema.

—¿Tú también has notado algo diferente? Me refiero a cuando te he tocado el muslo —pregunté, torpe, sintiendo el pecho ardiendo.

—No lo sé. En el vestuario… —su rostro y sus palabras, forzadas, reflejaban tanto mi torpeza como un lejano sentimiento de tristeza.

—En el vestuario estimularon tu cuerpo, forzando que te ocurriera eso.

En esa ocasión no supe cómo reaccionar y te fallé.

No obstante, siempre te he visto como una chica muy guapa y atractiva.

¿Es posible que yo sea lesbiana? Tal vez lo sea, porque me sentí atraída por esa víbora y ahora mismo por ti —le acaricié la mejilla, apartándole los rizos que le caían sobre el rostro.

Nestea titubeó durante varios segundos. Acto seguido, tragó saliva.

Parecía tan desconcertada y fuera de lugar como yo.

Me forcé a no dirigir la mirada hacia lo que se escondía bajo su vestido; seguramente lo estaba pasando mal.

Ella agachó la cabeza y, disgustada, se mordió el labio ante aquella situación incómoda para ambas.

Pero dentro de mí nacía un magnetismo que me acercaba poco a poco a ella.

La sangre me corría cálida y, aunque estaba un poco asustada por lo que pudiera ocurrir, el hecho de que se quedara allí, sobre las sábanas, me dio esperanza de que pudiéramos terminar riéndonos de aquella situación.

Sus labios se entreabrieron lentamente. Tomó una de mis manos y comenzó a acariciarme los dedos.

—Oye, Alice… hay algo que me gustaría que me contestaras. ¿Cómo es besar a una chica? —sus palabras y su tono angustiado me dejaron entrever que sus intenciones no estaban tan alejadas de las mías.

—Creo saber lo que pasa por tu cabeza ahora mismo, y te aviso de que no quiero un cuento de hadas escrito por los hermanos Grimm.

Ya tuve uno. Si te beso, ¿qué me asegura que no querré una relación sentimental contigo?

No quiero que nuestra amistad se vea afectada por esto —confesé, sintiendo punzadas en el corazón al recordar una escena similar.

Dubitativa, y queriendo poner a prueba sus verdaderas intenciones, anhelando en el fondo que la historia no se repitiera, sentí cómo el magnetismo entre nosotras se volvía más fuerte, vibrante, electrizante.

Nuestras bocas se acercaron, pero ella se detuvo cuando nuestras narices estuvieron a escasos centímetros de rozarse.

Nestea temblaba, nerviosa, enfriando mis impulsos, que me empujaban a tomar su rostro con las dos manos y besarla sin pensar. Ella se apartó el pelo con dulzura mientras me miraba con aquellos ojos color ámbar.

—Quiero pensar que realmente deseas ir más allá, aunque solo sea una historia que recordaremos y de la que nos reiremos a solas.

Y me gustaría decir que ahora mismo no siento deseo de fundir nuestros cuerpos, pero estaría mintiendo.

Ambas hemos tenido malas experiencias y tenemos miedo.

Es demasiado bonito que alguien tan mágico como tú quiera tener su primera vez con alguien que no sea el amor de su vida —confesó con las manos temblorosas y la piel encendida.

—Mi dulce Nestea… voy a decirte dos cosas que quiero que te grabes en esa bella cabeza. La primera es que, pase lo que pase, siempre serás mi alma hermana… mi hilo azul… —suspiré pesadamente, sujetando su mentón entre el índice y el pulgar.

—Eso es muy bonito, Alice. Te quiero mucho… —se abrazó a mí, temblorosa.

—Y lo otro que debo decirte… —se apartó lentamente y me miró con ojos curiosos y una expresión de incomodidad— es que te calles, imbécil —dije con dulzura mientras mis brazos se enlazaban por detrás de su cuello.

Acto seguido, nuestros labios se rozaron lentamente. Se acariciaron. Su mirada encendida se iluminó, mientras mis ojos cristalinos parecían despertar de un letargo. Al unísono, nos invadió una risa absurda que nos hizo separarnos al vernos mutuamente el rostro.