Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #4
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10. Kintsugi #4

Se levantó de la silla, pasó a mi lado con el rostro sereno, incluso sonriente.

Contuve la respiración. Annastasie rebosaba una calma inquietante.

Cuando estuvo a metro y medio de Fodor Vince, le exigió que se disculpara y que la reconociera como mujer.

Él se negó rotundamente y le advirtió que su amigo invisible le había comprado una caja de condones para acostarse conmigo.

Su expresión no cambió. Entonces él añadió que había tenido una erección en el vestidor al verme desnuda.

Annastasie alzó la mano y le dio una sonora bofetada que lo derribó, golpeándose las costillas contra la mesa del profesor. Cuando se retiró, nos cruzamos a mitad de camino. Iba dispuesta a hacerle pagar caro la humillación, pero Annastasie me sujetó la muñeca un instante.

—Si le pones la mano encima tendrás problemas con el centro. Por favor, no lo hagas —sus palabras sonaron más como un ruego que como una advertencia.

Avancé hasta donde estaba el acosador, que parecía dispuesto a pelear.

Había llegado el momento de mi redención y no pensaba desaprovecharlo.

Me miró tratando de intimidarme, consciente de su superioridad física.

Entonces recordé mis clases de defensa personal y, con un gesto rápido, ataqué el punto nervioso indicado, provocando que perdiera la fuerza y cayendo al suelo.

—Por favor, prestadme atención un momento —me dirigí a la clase—.

Este imbécil nos acaba de tratar como si fuéramos trozos de carne, y os quedáis de brazos cruzados.

¿Pero qué se puede esperar de unas feministas de boquilla que no reconocen a una chica trans como tal?

¿Os da morbo montar escenas como la del vestidor?

Yo no quedé estupefacta por su singularidad, sino porque la tratasteis como un objeto, igual que acaba de hacer este misógino.

Ella es una mujer de cabeza a pies y exijo que se la respete como a cualquier persona.

Aunque gracias a vosotras me haya retirado la palabra, creo que sabrá separar la paja del trigo.

Cuando terminé, me di cuenta de que nuestra tutora estaba en la puerta. Al regresar a mi sitio, pude escuchar los pasos pesados de Fodor Vince, que, con el rostro encendido de rabia, me tiró del pelo con tanta fuerza que me derribó.

—¡Vince! ¡Expulsado del instituto una semana! —gritó la tutora Paige Dubé, que había llegado en el momento justo.

El chico abandonó la clase malhumorado. La tutora pidió explicaciones y, al conocer la historia, aseguró que tomaría medidas, pero que aquel era un día para reforzar nuestros lazos.

Cuando regresé a mi silla, abrí la bolsa y le di un sobre acolchado a Annastasie. Algo en sus ojos había cambiado.

—¿Es para mí? ¿Eres tú mi amigo invisible? —preguntó.

—Es un regalo de Navidad para una persona a la que estoy unida por un hilo invisible azul. Pero por un malentendido, nuestra relación se rompió. Si la encuentras, dale este sobre —dije, con el cuerpo dolorido pero la voz firme.

—Si la encuentro, se lo daré. No te quepa duda —respondió antes de besarme fugazmente en la mejilla.

No supe si aquel gesto era más propio de un beso de Judas o de un pequeño avance en nuestro kintsugi personal, pero quise pensar que, con el tiempo, todo estaría bien.

11. El hilo azul

[3 de enero de 2013]

Nunca me había arreglado tanto para una cita, ni tampoco había estado tan nerviosa.

El pelo me había crecido tan rápido como siempre y ya volvía a tener una melena que me llegaba a la altura de los hombros.

Era la primera vez que me picaba la curiosidad por pintarme algo más que no fueran los ojos; me había costado decidirme en función de la vestimenta, quería estar guapa para ella.

Era el momento que había estado esperando, tenía que ser todo perfecto.

Quería hablar con Yuki antes de ir, sin embargo, todavía no me contestaba al teléfono.

Ni un solo mensaje de texto. Tampoco pude contactar con Yagami; además, su local llevaba cerrado desde el incidente.

Estaba agotada emocionalmente. Annastasie tampoco había dado más señales de vida más allá de mandar una felicitación virtual por Navidad y por fin de año.

Preocupada y temerosa por lo que pudiera decirme en aquella cita, me senté en el borde de la cama y crucé los dedos en un último acto de desesperación.

Había luchado hasta la extenuación contra mí misma para convencerme de que todo iría bien, para no enviarle un mensaje y decirle que el gordo de rojo tenía un paquete para ella.

Incluso soñé que me acurrucaba contra su pecho y que, cuando eso ocurrió, abrí los ojos asustada para evitar que la cosa fuera a más.

—Todo el mundo es ateo hasta que el avión se cae.

Qué fastidio tener que hacer esto, pero tengo que hablar con quien esté al mando de todo.

Dios, energía cósmica, karma, si puedes escucharme, hazlo.

Quiero recuperar a mi alma hermana. Lo he probado todo, pero nada ha vuelto a ser como antes.

Si me devuelves a Annastasie intentaré ver el mundo con otros ojos.

Intentaré creer que la vida es bella y no una mala comedia —cuando terminé de rezar con los ojos cerrados frente al espejo, noté unas manos cálidas.

—Creo que esa Annastasie es una chica muy afortunada de tenerte como amiga. Es la primera persona… bueno, es alguien que me gustaría para ti —intervino mi madre a mis espaldas.

Me quedé sin aire al oírla, con una voz templada y dulce.

Me di la vuelta poco a poco; ella estaba con los brazos abiertos.

En ese momento mi instinto felino me erizó el vello, no obstante me detuve a valorar sus intenciones y vi que en sus ojos brillaban la bondad y la comprensión, así que me acerqué, le di un fuerte abrazo y la besé en la mejilla.

—Si me acercas en coche hasta el parque, te contaré todo lo que ha pasado con ella. Si te lo cuento ahora no llegaré a tiempo yendo a pie —musité sin acabar de confiar en que la conversación no derivara en una disputa sobre mi comportamiento con la gente.

—Mi pequeña Alice se está convirtiendo en una mujer responsable.

Nunca has querido protección de nadie, pero aun así te he criado bien.

No obstante, debes aprender a escuchar otra voz que no sea la tuya y a tomar decisiones de forma serena.

Sé que nunca seremos amigas y es utópico pensar que tendré ese vínculo tan maravilloso que demuestras por esa chica.

Pero deja que ahora te abrace por última vez como la niña que ya no eres antes de que me confieses tus secretos —sus palabras, con lágrimas en los ojos, me desarmaron.

De la misma forma que los michis de la calle se acercan al humano que los alimenta con el paso del tiempo, fue una buena predisposición entre ambas partes lo que me permitió contarle los principales secretos de mi vida más allá de mi relación con Lauren.

Pero lo que me conmovió fue que no necesitaba un motivo superior para decirle lo que sentía.

—Y eso es todo: cuando ella más me necesitó, fui incapaz de salir a defenderla.

Pero no me volverá a pasar. Porque si hoy la pierdo, voy a saltar por la terraza.

Ella me ha hecho sentir especial de verdad sin necesidad de ser mi novia.

No sé cómo explicarlo —mis palabras entrecortadas emergieron de mis titubeantes labios.

—¿Ese regalo bajo el árbol que has preparado es para ella? —indicó, señalando la bolsa roja sin abrir que, por despiste, había dejado a la vista de todos.

—Annastasie sueña con ser diseñadora y también le gustan mucho los cómics. Así que me gasté un cheque de compra en cosas para que cumpla su sueño. Si rechaza mi regalo, lo donaré a alguien —aseguré, tratando de hacer tripas corazón.

—Mi pequeña Alice… las dos os habéis equivocado y habéis reñido por una tontería…

—¿Una tontería? ¡Todas se metieron con ella mientras yo no podía creer lo que mis ojos veían! —grité, desesperada, con los ojos húmedos.

Me tumbé a un lado y noté cómo mi madre se acercaba para volver a enderezarme y apoyarme contra su hombro.

—Alice, creo que eres lo suficientemente mayor tanto para que me desautorices respecto a tu estilo como para que escuches esto.

Piensa que las parejas que puedas tener, prefiero que sean novios, van a ir y venir; todos te enseñarán algo.

Pero las amistades también pueden hacer lo mismo: enseñarte algo y desaparecer.

Sé que no vas a hacerme caso porque estás cegada por ella, pero algo me dice que todo irá bien.

Y si no es así, yo misma te apoyaré hasta que vuelvas a volar.

Siempre serás mi niña, por muchos disgustos que me des o aunque te pintes el pelo de un color chillón.

Recuerda que mamá siempre estará aquí y que tarde o temprano aceptará todas tus decisiones, siempre que sean tuyas —sus palabras me reconfortaron y la volví a abrazar.

Cuando miré la hora en mi teléfono me di cuenta de que no llegaría a tiempo si tenía que caminar hasta Parc Blandan.

—Vamos a repasar tu maquillaje para que te veas como una arpía. Hoy te lo permito; quiero pensar que esa chica se enamoró de tu personalidad. No la decepciones —dijo.

Yo sonreí y corrí hacia el baño con el consiguiente ruido molesto, pero mi padre no protestó.

Una vez en el coche, las manos me temblaban mientras sujetaba las correas de la bolsa.

El corazón me latía con tanta fuerza que lo notaba bajo el abrigo; incluso tenía calor a pesar de la calefacción.

El trayecto no duró más de diez minutos, pero me sentía aliviada y agradecida a mi madre por el gesto y por haberme escuchado.

A pesar de que estaba sintonizada Radio France, mis pensamientos y sentimientos estaban en comunión con Myself, una de las canciones favoritas de mi amiga.

Ella nunca hablaba de la música que escuchaba, pero me confesó que aquella canción la hacía sentir como si la hubieran compuesto para ella.