6. Ecos de los hermanos Grimm #12
Annastasie se desternilló de risa y me empujó la nariz con el dedo índice de la mano derecha.
Yo seguí masticando, sonriendo con sentimientos encontrados.
Verla feliz me hacía sentir aliviada porque la podía comprender; ella también era una gata callejera como yo.
Pero, según el regente de un bar oriental al que me llevaron a cenar mis padres unas semanas antes, la confianza es como la cerámica ornamental rota: una vez se rompe, cuesta mucho recomponerla y, una vez recuperada, se pintan sus grietas de color dorado, añadiendo belleza a la cerámica.
Lamentablemente, la práctica del kintsugi solo se puede realizar en una ocasión.
Y mi último deseo era que los pensamientos que me abordaban entonces no cargaran aquella amistad que estaba construyendo con ella.
—¿Debo aprovechar esta confianza para pedirte que me confieses por qué te llaman Nasty Surprise?
¿Por qué te pusiste tan pálida cuando el profesor de gimnasia dijo que iríamos a la piscina cubierta una vez a la semana?
¿Acaso lo de la taquilla tenía un doble sentido?
—Mi rostro perdió la alegría cuando me atraganté con el dulce.
Annastasie se puso nerviosa y el jolgorio terminó rápidamente.
Me dio un par de palmadas en la espalda, de las cuales noté la presión del impacto recorriendo mi esquelético cuerpo.
Tosí algunos pedazos del bollo y se me escaparon un par de lágrimas que no supe si atribuir al incidente o a mis pensamientos.
Bastó con ello para que la intriga se disipara durante el resto de la cita, la cual terminó cuando tomé un autobús urbano para regresar a casa.
[12 de octubre de 2012]
En mi última visita al médico, me recomendó que hiciera actividad física de baja intensidad.
Debido a la presión académica y con el deseo de ahogar el sentimiento de indefensión frente a actitudes misóginas que había sentido en el pasado, decidí acudir a las clases de defensa personal para mujeres impartidas por Yuki Yoshida.
Tras recibir la autorización paterna por escrito, asistí a una clase de prueba en la que la maestra me transmitió su concepto sobre las artes marciales y su utilidad.
Según ella, estas prácticas nacieron con la finalidad de que el débil pudiera hacer frente al fuerte.
Con voz tranquila y serena, me indicó que, si usaba las técnicas para oprimir a alguien o de forma desproporcionada, me expulsaría del dojo y me vetaría el acceso al bar de su marido, Yagami.
Me apunté al grupo de los miércoles, así que no coincidiría con Nestea en clase.
Yuki, quien vestía un kimono blanco de artes marciales atado con un cinturón negro, nos hizo sentar sobre nuestras piernas para realizar el calentamiento por grupos musculares.
Las posturas, que me resultaron antinaturales, me hicieron arrepentirme de haberme apuntado por el dolor que me irradiaba en las piernas.
No obstante, mis compañeras me animaron a continuar, alegando que era normal en los primeros días.
Durante el calentamiento me sentí torpe al ser corregida en cada uno de los estiramientos.
Creía tener completamente superadas las secuelas del coma, pero el dolor irradiante del despertar muscular me indicó lo contrario.
La primera parte de la sesión, después del calentamiento, fue meramente teórica, pero me sirvió para desengañarme sobre las enseñanzas que recibiría.
—Alice-chan, como sabrás, el fuego es una herramienta si sabes controlarlo.
Cuando el ser humano lo dominó, pudo iluminar, calentar, cocinar y defenderse.
Pero si juegas con él sin dominarlo, te quemas.
Es necesario que entiendas que no vas a pelear como en las películas de televisión.
En la calle, frente a una agresión de cualquier tipo, reaccionará primero tu instinto animal y no el marcial —explicó, mientras mis compañeras realizaban ejercicios a escasos metros.
—No entiendo lo del instinto animal y el instinto marcial —respondí, al ser una inexperta.
—Cuando lleves un tiempo conmigo no solo sabrás defenderte de un ataque, sino también de la vida. Arlette, para un momento, vamos a simular una agresión —su tono y la elegancia de sus movimientos me recordaron a una bailarina.
La simulación de combate previa al descanso de media mañana fue breve, pero clara.
En el primer caso, Arlette, en situación de desventaja, fingió llorar y trató de liberarse de la maestra de forma brusca, hasta que fue doblegada por la intimidación del agresor.
Sentí la interpretación tan real que me hirvió la sangre.
La reacción de mi compañera correspondía al instinto animal.
Cuando afirmé haberla entendido, los roles se invirtieron.
La sensei neutralizó a la agresora mediante una combinación de golpes sobre el cuerpo de su alumna con una velocidad y elegancia que hicieron que toda la clase aplaudiera.
Cuando el despliegue terminó, mi maestra parecía afectada por cierta fatiga extrema e indicó que fuéramos al porche a descansar quince minutos.
Lilianne y Arlette, hermanas gemelas del turno de los miércoles por la mañana, se interesaron por mí, mientras que yo me quedé con la duda de si debía preguntarle a Yuki si estaba bien.
Ellas fueron amables y abiertas, pero yo miré hacia atrás y vi cómo se tomaba un par de pastillas con una pequeña botella de agua.
Sin embargo, Sophie y Annabel no mostraron interés, lo cual agradecí porque empezaba a sentirme incómoda por la atención.
—¿En qué estará pensando? Estos japoneses son raros a más no poder. Siempre parecen tener la misma cara —me pregunté.
—Chicas, ya está aquí Yagami. En cuanto se cambie volveremos al dojo y nos enseñará a atacar puntos de presión —anunció, ahora con más energía.
—¿Qué clase de técnica es «atacar puntos de presión»? —pregunté, sonrojada por mi propia duda.
Las chicas se miraron entre sí mientras Yagami subía la escalinata.
Yuki dibujó una sonrisa. Cuando el hombre llegó bajo el porche, ella se inclinó en señal de respeto y, de forma súbita, su brazo derecho describió un arco rápido e impactó en un punto entre el cuello y el hombro de su marido.
Tras aplicar presión, él se desplomó en el suelo, desternillándose de risa.
—¿Se supone que este loco es el amable regente del bar-restaurante Itadakimasu? Cómo me gusta ese tipo. Me recuerda a esos villanos que siempre sonríen. Son los más carismáticos —me regocijé internamente.
—Mira, parece que a Fointable le ha gustado el truco —dijo Sophie.
—Una técnica así es perfecta para ella. La pobre está en los huesos —añadió Annabelle.
—Annabelle, no olvides la naturaleza de las artes marciales. Esta técnica es para cualquier persona —corrigió Lilianne.
Unos minutos después, Lily me enseñaba a localizar el punto de presión sentadas.
Para sorpresa de todos, acerté de inmediato y le hice perder fuerza en el brazo.
Emocionada, abracé a Sophie, que puso cara de circunstancia.
Luego me indicaron que lo intentara con Yuki, aunque quedó claro que había sido suerte.
Yagami, ya cambiado, me pidió que respirara tres veces y lo intentara con él.
—Allá voy —dije con calma.
Mi brazo se movió de forma curva. Perdí ligeramente el equilibrio, pero logré ejercer presión con el pulgar y el índice en el punto correcto.
Él se desplomó. Sophie se acercó simulando un ataque callejero.
Mi cuerpo reaccionó solo, pero en el último momento presioné con demasiada fuerza y la herí al neutralizarla.
—Perdón, perdón, perdón —me disculpé.
—En las artes marciales no se pide perdón. El dolor es un maestro que enseña cómo no se deben hacer las cosas. Ha sido un buen movimiento, Fointable —dijo con seriedad.
—Bien, vamos a repetir el ejercicio de simulación de acoso en callejón —anunció Yuki—. Todas usaréis la técnica favorita de Arlette.
Ambos participantes se colocaron en el centro del tatami. El hombre fingió estar ebrio y actuó de forma insinuante. Arlette le advirtió que se detuviera. Sus ojos brillaron, atrapó al hombre por el cuello, lo golpeó con la rodilla en el estómago aprovechando la inercia y salió corriendo.
—Buen trabajo, Arlette. Regresa, por favor. Alice, imagina ahora que has ejecutado la técnica con éxito y tu oponente está en el suelo. ¿Cuál es tu reacción ahora? —Yagami me lanzó una pregunta trampa que podría haberme costado una amonestación.
Antes de entrar en el dojo, mi reacción natural habría sido golpear la cabeza y las costillas del atacante hasta que dejara de respirar.
Pero lo que había aprendido era que, independientemente de los problemas legales que pudiera acarrearme esa respuesta, aquello iba en contra de las enseñanzas del dojo.
—Creo que esa persona está indefensa en el suelo y que la mejor opción es salir corriendo y denunciar el ataque a la gendarmería.
Ante mi respuesta, el japonés sonrió satisfecho.
—Veo que no pierdo el tiempo con usted, señorita Fointable. Venga, atrévase a probarlo con Yagami a ver cómo se desenvuelve.
Su petición me cortó la respiración.
Yagami se acercó lentamente para darme tiempo a reaccionar.
Yo grité pidiendo ayuda e indicando que no quería nada con él ante la atenta mirada del grupo.
Pero pronto olvidé que todo era una simulación: las piernas me temblaron y sentí el mismo terror e indefensión que en Greenoble.
Instintivamente le di una sonora bofetada, pero él no reaccionó.
Me tapó la boca ejerciendo una presión ligera, suficiente para no hacerme daño, pero también para dar veracidad a la escena.
Mi garganta temblaba y las patadas que daba contra sus piernas no surtían efecto. Lo estaba pasando fatal.
Pronto me descubrí llorando en silencio y sentí un calambrazo en la médula espinal. Recordé la indefensión en el autobús y en el Instituto de Stendhal, y la lección aprendida: inspiré hondo, de forma pesada y profunda.
Mis compañeras me dedicaron una sonrisa de satisfacción que no pasó desapercibida por el ruido del grupo.
Reaccionando por sí mismo, mi cuerpo ejecutó la técnica, hundiendo la rodilla en el estómago de Yagami con tanta fuerza que lo dejó sin aire.
Tras caer de espaldas, saboreé durante unos segundos el gusto de la victoria antes de apartarme corriendo, entre aplausos.
—Ha sido una buena ejecución para ser tu primer día. Chicas, tendréis que disculparme, pero no me encuentro muy bien. Por favor, haced dos rondas de impactos como esta y luego a la ducha. Os veré el próximo miércoles a la misma hora. Buen trabajo a todas —Yuki se despidió con un gesto de respeto.
Con un sentimiento agridulce en el paladar, terminé la clase bajo la supervisión de Arlette, quien parecía la más experimentada y entusiasta del grupo.
Cuando la sesión terminó, me duché en los vestuarios con la duda de qué males aquejaban a mi maestra.
También me pregunté por qué todas las personas a las que me acercaba debían lidiar con problemas tan grotescos como aquellos.
Sin embargo, preferí no compartir esas inquietudes con mis compañeras.