Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #7
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10. Kintsugi #7

En el pasillo, el profesor Ian Sander me pidió que me quitara los auriculares.

Fingí una sonrisa, aunque me resultaba desagradable su trato.

Obedecí. En clase había otra pelea. Me dirigí a la máquina expendedora, pero una mala sensación me recorrió el cuerpo, como un aviso del hilo azul.

Guardé las monedas apresuradamente y me abrí paso entre la gente.

A escasos metros de la puerta escuché cristales romperse.

Un paquete azul se deslizó por el suelo hasta chocar con las taquillas.

Nerviosa, entré en clase: un círculo de alumnos observaba la escena.

Varias chicas molestaban a Nestea, que gritaba con rabia.

Dejé la mochila y traté de intervenir sin éxito; un chico me empujó con violencia.

Caí al suelo, deslizándome hasta golpear la espalda contra el marco de la puerta.

Aturdida, oí el sonido de unas tijeras. Annastasie gritó de rabia.

Cuando me levanté, una alumna mayor intentó ayudarme, pero no pude intervenir.

Annastasie, fuera de sí, se deshizo de sus atacantes con técnicas de artes marciales.

Sus movimientos eran precisos, casi elegantes.

Pero cuando terminó, tomó unas tijeras con actitud amenazante.

—J’en ai marre de toi… —amenazó en un francés perfecto.

Corrí hacia ella, le agarré el pelo con fuerza y le desvié el brazo en el último instante. Las tijeras cayeron. Nuestras miradas se cruzaron.

—¡Ya basta! Tú eres mejor que ella —grité.

Soltó las tijeras, llorando. Su pelo estaba cortado y desordenado. Al ver a las agresoras, sentí una rabia peligrosa. Pero me detuve.

—Otra vez… ¿qué diablos pasa? —grité—. ¿Es que el mundo está completamente loco?

Todo se volvió confuso. Un ruido ensordecedor me mareó. Empapada en sudor, desperté de golpe y golpeé sin querer a mi madre.

—Alice, ¿has tenido una pesadilla? —preguntó ella con dulzura.

—El paquete de Nestea… ¿dónde está? —murmuré.

—¿Ese azul sobre la mesa?

Asentí. Era el regalo de Annastasie.

Lo abrí: un marco de cristal con cuatro mishis jugando con ovillos azules. En el centro, la foto de Parc Blandan. Al darle la vuelta, estaba la fecha escrita en azul y un corazón.

—Maldita… siempre sabes cómo arrancarme una sonrisa —susurré.

Pasé el día entre fiebre y sueño. Por la tarde, Annastasie apareció.

—Feliz cumpleaños, Alice.

Se sentó a mi lado y me besó la mejilla.

—He traído bollos de canela.

La miré como un cordero. Se quedó conmigo toda la tarde. Y por unas horas, la fiebre dejó de importar. Porque entendí otra vez lo evidente: el hilo azul seguía ahí.

—Pero debería socializar más, Gallia. De pequeña nunca se ha relacionado demasiado. Ahora está en la edad de hacer amigos y ver de qué color es el mundo. Si pasa todo el tiempo con la nariz entre páginas, nunca volará por sí sola —le replicó mi tía, tomándome de las manos.

Harta de la situación, pero intentando mantener la calma, me levanté del sofá con la excusa de ir a por un refresco.

Según Yagami, las mejores batallas eran las que no se libraban.

Preferí el silencio antes que confesar que Mi Primer Amor me había dejado en coma al más puro estilo de cierta obra misógina convertida en paradigma de las relaciones tóxicas.

La comunicación en mi familia nunca había sido su fuerte.

Mientras me servía el último vaso de refresco de cereza de la nevera, pude sentir el silencio previo a la tormenta.

—Es posible que mi Alice no termine siendo una mujer de relaciones públicas, pero en vez de dedicar su juventud a ensuciar paredes urbanas, tontear con lo peor de cada casa o meterse en líos, nunca ha tenido que ser llevada por la gendarmería a clase.

Mi niña podrá ser rebelde y reservada, pero tiene un corazón de oro y una buena amiga a la que quiere como a su vida.

Y si es feliz así, la aceptaré tal como es.

Y aunque me traiga a su amiga Annastasie como novia, las querré a ambas. Y no has…

Antes de que terminara la frase, la voz grave de mi tío intervino.

—¡Ya basta de pelearos! ¡Tenéis dos hijas maravillosas! ¡Dejadlo ya! Vamos a poner la mesa, el repartidor estará al caer.

Su tono amable, pero firme, rompió la tensión y despertó a la pequeña Natalie.

—Papá, la niña estaba dormida… Jacques, ve a por ella, yo no puedo más —se quejó mi prima, tapándose la cara.

—A mí no me hace caso. ¿No te cogiste la baja para cuidarla? ¿Y quién está haciendo horas extra para manteneros? —gruñó su pareja, con fastidio.

La sangre me hirvió. Dejé el vaso en la encimera y avancé hacia el salón con la intención de intervenir. Pero me detuve en el pasillo: aquello ya no era una conversación, era un combate sin reglas.

—¿Tú qué te has creído? ¿Que mi prima es tu asistenta?

Pídele perdón y hazte cargo de tu hija. Porque para llevarla a la cama sin protección y luego suplicarle que abortara, no te salió como esperabas.

Asume tus actos y deja de tratar a Nadine como un objeto —le solté, señalando mi habitación mientras la niña lloraba.

—Vete a peinar a tus muñecas, Alice. ¿Qué sabrás tú del papel de la mujer? —respondió.

Esa frase encendió algo peligroso en mi cabeza. Antes de que la situación escalara, mi padre y Aubin se pusieron en pie.

—Solo lo diré una vez. Vete de mi casa, por favor. Hors de ma maison, sale cochon macho —dijo mi padre, empujándolo hacia la salida.

—Nadine, recoge tus cosas y a la niña. Nos vamos —escupió él, mirando a mi prima con desprecio—. Me he perdido el partido del Olympique para venir a esta casa de locos.

Aquello dejó el ambiente roto. Dos mujeres lloraban: mi prima y su hija. Pero lo peor era que ella no quería denunciarlo; ya lo había hecho una vez y retiró la denuncia cuando él volvió con flores y promesas vacías.

—No tendré la suerte de que el ascensor se caiga con él dentro —murmuré justo antes de que sonara el timbre.

—Ya basta, Alice. Abre. Es el repartidor. Luego te desmaquillas. Vamos a cenar como una familia y después hablaremos —ordenó mi padre.

No respondí. Nadine, entre sollozos, dijo que ya había pagado el pedido. Me mordí la lengua para no empeorar nada. Al abrir la puerta, me encontré con un repartidor con polo negro y el logo de Yuki no yume.

—Vaya… sí que le van bien las cosas a Yagami —observé, tomando las tres cajas calientes.

Volví a la cocina y dejé el pedido. El ambiente seguía roto.

En el pasillo, vi a la pequeña Natalie en brazos de su madre, exhausta.

Por un instante consideré tenerla yo misma.

También pensé en Annastasie, en su sueño de ser madre y diseñadora.

Pero el recuerdo me devolvió a otra escena: la discusión sobre su decisión de no abortar tras una relación marcada por la presión de su pareja.

—La niña no tiene la culpa de su padre —me dije, dejando la mochila y quitándome las botas.

Fui al espejo y empecé a desmaquillarme siguiendo las instrucciones de Annastasie.

Jabón suave de agua de arroz primero, para retirar el grueso.

Luego revisé el resultado. Después, agua abundante y el desmaquillante bifásico para los ojos.

El pulso me falló al acercarlo, como si fuera una intervención quirúrgica.

—Esa tía de Annastasie lo hacía parecer fácil… —murmuré—. No es tan guapa por dentro como para querer serlo tanto por fuera. Última vez que me maquillo los ojos.

El corazón me pesaba, pero ya no por el maquillaje.

—¿Necesitas ayuda para desmaquillarte? ¿Todavía no me has perdonado lo del libro? —intervino mi prima a mis espaldas, entrando en el baño.

—¿No te estás haciendo cargo de Natalie? —pregunté sin apartar la vista del espejo, con voz neutra.

—Está comiendo crema de verduras con sus abuelos. Te lo vuelvo a preguntar: ¿quieres que te ayude? —insistió, abriendo aquellos ojos castaños tan penetrantes.

Cerré los puños con rabia contenida y bajé la cabeza. Durante un instante quise soltar todo lo que llevaba acumulando dentro, como si pudiera vaciarlo por el desagüe. Pero no salió nada. El nudo en la garganta seguía ahí, intacto.

—Alice, lo siento muchísimo. No recuerdo qué hice con él… cuando quise devolvértelo lo busqué durante dos días y desapareció —añadió, apoyando las manos en mis hombros.

No me incomodó su contacto. Al contrario. Había algo extraño en la forma en que lo hacía: no era invasivo, solo humano.

—Le tenía muchísimo cariño a ese libro. Tenía las páginas desgastadas y hasta manchas de chocolate. Era una desastre de niña… y ahora me parecería impensable tener algo así —admití en voz baja.

Respiré hondo.

—Conocí a alguien que me enseñó que la vida pasa rápido, y que el resentimiento no sirve de nada. No soy ni de lejos como ella, pero creo que si no te perdonara, la estaría traicionando de algún modo… así que sí, Nadine. Te perdono.

Mi prima me abrazó en silencio. Esta vez no me tensé. El abrazo fue firme, breve, real. Después terminó de ayudarme a desmaquillarme, con una delicadeza casi metódica. Leche desmaquillante primero, luego agua micelar. El gesto, que antes me habría irritado, ahora resultaba casi reconfortante.

—Gracias… eres un sol —dije al final, dándole un beso en la mejilla—. Vamos a cenar.

—Espera. Dame tu número. No lo tengo —añadió.

Me giré.

—Claro —respondí, con una facilidad que me sorprendió incluso a mí.

Durante la cena, ya todos sentados, le llegó un mensaje mío al móvil.

Me respondió con un muñeco saludando. Le devolví el gesto sin pensar demasiado.

Nadie dijo nada, pero la tensión familiar parecía haberse aflojado.

La cena fue sorprendentemente tranquila.

Comida japonesa, conversaciones dispersas, incluso una tarta de queso que desentonaba por completo con el menú.

Y, aun así, nadie protestó. De vez en cuando recordaba el tema pendiente sobre la pareja de mi prima, pero no explotó como esperaba. Todo fue… más suave.