Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi #2
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10. Kintsugi #2

Según los egipcios, la peor enfermedad que existía era la ignorancia.

Por lo tanto, las bibliotecas eran adoradas como templos de la salud.

Era una tarde de tormenta ideal para quedarse en casa con un libro y un chocolate caliente; lamentablemente, estaba haciendo un trabajo en grupo con Annastasie y con Burke Bauer, quien pronto pagaría las consecuencias de apalancarse sin hacer nada.

El ambiente no era el mejor para trabajar, pero el maestro se me echó encima con un discurso enalteciendo el trabajo en equipo cuando le pregunté si podía hacerlo sola.

Como era de esperar, el tercer miembro en discordia no acudió a la cita, favoreciendo así que Annastasie y yo tuviéramos un primer acercamiento distendido quince días más tarde del desagradable acontecimiento ocurrido en el vestidor.

—Me gustaría hablar contigo de lo ocurrido en el vestidor. Quiero arreglar las cosas contigo.

Ella apartó la mirada del portátil durante unos segundos. Suspiró pesadamente, se echó el pelo hacia atrás y apoyó el mentón sobre sus dedos entrecruzados. Entonces me dedicó una sonrisa forzada.

—¿Cómo debo sentirme ante tu inacción? Yo creía en ese vínculo especial contigo. Pero cuando debiste demostrarlo, te quedaste de brazos cruzados —comentó secamente.

—Supongo que de la misma forma en la que yo me he sentido estos meses. Sufriendo porque la persona que me gusta es incapaz de confesarme lo que la aflige. Aunque en ese momento quedé aturdida ante tu naturaleza. Nunca había visto algo así de cerca —respondí tras armarme de valor.

—Me gustaría creer en tus palabras, pero me fío más de los actos.

Mañana, día del armisticio de 1918, hará dos años que dejé de ser Annastasie Baudin para ser Nasty Surprise.

Cuando el chico con quien creía estar correspondida y yo decidimos dar el paso en un arrebato de pasión, él me repudió tras bajarme el pantalón.

Lo siento, Alice, pero ahora mismo no puedo perdonarte —la aflicción en sus ojos delataba que sus palabras eran ciertas.

—Annastasie… Aunque no me creas, no descanso por las noches cuando recuerdo lo ocurrido.

No por su actitud frente a ti, sino por ser incapaz de defenderte.

Echo de menos reposar mi cabeza sobre tu falda y pasar tiempo contigo.

Espero que, como mínimo, dejes de tratarme con la dulzura dedicada a los transeúntes de tu vida y vuelvas a ser mi buena amiga Nestea —mi voz sonó firme y segura; ella se mordió el labio inferior, dubitativa.

Suspiró pesadamente, me acarició el rostro y me miró a los ojos, en los que vi su propia lucha interna.

—Lo siento, Alice. Quiero creer en tus palabras, pero no puedo. Espero que lo entiendas —me besó en la mejilla un instante antes de que una fingida tos del bibliotecario nos amonestara.

Tenerla tan cerca físicamente y sentirla tan lejos me parecía un ejemplo práctico de la prosa básica que corría entre amantes de mi edad.

Y aunque no sabía nada del amor ni del sexo, más allá de una relación que me dejó fuera de combate en el sentido literal, en ese momento entendí que la amistad era una forma de amor y, como tal, podía ser tan dolorosa como la dama vestida de rojo que me había visitado por primera vez hacía cosa de una semana.

Pero al ver cómo ella seguía trabajando de forma más torpe y nerviosa de lo habitual, quise creer que aún había lugar para la esperanza.

La biblioteca cerró a las seis de la tarde y la esperanza de poder resolver el conflicto se encendió una última vez aquella tarde.

Cuando salimos juntas de la Bibliothèque municipale de Lyon, ella me agradeció la compañía como si fuera una persona cualquiera y me comentó que la llamara si lo creía necesario, aunque matizó que lo hiciera solo por motivos del trabajo en grupo.

Ambas estuvimos de acuerdo en no dar crédito del trabajo a Burke Bauer y en que seguiríamos en contacto para resolver dudas del proyecto.

Tras acordarlo, se dirigió a la parada del autobús. Una parte de mí quiso insistir en recordarle que la quería y que haría lo que fuera por recuperarla. Caminé unos pasos hacia ella cuando tuve la sensación de que alguien trataba de impedírmelo, sujetándome del hombro y tirándome hacia atrás.

—Dale tiempo, Alice. Si de verdad la quieres, déjala volar y que se dé cuenta de que le dijiste la verdad —susurró mentalmente la que parecía mi propia voz.

Escucharme a mí misma así me dio escalofríos y me provocó un enorme malestar.

Me giré a mi alrededor, pero no vi a nadie; habíamos sido las últimas en salir del edificio.

La única explicación que podía dar a esa situación venía de un programa de fenómenos paranormales: alguien del futuro intentando ponerse en contacto conmigo.

Sin embargo, me apresuré a quitarme las malas vibraciones poniéndome los auriculares y dejando que la música fluyera mientras una suave lluvia me caía encima.

Mis pasos se perdieron lentamente en la calle, y me sentía tan desencajada del mundo como las personas que circulaban a mi alrededor, atrapadas en sus propias burbujas personales sin reparar en lo que las rodeaba.

[5 de diciembre de 2012]

Los vientos del invierno se habían adelantado unas semanas.

Estaba descompuesta por la indiferencia que Annastasie irradiaba hacia mí.

No era que no me dirigiera la palabra, sino el hecho de que me despachaba como a cualquier compañero de clase, rechazando cualquier interacción conmigo que no fuera necesaria, sin perder la dulzura.

En casi un mes desde la última vez que abordamos el tema, no volví a hablarle sobre lo ocurrido en el vestuario de la piscina.

Por suerte, el episodio no se repitió nuevamente: entraba la última y salía la última del recinto, mantenía las distancias conmigo y me trataba como a una transeúnte.

Otras chicas intentaban relacionarse conmigo; algunas eran acosadoras, mientras que otras eran tan cómplices como yo, incapaz de actuar cuando fue necesario.

Había perdido el apetito, incluso el gusto por el chocolate caliente, que ya no me reconfortaba.

Mis entrenamientos de artes marciales se habían convertido en una excusa para recopilar información acerca de si Annastasie confesaba algo sobre mí.

Yuki, que se había dado cuenta de ello, me invitó a tomar el té con ella en Itadakimasu.

Así pues, esperando una reprimenda por su parte y con el corazón en un puño por no estar lo suficientemente centrada en sus enseñanzas, me armé de valor para asistir a la cita.

—Probablemente me eche del dojo. Allí se viene a aprender artes marciales, no a cotillear sobre mi amiga. He metido la pata hasta el fondo —me regañé en voz baja mientras el corazón me latía pesadamente y me faltaba el aire.

Dentro del local, Yagami estaba viendo combates de judo en la televisión con el rostro impasible.

A juzgar por su expresión, parecía muy interesado en lo que ocurría.

Sabía que el matrimonio se había conocido en una competición de artes marciales mixtas en Nepal y que, de regreso a Japón, el amor entre ambos se había consolidado.

No obstante, nunca me quisieron hablar del motivo que los llevó a abandonar la isla para mudarse a la capital de la metrópolis.

Mi sensei tenía evidentes problemas de salud. A pesar de su excelente condición física, probablemente estaba siendo tratada por algún tipo de enfermedad de la que no quería hablar. El hecho de que llevara siempre medicación encima y de que su marido se enfadara cuando se excedía me daba que pensar.

Y, tan pronto como miré la hora en mi teléfono, comprobé que eran las cuatro. Entonces apareció Yuki.

—Bonsoir, Alice. ¿Te apetece pasar adentro? Aquí hace frío. —Su rostro seguía tan calmado como siempre.

—Bonsoir, Yuki. ¡Claro! —exclamé, tratando de disimular mi terror y mis peores augurios.

Caminamos entre las dos hileras de mesas rectangulares hasta la última, cerca de la puerta que bajaba a la planta inferior, donde había más mesas.

Yo, que me hallaba tiritando como una hoja por los susurros del invierno, me atreví a preguntarle directamente si me iba a echar del dojo tan pronto como se sentó en una de las sillas de madera.

Ella se rio de forma elegante mientras yo estaba muerta de miedo.

Temía que comunicara a mis padres que no estaba aprovechando la actividad.

—¿Podrías traer eso, cariño? Me gustaría que Alice lo viera —indicó a su marido con voz tranquila, después de que este dejara sobre la mesa una tetera y dos vasos de cerámica con sus posavasos.

—Os serviré también wagashi. Iré a la cocina a por ellos. Perdón por mi gesto tan descortés —indicó el regente del local antes de inclinar ligeramente la espalda.

—Espera aquí un momento, por favor. Sírvete un poco de té; un buen japonés procura que nunca falte bebida en el vaso de los demás comensales. Piensa que está mal visto servirse a una misma —su comentario me dio que pensar.

—Cuántas molestias se está tomando para relajar el ambiente antes de la reprimenda. Tendría que haber abandonado el dojo antes de que esto ocurriera —consideré para mis adentros cuando vi algo que me sorprendió.

Era un pétalo de cerezo. Flotaba sobre el té dentro del vaso de Yuki.

En ese momento, Yagami se acercó con un plato con dos brochetas y cinco dulces con aspecto de melocotón japonés.

Indicó que el manjar también corría por cuenta de la casa.

La situación me resultó tan violenta que, si no fuera porque confiaba en que eran buena gente, me habría ido corriendo del local, que estaba casi vacío.

Mi maestra no tardó en aparecer con dos cajas de cartón de bonito aspecto.

—Te preguntarás por qué te he convocado aquí a esta hora.

Hizo una breve pausa, sin dejar de sonreír en ningún momento, para que pudiera contestar.