Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 10. Kintsugi
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Kintsugi

Era un tormentoso sábado por la mañana. Las hojas de los árboles eran aplastadas por las ruedas del autobús que nos llevaría al complejo deportivo donde recibiríamos clases de natación. Este se encontraba en el cuarto distrito de Lyon, a una distancia considerable del instituto como para ir a pie.

Aquella noche apenas había dormido, porque me quedé trabajando hasta tarde en el proyecto que quería presentar a un concurso de dibujo en el que Annastasie pensaba participar.

El primer premio era un vale de compra por valor de doscientos euros en la librería Le Bal des Ardents, la más prestigiosa de la ciudad.

Como la temática consistía en una adaptación libre de un cuento europeo, ambas decidimos participar, dejando de lado nuestra riña por el resultado del último certamen.

Con mi obra Respétame o serás el siguiente, un diseño en blanco y negro en el que aparecía una chica caracterizada como princesa guerrera de cómic europeo sentada sobre un sepulcro de piedra que rezaba Voici ta misogynie, inclinada hacia delante con las manos sobre el pomo de un mandoble, obtuve el segundo premio.

Annastasie sostuvo que no quedé primera por la dureza del mensaje de mi ilustración.

Yo, molesta, alegué que el concurso estaba amañado y que no era posible que una ilustración propagandística de la librería, con duendes manipulando productos, hubiera quedado por delante.

Aparentemente irritada, intentó hacerme entrar en razón en aquel momento.

—Date cuenta de que las valoraciones son subjetivas y que no puedes controlar las voluntades ajenas, solo influir en ellas. Te quejas de quienes te discriminan por tu aspecto y tu forma de ser, pero ahora mismo estás haciendo lo mismo —sus palabras resonaron en mi cabeza durante toda la noche.

—Tienes razón en que quizá se me hayan subido los humos. Sin embargo, sigo sin estar de acuerdo con el fallo del jurado.

Annastasie mostró una madurez emocional mayor que la mía al cambiar de tema de inmediato.

Molesta por el resultado, guardé el sobre con el cheque en un libro y no volví a pensar en ello hasta que nos enteramos del certamen organizado por la librería.

Mi obsesión por ganar hizo que olvidara por completo el sufrimiento de mi amiga por tener que ir a la piscina.

Tal vez se debía a que el acoso que sufría había disminuido en las últimas semanas.

Sin embargo, los truenos y los rayos en el cielo me dieron mala espina.

Sin darme cuenta, tomé la mano de mi amiga, que escuchaba canciones de amor nórdicas sin entenderlas; ella decía que así podía imaginar lo que significaban.

El gesto me valió algunos silbidos del público masculino.

Ella, que observaba la ciudad a través de la ventana, volvió la cabeza y me dedicó una sonrisa leve mientras yo le acariciaba la mano. No llevaba las uñas pintadas de colores vivos como de costumbre.

—Es curioso que tampoco se haya pintado las uñas. Tal vez sea por la piscina, pero lleva una semana sin hacerlo. Esto no es normal. ¿Qué te aflige? Soy tu amiga, puedes decírmelo. Quizá necesitas un empujón… o un abrazo —valoré, percibiendo la tensión en su rostro.

Cuando el autobús se detuvo, nuestros compañeros bajaron como una estampida para recoger sus bolsas del maletero.

Nos quedamos sentadas hasta ser las únicas dentro.

Se hizo un silencio sepulcral durante varios segundos hasta que el profesor de educación física nos ordenó bajar, mientras desde la ventana veíamos al resto ya reunido en el porche del centro deportivo.

—Venga, Nestea, que nos esperan abajo. No quiero que nos amonesten —intenté animarla tomándola de la muñeca.

—Alice… tú no eres como las demás personas, ¿verdad? —sus palabras abrieron un vacío en mí.

—¡Fointable! ¡Baudin! Abajo ya, si no queréis una incidencia en el registro —gritó el profesor de educación física.

Me levanté como si me arrancaran del asiento. Ella me siguió con paso pesado. Una vez abajo, nuestras mochilas esperaban en el porche y el resto ya se dirigía a los vestuarios. Bernd Himmel, el profesor alemán de educación física, nos apremió con voz severa.

No pude mantener la conversación pendiente con ella.

Con el silbato marcando el ritmo, nos sentimos como en un número de circo.

Annastasie me tomó de la mano con fuerza; apretaba tanto que temí que me rompiera los huesos, aunque su rostro intentaba mantener la calma.

Sonreía, fingiendo normalidad. Avanzamos hacia el vestuario femenino.

Cuando apoyé la mano en la puerta para empujarla, un escalofrío me recorrió la espalda.

Me estaba acostumbrando a fiarme de mis presentimientos, y las señales de alarma se encendieron de inmediato.

Dudé unos segundos. Miré a Annastasie, que parecía tensa.

Me mordí el labio, la tomé de la muñeca y le susurré que estaría con ella. Sonrió y me besó la cabeza fugazmente.

Dentro del vestuario, las chicas ya se habían cambiado. Se oía el agua de las duchas.

—Parece que hoy no tendré que soportar esa canción diabólica —murmuró ella en voz baja.

—Dejemos nuestras cosas aquí. ¿Me esperas mientras me cambio? Ahora vuelvo —dije.

Ella asintió.

Fui al baño. Estando allí, oí una avalancha de pasos. El corazón se me detuvo.

—¡Soy una mujer! ¡Dejadme ya!

Su grito me atravesó.

—¡Nasty Surprise! ¡Nasty Surprise! ¡Nasty Surprise! —corearon varias chicas.

Después vino el ruido de toallas mojadas golpeando el aire, como látigos.

No pude quedarme quieta. Me ajusté como pude y salí corriendo.

Había varias chicas alrededor de Annastasie. Una de ellas era Susanne Patel, la más popular de la clase. Estaba junto a ella murmurando algo al oído. Ozlem van Wingerden la sujetaba mientras otras la golpeaban con toallas entre silbidos.

—Dejadla en paz. Annastasie es… —las palabras se me atascaron en la garganta.

—¿Qué? ¿No la defiendes ahora? ¿No vas a decir nada, Nasty? —se burló Susanne mientras terminaba de vestirse.

Aquella escena me parecía propia de alguien enfermo.

Sin embargo, la revelación de que Annastasie tenía genitales masculinos me dejó tan aturdida que no supe reaccionar.

Intenté gritar que ya era suficiente, que al menos reaccionara mi instinto animal, pero lo único que sentí fue terror.

Era la primera vez que veía aquello, además en un estado que me desbordó por completo.

Por un momento me planteé seriamente las fanfarronadas de mi abuelo Gilles Fointable, quien decía que las mujeres tenían vagina y los hombres aquello.

Pero ver a Annastasie como Dios la trajo al mundo, rota en llanto, magullada y expuesta a la humillación, me anuló como persona.

—Fuera de mi vista. Ya os habéis reído suficiente de mí —su tono cambió del llanto a la rabia.

—¿Qué te ocurre, Nasty…? —la frase quedó interrumpida.

Tras golpear el cuello de su interlocutora con la punta de los dedos, Annastasie miró al resto de chicas, que salieron corriendo. Después se volvió hacia mí. Su rostro seguía roto; no supe defenderla o quizá no pude hacerlo.

—Annastasie… ¿por qué tienes genitales masculinos? ¿Por qué no me lo dijiste? —balbuceé, esperando que me diera un abrazo tras ajustarse el bañador.

Ella me miró de frente y apoyó las manos en mis hombros. Me acarició el pelo con una calma casi mecánica. Descompuesta por el miedo, tragué saliva con dificultad. Su serenidad, sin embargo, se desmoronó en cuanto empezó a hablar.

—Soy una mujer de cabeza a pies. Y tú eres una bonita cerda que ha estado mirando mientras me humillaban.

Has disimulado muy bien hasta ahora que no sabías mi secreto.

Yo creía que eras mi alma hermana, porque si lo fueras habrías alzado la voz.

Pero veo que solo eres una feminista de boquilla, perdón, una amiga de boquilla.

Abraza bien los recuerdos que tengas conmigo, porque te voy a despachar como al resto.

La única diferencia entre tú y ellos es que tú al menos te justificas.

Tras esas palabras, me besó en la mejilla, como una marca fría e irreversible.

Annastasie se apartó. Sentí cómo huía, cómo el hilo que nos unía estaba a punto de romperse. Pero no estaba dispuesta a dejarlo así. Con la mirada baja, furiosa, cerré el puño.

—¡Cobarde! ¿Me oyes? ¡Eres una cobarde! ¿Acaso no aprendiste en Gringwarts que hace falta valor para enfrentarse a los enemigos…

y aún más para enfrentarse a los amigos?

¿No te gustan las chicas mágicas y las cosas bonitas?

Has destruido una amistad preciosa. Eres una gallina, más preocupada por si te rechazaban que por cómo me he sentido viéndote sufrir en silencio.

Ella, ya en la salida del vestuario, escuchó todo desde el marco de la puerta.

Cuando terminé, se fue. Caí de rodillas.

El impacto me dolió como un infierno, pero lo que me estaba destruyendo no era haber perdido a una de las personas a quien más quería, sino el haber sido testigo de su humillación y de cómo una singularidad física, nunca vista hasta el momento, la había convertido en blanco de todo aquello.

Annastasie era acosada por ser una chica con características biológicas mixtas y por vivir según sus propias convicciones. Tras ver aquello, todas las piezas encajaban: la horrenda canción, los bóxeres, las pintadas.

Después de vomitar en el lavabo por la tensión acumulada y secarme las lágrimas como pude, me puse el traje de baño y me preparé para ser amonestada en público.

Afuera, la tormenta rugía con fuerza, pero en lo más profundo de mi corazón las gotas de agua se sentían como cristal cortante.

Había fallado a quien más quería, y solo sentía el deseo de que la tierra me tragara.

[8 de noviembre de 2012]