10. Kintsugi #5
Cuando llegamos al parque urbano, nos detuvimos cerca del punto de encuentro. El corazón me dio un vuelco: pensaba que no vendría, faltaban cinco minutos, pero ella ya estaba allí. Me puse roja como un tomate y la sombra de los ojos me dio un aspecto de verdura pocha por unos segundos.
—Vaya, mírala, está contenta. Es ella, está en el disco rojo de información. ¿Quieres ir a conocerla? Me quedo en el coche un momento para que no nos multen —le comenté a mi madre mientras la saludaba por la ventana.
—Cariño, sal ahí, sé tú misma y recupera a tu amiga.
Como dijo ese poeta inglés al que le gustaban los hombres…
Oscar Wilde… «solo puedes ser tú misma. El resto de sitios ya están cogidos».
Si ves que vuelves tarde, llámame y os recojo a las dos —me aseguró con una sonrisa que no le había visto en mucho tiempo.
Nerviosa, le di un beso en la mejilla. Agarré la bolsa con el regalo y me colgué la mochila.
Caminé con paso firme, aunque tensa, notando un calor extraño en el cuerpo a pesar de los diez grados.
Annastasie se veía diferente: sudadera, vaqueros y deportivas.
No pegaba con ella. Tampoco llevaba maquillaje.
Si no fuera por su melena y sus pulseras, juraría que no era ella.
Nos acercamos lentamente, nos dimos un par de besos y empezamos a caminar en silencio. Entre el ruido de los patines y el rebote de las pelotas, nuestros suspiros quedaban absorbidos por la indiferencia del entorno.
Entramos en la zona de césped. Nos cruzamos con parejas, corredores y gente paseando mascotas. Finalmente vimos un banco solitario. Nos miramos a los ojos y sonreímos. Aquello me dio buenas vibraciones. Mi temperatura corporal se relajó ligeramente y nos sentamos, mirándonos frente a frente.
—Sé lo que estás pensando. Fui cruel contigo y también fui cobarde al no confesarte la verdad.
No podía pedirte que me defendieras cuando en el fondo sabía que te esforzabas por entenderme.
Yo creía que para ti era una muleta hasta que encontrases amigas de verdad.
Que me usarías, y cuando vi que no me defendiste, entendí que me repudiabas y que tu mascarada había caído.
Pero después de todo lo que has luchado…
y de hablar con Yuki… aun así necesité tiempo para perdonarte.
No te merecías mi frialdad, y te daba mis palabras bonitas como flores formales sin intención afectiva.
Pero cuando me enteré de que no presentaste ese diseño para el concurso y nos hiciste a nosotras como soñamos, decorando las cicatrices de la otra…
yo… yo… ¡te quiero, Alice! —sus palabras me chocaron mucho.
—Mi dulce Nestea, si no fuera por todo lo que representas para mí, estaría comprando libros para volver a encerrarme en mí misma y consumirme como una vela.
Pero aquí me tienes, destrozada por no haber defendido a otra mujer en su momento.
Yo solo quiero pedir disculpas por mi comportamiento y decirte que nunca he dejado de pensar que eras mi alma hermana.
Y que tú haces que el mundo no sea tan hostil para mí.
Y por este motivo, quiero darte esto. Creo que es más acorde que un simple dibujo —aseguré, vergonzosa.
—Te has tomado demasiadas molestias. Para mí el verdadero regalo es tu amistad; eso me llena más que cualquier otra cosa.
Con ese dibujo renunciaste al primer premio, esta es tu pasión y podrías vivir de ello, pero no quisiste aprovechar el sentimiento de ruptura y reconciliación que plasmaste.
Pero antes de abrirlo, quiero que tengas esto —me extendió una caja con un lazo y un sobre que parecía contener algo.
Primero abrí el sobre. Dentro había dos pulseras hechas con hilos azules de diferentes tonalidades; en ambas colgaba la mitad de un corazón roto que, al unirse, formaba uno completo, y en cada una había grabada una «A». Cuando las tuve en mis manos entendí de inmediato en qué consistía ese regalo.
—¿Me estás pidiendo que sea tu novia? —le pregunté a Annastasie con una sinceridad que me hirió a mí misma.
—¿Y si fuera así, qué me dirías? —replicó con voz melosa y rostro dulce.
Suspiré pesadamente, sin encontrar la forma de rechazarla sin hacerla enfadar. Aun así, su rostro lleno de luz genuina y su suave risa me hicieron entender lo que ocurría.
—Serás zorra… ¿cómo se te ha ocurrido hacerme esto? ¿Y si efectivamente estuviera enamorada de ti? —protesté, escandalosa, con el rostro rojo por la vergüenza.
—Solo quería que tuviéramos algo que nos recordara que, pase lo que pase, siempre serás mi alma hermana a través del tiempo y del espacio, mi hilo azul. Y que me llevo la mitad de tu corazón, pero te doy la mitad del mío —sus palabras me marearon de tal forma que me sentí anonadada.
Miré mis botas, balanceándolas con vergüenza. Ella me observaba mientras silbaba una melodía romántica que me puso nerviosa.
—Yo la mato. Maldita Annastasie, me lleva como quiere —maldije, cuando ya me descubrí arremangándole la sudadera para ponerle una de las pulseras en la muñeca izquierda.
—¡Aish! ¡Aish! ¡Aish! ¡Qué kakaii! Ahora me toca a mí —parecía rebotar sobre el asiento metálico, pero su alegría me llenó.
Cuando noté sus dedos sobre mi muñeca, el tiempo se detuvo para mí.
Me quedé sin respiración durante los tres segundos que le llevó colocar el abalorio, con cuidado de no hacerme daño con las puntas.
Sus ojos parecían llenos de vida, aunque tenían marcas de mal descanso.
Al terminar, sus labios se acercaron lentamente a los míos.
No me pude mover por la impresión. Cerré los ojos y dejé que todo pasara, pero se quedó en un cálido beso en la mejilla y en un abrazo que nos rodeó por completo.
Lentamente nos separamos, siendo nuevamente amigas y sintiendo que todo se había arreglado.
Decidimos tomarnos una fotografía del momento mostrando las pulseras.
Sin embargo, ella activó los filtros accidentalmente y acabamos en una improvisada sesión de fotos en la que hicimos tantas muecas que los transeúntes nos miraban raro.
Entonces Annastasie recordó algo importante: no había abierto la caja rosa.
La puso sobre mi falda, ansiosa. El olor que salió de dentro me conquistó por completo.
—¡Dos bollos de canela grandes! —exclamé alegremente.
Ella sonrió. Yo di el primer mordisco bajo su mirada. Le ofrecí el otro bollo; negó con la cabeza y las manos, como si estuviera muda. Insistí con cara de cordero triste, y aceptó. Entonces le pasé el bollo por la cara y le manché los labios de chocolate.
—¡Oye, que me he esforzado mucho en hacerlo! —protestó entre la risa y el enfado.
—Llevaba demasiado tiempo sin chincharte. ¿Cómo era? Ah, sí. Chun, chun, chun, chun. Están muy ricos —le presioné la mejilla derecha con un dedo lleno de chocolate.
—Alice, ven aquí. Te vas a tragar el bollo con la caja. Lo he hecho con todo mi cariño —amenazó entre la risa y la rabia.
Retrocedí por el banco, me colgué la mochila y salí corriendo. Ella me persiguió. Me alcanzó en pocas zancadas, se lanzó sobre mí y caímos al suelo. Para entonces yo ya me había comido el bollo, y ella no parecía tener intención de levantarse.
—Oye, Nestea, me estás chafando. ¿Podrías salir de encima, por favor? —pedí, con falta de aire.
—¡Ay! Perdona, me he emocionado. ¿Te he hecho daño? ¿Estás bien? —preguntó antes de que empezara a chispear.
—Ni un rasguño. Estoy bien. Va a llover. ¿Te parece si vamos de tiendas? Te ayudo a elegir un vestido que te quede mejor que esta ropa —le sugerí.
—No me he vestido así por gusto… Mejor vayamos al Café de Sherezade. Te lo contaré todo —me cortó.
Annastasie parecía perturbada. Sus expresiones delataban que algo no estaba bien con su vestimenta. Me tomó del brazo y me besó la cabeza. Entendí que necesitaba desahogarse. Caminamos en silencio bajo la lluvia hacia la cafetería.
El local estaba inspirado en las Mil y una noches. Estaba casi lleno. Annastasie pidió té y galletas de mantequilla. Yo, chocolate caliente. Nos sentamos bajo una escalera. El silencio se prolongó hasta que llegaron las consumiciones.
—Empiezas a darme miedo. Hace rato que no dices nada —bromeé.
—Perdona, estaba buscando la forma de decirte esto sin que resulte violento para ninguna de las dos.
Su rostro estaba ensombrecido. Me armé de valor.
—Puedes decírmelo.
Annastasie expulsó aire y posó su mano sobre la mía. Retiré la cucharilla, bebí chocolate y la dejé sobre el plato.
—Lo siento. Si no quieres hablar del tema, podemos hacerlo en otra ocasión —me disculpé.
Entonces se inclinó hacia mí.
—He tenido un sueño erótico contigo.
El impacto me bloqueó. Yo también había pasado por algo parecido, así que respondí que me había ocurrido lo mismo. Antes de que la situación se volviera incómoda, me pellizqué el brazo para recuperar el control.
—¿Estás bien, Alice? No debí decírtelo… He leído que una erección no significa que quiera ir a la cama contigo —dijo, acariciando mi pulsera.
—Yo me obligué a abrir los ojos cuando vi que iba a más… —respondí con serenidad, recordando.
Hicimos una pausa. Bebimos. Comimos galletas.
Entonces ella habló:
—Mis padres siempre han querido un niño. Cuando nací con genitales masculinos, lo vivieron con sentimientos encontrados. Me dijeron que podía decidir con el tiempo sobre mi identidad… pero que sería más fácil si me comportaba como un chico. Y con el tiempo todo se rompió cuando llegué al collège.
Su discurso se interrumpió cuando, agotada, se desplomó hacia un lado, golpeando la mesa y derramando el té sobre las galletas.
—¡Nestea! —grité, desesperada, al tiempo que tiraba la silla al levantarme.
La incorporé de nuevo mientras la bebida chorreaba sobre la mesa y caía sobre su pierna, despertándola.
—Gracias al cielo, estás bien. ¿Quieres que llame a tu casa para que te recojan? —Sus dedos acariciaron mis mejillas y sus ojos llorosos me miraron.