10. Kintsugi #10
Cuando terminó la película, mis padres todavía no habían regresado. Guardé todo y ordené la habitación. Me dolía el pecho por la noticia. Fui a mi biblioteca y saqué del escondite secreto aquella carta que debía leer en el momento adecuado.
Me tumbé en la cama, la sostuve frente a los ojos y dudé. ¿Cómo se supone que sabía cuándo era el momento? ¿Qué podía contener para obligarme a esperar? La dejé sobre la mesa y escondí el rostro en la almohada.
No me sentí mejor. Volví al escritorio.
—¡Maldita carta! —grité, aplastándola entre las páginas de un libro para ocultarla.
—¿Alice, estás despierta? —preguntó mi madre desde el pasillo oscuro.
Quise ir a llorar con ella. Lo deseaba con todo mi cuerpo. Pero pesaba más la promesa que me había hecho a mí misma y la voluntad de Yuki: no llorar hasta que ella ya no estuviera.
—No llores más, niña. No quiere verte así —me repetí mentalmente.
Me metí en la cama, apagué la luz y me cubrí por completo. Al día siguiente todo habría terminado. Bastaría con pedirles a mis padres que me llevaran al cementerio. El momento llegó.
Escoltadas por un sacerdote, avanzábamos por la estrecha carretera asfaltada.
A los lados, lápidas heterogéneas emergían bajo la sombra de los cipreses.
Algunas tenían cruces de piedra; otras, pequeños altares con flores.
La comitiva de unas diez personas —entre ellas Arlette y Annastasie, junto a sus familias— caminaba hacia la zona más antigua del cementerio.
Yagami estaba frente a una capilla, hablando con dos hombres de gafas de sol y aspecto siniestro.
En los ojos de mi padre vi desconfianza.
—¿Estás bien, hija? —me preguntó Silban a Annastasie.
—He hecho una promesa. Todo irá bien. Ella también cuenta conmigo —respondió, mirándome de reojo.
—Esa gente no me gusta. ¿Qué relación tendrán con Yagami? —murmuré en voz baja.
Los dos hombres pasaron junto a nosotros sin saludar. Vestían sombrero, gabardina y zapatos negros. A pesar de la luz de primavera, un frío extraño me recorrió la espalda.
—Cariño, ¿te encuentras bien? —preguntó mi madre.
—Sí, estoy bien. Anoche… vino ella. Solo es una molestia de estómago —mentí.
Yagami nos esperaba frente a la tumba donde reposarían las cenizas de Yuki. Vestía un kimono negro tradicional. Su rostro, agotado, ya no conservaba la serenidad habitual. Parecía otra persona. Annastasie me tomó de la mano. Nos acercamos.
—Solo queremos decirte que lo sentimos mucho. ¿Podemos darte un abrazo? —pregunté.
—Y hemos traído flores… para que no nos olvides —añadió Annastasie.
Yagami se acercó a ella primero. El abrazo fue tan intenso que me emocionó. Sus ojos dejaron caer lágrimas contenidas durante demasiado tiempo. El hombre que siempre había sido firme ahora era completamente humano.
Después me tocó a mí. Cuando lo abracé, sentí su corazón lento, su respiración rota.
No supe qué decir. Nos quedamos así un minuto.
Luego se apartó, dio un paso atrás y nos agradeció la presencia con una inclinación.
El sacerdote comenzó la ceremonia. Su voz solemne llenó el aire.
La mayoría probablemente éramos ateos, pero nadie fue capaz de mantenerse indiferente.
Después, Yagami avanzó un paso. Iba a hablar por última vez de su esposa.
—Querida familia y discípulas del dojo, estamos aquí para acompañar a mi esposa Yuki en su último día de primavera.
Ella siempre decía que debíamos fluir como el agua, buscar siempre un camino por el que continuar y que, aunque la tormenta cayera sobre nosotros, no debíamos buscar cobijo, sino salir a danzar bajo ella.
Nunca consideró su enfermedad como un problema, a menos que quisiera tener algo de lo que preocuparse.
Siempre fue el pájaro libre que un día quise enjaular y que, con su canto, me hizo entender la belleza de la libertad.
Mi querida Yuki, me hiciste muy feliz en vida y espero que en tu próxima vida sigas siendo la dulce brisa primaveral de flor de cerezo en hanami.
Aishitemasu, Yuki-kun. Yasuraka ni nemuru, descansa en paz.
—Con los ojos enrojecidos, tomó la urna del cojín y la depositó dentro de la tumba.
Tras las palabras del viudo, intervino una mujer japonesa que parecía ser la hermana de Yuki.
Eran parecidas como dos gotas de agua; no obstante, su vestimenta occidental contrastaba con la de Yagami, quien se mantuvo firme con el código de indumentaria tradicional.
Ella recitó en japonés un poema que había escrito.
Lo hizo con sentimiento y con una voz tan dulce que nos rindió a sus versos, a pesar de que fuéramos incapaces de entender nada de lo que decía.
Pero, conociendo a la persona destinataria, no importaba que nos separara el lenguaje, sino que nos unía un vínculo de amor, amistad y respeto hacia la difunta.
Fue la música lo que nuevamente me impulsó a dar un paso al frente en mi vida.
Cuando finalizó su intervención, me armé de valor.
—Yo tengo algo que decir. Y algo me dice que, si no lo hago ahora, nunca más podré hacerlo.
Todas las miradas se posaron en mí y avancé hasta situarme junto a la tumba.
—Somos todo oídos, querida Alice —la voz de Yagami sonó tan seria y desconcertante que, durante un segundo, me arrepentí de lo que había dicho.
—Sé que no conocí a mi maestra de artes marciales tanto como vosotros.
Pero después de estos meses en los que estuve con ella, ya no soy la ingenua Alice que creía que las artes marciales eran solo una combinación de golpes para dar palizas.
Yuki me enseñó que su significado iba mucho más allá de que el débil pudiera defenderse del fuerte.
Yo misma empecé por recomendación médica, pero me quedé porque, a su lado, he conocido a gente maravillosa.
Me ha enseñado que la vida puede ser bella aunque no lo creamos.
Ella me dio el cariño de una madre y estuvo allí cuando perdí a quien más quería por un malentendido.
Y me juego las botas a que todos podríamos decir lo mismo.
Por último, solo quiero decir que para mí siempre serás una amiga con la que siempre podré contar…
Sentencié con los ojos enrojecidos.
Los segundos que siguieron a mi discurso se me hicieron muy largos.
Yagami pronunció mi nombre en voz alta, despacio; sus manos comenzaron a aplaudir.
Sobraban las palabras y, tras mi intervención, nadie más quiso decir nada.
La lápida fue sellada mientras yo estaba arropada contra el pecho de mi padre, deseando que todo terminara para poder llorar y liberar toda la tensión acumulada.
Una a una, fueron depositadas las ofrendas florales sobre el lugar de reposo.
Tan pronto como el sacerdote terminó de hacer la oración, rompí a llorar como la niña que era, frente a la insoportable realidad. Ahora sí: se había ido para siempre.
—Alice. ¿Tienes un momento, por favor? —intervino Yagami, visiblemente afectado—.
Tus palabras me han demostrado por qué mi esposa tenía tanta fe en ti.
Quiero decirte que en mi local siempre tendrás a alguien que te escuche, como ella lo hacía.
Me equivoqué al pensar que eras una adolescente cegada por las emociones propias de tu edad.
Quiero que sepas que, en mi bar, tanto tu familia como tú siempre tendréis una mesa libre y un precio especial.
Espero que me disculpes por haber visto a una niña donde había una mujer —confesó, avergonzado por su actitud.
—Yo tampoco me entiendo con nadie, pero tengo a Annastasie; ahora te tengo a ti.
Quién sabe quién será el siguiente. Nadie es perfecto y, en vez de enfadarnos, debemos empatizar y disfrutar del tiempo con los demás.
Estaré encantada de visitarte de vez en cuando —me forcé a sonreír y a mostrar un poco de alegría en mis palabras.
Estas fueron correspondidas por una reverencia oriental tan natural que me detuvo el corazón.
Yo me armé de valor para hacer lo mismo.
Tras quedarnos unos segundos en esa posición, nos enderezamos al unísono y me dirigí a Nestea, quien parecía destrozada.
El lunes nos volveríamos a ver en el instituto, así que mi despedida con ella fue un abrazo y un par de cálidos besos.
El calor de su cuerpo me reconfortó y me sentí unida a ella nuevamente.
Después de ese gesto, nos despedimos de los presentes y emprendimos el camino de regreso a casa, flanqueados por los laterales del cementerio, entre las casas de los difuntos.
En silencio, no podía dejar de derramar lágrimas, pero allí donde todos veían cipreses, yo únicamente veía el árbol de la mujer que me abrió los ojos en muchos sentidos. Únicamente podía ver cerezos en flor.