Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #3
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10. Kintsugi #3

—Me vas a echar del dojo porque estoy más pendiente de resolver mi problema con Annastasie que de atender a las lecciones, ¿cierto? —aseguré mientras ella mojaba los labios en el té caliente.

Se hizo un breve silencio en el que mis peores temores parecían confirmarse de un momento a otro.

—Verás, Alice. En la cultura occidental es normal que el maestro corra detrás de los alumnos para educarlos. En Japón la situación es otra: es el alumno quien busca al maestro para aprender. Fíjate en que son los únicos que no están obligados a inclinarse ante el emperador —hizo una breve pausa.

—Yo asistí a tus clases para aprender artes marciales y he terminado viniendo por otro motivo —confesé avergonzada, preparándome para ser expulsada.

—Tu atención por mis lecciones se ha desviado porque tu mente está ocupada en Annastasie. Ella está confusa, y te voy a dar la respuesta que necesitas con un ejemplo práctico.

Entonces colocó el pesado fardo que Yagami le había traído sobre la mesa; tenía un estampado floral. Lo acercó hacia mí y me miró fijamente a los ojos durante unos segundos. Después, tomó un poco más de té.

—¿Tiene algo que ver esto con mi expulsión del dojo? —me detuve cuando iba a desenvolver el fardo.

Yagami se acercó tras servir unos cafés a unos clientes recién llegados y se dirigió a mí con voz cálida.

—Alice, estate tranquila, no te voy a echar del dojo. Pero si la haces enfadar vas a sufrir su furia oriental —bromeó su marido, mostrándome esa sonrisa franca que lo caracterizaba.

—En efecto, no te voy a echar porque no has hecho nada malo. Te diré un secreto: tu amiga ha hecho este mismo ejercicio conmigo, y la cosa ha ido bien. La edad me dice que hay algo muy especial entre vosotras, algo que tienes que descubrir. Ahora, abre el fardo, por favor —me indicó con serenidad.

Antes de atreverme a dar el paso, sorbí el té con demasiada energía.

Estaba realmente caliente y me quemé la lengua.

Yuki volvió a mirarme con una sonrisa en los labios; esta vez posó su mano derecha sobre la mía.

Aquel gesto me transmitió fuerza y confianza haciéndome sentir lo bastante valiente como para enfrentar lo que había dentro del fardo.

Mis dedos deshicieron los nudos con cuidado, y al abrirlo descubrí una pieza de cerámica rota, lo que confirmé al colocarla sobre la mesa.

—Es una pieza de cerámica rota. ¿Tiene algo que ver con Annastasie? —pregunté nerviosa, cogiendo con cuidado uno de los fragmentos.

—Ahora abre este otro bulto, por favor —me indicó mientras lo recogía del suelo.

Obedecí. Esta vez encontré dos platos con el mismo motivo decorativo.

Por su aspecto, deduje que eran de cerámica.

Al sacarlos, los coloqué sobre la mesa y noté dos diferencias claras: el primero estaba intacto, con el dibujo de una geisha tocando un instrumento de cuerda frente a un hombre; el segundo estaba roto en varios fragmentos, aunque las grietas, unidas con cola, estaban resaltadas con una pátina dorada.

—Muy bien, Alice. Toma aire profundamente tres veces, sin prisa. Cuando termines te explicaré cómo esto va a ayudarte con tu problema.

Obedecí sin dudar. A medida que el aire llenaba mis pulmones, la tensión fue abandonando mi cuerpo. En la tercera inhalación, el olor del incienso me mareó ligeramente.

—Ahora tu cuerpo y tu mente están receptivos.

Verás: en la cultura japonesa, cuando un objeto de valor sentimental se rompe, puede repararse con la técnica del kintsugi.

Consiste en aplicar resina o polvo de oro en las grietas para resaltar la transformación en lugar de ocultarla.

Eso hace que la pieza sea más bella —explicó mientras señalaba el plato restaurado.

—Incluso hubo artesanos que rompían cerámica a propósito para aplicarlo y revalorizarla. Nunca subestimes el poder de la reparación.

Su explicación me hizo sonreír brevemente, imaginando a un artesano rompiendo jarrones como si fuera un ritual extraño.

Tras la interrupción de Yagami, su esposa continuó.

Me pidió que relacionara aquello con mi conflicto.

Me bloqueé. Reviví el vestuario, la frialdad de Annastasie, la escena entera.

Ninguno me dio pistas claras, así que intenté pensar en todo como una metáfora.

—Vamos, Alice. Hay tres platos: uno intacto, otro roto y otro reparado con kintsugi.

Mi corazón se tensó.

—El primero es ella antes del incidente. El segundo, su estado actual. El tercero, cómo será cuando nos perdone… cuando volvamos a ser amigas —pensé, convencida.

Pero Yuki negó suavemente.

—No estás mal encaminada. Piensa qué hacéis en Occidente cuando algo se rompe.

Entonces lo entendí. Se me encogió el pecho.

—Cuando algo se rompe… lo tiramos. A veces lo reemplazamos. No solemos repararlo. Yo perdí la confianza de Annastasie cuando no supe defenderla. Hemos intentado sustituir ese vínculo… pero quizá lo que necesitamos es restaurarlo. Aunque esté roto, puede embellecerse —dije, con la voz quebrada.

—Dime, Alice. La quieres mucho, ¿verdad?

—Sí… y me arrepiento de no haberla defendido.

—Tu Nestea también te quiere. Dale tiempo. La vida es como los pétalos de cerezo: bella porque es efímera —respondió Yuki.

Sus palabras me calmaron. Ayudé a recoger las piezas de cerámica, pero a mitad del proceso Yuki tosió de forma violenta y cayó al suelo. Las cajas se esparcieron escaleras abajo. Yagami se acercó de inmediato.

—¡Yuki, cariño! ¡Yuki! ¡Alice, llama al Samu, corre!

Marqué el quince con manos temblorosas, pero mantuve la calma al dar la dirección y explicar la situación.

—Cariño, estoy bien… ha sido solo un susto —susurró ella, con los ojos vidriosos.

—Yuki, sol que calienta mi corazón, pagaré lo que sea necesario para que camines a mi lado —dijo Yagami.

—Yuki-sensei, la ambulancia está en camino. Aguanta, por favor —murmuré, sosteniendo su mano fría.

Cuando me miró, entendí algo que me golpeó con claridad: había estado demasiado centrada en Annastasie, ignorando a quienes también me querían.

—Mi alumna está aprendiendo a luchar. Qué orgullosa estoy de ella —dijo Yuki.

No pude responder. Yagami aclaró que hablaba de vivir.

Entonces llegaron los sanitarios. Yuki fue atendida rápidamente y subida a la ambulancia. Me acerqué para acompañarla, pero uno de los sanitarios me bloqueó el paso. Sentí cómo la rabia me recorría el cuerpo.

—Alice… vete a casa por favor. Yuki estará bien. No les digas nada a las chicas —me ordenó con voz firme y segura, dejando claro que no aceptaría réplica.

Tras estas palabras, las puertas se cerraron ante mis narices y el vehículo sanitario se marchó con ellos dentro.

Estupefacta, pude escuchar cómo, tras ahogarse los lamentos de las sirenas, el soplido de los vientos del invierno susurró a mi oído y su gélido aliento me atravesó de pies a cabeza.

Cerré los puños con rabia e indignación al pensar que aquel podía ser un viaje sin retorno para mi maestra y que yo me había comportado como una cretina.

Me mordí el labio inferior con fuerza, tratando de contener mi cólera, pero sentí ganas de gritar y de descargar mi rabia golpeando algo.

No sabía si necesitaba un abrazo o uno de los bofetones que recibía en casa.

[20 de diciembre de 2012]

Yuki llevaba un par de semanas en el Hospital Édouard Herriot, donde se estaba recuperando de una hemoptisis provocada por una enfermedad rara de la que ella no quiso darnos detalles.

Sin embargo, las clases de defensa personal no se habían detenido, ya que Arlette dio un paso al frente para impartirlas.

Aprovechó el hecho de que seguíamos teniendo la sala reservada.

Por mi parte, decidí no ir al dojo durante un tiempo prudencial, como mínimo hasta haber resuelto mi conflicto personal con Annastasie.

Entonces aproveché las horas libres para ir a dibujar al parque y tratar de aclarar las ideas.

En el instituto era nuestro último día lectivo antes de las vacaciones, por lo que nos obligaron a tener un detalle con otra persona mediante un sorteo. Yo recé para que me tocara Annastasie, pero la suerte no me sonrió.

Cuando entré en mi aula aquella mañana empecé a escuchar cuchicheos en los pasillos.

Había risas, y me pregunté si realmente había valido la pena falsificar la firma de mi madre alegando fiebre para esconderme en cualquier rincón de Lyon.

Pero ya estaba allí, con un regalo para el amigo invisible en una bolsa y otro para Annastasie en la mochila.

El deshielo había comenzado hacía cosa de una semana.

El hecho de que nuestras mesas volvieran a estar juntas y de que me llamara «Alice» en vez de «Fointable» me parecía un buen síntoma.

Por su parte, ella no tenía buena cara. Cuando llegué a mi sitio suspiré pesadamente para llamar su atención.

Me miró y me dedicó una sonrisa; se había arreglado mucho para el evento.

Quise hacerle un cumplido, pero desvió la mirada.

—¿Has traído tu regalo para el amigo invisible? ¿No te intriga saber quién te va a regalar algo? —me dirigí a ella con un tono cordial, sin segundas intenciones.

Ella suspiró y me dedicó una mirada seria.

En su rostro parecía haber aflicción, como si cargara con mil y un tormentos.

Su belleza me parecía una forma de ocultar lo que realmente sentía: en sus ojos había agotamiento emocional, esfuerzo por mantenerse en pie y la tensión acumulada del nivel académico, un problema que todos compartíamos en aquella clase.

—Alice. Tenemos que hablar… —se sinceró poco antes de que Fodor Vince entrara en clase cantando aquella dichosa canción.

—Dime, yo también quiero arreglar las cosas —le confesé, pero no me hizo caso.