Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #9
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10. Kintsugi #9

La sangre me hirvió a tal punto que necesité ir al baño para remojarme la cara varias veces.

Mi mano entera temblaba y sentía unas terribles ganas de abofetear a esa cría por creer que los celos, el acoso, la misoginia y la discriminación eran algo romántico y bello.

Sabía que mi discurso no calaría en esa gente y que, si abría la boca, sería despachada de la misma forma pedante que Lauren lo hizo conmigo.

Pero ese era su referente, igual que los chicos tenían como ídolos a pateadores de pelotas que defraudaban dinero.

—Ojalá esto fuera una de las cintas de El Maestro del Sueño.

Les habría cortado la lengua a todas y se la metería en cierto agujero.

Estoy segura de que aún así les gustaría ser acosadas por un psicópata con poderes sobrenaturales —consideré para mis adentros, con los ojos cargados de rabia y frustración.

[8 de mayo de 2013]

Nestea había sido expulsada del instituto una semana por iniciar una pelea; no obstante, el tal Calvin únicamente se llevó una reprimenda y una visita al psicólogo del centro por su comportamiento misógino.

En aquellas últimas semanas no volvimos a ver a Yuki; sin embargo, Arlette continuaba sustituyéndola y dando clase bajo las indicaciones que nuestra sensei le había dejado.

Pero la mañana de ese ocho de mayo quedaría grabada en nuestras mentes y nuestros corazones por ser nuestra última clase de defensa personal.

En aquella ocasión habíamos sido convocadas todas sus alumnas a la vez; no obstante, únicamente nos presentamos la mitad a la cita.

Aquello me pareció una falta de respeto por parte del resto de mujeres, aunque el ser un grupo reducido hizo que no me sintiera incómoda en mitad de una multitud de gente desconocida.

La sesión de prácticas comenzó con el clásico calentamiento en el que cargábamos todo el peso del cuerpo sobre las piernas.

Para entonces ya hacía meses que dejaba de sentir las rabiosas molestias que me atormentaron durante las primeras sesiones.

La voz de nuestra profesora sonaba potente y llena de alegría, a pesar de que era una mañana gris y todavía hacía frío por las lluvias que llevaban una semana cayendo sobre el país.

Tras el calentamiento, repasamos las técnicas principales para atacar puntos de presión; luego hicimos lo propio con las patadas.

Me resultó agridulce ver a mi querida Nestea ejecutar aquella clase de golpes, puesto que me recordó el motivo de su expulsión.

No me pareció justo que la expulsaran cuando fue acosada públicamente tras dejar claro que no quería nada con Calvin.

Como era costumbre, hicimos una ronda de impactos tras el ejercicio por parejas, para poder desenvolvernos mejor en una situación real.

Después de dar dos vueltas, Yuki indicó que la atacáramos a ella, una a una, con el golpe que deseáramos.

Ella, que tenía un aspecto desahuciado, recordándome a una figura anciana, se vio forzada a alzar la voz indicándonos que no la deshonrásemos rechazando su invitación a atacarla una última vez.

Sus últimas palabras me dejaron en shock durante unos segundos, pero fue la llama en sus ojos lo que me hizo creer que, hiciera lo que hiciera, todo estaría bien.

—Esta es la última práctica que haré contigo. Así que voy a hacer esto —pensé mientras le hacía un gesto para que cargara contra mí.

Su ataque fue con los brazos extendidos.

Mi cuerpo reaccionó por sí mismo: mis manos atraparon su muñeca derecha como dos grilletes y la detuvieron.

De forma fluida, sin pensar, realicé un ágil giro de cintura y desplacé el tronco superior, bloqueando su brazo y cargando mi propio peso sobre la articulación.

Rematé la técnica atrapando sus dedos con la mano izquierda para obligarla a desistir de un contraataque, estableciendo un segundo punto de presión.

—Buen trabajo. Siguiente —ordenó con un tono de voz lleno de satisfacción.

Sonrojada, volví a la fila. Únicamente quedaba Arlette por enfrentarse a mi maestra. Un frío escalofrío me recorrió la espalda; Yagami parecía más tenso de lo normal. Se acercó a las dos chicas enfrentadas y habló con voz solemne.

—Yuki-chan, sabes que no estoy de acuerdo en que hagas esto. Pero si esta es tu decisión, seré el árbitro de este combate. Arlette Fortabat, ¿estás de acuerdo en enfrentar a Yuki Yoshida en modalidad de combate de exhibición? —su voz se mostró firme y tensa.

—Estoy de acuerdo. Tengamos una buena pelea, sensei —respondió mi compañera con seguridad.

Ambas se saludaron inclinándose hacia delante.

Sabía que Arlette ya practicaba artes marciales desde antes en otro dojo, aunque asistía al de Yuki para perfeccionar su técnica.

Sabiendo de su ferocidad, casi tan alta como Annastasie, y con una musculatura desarrollada, sentí el corazón en un puño, temiendo lo peor.

El combate comenzó antes de que pudiera reaccionar. Yuki llevó la iniciativa, intentando encajar golpes, mientras Arlette los esquivaba o bloqueaba con dificultad. Mi maestra empezó a sudar; algo no iba bien. Desgastada físicamente, pasó a defenderse.

La pelea se detuvo un instante. Entonces fue Arlette quien atrapó a Yuki por la muñeca; cuando esta se precipitó hacia delante, le controló el rostro con la mano.

En un abrir y cerrar de ojos, vi cómo la alumna pivotaba y Yuki caía de espaldas al suelo.

El impacto resonó con fuerza. Aun así, mi maestra sonreía.

—Ese ha sido un movimiento espectacular. Has progresado mucho —la felicitó mientras la ayudaban a levantarse.

—¿Podemos tener un segundo asalto? —preguntó Arlette a Yagami, que levantó los brazos indicando que la decisión no era suya.

El árbitro miró a Yuki.

—Este será mi último asalto. No voy a tener piedad contigo. Si después de esto sigues queriendo practicar artes marciales, tendrás mi bendición —dijo con serenidad, adoptando posición de guardia.

Bajo los pies de Yuki había un pequeño charco de sudor.

Me alarmó, pero permanecí en silencio. No debía intervenir.

Yuki abrió el asalto con un golpe vertical, como una espada, impactando en la frente de Arlette, que no reaccionó a tiempo.

El golpe la aturdió. Acto seguido, con el cuerpo firme, proyectó un puño contra su pecho izquierdo y la derribó.

Luego, se acercó y aplicó una llave en la pierna que incluso a mí me hizo estremecer.

—Se acabó el combate. Un aplauso para estas dos guerreras samurái, por favor.

Arlette ayudó a levantar a Yuki. Se abrazaron con calidez mientras aplaudíamos con fuerza. Después, ella se retiró al vestuario y regresó con una bolsa de papel llena de pergaminos.

—Y con esto termina mi curso de defensa personal para mujeres. Os agradezco de corazón vuestro tiempo. Os iré llamando una a una —dijo, conteniendo las lágrimas.

Nos entregó los diplomas uno a uno, dibujando una sonrisa en nuestros labios con los dedos y repitiendo que, pasara lo que pasara, no debíamos perder la sonrisa.

Cuando me tocó, me costó no llorar. La abracé.

Ella me dio unas palmadas suaves en la espalda.

Annastasie también lloró. Yuki salió de la sala casi arrastrando los pies.

En el fondo, todas sabíamos que en cuestión de semanas o meses volveríamos a ser extrañas.

En la tarde de aquel mismo día, me dirigí al centro recreativo con varias monedas en el bolsillo.

No me apetecía hacer nada; solo deambular por Lyon buscando algo que llenara el vacío de Annastasie.

Pero aquel paseo fue distinto. Escuché la sirena de una ambulancia rompiendo la monotonía de la calle.

Cuando el vehículo pasó cerca de mí, mi corazón se detuvo.

—No… no… —exhalé, sintiendo que mis peores sospechas podían hacerse realidad.

[10 de mayo de 2013]

Era viernes por la noche cuando recibí la fatal noticia de la muerte de Yuki en el hospital.

Salí relajada de una ducha de agua fría que me dejó tiritando y con la mente despejada.

Una vez me puse el pijama y preparé todo para cenar en la cama de mi habitación mientras veía una reposición de La venganza del muñeco ventrílocuo, regresé a la cocina a buscar una botella de refresco de fresa del paquete de seis que le había comprado a Yagami y que con tanto esfuerzo logré arrastrar hasta casa.

De vuelta a mi cuarto, sonó mi teléfono. A oscuras, el nuevo tema de Las Faldas de Acero me aterrorizó con sus cánticos guturales. Cuando vi que me estaba llamando Yuki, me senté tranquila en la cama, me serví un vaso de bebida y descolgué.

—Buenas noches, Yuki. ¿Va todo bien? —pregunté con voz tranquila, pero se hizo el silencio durante unos segundos.

—Oyasumi, Alice-chan. Lamento tener que decirte esto, pero sus días han llegado a su fin.

Mañana sábado, a las tres de la tarde, celebraremos una pequeña ceremonia en le cimetière de la Guillotière.

Será un evento discreto y nos gustaría contar con tu presencia —dijo la voz del viudo al otro lado de la línea.

Cuando escuché aquello, sentí cómo mi mundo se venía abajo y se me cayó el vaso al suelo.

—Allí estaré. Gracias —contesté con la voz entrecortada antes de que colgara.

Me quedé inmóvil un instante. Luego me agaché, recogí el desastre y fui a por la escoba y la fregona.

Incapaz de esbozar una sonrisa, limpié el suelo y volví con otro vaso a la habitación.

Empecé a comer sin hambre mientras la película avanzaba: el comprador de antigüedades ya se había hecho con el muñeco ventrílocuo tras ignorar las advertencias del vendedor sobre su naturaleza.

—La vida sigue, te guste o no. Alice, convéncete de que el mundo es un lugar hostil de una maldita vez —me regañé a mí misma, tomando un trozo de pizza aún caliente.