10. Kintsugi #8
Entonces lo entendí: yo también intentaba que la vida encajara en un guion.
Como en la cita con Kano. Como si todo tuviera que resolverse siguiendo un plan fijo.
Y no era así. Esa noche, en la cama, cuando la casa ya estaba en silencio, miré el teléfono.
Había mensajes sin leer de mi mejor amiga.
Le respondí con todo lo ocurrido, casi sin filtrar nada.
Entonces me acordé. La carta. Dentro de un libro. De Yuki.
—Casi me había olvidado de ella… ¿será este el momento del que hablaba? —murmuré mientras me levantaba.
La encontré entre las páginas. El sobre estaba intacto.
Me senté en la cama con él entre las manos.
El corazón me latía con fuerza, como si pesara demasiado para algo tan pequeño.
La acaricié sin abrirla. Era tentadora, como un anillo del que no conviene fiarse.
Solo tenía una oportunidad para hacerlo bien.
—No es el momento —decidí al final—. Puede que no sean buenas noticias… o quizá solo una felicitación. Pero ahora mismo tengo los ojos irritados de tanto usar lentillas.
La guardé de nuevo con cuidado entre las páginas del libro.
—Mañana será otro día.
Esa noche dormí mejor de lo esperado. Como si hubiera vivido demasiado en muy pocas horas.
Y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar que todo tenía que encajar en algo predestinado.
Kano no era un destino. Ni yo un personaje atrapado en un guion.
Solo dos personas intentando entenderse dentro de un día demasiado lleno.
12. Florecen los cerezos
[20 de abril de 2013]
Habían pasado dos días desde el cumpleaños de Annastasie.
Había olvidado lo que era asistir a la fiesta de cumpleaños de alguien fuera de la familia.
Allí compartí mesa con sus padres y primas; además, para mi sorpresa, con Yuki, quien parecía recuperada de la enfermedad que la había tenido postrada en cama durante meses.
Cuando la miré a los ojos, pude notar una tristeza que trataba de esconder a toda costa.
Cualquier palabra sobraba para entender lo que estaba ocurriendo.
Yagami, quien me había comentado que las personas tienen tres máscaras —o caras— y que es muy difícil conocer la careta que muestran a unos pocos, no compartió con nosotros la verdad oculta.
A su vez, aseguraba que era imposible conocer la tercera, puesto que delataba la naturaleza genuina.
Intuía que algo no iba bien con mi sensei, pero no era el momento para hablar.
La cumpleañera nos había reunido en el jardín trasero de su casa, donde hicieron una barbacoa aprovechando el día soleado y agradable.
Allí me sentí, eventualmente, amenazada, ya que no me hacía gracia ser el objetivo de las indirectas que Annastasie recibía, todas encaminadas a que vistiera como un chico.
Para la ocasión, me puse aquellas botas «malditas», la chaqueta de la que me enamoré en su día y una camiseta negra con un oso estampado, hecho jirones, que pedía algo de amor.
Mi aspecto se convirtió en tendencia entre sus primas, quienes tenían mi edad y me preguntaron, entre otros temas, si era anoréxica o una chica gótica.
En una intervención oportuna, mi maestra hizo un comentario que captó la atención de forma elegante, y yo seguí comiendo en calma.
Cuando llegó la hora de sacar el pastel y abrir los regalos, Yuki volvió a sentirse mal.
—¿Seguro que estaba en buen estado ese refresco de fresa y melocotón de Japón? —le preguntó mi amiga, torpemente.
—Tranquilidad, mis pequeñas flores. Solo estoy un poco cansada —respondió con el rostro pálido como la leche.
—Yuki-sensei, por favor, échate en mi cama un rato si no te encuentras bien. He sido muy egoísta haciéndote venir, y Yagami-san se ha enfadado contigo —las palabras de mi amiga estaban cargadas de dolor y preocupación.
—Mis pequeñas flores de loto y cerezo… Hoy estamos de celebración. Me tomaré mi medicación y volveré a la fiesta. No obstante, quiero daros esto ahora. Sé que no es el mejor momento, pero pronto los cerezos van a florecer…
Sus enigmáticas palabras me dejaron helada. Nuestra maestra nos entregó dos sobres rectangulares con nuestros nombres y un sello con un símbolo japonés.
—Ahora no es momento de abrirlos. Es mi examen de graduación para vosotras.
Ya he hablado con vuestras compañeras del dojo sobre estas misivas.
Tenéis cuerpo de niñas, pero vuestros corazones y espíritus son ya los de dos magníficas mujeres.
Pero no os confiéis: vais a estar aprendiendo hasta el último de vuestros días —tras estas palabras, volvió a toser de forma desagradable.
La abrazamos al mismo tiempo y nuestras narices chocaron en el impulso. Ella rió de forma genuina, nos rodeó con los brazos y nos besó en la cabeza.
—No lloréis, por favor. Hoy es un día de alegría para ambas. Mi querida discípula, sécate las lágrimas; todavía no has abierto mi regalo. Tú también, Alice. Ya eres una mujer, y las mujeres no lloran… —me dijo con voz suave.
—Llorar es humano. ¿Qué tiene de malo expresar las emociones? Me da la sensación de que tanto Yagami como tú solo sabéis sonreír —protesté temblorosa.
—Algo me dice que tarde o temprano lo entenderás. Vamos, chicas. Volvamos a la fiesta, tomemos tarta y hagamos fotos. Lamento no poder quedarme mucho más tiempo.
No llorar se convirtió en un reto para ambas.
Sin embargo, Annastasie lo hizo cuando sacó un kimono azul con estampado de flores de loto.
Parecía una auténtica geisha tras peinarla con una peineta japonesa.
Aun así, sus formas seguían siendo torpes y despreocupadas como siempre.
Embelesada, quise una fotografía con ellas, intentando en vano que el tiempo se congelara. Lamentablemente, era imposible.
—Sonreíd, mis niñas. Quiero una copia de la foto para mi salón, eh, Alice. ¿Me la traerás al local? —dijo ella.
Su gesto de afecto me desarmó por completo y dibujé la sonrisa más sincera que había tenido hasta entonces.
—¡Claro! —exclamé.
Fue entonces cuando nos hicieron una primera fotografía.
Después, a petición de Annastasie, cortaron y repartieron la tarta de chocolate y nata.
El dulce sabor me relajó ligeramente, aunque, como ella, acabamos saboreando nuestras propias lágrimas sin darnos cuenta.
Yagami no tardó en llegar a recoger a su esposa.
Los padres de Annastasie le ofrecieron tarta, pero él, con voz tranquila, rechazó tras verla.
Nuestra maestra agradeció la invitación y se retiró por el sendero.
—Alice. Quiero que hagamos otra promesa de meñique… —me dijo Annastasie a mi lado.
—¿Me vas a pedir que no llore por ella? No puedo hacerlo —protesté.
—Esto tampoco es fácil para mí. Pero creo que es su última voluntad. Yuki ha sido como una madre para nosotras. No se lo podemos negar —respondió, apoyándose en mí.
—Esto no me da buena espina. Malditas carroñeras emocionales —murmuré, acelerando el paso para ver qué era lo que acaparaba tanta atención.
No pude pasar del marco de la puerta. Varias chicas, frustradas como Julieta, rabiaban por alguien y murmuraban con asco aquel maldito mote.
Aquello me enrabió e intenté entrar en el aula por la fuerza, pero entre tres pretendientas me empujaron contra las taquillas, provocando un fuerte golpe.
Sin aire en los pulmones, volví a acercarme al aula, donde pude escuchar la conversación.
—No quiero nada contigo. Déjame tranquila, te lo ruego —pidió Annastasie con un tono de voz que delataba agobio y sufrimiento.
—¿Tan guapa y sin novio? ¿Por qué no aceptas tener una cita conmigo? Aprovecha la oportunidad, he dejado a Simone Bridge. Tú no pareces una frígida en la cama, tienes cara de princesita, eso te delata —añadió el chico, que por su tono de voz parecía ser de cursos superiores.
—Calvin, morceau de merde. Pasa de mi culo y le tira la caña a ese monstruo. ¿Qué confianzas son esas? —se quejó una chica de la clase de al lado.
—¿Qué tiene esa pardilla que le llama tanto la atención? Si viene con sorpresa… —añadió otra, impidiendo que escuchara la réplica de mi amiga.
—Venga… di que sí. ¿O prefieres que te dé una muestra de cariño para que decidas? —insistió el frustrado Romeo.
—¡Dejadme vivir de una maldita vez! —gritó ella, con una desesperación que delataba que había llegado a su límite.
Annastasie reaccionó de forma violenta, y las chicas corrieron a socorrer al chico.
Por suerte, la profesora Paige Duvé, que andaba por el pasillo, abrió la puerta de golpe y entró en el aula desesperada.
Yo fui tras ella. Mi querida amiga estaba teniendo convulsiones; le costaba respirar y estaba pálida como la leche.
A escasos metros, el tal Calvin estaba tirado en el suelo, con la marca de los zapatos deportivos en el mentón y en la zona del estómago.
—Quiero irme a casa. Dejadme tranquila. Os odio a todos, asquerosos transfóbicos. Soy una mujer —exhaló ella, arrinconada en una esquina, con el rostro desencajado por el miedo y carcomida por el malestar acumulado.
—Ha implosionado. Ha colapsado. No quiero saber qué le pasará a partir de ahora. No ha podido más y ha sacado lo peor de ella. Pero esto no es culpa suya, es una víctima. Será mejor dejarla sola hasta que se enfríe, por muy injusto que me parezca —resolví, sintiendo un vacío en el estómago.
—Joder, tía, ha sido casi calcado en la novela. Él la insistió hasta que cayó rendida al ver que era amor puro. Ojalá me lo hubiera hecho a mí, me gustaría un romance así. Me muero por saber cómo será en la película —confesó emocionada una de las admiradoras.