Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #6
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10. Kintsugi #6

—No, quiero escribir en mi diario que hoy ha sido el día más bonito de mi vida por reconciliarme contigo. Solo estoy agotada, se me pasará. Y tú quieres saber la verdad. No, tienes que saberla —contestó mientras tomaba varias servilletas con las manos temblorosas.

Viendo la determinación en su cara y su sonrisa, no tuve más remedio que dejarla seguir.

Si le hubiera impuesto mi voluntad por la fuerza, no sería yo.

Pero lo que me pareció más triste de la escena es que nadie en el local pareció inmutarse.

Y, posiblemente, agradecí que fuera así, puesto que no quería que su desvanecimiento se convirtiera en un fenómeno morboso en redes sociales.

Mi amiga rebuscó en su bolso y sacó una cajita de cartón que parecía contener fármacos; extrajo una pastilla y se la tragó rápidamente.

Me sorprendió que no se sirviera antes un poco de té.

La miré con ojos intrigados para comprobar si no se trataba de algún medicamento.

—Son vitaminas naturales. Mis padres quieren que saque mejores notas, aunque me cueste horrores estudiar —me aclaró mientras se frotaba la mancha del pantalón con una servilleta.

—¿En tu casa también tienes la condición de vestir y peinarte como quieras a cambio de buenas notas? —pregunté torpemente mientras tomaba una de las galletas secas.

—Estoy harta de hacer lo que ellos quieren.

Me he puesto ropa deportiva y no me he maquillado para parecer más masculina, pero mi pelo no se toca.

Me apunté a artes marciales porque ellos creen que eso es varonil, pero no deja de tener la elegancia del ballet que tuve que dejar, entre otros motivos, por las mofas.

Y yo quiero ser diseñadora, no arquitecta.

Y quiero casarme y ser mamá. Pero no: dicen que debo ser arquitecta y vivir como un hombre mientras viva bajo su techo.

Aunque a la hora de comprarme ropa me dan dinero para evitar conflictos en las tiendas, así que voy sola.

¿Tú qué piensas al respecto? —su argumentación me convenció, y me sorprendió que tuviera las ideas tan claras.

—No considero que nadie deba vivir una vida que no desea.

Así que no dejo que nadie me joda. Creo que deberías hacer lo mismo.

Eres una tía genial y, aunque no comparta tu pasión por los vestidos y el maquillaje, te quiero y te acepto como eres.

Aunque tengas un gusto horrible por el cine y te gusten los cómics japoneses.

Qué obsesión por los pechos y los ojos de búho…

—contesté despreocupada, tratando de cortar la tensión.

—Oye, que los cómics que yo leo son dibujados por mujeres y eso no ocurre. Son los hombres quienes se quitan las frustraciones sexuales en sus trabajos. Aunque a mí me gustan los cómics con chicos con orejas de mishis.

Si bien no me importaba leer pasajes eróticos, y ella demostró conocer mejor que yo esa clase de fetiches, empecé a sentirme incómoda con la conversación por su temática.

Me entristeció el hecho de que ella también se sintiera atraída por esa clase de reclamos.

No obstante, tras hacerle saber mi incomodidad, se disculpó conmigo.

Después terminamos de saborear el tentempié y reparamos en que había dejado de llover.

Como eran casi las ocho de la tarde, mi madre me llamó para preguntar por mí.

Era tarde y probablemente Annastasie debería regresar a su casa, así que le pedí a mi madre que la acercara en coche.

—Me gustaría que hoy te quedaras a dormir conmigo.

Pero mis padres pondrían el grito en el cielo por no haber avisado con más tiempo.

Además, probablemente me hagan estudiar más.

Me ha costado mucho convencerles de que me dejaran salir tanto rato contigo —sus palabras me hicieron pensar en una princesa prisionera en una torre.

—Tal vez por mi cumpleaños te dejen venir a dormir a mi casa. Podemos ver películas de terror o jugar a la consola si le quitamos el ruido, o quizá puedas hacerme de peluquera. Me gusta hacer cosas contigo —contesté contenta y con el rostro iluminado.

—Te has puesto cursi, Alice. Deberías verte la cara. Estás adorable cuando muestras tus tiernos sentimientos —su respuesta melosa y la forma en que me tomó me puso roja de rabia y sentí ganas de estrangularla.

—Yo te mato… sufre, maldita —murmuré con los ojos desencajados, debatiéndome entre la vergüenza y la rabia.

Después de llamar para que nos recogieran, le entregué la bolsa roja a mi amiga.

Le había comprado un diario en el que poder confesar sus miedos y una copia de La Princesa de las Nieves firmada por su autora.

Como plan de emergencia, en la dedicatoria había escrito: «tu amiga te quiere de verdad, por eso te regala algo para toda la vida, como la amistad que te ofrece».

La ilusión con la que se le encendieron los ojos y el fuerte abrazo que me dio me sobresaltaron, ahogando un grito de miedo.

Exhalé aire aliviada, muy despacio; sentía que había recuperado lo que más quería, incluso se me escaparon varias lágrimas.

Mi detalle redobló las disculpas y las aclaraciones innecesarias por lo acontecido, aunque ambas sentíamos que todo volvía a estar bien.

Mi madre llegó diez minutos más tarde. Saludó a mi amiga con dos besos y comenzó a charlar con ella, dejándome al margen.

Se me hizo un nudo en la garganta y no encontré el momento de intervenir.

Pero lo peor fue cuando llegamos a la casa de Annastasie: me despedí sin ser capaz de bajarme del coche y darle ese abrazo cargado de lágrimas que delataban que todo había terminado bien.

Aun así, en el trayecto de regreso, Gallia se mostró comprensiva conmigo y me dejó entrever que, como mujer adulta, consideraba que ella era una bellísima persona y una buena influencia para mí.

Al llegar me duché y me metí directamente en la cama.

Revisé el teléfono por última vez: ella me había enviado varias fotografías.

El último mensaje me conmovió; había enmarcado el dibujo que le regalé antes de Navidad y lo había colgado en su cuarto.

Unos segundos después añadió que no podía esperar más para volver a verme, acompañado de un icono de corazón y un beso.

Aquel gesto me provocó un ardor en el pecho y en el estómago.

A pesar de todo, no había olvidado aquellas terribles semanas.

[10 de febrero de 2013]

La alarma del despertador sonó aquel día como de costumbre.

Una de las canciones de Las Arpías del Averno me despertó.

Aquel había sido el regalo de cumpleaños que me hice a mí misma al verlo en la tienda.

Como solo era necesario configurarlo con un cable conectado al ordenador, decidí darme el capricho.

Las primeras reacciones no se hicieron esperar: mis padres, ya levantados desde hacía rato, gritaron mi nombre.

Pero yo era feliz escuchando la canción que me había sacado del coma en aquella fatídica primavera.

Un sentimiento agridulce me recorrió el cuerpo, pero me bastó con recordar el ornitológico regalo que llevaba en la parte superior de la oreja para volver a sonreír.

Era diez de febrero, el día de mi cumpleaños, y me resultaba difícil no hacerlo.

Somnolienta, me levanté de la cama, me froté los ojos y detuve la alarma tras un minuto que a ellos se les hizo eterno.

Me metí en la ducha sin dejar de tararear la canción bajo el agua caliente.

Contenta, empezaba el día. Tenía algún incentivo más para ir al instituto que ver a Annastasie.

Después de peinarme y vestirme, desayuné cereales en la cocina.

Mi madre se mostró especialmente cariñosa y mi padre me miraba con una sonrisa de felicidad.

No obstante, no siempre había estado contenta por mi cumpleaños.

De pequeña era consciente de que cada año me acercaba un poco más a la muerte, ya que fue ella quien se llevó a mis abuelos mientras dormían.

Aquello me provocaba angustia al soplar las velas.

Pero, aun así, seguía siendo la pequeña amazona de la casa.

Tras las muestras de afecto, terminé el desayuno mientras pensaba en lo ajeno que me resultaba mi presente y mi futuro.

Mi querida Nestea coleccionaba peluches como una niña, pero ya tenía inquietudes íntimas; en los pasillos se oían cuchicheos lascivos de algunas alumnas mayores, mientras que los alumnos de Seconde no tenían problema en mostrarse fogosos pese a las reprimendas de los profesores.

Por otra parte, mientras ella ya sabía que quería ser madre y diseñadora de moda, mi única ambición era dedicarme a lo que me gustaba: comprar libros, ver películas de terror y dibujar.

Angustiada, terminé el tazón de cereales de chocolate.

Con los auriculares puestos y la mochila al hombro, caminé por la avenida con el tiempo justo para llegar al instituto.

Aun así, me detuve un minuto frente al número veintitrés.

Era una residencia de profesores. Algunos se sobresaltaron y saludaron al gran perro que vigilaba el jardín.

Sus ladridos parecían pedir atención, pero en cuanto me vio empezó a ladrar como un loco.

—Maldito perro. ¿Qué diablos le pasa conmigo? —murmuré mientras aceleraba el paso.

Al llegar al instituto recibí una notificación: era Annastasie, diciéndome que tenía algo para mí.

Aquel año volvería a pasar mi cumpleaños sola, ya que sus padres no le permitían quedar conmigo durante tres semanas por haber suspendido un examen.

El motivo me enfadó tanto que me desahogué en un foro de amantes del terror.

Tras hablar con algunas chicas que vivían lo mismo, un chico francés me escribió diciendo que conocía un sitio donde me sentiría como en casa.

Revisé su perfil: era guapo, pero su poca actividad me dio mala espina, así que lo bloqueé.

Lamentablemente, no podía hacer eso en la vida real.